Este cuento fue escrito originalmente en inglés por Aashisha Chakraborty. La traducción es de J.L. Sabau. Puedes leer más de la autora en la biografía al final del texto.
Tariq I
Rabindra Sarani era más un huracán que una calle—o una calle que probablemente resultó de un huracán—. Líneas de tranvía entrecruzadas, carretas jaladas a mano y autobuses pesados y ciegos luchaban por dominar los carriles húmedos e inflexibles de Kumartuli en Kolkata.
La familia de Tariq había llegado a Kumartuli décadas atrás. Provenían de una familia de fabricantes de pelucas de Parbatipur—un pintoresco pueblo en Bargachia que estaba a una hora en tren desde Howrah—. Eso sí, solo si lograbas apretujarte y aferrarte a las barras oxidadas del tren local. O podías caminar durante unos cinco días. A Tariq no le importaba terriblemente ninguna de las dos opciones.
Tenía una robustez constante; el sol le había endurecido la piel marcándola en profundos desniveles de trabajo y color. Su cuerpo parecía haber sido reducido a lo esencial: costillas apenas ocultas, manos de dedos largos, muñecas de venas que parecían cuerdas, cejas oscurecidas por el polvo. De lo que quedaba, solo su propio cabello se negaba a ese orden; él no insistía en disciplinarlo, aún si sus manos podían hacer que el caos se cuadrara: era un maestro en el oficio de tejer pelucas incluso a sus joviales trece años.
Hacer pelucas había sido una tradición sagrada en su familia. Teñían fardos de yute tan religiosamente como leían el namaz1. Uno de sus ancestros, Ekhlas Chacha, había comenzado la práctica de tejer cabello hacía mucho tiempo. La persona común podría asustarse al ver tan grandes extensiones de cabello negro colgadas sobre troncos de bambú. Pero Tariq se había acostumbrado a ver esas gruesas cortinas de cabello dejadas a secar en los meses cruciales previos al Pujo2, el festival local de cinco días que honra el triunfo de la diosa sobre el rey demonio.
Arreglar el cabello de la diosa era un arte en sí mismo; meditativo, meticuloso, lento y exigente. Mientras moldeaba el yute de diosa tradicional en rizos y bucles durante meses, habría momentos en que este proceso lento y deliberado lo sacara de sí mismo. Un momento, observaba sus manos trabajar fastidiosamente en las ondas, y al siguiente, una parte más profunda y desconocida de él seguía las complejidades y movimientos como desde un cuerpo separado. Tenía suficiente experiencia trenzando mechones de cabello áspero. Sin embargo, se sentía atraído, inexplicablemente, hacia una caída suave de cabello lacio y negro azabache: el cabello de su Kali3. El mismo cabello cuya hebra solitaria había usado en su cuello desde que ella, sin saberlo, se había saltado todos los obstáculos en el camino hacia su corazón.
Kali era su única inquilina, una pájara extraviada que había volado hacia su nido de corazón inesperado un buen día y nunca se fue. La había visto por primera vez reflejada en su taller improvisado cerca del viejo árbol de yaca junto al estanque, escabulléndose con un pincel y haciendo rodar bolas de arcilla en sus manos. Se había acomodado junto al árbol, absorta, sin miedo, moldeando muñecas en miniatura de arcilla.
—¿Quién eres? ¿Qué haces en mi taller? —Tariq había surgido de detrás de un gran baniano.
Ella no se molestó en levantar la vista. Sus manos trabajaban furiosamente como resbaladizos peces mola4 retorciéndose en el agua. Tariq tuvo un extraño impulso de sostener y quietarle esos peces y un imperativo más extraño de darles un par de mordidas.
Cuando ella no le respondió ni le concedió una mirada, él se paró un poco más erguido, tratando de reunir toda su hombría en una mirada.
—¿Sabes quién soy?
Levantando su mano para proteger su rostro del sol, finalmente ella le regresó la mirada.
—No —negó con la cabeza mientras entrecerraba los ojos—. Pero, ¿qué es esa cosa de luna que llevas puesta?
—¿Qué luna? —de repente se sintió cohibido.
Kali se puso de pie y tocó ligeramente su gorro. Boop. Algo viajó a través de su cuerpo. Tal vez el sol, la luna o simplemente el calor, no lo sabía de cierto.
Ella se sentó de nuevo y sonrió, mostrando sus blancos dientes nacarados en un rostro tan oscuro como una cueva. Entonces, él tuvo otro impulso extraño de tocar los dientes que descansaban en las profundidades de esas cuevas tan pequeñas.
—¿Lo quieres? —preguntó—. Puedo conseguirte una luna.
Kali asintió emocionada, su cabello sedoso y liso moviéndose con ella, rápido pero constante.
—¿Cómo te llamas? ¿Y qué estás haciendo?
