
El creativo es nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Cada semana publicamos un cuento y un poema acompañados de un par de comodines (entrevistas, recomendaciones, ensayos y más). Para recibirla en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Esta semana:
Santino Cortés poetiza con anticipada violencia
Iván Herrera narra la epítome de una ambición musical desmedida
El equipo editorial presenta su selección mensual de lecturas
Compartimos una listado de concursos literarios en la lengua que le rige, el español
Presentamos el Creativo Vol. IV. A la sal y pimienta —llámase cuento y poema— acompañan un par de nuevos condimentos: una mezcla de especias —también conocidas como reseñas literarias— y una selección curada de sazonadores premium —los concursos más destacados del habla hispana—. Comencemos por los primeros.
El poema de Santino Cortés profetiza la tragedia, una actividad de larga trayectoria, que no obstante sentimos presente. Mundaniza el futuro con su descripción del espacio; es inevitable la pregunta: ¿se puede evitar el terrible desenlace?
El cuento de Iván Herrera ilustra la necesidad de ser vistos, ese síntoma que atemoriza la intimidad. La fama se erige —o más bien dicho, cae— como una espada de Damocles: el reconocimiento puede encauzar la perdición.
Las reseñas del equipo editorial de Perpetuo presentan un menú combinado de poesía, ensayo, cuento y novela. De entrada, sugieren una antología equivalente a un platón de botanas diversas; los platos fuertes se combinan con los postres: poemarios trágicos, novelas cómicas, ensayos plurales.
También del equipo editorial, presentamos un listado de concursos literarios de diversos países y géneros.
Sin más, les dejamos probar cada uno de los múltiples sabores.
La balada del Zurdo Fraga
de Iván Herrera
No le aplauden, como al resto de los guitarristas, cuando sus botas de suela rajada pisan el escenario. ¡Mediocre!, le grita un greñudo desde abajo. Un barbón de arete en el lóbulo le extiende una botella de cerveza, a sabiendas de que la repudia. Le chiflan para que se apure. Es su turno. El Zurdo ajusta sus tapones auditivos; el cable al amplificador. En cuclillas, abre el estuche y saca una reliquia que enmudece al recinto: madera de aliso con acabado de poliéster, pau ferro en el diapasón; una Fender Stratocaster de 1954: blanca, satinada y, según la leyenda, intocable.
Antes de comprarla, el luthier se lo advirtió: docenas de valientes talentos habían sido destruidos por La Blanca. En un principio, resultaba una pareja maravillosa: los dedos de cualquiera se deslizaban sobre su brazo con una facilidad inusitada, piezas que requerían un alto grado de ejecución se volvían sencillas y bastaba con practicarlas una sesión para dominarlas. Su tono, belleza y resonancia apabullaban al resto de liras, sin importar que fueran vintage, modernas o sui generis. Luego venía la cruda. Al tocarla en vivo, algunos concertistas padecían inesperadas sensaciones: principios de artritis, pánico escénico, zanjas profundas en la memoria; otros sufrían accidentes, como caídas y descargas eléctricas. Nunca volvían a ser los mismos: enfermaban, naufragaban en drogas, perdían habilidad musical; se divorciaban, se suicidaban.
El Zurdo, desde luego, conocía la leyenda. La conocían todos los participantes y asistentes al Jam de Guitarra. Y pese al miedo, desembolsó todos sus ahorros en ese taller humilde y viejo. Al por qué del luthier, el Zurdo argumentó que no le lastimaban el desprecio ni las humillaciones de colegas y espectadores; le dolía, en el fondo, saber que tenían razón. La Blanca era su antídoto contra el fracaso, un recurso último, un mero salto al vacío. Sobre las posibles secuelas, el comprador cargaba con un dejo de optimismo: esa guitarra no había sido poseída aún por ninguna mano izquierda. Le pidió al artesano —de canas y patillas largas— que se la adecuara para esa condición y a la semana volvió para llevársela.
Se cuelga el instrumento y abre con un requinto salido de Hendrix. Se despega por un instante de la realidad: roza otro plano, flota. Ya no es el Zurdo, muchacho de bandana en la frente, abstemio y musculoso, cuyos deseos de fama superan sus aptitudes. La audiencia, antes enemiga, es un manojo de curiosidad y entusiasmo; un retrato de facciones llenas de asombro. Hasta que se apagan las luces y con ello la música. Hay desconcierto, susurros, rechiflas. En diez ediciones del Jam no había ocurrido jamás un apagón. El asombro regresa a su hostilidad previa: una garganta anónima aprovecha la oscuridad para gestar una plasta de saliva y mucosa. El ruido del escupitajo provoca risotadas.
