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Esta semana:
Paloma Serna escribe un poema desde la frialdad del odio.
María José Hernández juega con el erotismo desde una mosca que distrae y unos calcetines que calientan.
Ralph El Kahi presenta el folclore moderno de la calavera con un foto ensayo.
El equipo editorial de Perpetuo comparte a una reflexión a tres manos sobre las impresiones del Primer Concurso de Ensayos.
Llegó el Creativo Vol. III. El poema y el cuento son su Sancho Panza, pero no los únicos que lo acompañan: en esta ocasión, se le suman un foto ensayo y un importante anuncio que terminará con una paciente espera. Comencemos por los fieles escuderos.
El poema de Paloma Serna es un oxímoron. La frialdad de la muerte —o de una pérdida— se incendia primero con el lamento del desamor y, luego, con el anhelo del odio… ¿cuándo algo acaba realmente? Los días y horas pasan, pero el recuerdo persiste para Serna.
El cuento de María José Hernández tiene una lectura oculta, aunque bastante evidente; sus pensamientos están sobre la mesa: es nuestra labor interpretarlos… ¿Qué tienen en común las moscas y los calcetines? Para Hernández, quizá, no sean sino fuente de insomnio.
Aunque bien conocida es la celebración a la muerte en México, Ralph El Kahi presta sus ojos para retratar, con este foto ensayo, la modernidad de la calavera: desde la infantilización del esqueleto en un inflable hasta pinturas que adornan paredes y rostros.
Para cerrar, el jurado conformado por JL Sabau, Tomas Lemus y Alonso Millet comparte sus impresiones previas a los resultados del Primer Concurso de Ensayos de Perpetuo. A tres manos, explayan sobre lo que fue la lectura de textos participantes en esta justa.
La mosca con los calcetines puestos
de María José Hernández
Acostada en mi cama, escucho el zumbido de una mosca que entró por la ventana del jardín y está tratando de salir. En mis manos tengo un libro: portada azul, caligrafía negra. Mientras leo, me cuesta enfocarme en las palabras; mi atención está concentrada en lo que las yemas de mis dedos están tocando. Mientras leo, me es inevitable pensar en esto que ahora escribo. Mientras leo, me imagino que el sonido de las teclas rascan mi cerebro.
El zumbido de la mosca es demasiado. Cierro el libro y me dedico un par de minutos a guiarle el camino. Después de varios intentos lo logré... o más bien, la maté. No lo sé. Regreso a mi lectura. Ahora, me cuesta concentrarme porque me quito los calcetines y pienso: «¿Sexo con ellos o sin ellos?». Creo que no hay un momento preciso dedicado para pararte en una pierna y, de manera atractiva, quitártelos. Creo que sexo con calcetines puestos.
Regreso a mi lectura. El estilo de la escritora involucra saltos espacio-tiempo, por lo que tengo que subir la mirada y retomar las palabras. Habla de escritores, artistas, muertos y textos que siguen vivos. Pienso que tal vez debería leer más para escribir mejor.
El reloj marca las 15:34. Una nueva mosca, pero ahora en el ventanal de la sala. La logro ver volar detrás de las persianas. No hay zumbido. Se escucha la tenue música clásica que sale del estudio de mi papá. Me recuerda a la que sonaba en la estación 94.5 cuando me llevaba a la primaria. No sé si me tranquiliza o me exalta.
Saboreo los restos de chocolate que me acabo de comer. Es inevitable no querer algo dulce después del almuerzo. Mi mamá viene caminando a lo lejos y me pregunta lo que no me preguntó en la mesa: «¿Qué tal tu evento en Casa Lamm? ¿Es lindo, no?». Le contesto que sí. Pregunta por Majo, que estudia ahí. «No la vi», respondo, y es verdad —estudia por las tardes—, como también es verdad que quiero estar sola.
15:37. Mi plan es dormir la siesta, pero a las 16:00 tengo que levantarme y en lo que me quedo dormida sonará mi alarma. Mejor me pongo a escribir. Mejor me pongo a escribir esto. Porque si me duermo, no me voy a acordar del sueño. Pero si me pongo a escribir, aunque sean estos momentos insignificantes, cada segundo de mi vida tendrá un poco más de sentido.
Empieza a llover. Mi mamá mete las toallas que se estaban oreando en el patio. Siguen húmedas. De hecho, están empapadas. ¿Se acuerdan del chocolate? Mi perro, más grande de lo que cree ser, intenta robarme la envoltura. No lo logra: le pego en las patas y alejo el objetivo de sus fauces.
