Vaya semanas ha vivido América Latina. En un periodo tan corto, dos de sus países más grandes (el Perú y Colombia) vivieron elecciones complicadas. En ambas, la semilla del conflicto parece ser la misma: la polarización rampante; la división del estado entre dos proyectos que discrepan. En ambos, también, parece que triunfarán fuerzas de derecha.
Esta semana, quisimos explorar a detalle lo que ocurría en los principios geográficos de América del Sur. Para ello, encargamos textos a dos periodistas e investigadores que admiramos.
Desde Bogotá, Sebastián Hoyos escudriña la elección presidencial y el alza de su ganador: Abelardo de la Espriella, a quien conocen como El Tigre. Lo hace tratando de entender las fuerzas que llevaron a que un candidato de ultraderecha reemplazara un gobierno de izquierda en el país. (Y además, sirve como contexto a la historia de conflictos armados en Colombia).
Desde Lima, Héctor Villa León nos habla de la elección peruana sin enfocarse en un solo candidato. Su mirada cae en los peruanos y cómo vivieron una elección presidencial tan reñida que, al momento de escribir estas palabras—a más de dos semanas de los comicios—sigue sin anunciar a su ganador.
Lo del Perú es intrigante en verdad; hay pocas formas de desmenuzar lo que ha ocurrido en el país andino. Aunque sí que hay formas (que, además, nos permiten agradecer a un amigo de esta revista).
Verán, Los anteojos es posibles gracias al apoyo de Polymarket—la plataforma que alberga a los mercados del futuro—. En esencia, es un sitio donde los usuarios pueden apostar en cualquier cosa, desde los ganadores del Óscar, hasta cuándo saldrá el siguiente modelo de IA de Anthropic. Lo interesante es que, también, permiten apostar en elecciones. Y sí, lo permitieron para la elección del Perú.
Lo que resulta de ello es una gráfica como la de abajo, donde se muestran las opiniones del mercado sobre la elección en tiempo real. Se notan los picos y cómo—lo que me parece intrigante—el mercado fue haciéndose a favor de Keiko Fujimori (quien, todo indica, acabará siendo la siguiente presidenta del Perú).
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Póngale otra raya al tigre
Cómo Abelardo de la Espriella llegó a la presidencia
El atuendo lo dijo todo. En lugar del traje o la guayabera, llevaba una camiseta amarilla brillante con rayas rojas sobre los hombros. Es un jersey: el uniforme de la Selección Colombia en tiempos de Mundial.
O eso parecía. Más de cerca, surgían las diferencias. No tenía el logotipo del balón rojo que representa a la federación colombiana de fútbol, tampoco el del patrocinador oficial. En su lugar, a la izquierda, aparecían las palabras «Firme por la patria», en un tono oscuro; a la derecha, donde debería ir el logo de la federación, había un tigre a medio rugir.
Es el mismo diseño de base pero con elementos más intensos y llamativos. Es una Colombia con otros detalles: una nueva imagen del gobierno que han elegido más de doce millones de ciudadanos en las urnas. Llegaban los tiempos del hombre que portaba esa extraña camiseta, Abelardo de la Espriella, quien pasó de la periferia política a la Presidencia de la República en la noche del 21 de junio.
Estando solo en un escenario, rodeado por un panel de vidrio a prueba de balas, y con micrófono en mano, daba su primer discurso tras hacerse públicos los resultados. Frente a él estaban miles de personas que lo vieron llegar en una caravana triunfal que había recorrido Barranquilla por horas, recibiendo a su presidente entre arengas, gritos y aplausos: la ocasión no parecía una congregación política del común, era como si Colombia hubiera ganado la copa del mundo.
El público celebró sus palabras como el golazo de James Rodríguez en el mundial del 2014, en los inolvidables octavos contra Uruguay: “Esta es la noche en la que comienza una nueva era, un nuevo orden, la Patria Milagro”.
De la Espriella llegó a la Casa de Nariño en medio de un resultado más ajustado que el de todos los pronósticos y en la elección con mayor participación en la historia de Colombia. En medio de semejante panorama, se inauguró la época de su mandato.
