🇦🇷🇬🇧 ¿Por qué todos odian a Argentina?; el caos político de Reino Unido
Los anteojos Vol. VI
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Esta semana:
Celeste Tossolini explora el odio colectivo contra Argentina durante el Mundial (y la irreverencia que lo evoca)
Barnaby Shand cuenta de la llegada (literal y figurativa) de Andy Burnham como primer ministro del Reino Unido
He aquí, la semifinal del Mundial. Argentina e Inglaterra se vuelven a encontrar. No fue intencional. Pasa que dos de los países que se enfrentaron—y que, en su disputa, cargan con demasiada historia—también dejan mucho de qué hablar esta semana.
Argentina ha sido el tema en redes del último mes. Su paso por las etapas del Mundial ha estado rodeado de controversia que, a su vez, ha generado un discurso de odio lleno de estereotipos contra una nación entera. «Argentina es corrupta»; «No podrían sin la FIFA» y otros tantos desdenes que el lector puede imaginar. Celeste Tossolini tomó el problema de frente. Esta semana explora no sólo ese odio colectivo reciente, sino el espíritu de la nación entera (y su irreverencia que, quizá, es una virtud más que un defecto).
Inglaterra, por su parte, está pasando por un cambio contundente. Tras una administración fallida pero taciturna, Keir Starmer abandona la silla de primer ministro. Su administración dejó muchos logros que no supo comunicar y, en su lugar, se hizo de un descontento colectivo ante un político sin carisma. Entra, en su lugar, Andy Burnham, el vocal alcalde de Manchester North. Burnham promete cambios radicales a un país que lleva siete primeros ministros desde que accedió a salir de la Unión Europea en 2016. Barnaby Shand tomó la oportunidad para hacer cuentas de estos años tumultuosos, de cómo, tras años de caos, Starmer prometía quietud y cómo esa promesa resultó ser una mala practica.
Acá no hay ganadores como en las semifinales, pero sí hay buena lectura para entender ambos lados de la cancha.
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Eso es todo, vamos a los anteojos.
Argentina: ese país irreverente
Por qué todos odiaron a Argentina en el Mundial
Vengo viajando hacia Argentina y, mientras avanzo, no dejo de pensar en el odio que circuló durante estos últimos días. Cuando intento ubicar el origen de esta argentofobia renovada, lo primero que aparece son las redes sociales. Es ahí donde la he visto expresarse con mayor intensidad: en comentarios, publicaciones y videos que convierten a un país entero en una caricatura y a una selección de fútbol en el blanco de un resentimiento que parece ir mucho más allá de la cancha.
Sin embargo, fuera de las pantallas, mi experiencia ha sido otra. Durante este tiempo me paseé con distintas camisetas de Argentina por las calles de Ciudad de México, entré a bares, recorrí colonias, vi partidos en lugares diversos y atravesé terminales de aeropuertos internacionales de la región. Y, frente a mis ojos, no ocurrió nada de todo aquello que las redes parecían anunciar. Solo encontré sonrisas, miradas cómplices de otros compatriotas y alguno que otro grito espontáneo de: «¡Argentina!», «¡Messi!».
Y es que, no lo sé, será sintomático de la época, esta en la que nadie puede mirarse a la cara y ser sincero. Parece servir más expresar el odio a través de una red social. Pienso al respecto y lo relaciono con un fenómeno parecido a ese del «voto escondido» del que hablamos en la actualidad: la cantidad de gente que vota a Javier Milei, por ejemplo, y no podemos saber quién es porque parece darles vergüenza decirlo en voz alta. ¿Todavía? No lo sé.
En estos tiempos parece que todo sucede muy rápido. Hemos pasado, en poco tiempo, de ser una selección muy querida —tan solo cabe recordar que, hace cuatro años, en Catar, todo el mundo quería que Messi ganara la Copa—a ser el equipo malvado; ese al que especialmente los países latinoamericanos le han deseado lo peor durante todo el Mundial. La imagen de Argentina frente al mundo dejó de ser la de un país diverso y lleno de matices para transformarse en un personaje plano: el villano arrogante que necesita ser castigado por la comunidad internacional.

Volvamos a las redes. Hay varias cosas importantes acá. Lucas Malaspina, consultor en comunicación política y asuntos públicos, hizo un análisis muy valioso de lo que está sucediendo en el entorno digital. Y coincido plenamente con su tesis principal al afirmar que no existió una única campaña coordinada contra Argentina, sino la confluencia de públicos que llegan al rechazo de Argentina por diferentes motivos y que, en las redes, terminan por reforzarse y alimentarse entre sí. Todo muy de esta época.
