Quiero tener cuidado. Esta semana, tocamos dos países que, recientemente, han sido azotados por la tragedia contundente tras años de una tragedia paulatina. Hablamos de Cuba y de Venezuela, con crónicas a pie de calle de La Habana, la capital cubana, y El Junquito, cerca de Caracas.
Digo cuidado porque poner estos dos países en una misma edición de Los Anteojos puede parecer una decisión ideológica. Es decir, una crítica—ya gastada—al autoritarismo defectuoso de América Latina. Para Perpetuo, nuestra decisión dista de ello. Hoy, publicamos estas historias no por criticar ese desplome gradual de años que han vivido ambas naciones—aun si, ese mismo desgaste, está presente en nuestros textos—; las publicamos por su relevancia en el momento actual y la carencia de narrativas del tema.
Venezuela y Cuba están, de nuevo, en boca del mundo. Ahora, por dos tragedias modernas.
Desde las cercanías de Caracas, Joshua de Freitas narra cómo el país sigue recogiendo escombros a tres semanas de temblores catastróficos. En un momento en el que la narrativa está en La Guaira, su historia recuerda la extensión de la catástrofe y, también, cómo se vuelve más grave ante la falta de respuesta.
Desde La Habana, Manuel D la Cruz habla de la cotidianeidad del cubano; de una juventud que ve sus sueños arrebatados y se encuentra entre fuerzas globales. Es una historia de impotencia, donde la cerveza cada vez cuesta más y las esperanzas salen más caras.
(Como la semana pasada, encontrarás los textos íntegros en este correo; si quieres ver más fotografías o compartir los textos, puedes hacerlo con los enlaces que ponemos al final de cada uno de ellos).
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Eso es todo, vamos a los anteojos.
Entre escombros y silencios
Venezuela, a tres semanas de temblores catastróficos
Eladio Sillva no se lo imaginaba, pero aún así pasó, que un par de terremotos revelarían tanto la intimidad de su comunidad. No de una forma cursi; de una, más bien, visceral. Entre las grietas y el cemento podía ver el cuarto de algún vecino. Cómo decoraban su baño. Qué colores les gustaba más para pintar sus paredes. Qué santo tenía colgado en su pared.
Caminaba por las calles de El Junquito, un poblado montañoso, agrícola y turístico ubicado entre Caracas —la capital de Venezuela— y La Guaira —una de las poblaciones más afectadas por los sismos que azotaron al país el 24 de junio de 2026—. Han pasado 18 días desde los terremotos. Algunos escombros siguen intactos.
Las decenas de comercios que adornan el pueblo siguen cerrados, a la espera de ser evaluados para seguir trabajando. No todos los días llegan temblores de 7.2 y 7.5 grados uno tras de otro.
—Busco a un ingeniero: quiero que me diga de frente cómo quedó el restaurante de mis sobrinos —dice Eladio con voz baja.
Eladio “era” un comerciante de la zona: junto a sus sobrinos tenía un restaurante especializado en carne de cerdo. El pretérito no es editorial. Él se describe con verbos en pasado: ya no sabe si seguirá esa profesión. Caminó solo: sus sobrinos ahora viven en la casa de unos vecinos como desplazados, lejos de El Junquito.
El poblado ha quedado entre dos polos de respuestas. En Caracas, maquinaria pesada aplana los edificios caídos. En La Guaira son los propios vecinos quienes desentierran a sus seres queridos, esperando la ayuda del gobierno o de rescatistas internacionales. Pero en El Junquito esperan a las autoridades en silencio.
—Solo los vecinos saben el verdadero impacto que tuvo su comunidad —comentó Eladio, tapándose de las cámaras y de los militares que patrullaban la zona.
Él le achaca su comentario a las canas, a sus más de 70 años de edad. Pero, en realidad, resume los informes de Reporteros Sin Fronteras, que denuncian una alta censura institucional en medio del desastre. La presidencia interina de Venezuela, hasta ahora, solo ofrece una lista, una imagen por Telegram, con números que reflejan el impacto humano de los terremotos.