Sus votantes le dicen El Tigre.
No era un tigre de papel
Aunque llevaba años moviéndose cerca de las altas esferas del poder, De la Espriella se presentó como un extraño en la política. Cultivó la imagen de un hombre sin compromisos con los partidos tradicionales, alguien que podía hablarle al país sin intermediarios, sin jefes políticos y sin caudillos de por medio. Su apuesta consistía en convencer a los electores de que no venía a ocupar un lugar dentro del sistema, sino a desafiarlo.
Al escribir este ensayo, los cómputos de la Registraduría sugieren un margen estrecho, no solo en el preconteo, también en lo que podría ser el escrutinio: una Colombia dividida en dos visiones de estado y lo que debería ser su futuro.
Por un lado, está la de El Tigre, que convirtió la seguridad en una emoción política antes que en una propuesta programática.
Más que la guerra misma, fue el cansancio social frente al conflicto lo que terminó alimentando el ascenso político de El Tigre. Supo entender que la seguridad volvería a ser el eje de la política colombiana. Así capitalizó ese anhelo de orden y construyó alrededor de esto una identidad, una estética y una campaña ganadora.
Lo esencial en su campaña política no era el tigre. Ni siquiera el eslogan. Era el gesto. La mano derecha subía hasta la frente en un saludo militar y descendía con rapidez mientras gritaba: “¡Firmes por la patria!”. En un país agotado por la violencia, la inseguridad y la sensación de pérdida de control estatal, ese gesto resumía mejor que cualquier programa de gobierno la promesa política de Abelardo de la Espriella.
Por eso, su foco estuvo orientado en imponer mano dura y hacer frente a los grupos guerrilleros y a las bandas criminales que aún perduran, e incluso prosperan, en ciertas zonas del país. Son actores que llevan sumidos varios años en una guerra a muerte por el control y el dominio de territorios en donde abundan los corredores de narcotráfico, los cultivos de coca, los reductos de la minería ilegal o el contrabando fronterizo, especialmente en la porosa frontera con Venezuela.
Hace más de un año, muy pocas personas lo tenían en el radar político. Ahora, tras este golpe sobre la mesa, millones de personas le apostaron para que tome las riendas del gobierno y les devuelva las garantías que sienten que perdieron en los últimos cuatro años de progresismo.
Le apostaron a la promesa de que el Estado volvería a imponerse en regiones como Arauca, El Catatumbo, el Pacífico, el bajo Cauca antioqueño, el sur de Córdoba y la frontera suroriental en la Amazonía. Bajo su lectura, el gobierno cedió demasiado terreno frente a los actores armados, perdiendo el control en varios territorios, al apostarle a su política fallida de ‘Paz Total’. Un intento del presidente Petro por establecer mesas de diálogo y sometimiento con las decenas de insurgencias armadas y organizaciones criminales que hay en Colombia.
Ese panorama no era nuevo. Desde hacía años una parte del electorado venía mostrando desconfianza frente a las salidas negociadas del conflicto. Esa inclinación recuerda, en cierta medida, el resultado del plebiscito de 2016, cuando una estrecha mayoría de los votantes rechazó el acuerdo de paz firmado entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC. Aunque el acuerdo fue posteriormente renegociado y aprobado por el Congreso, aquella votación evidenció que amplios sectores de la sociedad seguían prefiriendo respuestas más severas frente a la insurgencia y desconfiaban de las concesiones ofrecidas en el proceso de paz.
Más de una década después, en otra contienda nacional, volvió ese sentimiento.
La apuesta de El Tigre fue asumir que el colombiano promedio tendría a la seguridad como su prioridad superior y que querría a un presidente que se pusiera manos a la obra para restaurarla.
Había algo de verdad en su diagnóstico.
[…]
Lee el resto del anteojo:
La noche que se hizo en semanas
Crónica de la elección peruana
A las seis de la tarde, Sebastián Meza se sentó frente al televisor con su novia Nicole. Celebraban ese 7 de junio de 2026 dos años de relación. Estaban nerviosos.
