Este texto es parte de Los anteojos, nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:
—¿Alguien vio las métricas de ese tuit?— preguntó Javier Milei en una entrevista televisiva durante su campaña presidencial en el mes de octubre de 2023. La publicación a la que hacía referencia era un meme anunciando que en la segunda vuelta —donde se enfrentaba a Sergio Massa— contaba con el apoyo de Patricia Bullrich, quien había sido su contrincante en la primera ronda electoral.
El dibujo de un león, el animal con el que Milei se identifica, y un Pato –el apodo de Patricia– abrazándose, había obtenido doscientos cincuenta mil likes y dieciséis millones de impresiones en X, además de un millón de «me gusta» en su cuenta de Instagram. Esos datos le resultaron suficientemente relevantes al libertario como para destacarlos en el estudio donde el objetivo era escuchar sus propuestas de gobierno.
Los periodistas que entrevistaban a Milei manifestaron opiniones contrarias sobre el significado de tales métricas. Mientras uno de los conductores resaltaba que «eso era importante», otro sostenía que las interacciones virtuales «no son votos». El meme saltó fuera de las pantallas y Milei ganó las elecciones con un 55.7 % de los votos afirmativos válidos, convirtiéndose en el primer presidente argentino influencer.
Casi todos los problemas que me ocupan tienen que ver con los límites: los propios y los ajenos, los difusos más que los claros. Desde hace ya muchos años siento que tengo la cabeza dividida en dos. Está en el lugar en el que estoy, pero también está —a veces más, a veces menos— en lo que sucede en mi celular.
Despegarme de la idea de que en las redes pasa todo no es fácil: si no subís una foto de un viaje, no viajaste; si no publicás una foto de la birra que te tomás con una amiga, capaz esa relación ni existe; y, si nadie comparte una foto el día de tu cumpleaños, no envejeciste. El teléfono nos genera a veces un poder de omnipresencia que tambalea con la ausencia en el entorno físico.
Cuando tenemos el celular en la mano y abrimos alguna red social, inmediatamente podemos saltar de un lado a otro, aparentemente sin limitaciones ni consecuencias. La atención dividida no pareciera ser un problema grave. Dentro del aparato se construye un mundo que seduce y que aparenta ser infinito: un mundo que sabe delimitar cada vez mejor lo que me interesa, lo que quiero comprarme, la receta que necesito para la noche y la noticia que más me indigna, cuando tengo ganas de indignarme.
Con la motosierra en la mano y la libertad como grito sagrado, Javier Milei es presidente de Argentina desde hace ya más de dos años. Rompiendo esquemas y conmoviendo a desencantados, atrajo a un electorado que rara vez en Argentina se vuelve apático. Desde su llegada a la presidencia siendo líder del partido «La Libertad Avanza», la libertad de prensa en Argentina cayó cincuenta y ocho lugares en el ranking de Reporteros sin Fronteras del año 2026. Más concentración, menos voces, más ataques y difamaciones a periodistas, peores condiciones laborales y menos calidad de la información jamás darían como resultado que la libertad –en términos colectivos– avance.
Existe la idea de que con las redes se democratiza la palabra y la información, pero también hay una propuesta radicalmente opuesta. Aunque el debate puede llevar mucho tiempo, lo que es claro es que son un lugar propicio para desperdigar odio. En ellas, los sentimientos negativos tienden a volverse más virales. La «viralidad», en la era digital asociada como algo positivo, viene de la palabra «virus», que a su vez se traza a «veneno» en latín. A veces sospecho que creemos que las palabras en este mundo análogo pesan menos. Las consecuencias del odio en redes hace tiempo comenzaron a hacerse visibles y las reglas poco claras de las plataformas empezaron a ser más graves.
En septiembre de 2022, le gatillaron —a centímetros de la cabeza— a Cristina Fernandez de Kirchner en la puerta de su casa. El arma estaba cargada, pero la bala no salió porque no estaba en la recámara. Con un intento de magnicidio a una expresidenta en el historial reciente y con el aumento de insultos y violencia en la conversación digital y política, hablar de «discursos de odio» se volvió más usual. Definir precisamente lo que son esos discursos no es tarea sencilla, pero creo que intentar aproximarse es importante. Si todo lo que nos genera rechazo, nos parece injusto, nos enoja y nos da ganas de responder con bronca es un discurso de odio, nada lo es.
Aunque existan matices y no haya una definición en el Derecho Internacional, según las Naciones Unidas los discursos de odio son «cualquier tipo de comunicación que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio en referencia a una persona o grupo en función de lo que son», y para ser prohibidos se señala que deben incitar a la violencia. Discutir qué son grupos vulnerables y cuándo se incita o no a la violencia, se vuelve difícil sobre todo en un mundo virtual. El cuestionamiento sobre los límites empieza nuevamente. ¿Por qué y cuándo decidimos expresar una idea de odio contra alguien al que quizás nunca le hemos escuchado la voz? ¿Dónde termina el límite de nuestra libertad de expresión y la palabra se vuelve peligrosa?