—Te diré mi nombre si me traes nehari —dijo. El nehari, rico en especias y carne de res, era algo que le habían enseñado a nunca desear. Por alguna razón, parecía pensar que él era capaz de conseguirle cosas prohibidas. Eventualmente aprendería que podía, y lo haría, sin dudarlo.
—De lo contrario —continuó Kali, inocente y casi amable—, puedes unirte al cuerpo muerto de hombres que estoy coleccionando para hacer mi collar de cabezas cortadas. —Se rió, un sonido bajo y hermosamente resonante.
Él no se desconcertó por su petición de carne de res, su amenaza audaz, su evidente talento con la arcilla, ni por su risa curiosamente exultante. Pero sí lo desconcertaron esos ojos cubiertos que sostenían simultáneamente una naturaleza salvaje de Sunderban y una tristeza inalcanzable que no podía explicar del todo.
Tariq II
Tariq creció entre talleres vibrantes y diosas sin terminar, pasando horas aprendiendo paciencia y observando cómo las piezas dispersas consentían lentamente a la majestuosidad. Una parte suya se sentía falsa como un qafir5, cuando veía ídolos de tamaño real siendo adorados con ardor. Aun así, le gustaba el deporte de rizar el cabello, recortar los fardos, mirar al espacio y ver todo eso que cobraba vida de alguna manera. Lo tentaba como un tipo ilícito de magia.
Eventualmente, se sumergió en el proceso de creación de ídolos, desde el establecimiento del marco de bambú. El bambú se obtenía de Murshidabad y se mantenía empapado en agua cerca de Baranagar para evitar que las termitas lo comieran y lo dejaran sin su centro. Una vez que los marcos esqueléticos estaban listos, los llenaba con heno para darles algo de volumen sin hacerlos demasiado pesados. Este heno provenía de los Sunderbans, el laberinto de manglares en el sur de Bengala. Una vez que la carne de heno estaba lista, era tiempo de la piel.
Tariq tenía un ojo astuto para la arcilla que provenía del lecho del río Hooghly en Uluberia. Incluso, había llegado a ser reconocido entre sus pares artesanos como inspector de arcilla. Su instinto para escoger el tipo de arcilla que resultaría en las estatuas más realistas era así de bueno. Disfrutaba especialmente usar esa arcilla pegajosa, casi infantil en su maleabilidad, para hacer moldes a su elección.
Algunos días, hacía mariposas y pájaros; en otros, trataba de hacer a los dioses. La pintura, especialmente de rostros y ojos, era un trabajo minucioso raramente confiado a tejedores de cabello. Así que recogía los marcos rechazados y los usaba en su arte personal, cubriéndolos con pintura de tiza blanca y goma de semilla de tamarindo para formar la unión de diferentes colores. El árbol de yaca, frente al estanque cerca del grupo de artesanos, con sus grandes hojas y frutos aún más grandes, lo vigilaba mientras trabajaba en rostros, manos, ropa y otras figuras que pedían ser hechas.
La ciudad de Kumartuli se había hecho de una reputación a lo largo de los años con sus artesanos y su trabajo que salía a la luz cada temporada de Pujo. Pero Tariq de la familia de tejedores de cabello prefería la sombra. Donde la mayoría de los artistas codiciaban la fama, Tariq era del tipo que no quería ser descubierto.
Simplemente porque sus moldes de arcilla tenían magia en ellos. Magia qafir, como había aprendido a nombrarla. Usualmente, la deidad es invocada en el ritual chokkhodaan6 o al pintarles los ojos, que se lleva a cabo en la mañana del Mahalaya7; el amanecer del Pujo—el día en que la diosa cobra vida—. Pero Tariq había traído otras criaturas a la vida antes de ese día.
La primera vez que descubrió esa extraña magia fue cuando hizo un pájaro de arcilla y olvidó guardarlo dentro del baúl de metal donde vivían todas sus obras de arte sin terminar. Una de sus alas le había salido desigual, el cuerpo había se había desbalanceado ligeramente y no se había preocupado lo suficiente por corregirlo. Por la mañana, el pájaro había desaparecido del árbol donde lo había dejado secar. Fue solo cuando vio a su madre agachada en el patio, acariciando suavemente a una criatura pequeña y redonda, deforme y con alas pobres, que se dio cuenta con un sobresalto de total desconcierto, que lo que ella estaba tocando, vivo y cálido en sus manos, era su propia obra descartada que de alguna manera había cobrado vida.
En sus entrañas, sentía que estaba transgrediendo algunas reglas tácitas. Su arte estaba cruzando líneas, convirtiéndose en algo inquietante y sin nombre que era diferente a cualquier cosa que hubiera presenciado antes.
Kali I
Kali no era el nombre que le dieron al nacer. Era su daak naam o nombre de afecto; un segundo nombre que casi todos los niños bengalíes reciben, idealmente por amor, pero a veces, por emociones menos elevadas. Su primer nombre era Rudrani, que también, de todos modos, significaba lo mismo. Los dos eran apodos de la diosa que su padre moldeaba cada año. Pero Kali no sabía que había más comercio que el arte en el trabajo de su padre.