15:51. Suena el cucú de mi papá. Tiene una colección de nueve relojes de pared. Cuando mis hermanos vivían en casa y mi cuarto estaba en el piso de abajo —ahora estudio, ahora espacio de música clásica—, no podía irme a dormir hasta escuchar el sonido de los relojes.
Ya son las 16:00. Tengo que levantarme. No dormí la siesta. Ya es el cumpleaños de Paula —mi amiga en Croacia— y me lleva ocho horas de ventaja. Me pregunto qué pensaría si supiera que la evoco en un cuento que pone a una mosca como protagonista. Eso me divierte: su reacción se levanta como el final abierto a un argumento impreciso que buscaba, inconscientemente, al escribir esto… ¿Qué es la siesta sino la interrupción del sueño, una trama inconclusa? Sin embargo, también me pregunto: ¿dónde me deja parada ni siquiera haber soñado?
Sorprendentemente, se me espanta el cansancio. Dejo de prestar atención a la envoltura y mi perro aprovecha a robársela. Ya no encuentro ni escucho ninguna mosca. Me pongo los calcetines. Una breve calentura recorre mi cuerpo… Quizás hoy sea mi día de suerte.
María José Hernández Elías (Ciudad de México, México). Comunicóloga. Amante de la moda, las revistas y la sobremesa.
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La mente fría en llamas
de Paloma Serna Castaño
¿Escuchas mis recuerdos, anhelos y lamentos? Te imagino. Si me imaginas de vuelta, tal vez podríamos hablar. Perdí los sueños, Tú te apoderaste de ellos. Ya no respiro, te respiro; ya no siento, te siento. ¿Qué tiene que ver caminar con recordarte cantando? Dime, ¿qué tiene que ver comer con recordarte corriendo? ¿Qué tiene que ver vivir con mirar tu sonrisa? La espera que me mata al parecer me mató ya hace tiempo. Ese mismo día me tragué una tormenta; abro la boca y la lluvia sale de mis adentros. Mente fría… ¿Dónde está mi mente? La cambiaron por un casete de recuerdos. Mi corazón te odia, mi mente tan solo te recuerda. (Ese “tan solo” es todos los días, a todos horas, despierta y dormida).
Paloma Serna Castaño (Manizales, Colombia) encuentra en las letras, las artes y la reflexión su manera de habitar el mundo.
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Donde la muerte camina
de Ralph El Kahi
de Tomas Lemus
En cada país hay símbolos e imágenes tan entretejidos con la realidad que pueden pasar de largo. Generan, también, una complacencia —o una miopía—. De tanto ver algo, dejamos de apreciarlo o nos conformamos con una interpretabilidad aceptada, oscureciendo sus significados emergentes.
«Las calaveras están aquí y significan esto y esto otro», sería el caso en México. O lo que es análogo, nos acostumbramos a la presencia de los cráneos, las difuminamos; no aventuramos más que una arqueología de sus múltiples significados.
Es por esto que considero tan productiva la mirada externa en la fotografía, sobre todo en la fotografía de calle. La del forastero que, dialogando por primera vez con un lugar, recibe directamente todos los símbolos con la libertad para poner atención a donde lo atren las interpretaciones y los significados escondidos.
Eso nos regala esta semana Ralph el Kahi, con una serie de fotos que explora lo que le pareció el elemento definitivo de la calle mexicana: la calavera. En sus fotografías nos ofrece puntos de vista únicos sobre la inmanencia del símbolo de la muerte en la cultura mexicana.
Palabras del autor
México, como cultura, es profundamente visual. Esto lo convierte en un lugar irresistible para un fotógrafo de calle.
Lo que más llamó mi atención en este país fue la presencia ubicua de las calaveras. Las creencias y tradiciones culturales mexicanas le dan un lugar preeminente en la vida cotidiana.
Más allá de lo que vemos del Día de los Muertos, el símbolo de la calavera se manifiesta en la vida cotidiana a través de expresiones lúdicas y artísticas; es un referente visual constante. Recuerdan el ciclo de la vida y el vínculo perdurable entre los vivos y los muertos.
Así, al celebrar la muerte, México también celebra la vida, la memoria y el amor.
Este foto ensayo es de Ralph El Kahi.
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Impresiones sobre el Primer Concurso de Ensayos de Perpetuo
Una reflexión a tres manos
Tras evaluar los textos de más de 200 participantes, el Primer Concurso de Ensayos de Perpetuo llega a su fin. El veredicto se dará a conocer el lunes 3 de agosto junto con la publicación de los textos ganadores —en lugar del estelar de la semana—.