Lucas habla de «capas». Menciona primero la futbolística: «Hay una primera capa puramente futbolera: el cansancio frente a un campeón que lleva años ganando, la gente que apoyaba a Cristiano Ronaldo y que ve a Messi con envidia, sumado a la tendencia a apoyar al equipo más débil, que es la que reúne a los países cuyos equipos fueron eliminados». A esto se agrega una memoria previa de comportamientos provocadores de jugadores e hinchas argentinos. De eso vamos a hablar luego.
La segunda capa que analiza Lucas es, claro, la política. Para muchos públicos internacionales, la Argentina actual ya no se separa con facilidad de la figura de Javier Milei. Nuestro presidente es el más conocido a nivel global de nuestra historia, y también es sabida su cercanía con Trump, sus alineamientos con el gobierno de Netanyahu y con Israel en general. Eso hace que una selección históricamente asociada con la insubordinación latinoamericana, los derechos humanos y episodios históricos como el de Maradona enfrentándose a los poderosos, empiece a ser leída, también, como la representación deportiva de un país políticamente alineado con el poder occidental.
La tercera es cultural y hasta racial. Circula desde hace un tiempo—desde que tengo memoria, diría yo—una imagen de Argentina como un país blanco, arrogante, europeísta y que se percibe superior al resto de América Latina. Acá es donde aparecen argumentos tan pequeños como «Argentina es racista porque no tiene negros en la selección», que otro día lo podemos discutir pero no es el objetivo de este texto.
Considero que todo esto se alimenta con un ingrediente principal—puede ser otra capa—que se observa bastante en las redes: la crítica al comportamiento de los argentinos, el argentinismo—ese que molesta a tantos—. Somos un país irreverente y eso a muchos les cae muy mal. En este contexto se ha potenciado la crítica que ha sonado, más bien, así: arrogantes, soberbios, creídos, quilomberos, rebeldes. En este punto hay que extenderse.
La marca país
La irreverencia argentina está en la forma de discutir en la mesa familiar, en la costumbre de poner en duda a quien se presenta como autoridad, en el humor que ridiculiza al poderoso y en la sospecha permanente frente a las jerarquías. Argentina actúa sin el respeto o la sumisión que tradicionalmente se espera ante cosas o personas aparentemente «superiores», las normas o lo establecido.
Todo lo anterior molesta a muchos. Porque algunos han deseado vernos rendidos a los pies de los poderosos en muchos momentos de la historia y no lo han conseguido. Eso desconcierta a varias sociedades del mundo: que no se acepte esa posición de subordinación en todo momento. Y por eso nos tildan de irrespetuosos, maleducados. Pero, aunque resulte difícil de entender, eso que se califica como negativo desde el exterior es uno de nuestros mayores orgullos como nación.
Esto ya fue estudiado por uno de los politólogos más importantes de la historia, argentino, claro. Guillermo O’Donnell lo analizó en el año 1984 en un ensayo alucinante que tituló «¿Y a mí qué me importa?». Ahí, el autor aborda recursos lingüísticos contrastantes entre Río de Janeiro y Buenos Aires y lanza un audaz análisis sobre la conexión entre lo «micro» y patrones «macro» agregados de comportamiento político en ambos países.
El trabajo parte del análisis de un libro de Roberto DaMatta y de una frase que se repetía a menudo y en voz alta en las calles de Río, cuando dos personas discutían: «¿Vos sabés con quién estás hablando?» («Você sabe com quem está falando?»). El que recibía esa pregunta se quedaba callado, intimidado. Y O’Donnell lo contrasta con una interlocución argentina: «¿Quién se cree que soy yo?», a la que su memoria porteña recuerda haber oído responder muchas veces: «¿Y a mí, qué mierda me importa?».
Lo que desde el exterior se percibe como arrogancia es, para nosotros, una marca país que nos identifica y nos llena de orgullo: forma parte de la identidad con la que nos pensamos. Argentina es un país que jamás naturalizó la sumisión ni aceptó las jerarquías como el orden inevitable de las relaciones.