El conteo de la administración pública para el 12 de julio llevaba 4,490 fallecidos y 17,907 personas que perdieron su vivienda. No distinguen los datos por zonas; tampoco por edad, ni por género. Nada nuevo; no hay datos demográficos en Venezuela desde el censo de 2011.
Frente al silencio institucional, los vecinos y los periodistas se han vuelto en quienes recogen los datos. Según los reportes comunitarios, al menos 1,200 personas quedaron sin hogar y al menos cuatro personas fallecieron en El Junquito.
Nadie sabe cuántas edificaciones quedaron habitables.
Eladio es uno de los sobrevivientes, «uno de los no desaparecidos» de El Junquito. Lo dice así porque se acercó a una de sus vecinas y, en un cuaderno escolar, anotó su nombre, su documento de identidad y dónde vivía. Lo escribió con tinta, con esperanza a que no se borre.
—El gobierno solo nos ha ayudado en una cosa—dijo el comerciante—: Protección Civil ha pegado unas calcomanías [stickers] con colores del semáforo en pocas edificaciones para indicar si una estructura está estable. Pero esas evaluaciones no están en todos lados, ni sabemos cuál lugar será el siguiente en tener ese privilegio.
Ese sticker era lo que buscaba Eladio. Tanteaba con la mirada las fachadas de la zona comercial de El Junquito —justo en la frontera entre Caracas y La Guaira— una pegatina de color rojo, amarilla o verde. Pasaba por los escombros de un vecino, luego veía un comercio cerrado, pasaba por un techo roto y, al fin, vio el comercio suyo y el de sus sobrinos.
Encontró una calcomanía amarilla: el comercio está en pie, pero estructuralmente comprometida.
Un sticker no era suficiente. Eladio buscaba a un ingeniero para tener más información: qué se agrietó, qué se desplomó, qué sobrevivió.
—Quiero empezar de nuevo, pero quiero saber por dónde empezar— reclamó en voz baja. Volteó su mirada a unos militares que se encontraban a pocos metros. Tenía miedo de ser reprimido por alzar su preocupación.
Su familia se niega a ir a un refugio porque desconfían de la gestión de la presidencia interina, tampoco existe una aseguradora que le permita reconstruir lo perdido.
La experiencia de su familia son el reflejo de datos que la Universidad Católica Andrés Bello ha destacado desde hace años: la vulnerabilidad institucional en Venezuela es alta. A través de una encuesta anual, la academia venezolana precisó que el venezolano no tiene capacidad de ahorro por los altos índices de inflación y las restricciones de apoyos de créditos bancarios.
—Esto es un limbo, esta es la verdadera incertidumbre —repetía Eladio.
Para él, y quizás para muchos turistas, entrar a El Junquito o a Caracas era sumergirse en una elegía. Donde antes cada comercio sintonizaba una canción de salsa ahora existe el silencio. Los vecinos ahora se sientan sin conversar entre ellos, esperando a que otra persona entre en su comercio.
Eladio pasó al lado de una de las edificaciones caídas de El Junquito. Señaló con el dedo una de las habitaciones descubiertas y comentó que allí vivían unos vecinos que salieron justo antes que el edificio se partiera por la mitad.
—Quedamos expuestos: estamos vulnerables y nadie nos atiende. El ciudadano es quien ayuda a otros ciudadanos —reflexionó—. Cada poblado fuera de la capital está totalmente desamparado por el Estado—.
Comunidades al occidente de Caracas y cerca del epicentro de los terremotos —como Morón, Tucacas y Yumare— han denunciado a la prensa local que la ayuda estatal ha sido igual de lenta que en la capital y La Guaira. El silencio ha llegado a tal punto que los vecinos de Yumare, donde fue el primer epicentro sismológico, le dijeron a la periodista venezolana Lisseth Boon que se enteraron de los daños al país horas después del desastre porque no tenían señal telefónica y creyeron que era un corte del servicio rutinario.
Eladio siguió su camino entre los escombros de El Junquito.
A pocos metros vio una grúa removiendo escombros: la primera y la única que divisó todo el poblado. Habló con otros vecinos y le comentaron que llegó antier, a 16 días del desastre.