La flema verdosa, espesa y teñida de amarillo, colisiona en el borde de la tarima. Al fondo, otra garganta avisa que se botó una pastilla de la instalación eléctrica y es cuestión de levantarla. En un instante reviven las luminarias del escenario, mientras los focos en el resto del lugar se han fundido. Es todo opacidad, a excepción del haz de luz rojiza que recae sobre el Zurdo.
El músico retoma su performance. Toca y suda: gesticula como si tuviera múltiples orgasmos. Toca y domina: su maestría hace que a un espectador se le escape una involuntaria ronda de aplausos. Toca y se arrodilla: es uno con su instrumento y de esa fusión salen chispas, destellos, hasta que los bulbos del amplificador se sofocan y el sonido se extingue. Surgen abucheos y vuelven los insultos: ¡Pinche salado!; ¡Novato de mierda!; ¡Perdedor!
El Zurdo maldice decepcionado y seca el sudor con una toalla. Se acerca al aparato para inspeccionarlo: le brotan una estela de humo y un olor a quemado; la bocina emite un ronquido. El amplificador ha dejado de funcionar. Una figura delgada, alta y de sombrero sube a la tarima. Su mano derecha —adornada con esclavas de oro— ofrece un Marshall en buenas condiciones. La ofrenda pertenece a un vieja guardia, tres veces ganador del Jam. Le apodan El Santana y su aprobación significa también la de la tribu. Pero al momento él se ha limitado a expresar pestes del Zurdo a sus espaldas… Conéctate aquí, carnal, le propone; Quiero seguir escuchándola. En varios años de conocerse, esta es su primera interacción.
La Blanca resurge al compás de su dueño. La melodía es compleja, hermosa y dificilísima, colmada de un virtuosismo que el Zurdo Fraga miles de veces soñó despierto, en soledad y llanto, con ampollas explotando en las yemas de sus dedos tras cuatro horas diarias de práctica. Una destreza que sólo presumían los dotados de habilidad innata, de oído absoluto, o los niños ricos con libertad suficiente para estudiar en escuelas de música y que no estaban sometidos —como él— a entregar paquetes a domicilio. Lo del Zurdo era un camino que le robó novias y celebraciones de cumpleaños, que le provocó una tendinitis de muñeca y un desbalance metabólico por saltarse la cena con tal de mejorar, y lo orilló a ingerir somníferos mientras repudiaba, madrugadas enteras, su decisión de transformarse en guitarrista. Una grandeza que —tanto sacrificio de por medio— nunca alcanzó. Hasta este momento.
En donde había dedos ahora hay bendings, legatos y pull ups que rozan la perfección. El Zurdo improvisa, evoca a sus influencias, logra que La Blanca hable mediante un alarido sostenido que sube y baja en el espectro de agudos y graves. Es como si pasara del quejido de un bebé al soundtrack de un superhéroe… Hasta que una cuerda revienta.
La tira de acero se estremece, todavía sujeta al clavijero. Lo normal ante este hecho es detenerse, pero los dedos no paran: siguen moviéndose con furia, escalando de arriba abajo los trastes como una araña hambrienta. Una segunda cuerda truena y sale volando hacia el público. De pronto una nota suena entrecortada, como si fuera a descarrilarse, pero de inmediato se recompone y vuelve a la escala. El volumen de La Blanca sube sin que nadie mueva ninguna perilla. Cuando se rompe otra cuerda más, El Santana ha tenido suficiente: se dirige hacia el fondo del bar y aborda la consola de audio. La examina buscando un cable extra, un canal manipulado, algo que termine con el misterio; sin embargo, sólo encuentra botones, volúmenes y líneas trabajando con normalidad. Encara al ingeniero y lo acusa de haberse vendido: Esto es trampa, carnal, a mí no me haces pendejo. El ingeniero apenas le hace caso: absorto por La Blanca y su discurso, reniega sin desviar la atención del escenario.
El Zurdo pisa la flema, reseca pero densa, con su bota desgastada. Su maestría —al maniobrar un instrumento incompleto— afloja quijadas, expande retinas. En la audiencia aparecen los aullidos y las ovaciones y, al fin, el reconocimiento. La presentación termina y luce insuperable. El ganador es indiscutible, sin importar quién falte por concursar…
Una fracción de segundo después de las palmas, irrumpe el eco de un grito. El enunciado no se aprecia con certeza, aunque se distingue una sílaba: la A.
