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Los anteojos

Envejecer en La Habana y oligarcas en Londres

Los anteojos Vol. XIII

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sep 09, 2026
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Los anteojos es nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:


Esta semana:

  • Manuel D la Cruz plasma las dificultades que enfrentan los adultos mayores en Cuba, en medio de inestabilidad social y pobreza.

  • Eduardo Ancona Bolio reflexiona sobre la apertura que Reino Unido dio a oligarcas rusos con tal de atraer inversionistas.


Los gobiernos alrededor del mundo son capaces de mucho con tal de asegurar la permanencia de sus modelos económicos y sus sistemas políticos internos. Sin importar si miramos a potencias mundiales o a países en vías de desarrollo, la incongruencia es constante.

La traición a los supuestos principios que un proyecto de nación presentaba, ya no sorprende. En esta edición de Los Anteojos tenemos historias de latitudes y administraciones completamente opuestas, que nos reiteran lo que los gobernantes están dispuestos a sacrificar para conservar el status quo que los llevó a las esferas del poder.

Desde La Habana, Manuel D la Cruz nos presenta a Cary, una anciana que sufre las consecuencias del decadente régimen cubano que ha sido incapaz de proteger a los más vulnerables. Aquella revolución que prometía velar por los más oprimidos, explica Manuel, hace tiempo dejó de revolucionar.

Desde Londres, Eduardo Ancona se cuestiona el cobijo que el Reino Unido le otorgó a los oligarcas rusos ligados a Vladímir Putin, siempre que trajeran los bolsillos repletos. Una de las naciones enaltecidas como estandarte de la democracia liberal, avaló el ingreso de sus supuestos opositores, con tal de que fortalecieran su sistema económico.

Pensar que los gobiernos alrededor del mundo actuarán en congruencia con sus valores sería ingenuo. Desde nuestra trinchera, lo que nos queda es señalarlo.

Sin más, vayamos a Los Anteojos.




Envejecer en La Habana

A Cary se le puede encontrar en cualquier esquina de La Habana Vieja, siempre por el día. Su andar es muy lento, casi estático; sus vestidos, gastados y poco combinados, describen la pobreza extrema en la que vive. No pide ayuda; en cubano: no se dedica a mendigar, a pesar de tener todas las aflicciones circunstanciales que le acreditarían hacerlo. Tiene más de setenta años y se le ve en el rostro que le ha pasado por encima una historia triste y un país derrumbado.

Cary vive en un incómodo y oscurísimo cuarto de un solar de la calle Cuba. Allí recibe visitas, una vez a la semana o una vez al mes —según pueda— de su hijo mayor. El menor está imposibilitado de hacerlo por una sanción penitenciaria que cumple en la prisión para enfermos de VIH/sida en el municipio San José de las Lajas, de la provincia Mayabeque.

Cary, como puede, mantiene sus envases llenos de agua, se viste y friega, se prepara un poco de refresco o de jugo. Todas esas tareas las asume con el peso de tener uno de sus dos ojos totalmente inservible y otro siguiéndole los pasos sin demora. También padece de una peligrosa hipertensión que la ha hecho desmayarse en varias ocasiones tanto en la iglesia cristiana a la que asiste, como en la calle. Para llegar a su apartamento debe subir una escalera diabólica y totalmente falta de iluminación, que corta la respiración a cualquiera y promete cobrar caro un desliz o mal paso.

Una de las primeras veces que acompañé a Cary a almorzar me asombré de su astucia y lucidez.

«Dame el dinero del espaguetis pero no vayas conmigo. Hay una muchachita ahí que a veces me regala el espaguetis y no me lo cobra, pero si me ven contigo a lo mejor no me lo dan, ¿me entiendes?».

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