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Cuba y los tiempos raros de Dios
Historias desde una Habana olvidada
Adriano no ha perdido su deseo de hacer cine. Se graduó de medicina, y justo en el momento de entregarse a sus prácticas laborales, se comprometió con su pasión primera.
A sus 28 años, dicharachero, enérgico, tomador de cerveza, muestra el hambre exacta para comerse el mundo. Es inteligente, pretencioso; tiene herramientas a mano para incendiarlo todo, pero en su rostro, sin embargo, hay un cansancio, una quietud incoherente con su edad, como si el mundo, ese mundo aislado que es Cuba, se lo estuviera comiendo a él mordisco a mordisco. Adriano vive en el corazón de La Habana, que dejó de ser Vieja para ser Sucia, una Habana donde se turnan tres grandes monstruos para azuzar a cualquier joven promesa de soñador o de sueño: los apagones, la falta de agua y la escasez extrema.
Hemos venido a Selva Roof, un sitio ubicado en el Paseo del Prado, a hablar de cine, de literatura, de Donald Trump y del dolor del archipiélago, y desde cualquier posición en que miremos, el lente enfoca borroso. «No hay un escenario ideal. Una intervención no es el escenario ideal, pero un estallido o guerra civil tampoco». Selva, en donde una cerveza importada seguía costando 400 pesos cubanos, asombrosamente, pronto dejará de ser también el escenario ideal para ir a beber con amigos y hablar de los escenarios ideales y de las escenas inconclusas. Un mes después, cuando el dólar alcance la escandalosa cifra de 700 pesos cubanos, la cerveza subirá a 550, y un trago de ron irá de 600 a mil pesos.
Ahora mismo Adriano, como todo joven cubano, tiene la mirada un tanto cerrada. Hace cinco años existía para los cubanos un lote de fondos y recursos a los que aplicar con un proyecto cinematográfico. Ahora, además del empobrecido y políticamente oficialista Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, ICAIC, solo se puede aspirar a un selectivo Fondo de Cine de Noruega. Cada vez se le ha hecho más difícil imaginarse en Cuba haciendo un buen cine. Cada vez se le ha hecho más difícil imaginarse en Cuba. Cada vez se le ha hecho más difícil.
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«Me voy para Italia. Ya lo hablé con mi mamá. Desde allá trataré de seguir haciendo cine, aplicando a fondos, pero ya Cuba no es para mí».
Cuba no es para nadie.
Cuba lleva 70 años siendo de cualquiera menos de los cubanos.
Ahora está sobre la mesa que pueda ser de los norteamericanos.
La ética y el patriotismo dividen pensares, pero desde el barrio, desde el barrio agotado y adormecido sobre el colchón de la locura, a la gente le da lo mismo que Cuba sea para los norteamericanos o para los turcos. Yessy, con un desgano peculiar, así mismo lo dice.
Yessenia Franco pasó su 2024 y 2025 en Turquía, por un contrato laboral como cantante. Supo, que al venir, no podían faltar en sus maletas, al menos dos ventiladores recargables, un power bank, y una o dos lámparas también recargables. Años atrás, ningún músico tenía en mente tales souvenirs, pero la Cuba de hoy no se parece en nada a ninguna otra Cuba que jamás haya existido.
«De Turquía vine en pareja, llegamos aquí y decidimos vivir juntos. Finalmente no funcionó y me quedé viviendo sola. El resumen del cuento es que, toda esta etapa negra de Cuba la he pasado viviendo sola».
En San Miguel del Padrón estaba la casa de su familia. Madre, tías, primas.
Ella, por primera vez en su vida, lejos: primero en Turquía, luego en el Cerro. Lejos, y deprimida. Sin el potaje de su tía, sin las risas con sus primas, sin el abrazo de su madre. Sin luz—durante 30 horas seguidas—, sin agua, sin la esperanza de un nuevo contrato en Turquía o cualquier otro sitio, porque las aerolíneas abandonaron a Cuba como se abandona a la niña fea del aula, y sin un puto sitio en Cuba al que tocarle chachachá y son a yuma alguno, porque los yumas abandonaron Cuba como se abandona el último sitio de la nostalgia.