Hay cejas arqueadas, uñas rascándose la mollera o escarbando el tímpano, lenguas topándose contra dentaduras, chasquidos. El zumbido de las bocinas no ayuda a relajar el ambiente ni a despejar las dudas.
El Santana viene corriendo desde la consola, con su sombrero en la mano y la acusación brotando de sus cuerdas vocales: ¡Este puto usó playback!
El greñudo lanza su púa y aterriza sobre La Blanca, que aún permanece colgada en el hombro del Zurdo.
No tardan en llover sobre el escenario una docena de púas. Luego caen botellas acompañadas de gargajos, monedas y colillas de cigarro. Le siguen los litros de alcohol, los llaveros, los encendedores y el itinerario del evento hecho bolita y arrojado como piedra.
El barbón de arete en el lóbulo inicia la estampida, es el primero en subirse. Lo imita una turba de rockeros, cuya edad va de los diecisiete a los cuarenta y cinco años. Hay algunas mujeres también, igual de enardecidas. No le dan oportunidad al Zurdo de siquiera quitarse la guitarra: lo derriban y su figura queda enterrada bajo la masa salvaje de pantalones de mezclilla, cadenas y camisetas negras con logos estampados de distintas bandas.
En su intento de acercarse al escenario, la seguridad del recinto —que consiste en dos elementos gordos— es interceptada por un quinteto armado con picos de botella. Ahora son los gordos quienes necesitan el apoyo verdadero de seguridad.
La música se ha transformado en insultos, griterío y amenazas de muerte. En el PA todavía suena La Blanca conectada, haciendo ruidos gangosos, golpeteos con reverberación, feedback. El lugar se impregna de una peste a humedad y orines.
Es todo opacidad, a excepción de la estela de luz rojiza que ilumina el cuerpo inmóvil del Zurdo, bocabajo, sumergido en un charco de cerveza mezclado con las hebras de sangre que le escurren de los tímpanos.
El Santana se planta en medio de la bola: empuja, forcejea, se esfuerza por detener la masacre y lo consigue. Hay calma y un silencio que permite apreciar los jadeos de los asistentes y participantes del Jam; un coro terrorífico, desafinado y a destiempo.
La mano, dice El Santana con la serenidad de quien anuncia una balada; Creo que es la mano.
Iván Herrera (Monterrey, Nuevo León) Estudió una licenciatura en Comercio Internacional que nunca pudo terminar. Ha trabajado en medios de comunicación y agencias de marketing. Le gusta la música y escribe canciones que a veces canta en público.
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Profecía de un profeta menor
En el departamento todo está, aún, estático. Las sábanas aún no están destendidas, ni la cama es testigo aún del amor que Ella y Él se darán a escondidas del otro. La puerta aún no se abre. Aún no se escuchan los desgarrados gritos del otro Él. Las sábanas aún no se manchan de la sangre de Ella y Él. Aún no se escuchan las sirenas que en unos minutos inundarán la calle. Los curiosos aún no tapan la entrada del edificio. Las madres de Ella y Él, aún no lloran, horrorizadas, al verlos en una cama metálica. El viento de otoño aún no llega. Todo esto sucederá en primavera. En el departamento todo está, aún, estático.
Santino Cortés (2002). Es mexicocubano. Escribe.
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Los libros que leer (agosto, 2026)
Alguna vez Umberto Eco se refirió al libro como medicina. Lo hizo para defender las bibliotecas personales y argumentar que no tenía nada de malo acumular libros sin leer, puesto que las personas coleccionamos medicinas que no consumimos hasta ser necesarias. Sin embargo, todo medicamento, así como todo libro, debe presentar una fórmula, dosis y vía de administración. También debe tener una razón de estar en el botiquín.
Así como con las medicinas, hay lecturas obligatorias que ahuyentan un resfriado; hay, también, enfermedades que requieren mayor respuesta y por ello los antibióticos… Si ya probaste de todo en tu biblioteca y la gripe continúa, no te preocupes: en Perpetuo te damos consulta y prescripción.
Si eres autor o tienes una editorial, ¡envíanos tus libros! Aquí los leemos, seleccionamos y reseñamos.