Kartik Pal, su padre, provenía de una larga línea de pintores de ojos y escultores de Kumartuli. Kali respiraba profundo cuando Kartik llegaba a casa del taller; para ella, la arcilla llevaba el aroma del amor. Cuando Thakuma8, su abuela, le preparaba a su padre un plato lleno del pescado más fresco del bazar, ella se lo arrebataba y se apresuraba a ser la primera en servírselo.
La primera vez que se dio cuenta de que ella y su padre pertenecían a mundos distintos fue cuando le rogó que lo dejara acompañarlo al taller una mañana. Al principio, fingió no oírla, atando su lungi9 de trabajo como si ella fuera parte del ruido matutino de todos los días. Pero Kali se aferró obstinadamente a su lungi, haciéndole más difícil ignorarla. Así que, recogiéndola como una mosca de su té, la dejó a un lado. Y como una mosca, Kali no sabía cuándo dejar de zumbar. Kartik le respondió a su hija de la manera en que respondía a las moscas diariamente: las aquietaba con sus palmas, sacándoles la vida sin mirar ni una vez.
—¡¿Qué es esto?! —Thakuma entró desde la cocina al oír el sonido—. ¡Es una niña!
Kartik miró a su madre como si ella fuera quien había golpeado a Kali. Cuando habló, sus palabras estaban impregnadas de veneno.
—Ella es la niña equivocada. ¿No puedes ver que los dioses nos han castigado? Ella es oshanti10: ¡dosh mismo en carne!
Thakuma se estremeció. Palabras como oshanti y dosh le ponían la piel de gallina. Cuando era niña, se sabía que tenía dosh en su carta natal, algo que su familia había decidido hace mucho tiempo y, motivo por el cual, la habían casado con los Pal con una gran dote cuando apenas tenía cinco años. Como se sabe, usualmente, que dosh y la muerte tienen un pacto, Thakuma se había ganado la infamia de ser una bruja.
La muerte sí la siguió temprano: primero su esposo, luego uno de sus hijos, ambos perdidos en un accidente, dejando a Kartik como el único hijo que quedó con ella. Casi dos décadas después, Kartik tuvo gemelos, un niño llamado Rudra y una niña llamada Rudrani. Nacida de un negro oscuro como la noche, el daak naam11 de esta última pasó a ser Kali, la negra, la diosa de la perdición y la muerte, mientras su hermano gemelo Rudra murió cuando tenía apenas un año.
Había veces en que se preguntaba si su propio hijo también creía en el mundo que la etiquetaba como bruja. Pero, por el bien de Kali, Thakuma la consolaría, diciendo que su padre no la despreciaba ni pretendía hacerle daño, pero que no había podido superar la muerte de su hijo que…
—fue llamado de vuelta a los dioses y diosas —explicó.
—¿Y Ma?
Kali buscaría diariamente, con meticuloso cuidado, a su madre en las habitaciones más pequeñas de la casa que era su memoria, reuniendo toda su atención, concentrándose al máximo. Sin embargo, por más que lo intentara, el rostro de su madre se negaba a presentársele con claridad.
Thakuma siempre había ocupado el lugar de su madre. Le había enseñado cómo crear humildes artesanías y pequeñas baratijas que podían vender en el bazar. Le había mostrado cómo emanar música mágica de las caracolas, crear sonidos espeluznantes de ulludhwani12 usando nada más que su aliento y lengua, e incluso cómo sostener el fuego y bailar con él usando la lámpara de barro en llamas o el dhunuchi13.
—Tu Ma nunca pudo recuperarse del dolor de perder a su hijo. Quería estar con él en el mundo del cielo, así que se fue poco después.
Thakuma le había enseñado que el universo estaba compuesto de tres mundos: el mundo superior o el cielo, el mundo medio o la tierra y el inferior o el mundo subterráneo, todos los tres observándose entre sí. Una vez al año, los dioses y diosas cruzaban del mundo superior para visitar a los mortales en el mundo medio y enviar demonios al mundo inferior. Esto hacía que Kali se preguntara si su madre también querría visitarlos con su hermano algún día como la diosa madre lo hacía con sus hijos. Tal vez así funcionaba. Quizás, si Kali aprendía a moldear ídolos de la manera en que su padre lo hacía —darle a su madre una forma, un rostro— la invitación le llegaría. Y ella vendría, trayendo a Rudra con ella.
—¿Cómo vendrá la diosa a casa esta vez? —le preguntó a Thakuma.
—Barco —respondió sin levantar la vista de su cocina—. Viene por agua.
Entonces, su Ma y Rudra podrían conseguir un aventón con la diosa y sus hijos en su barco a través del río, como otros dioses y los muertos a veces hacían.