Yessenia narra los malabares que hace para recibir amigos en casa para maquillarse, para cocinar, para no llorar todos los días, y yo termino llorando con ella. Su mamá no escucha de su boca los malabares—Yessy no puede gastarse semanalmente entre dos mil y tres mil pesos para ir a ver a su madre—pero los conoce, porque el malabarismo es el arte del hogar cubano por estos meses.
—A mí me da igual que vengan los americanos o cualquier otra gente, pero en verdad es necesario que pase algo ya, que pase algo desde afuera, porque nosotros no somos capaces de articular ese cambio. Me dolería una operación militar, seguramente dejaría algunos muertos, traería también un escenario político inestable y complejo, pero ahora mismo nuestro escenario es complejo e inestable de todos modos, sin esperanza de nada.
—¿Tu salud mental, Yessy?
—Comprometida. Yo digo que hay que tener nervios de acero para que todo lo que está pasando no te pase por arriba. Yo estoy deprimida, eso no es un secreto.
—¿Por tu separación?
—Sí, por ahí empezó, pero si le sumas a eso todo el desastre en el que vivimos, no tener luz y no saber cuándo llega, cocinar con carbón, no tener agua días seguidos, no tener trabajo ni esperanza de trabajo, ¿qué te digo? Yo no he tenido un momento de calma desde que llegué de Turquía. Probé la soledad y está bien, pero no para estos tiempos. A veces quiero confiar en que los tiempos de Dios son perfectos, pero con Cuba los tiempos de Dios están un poco raros.
Uno sale a caminar La Habana y nota una tristeza sin par. La depresión de Yessy. El cansancio de Adriano.
No la nota simplemente en los ancianos cansados que la recorren, o en los lugares vacíos que hasta ayer estuvieron infectados de turismo. Ahora la tristeza cobra otra forma, como una especie de filtro encima de la alegría menor propia del cubano.
Sí, se sigue plantando un dominó en cualquier sitio, seguimos yendo a Selva Roof a bebernos una o dos cervezas a 500 pesos, se sigue poniendo una bocina en medio de la calle con una buena timba o un buen reparto, se sigue sacando una botella de ron—mucho más cara e inaccesible cada día—para amenizar la tarde, pero es justo ahí, en medio de esa risa o de esa vuelta de casino, donde se nota el desgaste de la supervivencia. Ya el cubano no es feliz de forma honesta, si es que en algún momento lo pudo haber sido.
Un país que se ha apagado energéticamente dos veces en una misma semana—en marzo de este año—y que ha establecido un sistema de apagones ordinario de entre 10 y 36 horas, no es un país feliz, si es que al menos logra ser habitable. Una isla sin agua potable, sin pescado, sin mariscos.
Las protestas ciudadanas, mediante cacerolazos nocturnos y quema de basura, también han definido el lenguaje de estos meses. Un país hastiado, un país al que diariamente se le pudre la poca comida que logra alcanzar, ha decidido alzar su voz y su caldero vacío, y llorar a viva voz.
La represión política no ha estado ausente de ninguna manera.
Si bien la detención de Kamil y Ernesto, líderes del proyecto audiovisual El 4tico, ha sido quizás el momento político más mediático de los últimos meses, al igual que la represión sobre los jóvenes del proyecto Fuera de Caja, y el hostigamiento sobre la influencer Anna Bensi y su madre, cabe destacar que bajo la sombra, muchos otros jóvenes—sobre todo en las provincias del centro y de oriente del país—están siendo hostigados, interrogados, detenidos y procesados.
La realidad supera la ficción, y no hay titular, por amarillista que sea, que logre tomarle el pulso exacto a la desesperanza del pueblo de Cuba. Y es justo ahí, en ese monitor del cadáver de Cuba, donde se lee un signo vital: la posible injerencia o intervención de Estados Unidos.
Nuestro muerto no se levanta ni aunque quiera—ha asumido el pueblo cubano—; debemos ser asistidos.
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