La máquina de escribir — Antología
Alejandro Arras comanda la selección de esta antología que recupera un momento y un proyecto insólito en la literatura mexicana: ese extraño momento latinoamericano en los 70s, cuando aún parecía que la atención internacional a la literatura de la región duraría para siempre. Para llevar esa atención hacia el nuevo talento, Federico Campbell creó, en lugar de una revista, una editorial donde se forjaron muchas de las mejores voces de la generación. El libro te cuestiona cómo hubiera sido el panorama de haber construido una revista: ¿habrían destacado más los autores que publicaron en La máquina de escribir? El resultado es una reflexión sagaz, pero llena de nostalgia por parte de José María Espinasa al respecto de la edición de Arras sobre el proyecto de Campbell. Entre los textos elegidos, destacan los de David Huerta, Evodio Escalante y Carmen Boullosa. Una Súplica Mineral, es por mucho, el mejor texto de esta compilación; Del Toro fue una revelación que recibimos con culpa y confusión —pero culpa sobre todo— por no haber oído antes sobre este talento tan especial. A este poema le añado la exquisita introducción biográfica que se hace a ese extraño personaje que es Antonio López Chavira.
Las tarántulas — Elaine Vilar Madruga
Hay dos tipos de poemarios; o, al menos, eso sosteníamos: aquellos que compilan una serie de versos escritos en momentos dispares y cuya publicación no tiene mayor sentido que la del autor con criterios vagos de calidad —que, más bien, recolectan poemas escritos en un tiempo—; y aquellos que son un proyecto colectivo, ambicioso, donde el autor se sienta a escribir de un solo tema de versos —El canto general de Neruda; Wild Iris de Glück—. Vilar Madruga trata de hacer lo segundo con los vicios de lo primero. El poemario tiene sus temas recurrentes —el exilio, las tarántulas, la rebeldía—; batallamos por encontrar una teoría que los una. Si es un poemario cohesivo, lo es por un par de imágenes que se repiten. Como las imágenes son tan constantes, nos hace suponer que pertenece a ese segundo tipo de poemarios y que Vilar Madruga, en verdad, lo planeo. Pero como no hay mucho a modo de argumento que una los poemas, nos parece más del primer tipo de poemario. Será algo en medio. Poemas escritos en un solo tiempo con una obsesión recurrente.
Pleistoceno — Hiram Ruvalcaba
El Pleistoceno es la época geológica previa a la que hoy transcurrimos. «La muerte vino por medio de un hombre», dice el epígrafe general del libro, perteneciente a Corintios 15:21; con ello, Ruvalcaba marca el inicio de su propuesta: un retorno a la época de climas extremos, «la memoria justa del fin del Pleistoceno». Con un tono bíblico, los versos bien podrían ser versículos de estas nuevas escrituras que el autor plantea y agrupa en seis capítulos que exploran los grandes conflictos de nuestra era. Eso sí, inicia con una fuerza que mantiene casi por completo la angustia del camino; sin embargo, termina algo débil: el último capítulo, correspondiente al agua, se queda corto ante un problema que no sólo compete a los mares: ¿dónde quedan los ríos, los lagos o las lluvias limpias que abastecen los aljibes? ¿Dónde quedan las gargantas sedientas de los mencionados migrantes? El cierre no le hace justicia al resto del libro: se desinfla y deja un sabor semiamargo. No obstante, el poemario acerca la complejidad del mundo al lector con versos que lamentan el silencio que nos regresará al Pleistoceno.
Sendero de suicidas — Rubén Rivera
Sendero de suicidas es un repertorio biográfico de muertes autoinfligidas. Ganadora del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2021, hemos de retomar una línea del jurado que nos parece acertada, puesto que el autor «[…] construye un monumento a la vida al poetizar sobre la muerte». El poemario, escrito en prosa, comienza con una introducción donde Rivera adelanta la tensión que conecta todos sus poemas —o pequeñas biografías de suicidio—. Es un recorrido por diez secciones que agrupan a los poetas suicidas según el método que usaron: desde la bala que atravesó las cabezas de tantos, como la de Torres Bodet, hasta métodos diversos como el afilado cuchillo de Karoline Von Günderrode que atravesó su corazón. En cada poema, Rivera encarna la muerte de cada poeta y vuelve a morir con cada uno de ellos.