Previo a ello, los tres jueces escribieron reflexiones sobre lo que fue la lectura, en términos generales, de esta edición. Las compartimos a continuación.
El ensayo es una bestia indómita a pesar de nuestros mejores intentos de amaestrarlo. Mis semanas —hechas meses— leyendo las decenas de textos para este concurso, me lo han demostrado. Entre lo que hemos considerado hay tratados filosóficos del amor o del significado de la vida a la par de diatribas sobre las minucias más irrelevantes o anécdotas personales que transcurren sin mayor encanto que las horas de una fila. He visto textos en primera persona y tercera con intermitencias de una segunda imperativa y un plural incluyente; hay textos que siguen un rigor imperdonable y otros que parecen despabilarse ante toda mención de estructura. Todos ellos entran en la categoría de ensayo. Por lo menos, todos entran dentro de la categoría colectiva que definimos como ensayo y que guió a tantas gentes con ideas tan dispares a enviar sus textos a este concurso.
Una parte mía lamenta esa naturaleza indómita. Muchos de los textos que leí son ensayos en el sentido más propio de la palabra: fueron un intento de amaestrar un concepto o de expresar una idea. Se quedaron en el ensayo; no llegaron a la obra. La mayoría de mi lectura fue desilusionante. La mitad de mi frustración fue por ensayos que no tenían idea de su camino y que, aun si tenían un par de frases acertadas, no llevaban a más que ellas. Una obra, al final, requiere que cada oración colabore; no pueden ser solo un par las que sean dignas de leerse. Vi mucho intento fatuo; muchos textos que son ideas sin gestar—y mejor hubiera sido que se quedaran en lo hipotético.
La otra mitad de mi pesar fue por ensayos con una estructura tan rígida que se negaban a nada más y que pudieron resumirse en silogismos —mismos que no deben gastar palabras; solo decirse y probarse—. Los llamaré ensayos académicos por ser la moneda de cambio en la academia moderna. Esa estructura inquebrantable de introducción, desarrollo y conclusión que es tan divertida como ver girar un plato de comida que detestas en el microondas. Ese falsa domesticación del ensayo mata por completo su esencia atrevida; su paralelo con la mente humana y su predisposición a meterse en los resquicios más improbables. Si el ensayo es un intento exitoso por entender, tiene que haber batalla en ese acto. Las estructuras forjadas son como los ponis miserables en circos inmundos, dando vueltas hasta el cansancio para que niños se tomen fotos. Será parecido a un caballo, pero no está ni cerca. Una pena.
Para amaestrar, hay que permitir que salga la naturaleza.
Aun así, siento un enorme optimismo tras este esfuerzo. Sí, el ensayo es difícil y sí, es confuso —harto confuso—, pero en estas decenas de textos que leí, noté que permanece la llama de la ambición que le da sentido como género. Seguimos intentando. Cada que leía a un autor tratar de definir el motivo de la vida o las peripecias del amor; cada que me encontraba con una ambición desmedida por explorar un concepto que hemos explorado hasta el cansancio, no podía más que sonreír. Aun si muchos —la mayoría— me parecieron malos, me llenó de alivio encontrar tanto deseo de explicación ante un mundo que se niega a ser explicado. A quinientos años de la creación del ensayo, seguimos con generaciones dispuestas a explicar el mundo entero. Seguimos ensayando y ensayando para esta gran obra que bautizamos literatura y que, en verdad, se llama existencia.
Seguimos sin domesticar el ensayo. ¿Y saben? Creo que es algo bueno. Seguimos con un reto grande en la literatura y los ganadores de este concurso se han acercado.
El criterio de un juez se endurece para que, al momento de tomar una decisión y dictar cualquier sentencia, se haga justicia. Surge, sin embargo, un gran problema cuando las pruebas son insuficientes; cuando, entre los testimonios, apenas relucen algunas certezas. Ese es el amargo sabor que aún intento quitarme de entre las encías, a sabiendas de que casi todas las ideas presentadas a este concurso son buenas, pero insuficientes en su ejecución.
Quizá sea la poca claridad en las bases, como en aquellos puntos referentes a la extensión; quizá, la libertad para explayar sin límites sobre cualquier tema aparezca como el monstruo que hace de la escritura algo inacabado, lleno de avaricias. Una avaricia sin embargo tímida, miedosa, poco ocurrente; por ello me pregunto: ¿qué impide la autenticidad de las ideas?