Tariq y Kali I
Tariq era bastante bueno haciendo anillos de humo en secreto. Su pecho huesudo, con la piel tensada sobre cuatro costillas de un lado y cinco del otro, yacía desnudo y asándose bajo el sol implacable mientras fumaba.
—Es una niña y encima de todo, tan oscura; he oído que es una bruja.
Había oído decir, a sus propios padres, que la niña era fea y tenía dosh en su carta natal—aunque no es que debiera importarles—. Pero los rumores no reconocían las líneas de fe. Donde la doctrina religiosa no podía cruzar, los rumores pasaban libremente.
Había días en que Tariq no podía evitar pasar sus manos callosas por sus mechones suaves o tocar sus pequeñas manos, bañadas en rico siena quemado, mientras Kali trabajaba obsesivamente con la arcilla. Arrancaba una hebra de su cabello, esperando que ella no lo notara. Ella no lo hacía.
Cada tarde, esperaba a que los artesanos se fueran a su siesta del mediodía para poder tener su preciado bocado de carne de res prohibida con ella.
—Veo que te gusta jugar con la arcilla —le preguntó un día mientras se sentaban junto al estanque después del almuerzo, sumergiendo sus dedos en el agua fresca—. ¿Hay algo especial en lo que estás haciendo?
Kali le dio una de sus miradas oscuras y evaluadoras, mientras sus piernas se sumergían lentamente más profundo en el agua. Tariq casi se mordió el labio; tal vez no debía de haber preguntado algo tan personal. Antes de que pudiera comprender lo que estaba sucediendo, ella levantó sus pies con la agilidad de una ardilla entrenada, salpicando suficiente agua para empapar su kurta por completo.
—Veo que también te gusta jugar con agua —sus ojos sonreían mientras la risa se liberaba de ella con suficiente alegría para despertar a las mynahs, cuervos, gorriones, libélulas, así como al ejército de hormigas cerca del árbol. Luego se detuvo, tan abrupta como una bofetada.
—Estoy trabajando en una deidad para que pueda venir por agua este Pujo.
Para entonces, Tariq ya esperaba el oscurecimiento repentino de su voz.
—Puedo hacer algunos rizos y también una hermosa lengua roja para tu diosa —ofreció.
Por un momento, ella lo miró, su rostro desprovisto de cualquier sentimiento.
—Mi diosa no tendrá rizos. El cabello será liso y la piel será como la mía.
No le dijo que la figura que estaba moldeando no era ninguna diosa en absoluto, sino alguien que solo deseaba poder recordar. En cambio, volvió a su arcilla. Pero Tariq había notado el destello en sus ojos; suficiente para saber que había sido aceptado.
Fueron aprendiendo distintas habilidades de las muchas bocas y oídos del centro de talleres que era la calle Banamali Sarkar. Este centro nervioso de fabricantes de ídolos en Kumartuli fácilmente albergaba 450 talleres y alrededor de 4,000 ídolos. Los artesanos de Nabadweep y Krishnanagar también se unían a la fuerza durante el otoño para ayudar en la fabricación de sus ídolos. Los dos no tenían que hacer esfuerzos especiales para ocultar lo que estaban haciendo. Había tantos marcos sin formar y piezas de brazos y piernas de tamaño natural, rostros incompletos, orejas, narices, anillos y collares tirados por ahí, que no era difícil esconder a su diosa herética sin terminar.
Kali II
Se dio cuenta en pocas semanas que, esta vez, su madre podría no llegar al mundo medio porque Kali todavía necesitaba dominar las habilidades básicas de escultura. Apenas había aprendido que crear un ídolo no comenzaba con arcilla sino con bambú, paja y heno. Se acercó como una niña castigada y se sentó junto a Tariq, vertiendo toda la arcilla sobre el cuerpo de cuatro patas que había armado.
—¿Para qué es eso? —levantó la vista, curioso.
—No sé cómo crear a mi diosa. —Se veía como si estuviera a punto de estallar en lágrimas.
—Está bien, siéntate aquí.
Ella se sentó con las piernas cruzadas, viéndolo clavar clavos en la tabla base donde dos columnas de bambú se erguían rectas al frente y dos ligeramente curvadas.
—¿Quieres ayudarme con el envoltorio de paja? —le preguntó.
Kali sonrió, todos sus dientes destellaban con gratitud. Mientras él sostenía la forma, ella envolvió la paja firmemente alrededor del bambú, caminando alrededor y alrededor de la estructura sosteniendo la cuerda de yute que casi cortaba sus manos suaves y la mareaba un poco con todo el dar vueltas. Finalmente, era tiempo de la arcilla.
Mientras la arcilla se movía en un ritmo pausado entre sus palmas, ella le robaba miradas a Tariq que estaba ocupado ajustando la columna y creando el marco.
—¿Es un tigre?
—Un cachorro de tigre —le mostró cómo se curvaba la columna mientras corregía una pata trasera.
Ella lo miró como si él tuviera el concoimiento de todas las cosas que importaran en el mundo.