Respirar bajo el agua — Olivia Teroba
¿Lo recomendamos? Parcialmente. El público es específico: personas que disfruten una lectura ligera, quizás mientras beben una taza de café o que necesiten un libro fácil de retomar entre los ratos de traslado y espera que invadan nuestro día a día. Más que las historias, lo que vale la pena es la capacidad narrativa de Teroba. Es capaz de brincar de golpe en tiempo, espacio y voz con aterrizajes precisos que te hacen cuestionar: ¿cómo llegué a este punto o a este personaje? La autora plasma las letras a su antojo sin dejarse obstruir por paradigmas o imposiciones. Puede dejar una oración a medias, no por desdén a la historia, sino porque hace perfecto sentido. En una página leemos la carta de una mujer dolida tras una ruptura y, unas cuartillas más adelante, conocemos a un niño enamorado cuya vida se ve alterada por el narcotráfico. Las voces de niños son recurrentes; aparecen como narradores, con su propia voz y una curiosidad infantil genuina. Las temáticas, sin embargo, llegan a ser reiterativas. Algunos elementos recurrentes: descripciones sexuales explícitas, porros compartidos —a veces entre hermanas, a veces entre extraños—, corazones rotos —de jóvenes y grandes— y el crimen organizado —desde los ojos de las víctimas y los perpetradores—. Teroba escribió un breve compendio de cuentos en escenarios cotidianos que funcionan como su propia cotidianeidad.
El periódico de la democracia — Javier Cercas
Cercas ha llegado a ese nivel de talento y fama en que se puede dar el gusto culposo de escribir lo que le venga en gana y nosotros, sus lectores, podemos darnos el igual de morboso —mas no menos dichoso— placer de leer sus diatribas. Este librito de El País es, quizá, la mejor introducción a esa escritura de Cercas que sólo puedo llamar diatriba. Es un ensayo sobre la historia del periódico, sí. También es una recolección personal de todo lo que el periódico le ha dado y cuánto le ha dado en su formación. Más aún, es una cátedra del escribir como práctica y no como arte. Como en todo lo de Cercas, el tema central intriga, pero sus desviaciones te hacen querer con desesperación otro libro suyo.
El amigo muerto — Antonio Ortuño
¿Qué pasaría si la cotidianidad, la realidad social, los modismos, y los clichés de México fueran plasmados en una serie televisiva de misterio? Dado el terrible apoyo a las producciones cinematográficas mexicanas, la respuesta quedará pendiente; pero, de querer disfrutar una historia con ese estilo, tenemos la novela El amigo muerto. La lectura se la avienta cualquiera —joven o adulto y experimentado lector— de un sentón. Sus personajes atrapan, su trama también. Destacamos la capacidad de plasmar diálogos de manera totalmente convincente, con groserías por muletillas y albur conversacional. En más de una ocasión, detuvimos la lectura para reír. Así de envolvente. Ortuño nos presenta una serie de clichés que no son estereotipos, sino parte del contexto mexicano: Javi y Gina los fresas, el «guarro» de Maples —cuyo nombre real desconocemos—, Last el «joven veinteañero, jodido promedio», Carlitos el bulleado enclosetado, Gaby la becada y aspiracionista, Max el comerciante que anda en negocios turbios y, claro, una serie de padrecitos pederastas y encubridores. En la novela, los amigos intentan descifrar por qué uno de ellos fue asesinado. No es una novela de misterio común, sino una que se plantea cómo resolver un crimen con investigación amateur y la imposibilidad de recurrir a las autoridades. ¿Lo recomendamos? Sí, definitivamente.
Agradecemos a Planeta Libros, Sexto Piso, Concreto Editorial, Ediciones Níspero, Ediciones Piedra del Río y al Fondo de Cultura Económica por su amable contribución de libros que dan sentido a esta sección.
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Convocatorias abiertas (agosto, 2026)
Concursos literarios en y para el mundo hispanohablante
Llegar al Nobel no es un camino fácil… Pero por algún espacio se inicia. En Perpetuo, queremos ayudarte a dar el primer paso. Por eso, hemos creado esta base de datos de concursos literarios para arrancar con tu carrera en el reino de los galardones.
Este es un artículo que revisamos constantemente y actualizamos con las mejores convocatorias disponibles. Sin más, aquí les dejamos los concursos del momento.