“Según el conteo rápido, basado en una muestra de 1,037 actas con nivel de confianza del 95% y un margen de error de ±1.9 puntos porcentuales, Roberto Sánchez obtuvo el 50.3% de los votos válidos y Keiko Fujimori el 49.7%. La diferencia entre ambos candidatos es de apenas 0,6 puntos porcentuales”, se escuchó en el comunicado de esa hora.
La Asociación Civil Transparencia declaró formalmente un empate técnico y se abstuvo de proyectar un ganador.
Sebastián, tomado de la mano de su novia, se quedó sin decir una palabra. Sabía lo que este resultado significaba.
El día en Huacho, provincia de Lima, estuvo soleado. Sebastián se había preparado para pasar el día junto con su novia, pasear a su mascota, desayunar y compartir con su familia y finalmente ir a votar.
Su celebración se vio, en parte, opacada por la jornada electoral. Nicole hablaba y Sebastián respondía a su conversación mientras veía el televisor. Cuando sonó una notificación en su celular, soltó la mano de su novia para ver lo que decían los grupos de WhatsApp, para, desde el dispositivo que sostenía, medir cuál era el ánimo del Perú frente a la elección presidencial tras el flash electoral.
Por meses, el país se había sumido en el ritual democrático en medio de uno de los periodos más inestables de la política nacional. En los últimos diez años, el Perú ha pasado por ocho presidentes, cuatro de ellos fueron destituidos; uno se encuentra bajo arresto y todos investigados por corrupción.
La última vez que el país celebró comicios fue en 2021. En ese entonces, llegó al poder el izquierdista Pedro Castillo. Poco después, sería puesto bajo arresto tras un intento fallido de disolver el Congreso. Después de Castillo, su vicepresidenta Dina Boluarte tomaría las riendas del poder hasta perder las facultades de la presidencia tras un voto del Congreso. Su sucesor, José Jerí, terminaría en las mismas tras acusaciones de corrupción.
Cuatro presidentes; solo dos fueron electos popularmente.
Así llegó el 2026. Con una primera vuelta fragmentada entre 35 candidatos que, al final, se consolidaron en dos. Por la derecha, llegaba Keiko Fujimori en su cuarto intento por hacerse de la presidencia. La hija del dictador Alberto Fujimori, congresista de años y eterno segundo lugar. Por la izquierda, el exministro de Comercio Exterior y congresista Roberto Sánchez, afín al proyecto de Pedro Castillo y que tiene el objetivo de sacar al expresidente de la prisión. Las encuestas marcaban lo que ya se sabía en las calles: un país que sigue dividido en dos visiones opuestas.
Los hechos lo comprobaron.
Los primeros resultados que dio la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), tras procesar las actas reales, se inclinaban ligeramente hacia la izquierda. Pero era eso, una vertiente ligera.
Este panorama, incierto para Sebastián y millones de peruanos, tenía una carga de esperanza; de que llegara alguien al poder que se fijara en las comunidades que han estado olvidadas por años y se encontraban a la deriva; sin acceso a servicios básicos. A comunidades enteras que estaban heridas por la mala gestión gubernamental.
Y aunque el tiempo pasaba para Sebastián y Nicole, los resultados parecían moverse a otra velocidad… Una más lenta.
A 150 kilómetros de distancia de Huacho estaba acostada Pierina Masalías en el mueble ubicado en la sala de su casa. Tenía un antifaz que no le permitía ver y la protegía de la luz. Fue la recomendación que le dio el médico que la operó de la vista.
No podía mirar la pantalla con claridad, pero insistió en que su madre encendiera el televisor. Escuchó el conteo rápido como quien espera un diagnóstico médico.
[…]
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¡Gracias por leer esta edición de nuestros antojos!
Toda nuestra gratitud a Polymarket por apoyar las mejores historias en español.
Esperamos que esta lectura de hiciera pensar con más detalle sobre el mundo y los problemas de nuestra coyuntura.
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