Esa irreverencia puede reconocerse en los estudiantes, en las madres, en los trabajadores y en las mujeres. Está en la Reforma Universitaria de 1918, cuando los estudiantes cordobeses se rebelaron contra una universidad jerárquica y clerical y convocaron a la juventud latinoamericana a conquistar su autonomía. Está también en el 17 de octubre de 1945, cuando miles de trabajadores irrumpieron en el centro político de Buenos Aires, reclamaron su lugar como protagonistas de la vida nacional y alteraron para siempre las jerarquías sociales del país. En las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que enfrentaron a la dictadura y desafiaron al terrorismo de Estado. Y en el movimiento feminista argentino, desde la irrupción de Ni Una Menos hasta la marea verde, que convirtió demandas largamente relegadas al ámbito privado en una movilización política capaz de ocupar las calles, disputar poderes arraigados, transformar las leyes e inspirar a toda una región.
En el fútbol, esa irreverencia encontró quizá su expresión más acabada en la figura de Diego Armando Maradona. Contra Inglaterra, en 1986, marcó primero un gol con la mano y, apenas cuatro minutos después, el que sería elegido como el Gol del Siglo. La picardía y el genio, la transgresión y la belleza, quedaron reunidos en una misma actuación. Pero también está en la gambeta, en la cultura del potrero y en esa costumbre argentina de jugar como si las reglas pudieran discutirse, los poderosos pudieran ser vencidos y el escenario más solemne pudiera convertirse, de pronto, en un espacio propio.
En la música, esa irreverencia atraviesa desde el tango y el cuarteto hasta el rock nacional. Está en las letras que convirtieron el lenguaje de la calle en cultura, en los ritmos populares que sobrevivieron al desprecio de las élites y en músicos que se negaron a guardar silencio frente al autoritarismo. Está en Charly García cantando mediante metáforas aquello que la dictadura prohibía nombrar; en Mercedes Sosa haciendo de su voz una forma de resistencia y está presente también, en una tradición de rock que convirtió la rebeldía juvenil, el humor y la provocación en parte central de la cultura argentina. Pero también está en lo que jugamos y quizá en ninguno de manera tan clara como en el juego de cartas. El truco premia la picardía y la provocación. En el truco, como en buena parte de nuestra cultura, importa tanto lo que uno tiene como la insolencia con la que se atreve a jugarlo.
Pero podemos ir mucho más atrás y más bien buscar sus raíces en la propia conformación de la sociedad argentina moderna. Juan Carlos Torre y Elisa Pastoriza, en un ensayo titulado «La democratización del bienestar», analizan cómo la sociedad de inmigrantes que se consolidó durante la primera mitad del siglo XX se caracterizó por relaciones sociales frontales, desprovistas de las actitudes tradicionales de respeto frente a las jerarquías. Donde lo individual coexistió con una extendida práctica asociativa y con una fuerte valoración de la educación y de la cultura letrada. Luego, con el avance de la industria, la agricultura y el comercio, emergió durante la primera mitad del siglo XX en el país una clase media cargada de expectativas, conocimiento y, claro, la demanda de derechos.
Tal vez allí se encuentre una de las claves de esa irreverencia: en una sociedad que aprendió a pensarse a sí misma no desde la obediencia, sino desde la expectativa de ascenso social, acceso a la educación y el derecho a reclamar un lugar.
Es por ello que cuando la FIFA y las autoridades de seguridad prohibieron el ingreso de banderas, camisetas y carteles que hicieran alusión a las Islas Malvinas—por considerarlos mensajes políticos, y la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, se paseó por los medios nacionales anunciándolo—, unos muchachos encontraron la manera de responder. Y esos muchachos, al finalizar el histórico encuentro contra los ingleses, hicieron llorar de emoción y orgullo a gran parte del país con una sábana de hotel intervenida. «Las Malvinas son argentinas», leímos. Y lloramos.
Y es que, hay algo ahí: los dueños del mundo—o quienes se creen eso—no han soportado, con el paso de los años, que una nación de la que esperan—incluido su propio presidente—que ocupe un lugar de colonizada, no lo acepte, y en cambio juegue, se pelee, y se sienta aún más orgullosa de su propia cultura, la cual renace cada vez que la tumban.
Una irreverencia en el deporte, en la música, en el habla, en la escritura, en la industria de la moda y en el porte, así como en el humor, en la amistad, en la manera de relacionarnos entre nosotros y para con el mundo, en la política. Y así podría seguir.
La final de 2026 terminó de una manera dolorosa. Argentina perdió ante España en la prórroga. Después de haber defendido durante todo el Mundial la conquista en Catar, la selección quedó a pocos minutos de volver a levantar la Copa. El pitazo final dejó silencio, lágrimas y una tristeza difícil de explicar para quienes creen que se trata solamente de fútbol.