Concurso de Ensayo Histórico “Norte Argentino, Pionero del Desarrollo”
Abierto a: Argentinos o extranjeros con domicilio en Argentina; mayores de 18 años
Género: Ensayo histórico
Premio: $1,000 USD (1,500,000 ARS)
Cierre: 10 de septiembre de 2026
II Concurso Nacional de Literatura Latinoamericana “Homenaje a Juan Rulfo” 2026
Abierto a: Argentinos o residentes extranjeros en Argentina; mayores de 18 años
Género: Cuento
Premio: $500 USD (800,000 ARS) y certificado
Cierre: 20 de agosto de 2026
16° Concurso Nacional de Cuentos “Teresa Hamel”
Abierto a: Chilenos o extranjeros con residencia en Chile mayor a cinco años; mayores de 18 años
Género: Cuento
Premio: $1,050 USD (1,000,000 CLP)
Cierre: 14 de septiembre de 2026
XX Concurso Internacional de Cuento “Ciudad de Pupiales”
Abierto a: Autores de cualquier país, sin restricción de edad
Género: Cuento
Premio: $2,000 USD (8,000,000 COP) y el Diploma de Honor “Gabriel García Márquez”
Cierre: 21 de agosto de 2026
XXIX Premio Iberoamericano de Poesía “Ciro Mendía”
Abierto a: Escritores iberoamericanos, sin restricción de país
Género: Poesía
Premio: $1,500 USD (6,000,000 COP)
Cierre: 14 de agosto de 2026
XXX Premio Alfaguara de Novela 2027
Abierto a: Sin restricción de nacionalidad, mayores de edad
Género: Novela
Premio: 175,000 USD
Cierre: 2 de noviembre de 2026
Premio Biblioteca Breve 2027
Abierto a: Sin restricción de nacionalidad ni de edad
Género: Novela
Premio: $32,500 dólares (30,000 EUR)
Cierre: 1 de octubre de 2026
XXXI Premio Primavera de Novela 2027
Abierto a: Sin restricción de nacionalidad; mayores de edad
Género: Novela
Premio: $108,000 USD (100,000 EUR)
Cierre: 15 de noviembre de 2026
IV Premio CEU Ediciones de Ensayo “Sapientia Cordis”
Abierto a: Sin restricción de nacionalidad ni edad
Género: Ensayo
Premio: $16,200 USD (15,000 EUR)
Cierre: 13 de septiembre de 2026
XLVI Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística
Abierto a: Sin restricción de nacionalidad ni edad
Género: Poesía
Premio: $7,600 USD (7,000 EUR)
Cierre: 15 de octubre de 2026
II Premio de Novela en Español Escrita en Estados Unidos
Abierto a: Residentes en los 50 estados de EE.UU., el Distrito de Columbia o sus territorios (cualquier nacionalidad), mayores de edad
Género: Novela
Premio: $2,000 USD
Cierre: 9 de septiembre de 2026
III Premio Internacional de Literatura en Español en Estados Unidos y Canadá
Abierto a: Residentes en Estados Unidos o Canadá, mayores de edad, de cualquier nacionalidad iberoamericana; obra ya publicada
Género: Narrativa (colección de cuentos, novela o colección de ensayos) y poesía
Premio: $5,000 USD
Cierre: 1 de octubre de 2026
Premio Nacional de Poesía “Ramón López Velarde” 2026
Abierto a: Residentes en México (sin importar país de origen)
Género: Poesía
Premio: $14,500 USD (250,000 MXN)
Cierre: 5 de septiembre de 2026
Premio Nacional de Cuento UDLAP
Abierto a: Mexicanos (viviendo dentro o fuera del país) o extranjeros con residencia legal en México
Género: Cuento
Premio: $4,500 USD (85,000 MXN) para la categoría “general”
Cierre: 17 de agosto de 2026
XI Premio de Cuento “Santiago Anzola Omaña” 2026
Abierto a: Estudiantes de pregrado o posgrado inscritos en universidades venezolanas (venezolanos o extranjeros residentes en Venezuela)
Género: Cuento
Premio: $1,000 USD
Cierre: 1 de septiembre de 2026
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Diego Siñani Stepanian es un artista boliviano-armenio. Se formó en Moscú, donde estudió Bellas Artes y posteriormente obtuvo una maestría en Historia y Crítica de Arte. Ha trabajado entre Bolivia, Rusia y Europa, donde ha participado en exposiciones individuales y colectivas principalmente en acuarela, gouache, óleo y pastel.











