—¿Puedo hacer las patas?
Él le sonrió como si ella fuera maestra de todas las cosas hermosas.
Mientras el cachorro tomaba forma con una cabeza que era redonda de más, patas un poco grandes para su cuerpo y una suavidad que no iba con la ferocidad habitual de un tigre de Bengala, sus dedos se tocaron.
Se tocaron como un relámpago repentino. Se tocaban todos los días, rozándose con una dulce certeza de hábito. Arcilla húmeda y aliento contenido y sudor cálido y uñas que raspaban. Cuando el cachorro los miró de vuelta, era como si ya conociera a sus padres creadores.
—¿Para qué es la jaula? —Kali le preguntó mientras él colocaba al cachorro detrás de una jaula de metal para que se secara durante la noche.
Tariq la miró por un largo momento.
—El metal… —comenzó, luego se detuvo por un segundo solo para reanudar con—, es para que el tigre se seque más rápido.
Kali quería llegar al árbol antes de que la luz de la mañana tocara sus hojas. Esta sería su primera creación. La emoción levantaba sus pequeños pies mientras corría temprano a la mañana siguiente. Quería ser la primera en ver al cachorro, incluso antes que Tariq. Mientras se acercaba a su rincón, notó un grupo de hombres y mujeres apretándose alrededor de su taller improvisado.
—¡AHÍ ESTÁ, LA BRUJA!
Se detuvo en seco, su corazón latiendo de alguna manera equivocada, fuerte y rápido. Las hojas del árbol de yaca parecían susurrarle urgentemente. Corre. Huye. Corre rápido.
—¡ASESINA! ¡DEJASTE SUELTO UN TIGRE ENTRE NOSOTROS!
Trató de acercarse más para ver de qué estaban hablando; para decirles que era solo una escultura. Pero antes de que pudiera hacer cosa alguna, una mano se cerró alrededor de su brazo. Una mancha sangrante al borde de su visión. Apenas tuvo tiempo de registrar la forma rota del cachorro junto al agua antes de sentir que alguien la recogía en brazos. El suelo se sacudió bajo ella. Estaba demasiado entumecida para resistir.
Después de lo que pareció una hora, fue bajada al pasto. Con el corazón latiendo con fuerza, entrecerró los ojos para ver a un Tariq sudoroso jadeando con un terror primordial.
—¿Pasó algo anoche…? —le preguntó urgentemente, clavando sus ojos de luna temerosos en los suyos.
Kali negó con la cabeza como si el sol se hubiera acercado demasiado para estar cómoda.
—Por favor… —se veía afligido, como quemado por el mismo sol.
—No lo sé. Solo quité la jaula…
Tariq llevó sus manos a su rostro y las mantuvo ahí por un largo minuto.
Tariq III
El viejo, con su larga barba blanca arrastrándose por su pecho desnudo, asentía sabiamente, tarareando mientras trabajaba en un ídolo tres veces más grande que él..
—¿Estás seguro de que eres Nimen Pal? —Tariq preguntó de nuevo, mirando al gran anciano que supuestamente había sido elegido como novio de Kali. Apostaría su paquete de cigarrillos a que el hombre era octogenario.
—¡SÍ! ¿Por qué? —El abuelo de barba blanca miró hacia abajo al muchacho flaco que era puras preguntas—. ¿Qué pasó?
—No, n-nada… —Tariq tartamudeó y huyó—. Yo… pensé que eras otra persona.
Las manos de Kali estaban grises con la arcilla húmeda y olían a cielo cuando él llegó a su rincón, jadeando y aterrorizado.
—¡No puedes casarte con ese fósil! ¡Probablemente enterró a sus propios hijos y tiene un pie en su tumba! —le tronó.
Ella lo miró de reojo. Un cielo tambaleándose bajo la amenaza de un relámpago. Luego negó con la cabeza, su voz inquietantemente nivelada.
—No me casaré con él. Voy a huir.
—Lo haremos —dijo, como si fuera lo más simple—. Juntos.
Kali lo miró como si él hubiera pronunciado algo peligroso como una blasfemia.
—Te harán daño.
—No pueden.
Quería decir que su amor era más grande que la fe o el miedo, pero incluso cuando pensaba en palabras, algo se desmoronaba dentro de él. Sabía que no pagaría el costo por sí solo.
—Mi mundo necesita tenerte —las pequeñas manos de Kali se alzaron para tocar su rostro—. No puedo tenerte herido. Nunca.
El corazón de Tariq podría haberse dividido en mil rayos de luna. Tal vez ya lo había hecho.
—¿Cómo terminaremos nuestro ídolo? ¿Adónde irás?
La primera pregunta era una tonta infantil, pero era la más importante en su mente. La segunda era redundante. Ella podría ir a cualquier parte, él la seguiría poco después.