Durante semanas, una selección a la que muchos habían convertido en villana volvió a llevarnos hasta una final del mundo, volvió a emocionarnos. Lo hizo rodeada de rechazo, provocaciones y deseos de verla caer; y, aun así, consiguió que un país entero volviera a reunirse alrededor de una pelota.
No podemos responder a toda esta ola en contra de nosotros y al pensarlo bien, entiendo que algunos no lo entiendan. Esto es lo que elegimos ser: un manifiesto de amor y orgullo por nuestra tierra, en una época de odio interno y externo exacerbado. Este Mundial fue un viaje hermoso.
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Burnham, desde el norte
El nuevo primer ministro del Reino Unido
—Quiero ver el tren —dice el director del programa. Sabe que es esencial.
El operador, nervioso, presiona un par de botones. Es difícil seguir desde el aire las curvas que el tren lleva por tierra.
—Ahora vamos a la segunda toma—comanda el director—el helicóptero dos.
Aparece en pantalla. Se ve la máquina desde el aire. Lo que importa no es el trayecto; es el destino.
—Eso, despacio... cambiamos en 3, 2, 1... Ahora, ¡Euston! —grita el director; el nombre de la estación. La emoción ya es demasiada. No todos los días llega el futuro del país por tren.
—Llega en dos minutos, dos minutos—declara—Todos atentos.
—El tren ya está ahí, ¡ya está! ¿Su equipo nos confirmó que ahí está? —duda de pronto el director.
—Sí —afirma el operador—. Confirmado. Burnham llega en dos minutos, desde el norte, a Londres, por el tren.
Así como vaticinan, ocurre.
Andy Burnham, el próximo primer ministro del Reino Unido–y recientemente electo miembro del parlamento—llega desde Manchester. No hay caravana, no hay ceremonia, solo viene en tren. Y aún si Sky News tiene a dos—¡dos!—helicópteros cubriéndolo, no hay indicación clara de que el próximo primer ministro esté en un vagón. Solo es un tren, uno de los tantos que entran a la estación de Euston a diario. Pero este tiene dos ángulos de helicóptero. No se puede perder la toma.

Todo parece indicar que Andy Burnham viene en ese tren. El otrora alcalde de Manchester, y ahora el Honorable Miembro del Parlamento por Makerfield, una circunscripción en las afueras occidentales del Gran Manchester. ¿Cómo llegamos aquí?
De un arrasador triunfo del partido del trabajo en julio de 2024 (el tercero más grande de la historia) y una mayoría de 172 escaños liderada por Keir Starmer, a los repetidos y finalmente ensordecedores llamados a su salida que terminarían con Burnham en ese tren y la prensa vuelta loca. Es la historia de dos hombres bastante distintos, con políticas que distan entre sí. Uno anodino, adusto y gris; el otro, carismático. Y es la historia de un cambio en la política británica que, desconocía, iría contra mis expectativas.
Cuando era niño me hice de una teoría que, hasta hace poco, me acompañaba. Mientras menos escuchara de nuestros políticos, mejor. Quiero que trabajen, eso sí; quiero que hagan un buen trabajo y sean una buenas personas; no quiero, sobre todo, que estén constantemente en la prensa (recuerdo las escenas incansables de guerras en mi niñez—del Afganistán de Tony Blair; de nuevos muertos, de crisis, de un mundo que no entendí). No news is good news, pensé.
Este año, se cumple una década de ruidos interminables en el Reino Unido; de esos que mi intuición infantil decían ser la antítesis de un buen gobierno. En 2016, el país votó a favor de dejar la Unión Europea. Viendo los resultados, David Cameron renunció como titular del gobierno; la escisión quedó en manos de Theresa May. Ella duraría poco; sus sucesores, también. Desde la renuncia de Cameron, el Reino Unido ha pasado por cinco primeros ministros en una letanía que incluye un maestro de los memes y controversia, un banquero educado en los Estados Unidos y, hasta hace poco, una papa sin sal.
Ese ruido incluyó a los que renunciaron por no lograr la dimisión de la Unión Europea; los que estuvieron envueltos en escándalos por fiestas en COVID; hasta los que perdieron elecciones históricas. Tantos eventos en una letanía interminable. En esos años volvía a mi deseo infantil: un primer ministro del que no escuchara cosa alguna.