Desde que anunció su fórmula de campaña hasta que ganó las elecciones en noviembre de 2023, Milei usó en X doscientas dos veces la palabra libertad; ciento cincuenta y siete veces acompañó la mención con un «carajo»; estrategia coherente y atractiva para ganar protagonismo en ese espacio, donde también compartió propuestas innovadoras y originales. Habló de economía, de corrupción, del debate presidencial y de su gira de campaña acompañando sus mensajes con la frase «viva la libertad, carajo». Las siglas de «VLLC» juegan una suerte de autógrafo al lado de su firma en todos los rincones donde alienta procesos ideológicamente similares al suyo.
Las consecuencias de publicar compulsivamente eventualmente llegaron. El 14 de febrero de 2025 Milei tuvo, quizás, su primer gran escándalo mediático tras promocionar en su cuenta de X una criptomoneda llamada $LIBRA. Al poco tiempo de tocar el botón de publicar, el valor de la misma se desmoronó. El libertario se escudó en que la promoción de la cripto fue para activar la economía argentina, añadiendo que no estaba al tanto de los pormenores del proyecto.
Los medios y conocedores del tema hablaron de la maniobra como rug pull. Se trata de una estafa mediante la cual sube el precio de la criptomoneda repentinamente, para que los creadores de la misma la vendan masivamente, provoquen su desplome y se lleven los fondos invertidos. Milei borró el tuit a las pocas horas y alegó en televisión haber hecho la promoción como economista, y no como presidente. Aún así, no pudo esquivar las denuncias que fueron presentadas por prestarse a engañar a terceros. Tras una investigación, salió a la luz que realizó varias llamadas esa noche con uno de los responsables de $LIBRA, un argentino que se encontraba en Estados Unidos en el momento de la publicación.
A pesar de la controversia, el presidente siguió posteando. Desde que asumió en diciembre de 2023 y hasta septiembre de 2025 ha hecho ciento trece mil seiscientos cuarenta y nueve publicaciones en X (tres mil cuatrocientos doce tuits propios y ciento diez mil doscientos treinta y siete reposteos). De ese total, hubo dieciséis mil ochocientos seis que contenían insultos.
Hace ya más de un año que vivo muy lejos de Argentina y responder a cómo estamos, pese a mi contacto diario, me resulta un poco incómodo. La pregunta de cómo llegamos a ésto se volvió extrañamente habitual y ejercitar una respuesta coherente, un desafío. Las excusas para que la violencia seduzca parecen cada vez más válidas.
Trabajar ocho horas por día y que no alcance para cubrir la canasta básica.
La panza de nenas y nenes sin llenar.
Sube un poco el sueldo pero sube más un pedazo de carne.
Da hambre y da odio.
Un femicidio cada 35 horas.
Roba este, roba aquel.
Todos roban menos vos que te la pasas laburando.
Lees un texto de Facebook.
Podés trabajar mucho menos y ganar mucho más.
Por ahí sí llegás a tiempo a comprar $LIBRA, estás salvado.
Los precios suben sin parar.
Un tipo despeinado grita. Grita con odio.
Grita más alto que el resto y hace que muchos se identifiquen.
Es viral.
Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el actual primer mandatario argentino mantuvo un vínculo muy estrecho con su homólogo, mostrando en muchas ocasiones su apoyo en redes sociales. No por nada Estados Unidos es el principal destino internacional de Milei con un total de 17 visitas. Uno de los viajes ocurrió antes de las elecciones legislativas de 2025. Sostuvo una reunión bilateral con Trump donde el republicano le regaló una captura de pantalla de una publicación en su red social «Truth Social». En el post el estadounidense respaldaba la reelección del argentino, algo que no estaba en juego en 2025, sino hasta 2027.
Según la consultora Ad Hoc, desde los primeros meses de 2025 hubo una caída en el volumen de menciones a Javier Milei en el ecosistema digital, lo que coincide con un aumento en el sentimiento negativo en su contra, algo que frenó sólo al llegar las últimas elecciones. Con la mala situación económica y la desesperanza política, para julio del 2026 la desaprobación del gobierno nacional alcanzó un 65 % según la consultora Zuban Córdoba.
La derrota de Argentina en la final del Mundial de fútbol, despertó en distintos lugares del planeta un rechazo contra nosotros. Una vez más, fueron las redes sociales el centro de la argentofobia. En este contexto, Javier Milei modificó —con un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU)— la Ley de Migraciones promulgada en 2004. Con este DNU, que entró en vigencia terminando el mes de julio, se sumó como causa de expulsión o de prohibición de ingreso a quien haya dirigido mensajes de odio o incitado violencia contra el pueblo argentino en su conjunto, o haya realizado/participado en actos de ultraje de símbolos patrios nacionales. Esta decisión migratoria exhibe el monitoreo constante de la conversación digital que el gobierno del libertario ha definido como una de sus prioridades.
En Argentina hay 46 millones de habitantes y 40 millones de usuarios únicos en redes que pasan 10 horas en promedio por día navegando en Internet. Desatender ese espacio no parece un plan muy efectivo. Obnubilarse en un espiral de virtualidad, tampoco. Me asusta creer que para el odio no hay límites. Pero en realidad, lo único que no tiene límites son las ideas, que necesitan desafiar estos tiempos para cambiarlos si así lo queremos.
Montse Vila Aleart (Argentina) es Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Rosario y magíster en Comunicación Institucional y Política en Sevilla. Actualmente vive en Barcelona.