Tariq y Kali II
Los Pal eran competentes en el arte de la arcilla desde los días del Maharajá Krishna Chandra de Krishnanagar, quien había patrocinado estas artesanías. Después de la victoria de la Compañía de las Indias Orientales sobre Siraj ud-Daulah y sus aliados franceses, el Raja Nabakrishna Deb trajo alfareros de Krishnanagar a Kolkata para moldear ídolos para su Pujo.
A medida que la demanda crecía, más y más artesanos se establecieron en la ciudad. El Raja se las arregló para que vivieran con sus familias junto a sus lugares de trabajo. Con el tiempo, el lugar llegó a ser conocido como Kumartuli, el tuli de los kumhars, o el taller de los artesanos.
Aquí es donde Tariq y Kali crecieron, trabajando en su diosa herética que permaneció sin terminar porque Kali huyó antes de eso. Su matrimonio arreglado con Nimen Pal, de ochenta años sin dientes, la hizo buscar refugio en el único lugar en el que podía pensar en ese momento.
La mujer que la acogió no le importó si era una bruja, diosa, maldita o bendita. Preguntó su edad, inspeccionó sus dientes (quedó bastante impresionada con su juego de treinta y dos), evaluó su cuerpo y preguntó sobre si sangraba regularmente. Aún mejor, le dio a Kali un nombre diferente al que debía responder y un lugar para dormir que olía a talco y desinfectante.
—La regla es simple —dijo—. Gana o vete.
Sonagachi, el núcleo dorado de las cortesanas, le ofreció un nuevo consuelo extraño de ser vista y reconocida de maneras que no había conocido antes.
Tariq había querido seguirla, pero ella eligió uno de los pocos lugares donde él no podía ir. En cambio, había usado el mechón de su cabello alrededor de su cuello durante tanto tiempo como su memoria durara.
En los años intermedios, sus manos habían alimentado su hambre de crear a través de pequeñas cosas: hojas, flores, pájaros y mariposas, que inicialmente dejaría en la puerta de la casa donde ella vivía. En fechas recientes, había comenzado con otro molde, algo que era un trabajo más meticuloso que cualquier otro que hubiera hecho.
Un humano.
Diez años después
Tariq IV
Los fabricantes de ídolos y los “destructores de hogares” vivían unos al lado de los otros: lo sagrado y lo profano, lo venerado y lo contaminado. Tariq llegó a los estrechos callejones de la vecina Sonagachi y tocó la familiare puerta rosa y azul, con diseños rituales de mandala14, que fácilmente podrían confundirse con la entrada a una mansión de algún tipo.
—¿Has vuelto? —Una mujer pequeña y sonriente abrió la puerta.
—¿Qué quieres? —Otra chica le hizo ojos traviesos, mismos que llevaba incluso a las siete de la mañana. Su blusa de tigre transparente estaba tan que Tariq podía oler su aroma de sándalo y miel. Pero él solo tenía ojos para una.
—¿Dónde está Kali?
Sus ojos hechizantes se volvieron duros como pedernal. Ella lo maldijo y le escupió de una manera destinada a herir, pero se hizo a un lado para dejarlo pasar. Él era un chamán en busca de una bruja hacia las entrañas del burdel.
Punya mati o tierra de ramera se pide de la mano de una prostituta. Esta casa de cortesanas de repente se volvería sagrada una vez al año cuando se supone que las diosas visitan el mundo medio desde el cielo y la fabricación de los ídolos de se consideraba incompleta sin su pureza erótica. Aparte del barro de las orillas del Ganges, la tierra de fuera de la morada de las cortesanas sería un ingrediente importante para la construcción del ídolo. Pero no es por eso que Tariq se dirigía a esa casa en particular y cada vez que lo hacía, preguntaba por esa mujer.
Cuando lo dejaron entrar al patio, encontró a Kali viéndose como una, irradiada y ardiente, un passa15 decorativo pisoteando delicadamente sobre su cabello, sus brazos ensangrentados con aalta16 y sus largas trenzas rebotando como una ninfa sobre sus hombros desnudos. Solo que su rostro parecía fijado en piedra. Sin una palabra, se volvió y le entregó una pequeña cantidad de tierra acunada en sus manos.
Tariq jadeó mientras sus ojos viajaban sobre su vientre resplandeciente.
—¿Cuándo?
Las palabras le fallaron, pero Kali era indiferente, un símbolo de belleza febril. Tariq apretó los dientes en una rabia sin lenguaje, su rostro era una máscara de resignación ahogada.
—¿Visitarás tu casa esta vez? —se aventuró, dolor e incertidumbre luchando por mantener el ritmo.
Kali había sido nombrada en honor a la diosa de la noche, la de cabello largo y suelto y llamas de alfanje emanando de su cuerpo, cimitarra en una mano y un rayo en la otra, su tercer ojo bien abierto.
Tariq quería apelar a la niña que una vez había conocido, pero sus palabras colgaban como anacronismos en el aire.
—Te llevaré a recorrer los pandals17.
—Ya no creo en dioses y diosas.