Ahora, me doy cuenta de cuánto me equivoqué. El «no news» es imposible, así que mi imperativo de no news is good news es lógicamente falaz. Siempre hay noticias. Por eso mismo, las buenas noticias (good news; activas y de su propia voluntad, ¡un cambio!) deberían ser el estándar. No el silencio. Me gustaba el silencio porque era un niño que, a duras penas, leía las noticias de vez en vez.
Aun así, se hizo el cambio.
En 2024, llegó el silencio al número 10 de la calle Downing (sort of). Aunque no voté por él, estaba relativamente feliz con la llegada de Keir Starmer. ¡Él era la personificación de mi teoría infantil! ¡Era superficialmente irrelevante! Estable, sensible, astuto: un abogado (de hecho, exdirector de la Fiscalía Pública y exjefe del Servicio de la Fiscalía de la Corona). Era el tipo de político que creí querer, y que creí que necesitábamos. Estaba equivocado.
Hace dos años, en una elección contundente, el Reino Unido votó contra los Tories—como se le conoce a los conservadores—y dio un margen enorme al Partido Laborista (Labour Party). De los 650 escaños en el parlamento, el Laborista se hizo con 411 de ellos—211 más que la elección anterior—. Dirigiendo a la mayoría estaba un congresista londinense callado; sin el carisma de varios de sus predecesores. Si algo, ese era el atractivo de Keir Starmer. El nuevo primer ministro llegó como la mejor alternativa a años de conmoción.
Tampoco duraría. Hace ya un mes, Starmer entregó su renuncia al puesto.
Lo interesante de este final es que no hay un problema específico. No hay drama, ni escándalo. Para muchos, como para mí, su apoyo a Israel y la postura británica contra la causa palestina fueron una afrenta grave (una mancha, masiva y fea). El gobierno encabezado por Starmer incluso insistió en meter abuelos, curas, estudiantes, veteranos y abogados en la cárcel por llevar letreros de cartón en protestas.
Sumándole a los agravios, mintió sobre el nombramiento de Peter Mandelson como embajador en los Estados Unidos. Para resumir el asunto, archivos desclasificados del caso Epstein revelaron que Mandelson, entonces embajador del Reino Unido en Estados Unidos, usó su oficina para darle información sensible al depredador sexual. En febrero, el británico fue arrestado. Para abril salió a la luz que no había aprobado sus autorizaciones de seguridad necesarias para asumir el cargo. Starmer le mintió al parlamento sobre todo esto. Morgan McSweeney, su influyente jefe de personal, fue despedido (¡Vaya, algo de consecuencias!) y Starmer intentó sobrellevar el tema. Es mi posición que, si Burnham no figurara, este no habría sido el final de Starmer. Primeros ministros británicos han sobrevivido ante cosas mucho, mucho peores.
La caída masiva del exprimer ministro, poco tiempo después de haber ganado una victoria aplastante no se explica por un hecho específico. Ninguna acusación avivó llamados generalizados a que dejara el cargo. El sentimiento en las calles era que simplemente, a la gente no le agradaba y prefería que el hombre que gobernaba Manchester tomara las riendas.
Es una forma extraña de retirarse (al menos inusual en esta última década de puertas giratorias en la política local). Primero, en enero, Starmer bloqueó a Burnham para contender en la elección en Gorton & Denton. Esto ha sido interpretado ampliamente como un movimiento cauteloso. Si Burnham hubiera ganado el asiento, hubiera podido convertirse en el líder del Partido Laborista y, por ende, se perfilaría como futuro primer ministro. De estos hechos, Burnham, quien siguió como alcalde de Manchester, salió con fuerza, mientras que Starmer terminó debilitado.
De enero a mayo, y también pasando a junio, la presión contra Starmer creció. Vaya que se volvió despreciado. En la encuesta promedio, Starmer contaba con una desaprobación del 48% de la población, con un máximo (o mínimo) de 62 % al fin del año pasado—uno de los primeros ministros menos populares en la era moderna—.
Britain poggles, the mines shut, the children break, shiny London Towers grow and the MPs drink a subsidised wine.
