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Dicen que Brasil se cuece aparte. Es el hermano rebelde de América Latina; el que, en lugar de español habla portuges y, al que en vez de reggaeton, le gusta el funk. Nosotros, en el mundo hispano, observamos cómo aquel país tan cercano hace de las suyas y, rara vez, nos lo cuestionamos.
Ahora, eso está cambiando.
Algo extraño sucedió en redes sociales tras el debate presidencial entre Lula y Flávio Bolsonaro: comenzaron a viralizarse fragmentos subtitulados. Los retuits venían lo mismo desde países latinoamericanos que desde Europa. El mundo está pegado a sus pantallas y el evento en la mira es la segunda vuelta de las elecciones brasileñas.
Queremos presentarles a sus personajes.
Desde Brasil, Marina de la Sierra nos presenta a Lula: el niño que vino desde abajo, el movilizador social que juntó a sindicalistas y consolidó a un partido, el PT, que logró mover al país a la izquierda. Hoy, el movimiento está debilitado, obstaculizado por un poder legislativo que puso trabas al presidente que ahora busca su reelección.
Desde Estados Unidos, Naveen Krishnan mira a la derecha; a Flávio Bolsonaro, quien se perfila como el siguiente presidente. En su análisis, plasma los paralelismos entre esta disputa electoral y lo presenciado con el regreso de Trump y «MAGA». Puede que los votantes desencantados opten por un giro de timón a la derecha, consolidando el bloque regional de alianza con Washington.
Pase lo que pase, el resultado será histórico: o la familia Bolsonaro —ahora con Flávio— regresará al poder marcando la caída de uno de los grandes bastiones de la izquierda en Latinoamérica; o Lula permanecerá en el cargo con la necesidad urgente de implementar un relevo generacional dentro de su movimiento.

La respuesta llegará el domingo. Mientras tanto, nos ponemos unos anteojos brasileiros.
Agradecemos a El Noti por incluir dentro de su cobertura noticiosa a Los anteojos.
Un legado real y una derrota posible
Durante las semanas previas a la elección, en São Paulo se sentía una tranquilidad amenazante. Mientras la propaganda política se acumulaba en las esquinas, arrastrada por la lluvia, noté un cambio en las conversaciones con personas absorbidas por el trabajo cotidiano —lejos de las cámaras de eco que suelen ser las universidades y otros círculos progresistas—. Entre suspiros de fatiga, me acostumbré a escuchar frases al estilo de «no me gusta Bolsonaro, pero necesitamos un cambio al PT».
Las movilizaciones no llegaron sino después de la primera vuelta electoral, cuando el regreso del bolsonarismo se proyectó como una realidad inminente. Hasta entonces, tanto el gobierno en turno, presidido por el histórico Luiz Inácio Lula da Silva en su tercer mandato, como la campaña del PT habían subestimado la capacidad de movilización de la extrema derecha. Convencidos de que el legado de Lula y el apelo a la soberanía nacional bastaban, apostaron por administrar la ventaja.
Después de la primera vuelta, el Partido Liberal (PL) de Flávio Bolsonaro —senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, hoy bajo arresto por insurrección— comenzó a hablar de gobierno, mientras el Partido dos Trabalhadores (PT) de Lula continuó hablando de campaña. Este último obtuvo el 45% del voto frente al 47% del PL y perdió terreno respecto a 2022 en los estados más importantes del país: São Paulo, Minas Gerais y Río de Janeiro. Perdió votos también en el Nordeste, tradicional bastión petista. El Sur, bolsonarista, se mantuvo firme.