Es curioso: en el concurso de cuentos de hace unos meses, leí muchos textos con trasfondo ensayístico. Escudados por la ficción, la deficiencia del relato terminó por hacer de esas ideas algo insípido; cavilaciones que pudieron ser —cuando menos, contar algo—, terminaron por teñirse de cobardía. Con este concurso sucede lo mismo, aunque distinto: otra ficción, la Academia, escuda y esconde el potencial de muchos textos. En estos casos, el ensayo —que debiera ser un experimento— se impone cadenas para pensar y, como un sumiso animal nacido en zoológico, permanece dentro de estructuras que lo enjaulan en un deber ser autodestructor. Hablar de una obra o un autor, por ejemplo, no supone que el autor u obra citada hable más que el autor que le cita.
«Ya todo está dicho», es la excusa que suele implorar el quejumbroso, ignorando lo relativo que es la figura del descubridor. No hay descubrimientos, no existen: solo hay personas que saben mirar. La exploración parte de una idea, pero cómo la expresó es lo que traza el camino. Hubo, por ejemplo, muchos ensayos sobre el amor: me niego a creer que todos sienten de la misma forma, como bien parecía.
Frente a todo, debo admitir que me entusiasman las genuinas convicciones. Hubo textos maravillosos que hacen de lo simple algo complejo. Textos cuyas ideas son historias con principio y fin, aunque siempre dispuestas a emprender un nuevo viaje —incluso si es otro quien las lleve al paseo—.
A menudo nos tomamos el oficio de jurado demasiado literal. Como quien en una corte, observa al acusado de perfil desde la distancia y cree que esa separación es cualitativa. De la misma forma interactuamos con el texto desde nuestra posición de jurado, con el mandato de categorizar, de pesarlo frente a otros y ponerlo a la luz de criterios establecidos.
Yo escojo, en su lugar, la de interlocutor. Encuentro en este ejercicio algunas voces con las que dialogar; encuentro diversos discursos que me hablan y que hablan entre ellos.
El acto de ensayar es bastante concreto: presentar una idea, tomar —como enunciador— una posición y desplegar argumentos para respaldarla. En el ensayo literario todo se vale, pero después de la estructura, no en lugar de ella.
Este concurso de ensayos destaca por la profunda curiosidad contenida en ellos. Muchos textos dan cuenta de la voluntad de expresar en este idioma, pero pocos se desarrollan como ensayos. Encuentro, más bien, conversaciones, invitaciones abiertas a la reflexión. Y como las conversaciones, enumeran varios argumentos a la vez; divagan, dan vueltas inesperadas; más que depender de la consecución de argumentos, se apoyan del contexto acumulado y la intencionalidad declarada, pero no argumentada.
En una conversación rara vez hay un argumento concreto a discutir: se enumeran ideas y se construyen capas de intencionalidad sobre ellas. Enunciador y enunciatario reflexionan sobre sus discursos y los que reciben; no hay una conclusión, sino muchas enterradas en el espacio entre ambos. En la conversación, la forma traiciona al fondo; el contenido, fácilmente, puede verse invertido. En las conversaciones, la forma es fondo.
Eso leo en estos textos.
Las más veces, me sorprendo de pronto con una prosa deliciosa, que me apela directamente como lector y quiere conversar conmigo; me encuentro cambiado después de leerla, pero no recuerdo qué la origina, de dónde viene.
Me pregunto si serán los tiempos. Pienso en Neil Postman y su convicción de que dejamos atrás la era tipográfica hace quizá sesenta años. Las metáforas cambian, las formas de expresarlas sin duda han cambiado. La literatura vive, pero parece a veces un anexo al pensamiento que discurre principalmente en la conversación y en la forma audiovisual. La pregunta que me queda no es cómo regresar a una era más ortodoxa, sino, como revista, ¿cómo acercarnos a la forma en que se enuncia la literatura hoy en día? ¿Cómo asir la flecha del tiempo, canalizarla, asumir su forma? Quizás empezando por darle a los concursantes los medios correctos para expresarse en el lenguaje de su tiempo.
El lunes 3 de agosto anunciaremos a los galardonados de nuestro Primer Concurso de Ensayos en lugar del estelar de la semana.
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Gabriella Fedetto (San Francisco, EE. UU.) es una artista e ingeniera que explora su interés por la intersección entre el arte y la humanidad en la era digital. Actualmente trabaja como diseñadora en un negocio de joyería artesanal.
Nathalie Medina T. (Cozumel, México). Artista, ilustradora y bordadora.


