Sus palabras parecían magullar una voz que todavía mantenía una hebra de ternura. Su piel y sus carnes brillaban. Sus ojos titilaban con algo mucho más antiguo. Un collar de cabezas cortadas, una falda de brazos desgarrados, aretes de hombres muertos. Había crecido para ser su diosa tocaya. Kali, la destructora. Ella destruía hogares… el suyo y el de otros.
Kali III
Oficinistas con gafas se paraban apretados como peces indefensos recogidos en una red mientras debatían ce política, retrasos del monzón, las noticias del día y el precio del pescado. Los adolescentes se paraban a hablar entre sí, colgando por el ancho de un dedo, las bocas de las puertas del tranvía abiertas de par en par a pesar de que el tren estaba en movimiento. Kali había logrado reclamar un asiento gracias al bebé dentro de ella.
Estaba regresando a la casa de su Thakuma después de diez años. Diez años lejos de la casa que, desde entonces, se había hecho de un nombre menos elevado: la casa de las brujas. Primero, se dijo entre susurros, después de que su hermano Rudra muriera y luego que su madre siguiera el mismo destino poco después. Luego se espesó con el tiempo, tomando una forma más completa cuando se supo que había “dejado” suelto a un tigre y, nuevamente, cuando huyó del matrimonio arreglado para ella con un viudo anciano el cual murió la semana siguiente. Diez años durante los cuales no había visto a su padre ni una sola vez. Y ahora nunca lo haría. Eso, al menos, estaba resuelto.
Kartik Pal, su padre, se había ido. La carta de Thakuma le rogaba que regresara. No podía enfrentar el Pujo sola. Kali casi se rió de lo absurdo de las circunstancias. Thakuma no estaría complacida de verla llevando un hijo sin esposo. Como estaban las cosas, después de su Thakuma, el título de bruja había pasado a ella. A veces, deseaba ser una.
Los piadosos cazadores de brujas insistían en que el esposo y el hijo pequeño de Thakuma no habían muerto en un accidente en absoluto. Habían sido ofrecidos a la diosa bruja, decían, y de ese sacrificio, otra bruja había nacido en la familia: la hija de Kartik, Rudrani, a quien llamaban Kali. Kartik era visto como la descendencia desdichada de los Pal, los pintores de ojos que estaban entre los artesanos ritualmente más confiables en Kumartuli. Así que, cuando Kali cumplió diez años, decidieron casarla con un pariente distante que había perdido a su esposa y podría venirle bien tener a otra. Por supuesto, en ese entonces, Kali había huido y solo recientemente había regresado a su casa ancestral a petición de Thakuma. También porque había llegado a saber que el padre, que lograba perdonarla por sobrevivir a su hermano, finalmente estaba entre los dioses y diosas que había pasado la vida entera moldeandola. La única creación que no podía amar era su hija de carne y hueso.
—¿Dónde estás, Rudrani? —Thakuma se dirigió a Kali por su nombre propio, la única que lo hacía—. Ven y conoce a Panditmoshai18.
Kali miró a Thakuma con confusión.
—Es el mejor que conozco —susurró y se volvió hacia un anciano arrugado con un andar ponderoso y manos plegadas—. Esta es mi nieta.
Panditmoshai usaba gafas que parecían ser más gruesas que la pared contra la que estaba descansando. Sus ojos saltones y doble papada le recordaban a Kali de un Ganesha19 amistoso, salvo que él no lo era. Sus amplias cejas se habían transformado en un ceño fruncido.
—¿Está en su carta también? —le preguntó, sus propios ceños y arrugas juntándose.
—A veces, estos dosh saltan una generación. —La voz del Pandit era sombría mientras tomaba la palma de Kali y comenzaba a trazar las líneas del destino a través de ella.
—La casa huele a muerte —comenzó con una nota grave—. Y también ella.
Thakuma miró a Kali con temor, sus ojos pesados de dolor.
—Ha habido una muerte en la familia. Mi hijo… él… murió recientemente.
El Pandit negó con la cabeza.
—No es él. Tienes que entender —le dijo pacíficamente a Thakuma—. Todos nosotros los humanos tenemos roles que jugar, similares a los dioses en el mundo superior, algunos creamos, algunos destruimos. Tal vez tu nieta pertenece a la última clase de seres —miró a Kali casi con simpatía, luego continuó—. Y si intentan crear… las cosas pueden no formarse tan bien… como el bebé… puedo ver algo inusual al respecto, algo oscuro… —Su mirada aguda encendió una llamarada dentro de ella.
Las líneas entrecruzadas ahora parecían una trampa mortal para Kali. Le quitarían a su bebé. Incluso Thakuma le quitaría a su bebé.
—Sugeriré algunos remedios para ambas… la influencia de alguna bruja puede estar sobre de ella… —el Pandit habló con una finalidad ominosa.
Thakuma se estremeció cuando escuchó la palabra. Tantas muertes ya habían llegado a su puerta por ese nombre. No quería que otra fuera puesta a en la de Kali.
Pero Kali no quería remedio alguno.
Debía huir.
De nuevo.
Era tiempo de aceptar una invitación de largo plazo.
Tariq y Kali III
El mes de Pujo es un carnaval para la ciudad de Kolkata. Familias de diosas son alojadas en carpas enjoyadas que se derraman en las calles, engalanadas en oro y plata y todos los accesorios de belleza mundana, tratando de superarse mutuamente en arrogancia artística y el carisma que surge del éxtasis de la creación. El mundo terrestre trata de imitar al mundo superior con la efusión de un amor por la diosa. Bienvenida, diosa, bienvenida.
La mano de Tariq encajaba con la de Kali en un rompecabezas ajustado mientras se movían lentamente, zarandeados por la multitud. Mientras se acercaban a las celebraciones, él la observó levantar el dhunuchi, el fuego constante y obediente, el humo enrollándose alrededor de sus muñecas. Su mente vagó hacia una tierra de amor sin cartografía que a menudo había soñado para ellos. Sintió el humo asentarse en su corazón.
Mientras los tambores se hinchaban, ella sintió cómo su lengua se movía antes de poder detenerla. Ulludhwani surgió de su garganta: vacilante e instintivo, un llamado a su madre, llevando el aliento de Thakuma.
Esa noche, caminaron hasta su viejo taller del árbol de yaca donde Tariq le señaló el ídolo que había elaborado desde cero.
—Ahí.
Kali miró a la diosa oscura con cabello lacio como una navaja.
—Es nuestra diosa. La que no pudimos terminar porque tuviste que irte.
Su rostro destelló con una emoción inexplicable mientras el agua se agrupaba en una sola gota preñada en la esquina de su ojo.
—También hice un barco para que pueda venir por agua.
Kali había renunciado hacía mucho a su deseo infantil de llamar a su madre al mundo terrenal como las diosas que venían cada año. Ni ella ni Tariq habían visto nunca a su madre, pero sabía que si alguien podía hacer milagros, tenía que ser él.
Pero algo le vino mientras se paraban mano a mano esa noche. Algunos creamos, algunos destruimos. Tal vez el Pandit tenía razón. Tal vez todos los demás habían tenido razón todo el tiempo. Tal vez ella era la muerte.
—No sé si nuestra diosa vendrá alguna vez, Tariq. Eres demasiado especial para desperdiciar tu arte en alguien como yo. Algunos de nosotros solo podemos destruir.
Mientras su voz se quebraba, algo viejo se apretaba en el pecho de Tariq.
Tariq y Kali IV
Se dirigió a la gran puerta exquisita y familiar de la casa donde había dejado tantas de sus obras artesanales para Kali en años anteriores. Esas palabras suyas retumbaban en su cabeza. Algunos de nosotros solo pueden destruir. No. Destrucción y creación son dos caras de la misma moneda, quería decirle. Nada se destruye jamás.
Puede que la diosa de Kali no llegue, pero alguien más lo hará. Dejó en su puerta el ídolo finalizado que había tallando durante meses.
Esa tarde, cuando los gritos de Kali rasgaron el aire y su bebé llegó a este, cualquiera fuera de la puerta que hubiera visto el ídolo por la mañana notaría que, ahora, había desaparecido. En su lugar, un bebé idéntico había entrado al mundo humano.
Aashisha Chakraborty es una escritora introvertida en busca de aventuras, autora de Mis(s)adventures of a Salesgirl y The 13-year-old Queen. Aunque técnicamente tiene títulos en ingeniería y negocios, se identifica más como una cazadora de caos y tejedora de sueños, mientras trabaja incansablemente en su tercera novela. Puedes leer más de ella en su Substack:
Glosario
Oraciones diarias rituales realizadas por musulmanes.
Un festival de adoración en Bengala, comúnmente llamado Durga Pujo.
Feroz diosa hindú del tiempo y la aniquilación; temida y venerada como destructora y madre.
Un pez pequeño y de movimiento rápido de agua dulce que se encuentra en Bengala.
Un término que significa no creyente, usado aquí en un sentido personal y conflictuado.
Ritual donde se pintan los ojos de los ídolos.
El amanecer del Pujo cuando la diosa es invocada.
Abuela.
Prenda tipo falda para hombre.m
Conflicto.
Apoco afectuoso.
Un sonido agudo y trémulo hecho por bengalíes durante ocasiones auspiciosas.
Lámpara de incienso de barro llena de carbón usada especialmente en pujos.
Patrones de arte decorativo geométrico.
Tocado decorativo lateral.
Tinte ceremonial carmesí.
Un pabellón festivo temporal donde los ídolos de la diosa son instalados durante el Pujo.
Sacerdote o astrólogo.
Dios hindú de los umbrales y comienzos, invocado para remover obstáculos y bendecir actos de creación.