A Starmer lo juzgamos por quien era, más que por lo que había hecho. Es relativo, claro. La economía creció un poco, los tiempos de espera para recibir una cita médica bajaron (una métrica importante para la opinión popular inglesa); hay más profesores en los colegios y la inmigración se redujo un 80% (una locura para un gobierno laborista). El problema es que estoy leyendo la lista oficial que publicó el partido. Mientras la leo, me quedo dormido. What has Keir done («Qué ha hecho Keir»), el nombre de la página, ya es una confesión del fracaso más que un festival de sus éxitos. Lo que definirá los años de Starmer es cómo, a pesar de esos logros, no hubo manera de comunicarlos; los hizo en ese silencio que yo añoraba y que, al final, fue su perdición. Intentó hacer bromas hasta el cansancio y, cuando triunfaba, le salían en contra—incluso cuando, en una escuela, trató de socializar con niños haciendo el gesto con las manos de 6-7 y, en su lugar, se hizo en un hazmerreír de las redes sociales—. Starmer no fue un político. No estaba en su sangre, no lo vivía y tampoco parecía que lo disfrutara.
Lo que definirá los años de Starmer es cómo, a pesar de esos éxitos, no hubo manera de comunicarnos; los hizo en ese silencio que yo añoraba y que, al final, fue su perdición.
En la política, ahora me percato, hace falta ruido.
Starmer no quería hacer política. No cortejó y no cultivó fanáticos ni lealtades. No solucionaba las disputas entre departamentos (por eso los giros de volante repentinos y la renuncia de grandes aliados como John Healey). Le hacía falta hacer política. ¿Quién debe ser nuestro líder, nuestro primer ministro? Mi intuición es que debe ser un político; de esos que evitan el silencio.
Andy Burnham contrasta abismalmente con su antecesor: le encanta el juego de la política. Él conspira. Viene del norte (acento, importante), con la cara de cualquier vecino. A la vez, lo veo como un asesino, y estoy contento. Se presenta como un poco a la izquierda de Starmer; con él están contentos la mayoría de los laboristas, los del Partido Verde (Greens) y los demócratas liberales (Lib Dems). Yo también.
Me parece un buen hombre (un político). Sorpresivamente, me alegra que no sea callado; que represente algo. Quiere destruir la Cámara de los Lores—el órgano superior del parlamento, administrado por legisladores electos por el rey o miembros del clérigo—; en su lugar, planea colocar un Senado electo por las regiones. Planea terminar con el HS2—el sistema de trenes de alta velocidad—y llevarlo hasta Escocia, matando todo renacuajo que esté de por medio. Quizá eso se necesita para crear: un primer ministro desalmado.
Burnham explora, al menos, la posibilidad de un impuesto sobre la riqueza (su observación clásica es que en el Reino Unido, el trabajo tiene impuestos de más y la riqueza, tiene impuestos de menos). También tiene la propuesta de nacionalizar el sistema de proveeduría de agua y energía, así como los autobuses (parcialmente, como hizo en Manchester). El primer ministro entrante quiere conseguir unas olimpiadas y que sus sedes estén en el norte (Liverpool, Manchester, Leeds, Newcastle y Sheffield), porque Londres ya ha tenido tres. Y hay tantas otras propuestas; esas son solo las que más resonaron entre el público.
Su cargo no es excepcional. Es la sexta persona en los últimos diez años en ser el representante gubernamental del Reino Unido. En su primer discurso como primer ministro, el 20 de julio pasado, el propio Burnham lo reconoció.
«El Reino Unido necesita mostrarle al mundo que podemos recuperar nuestra estabilidad, ese es nuestro reto, hacer que la política funcione, hacer que funcione mejor». Bueno, intenta ser honesto. No hemos sido suficientemente buenos. Pauso. Recapacito. Burnham realmente no habla de él mismo, considera que ha hecho las cosas fantásticas en Manchester, lejos de los constantes y costosos errores en Westminster.
«Haremos de este momento un punto de inflexión para Gran Bretaña, impulsando los mayores cambios de los últimos cuarenta años. Un nuevo modelo político y un nuevo modelo económico», continúa. Todos los políticos lo dicen, pero por alguna razón, me inclino a creerle.
«Reindustrializaremos el Reino Unido, utilizando la contratación pública para apoyar a la industria británica… cierta ayuda con el coste de la vida… Ayudaremos a más jóvenes a acceder al mercado laboral transformando el sistema educativo y brindándoles más apoyo, incluido el apoyo a la salud mental… Ayudaremos a las personas a tener una buena calidad de vida, construyendo un Estado más orientado a la prevención e invirtiendo en el éxito de las personas en lugar de pagar por el fracaso». Eso me interesa.
Muestra una visión de cambios radicales, pero también hay giros pequeños e inmediatos que no deben ser desestimados. A veces me preocupan los grandes proyectos en la política. La paciencia se debilita y en algún punto los funcionarios deben dar resultados (que se vean directo en el bolsillo y en el día a día). Por ejemplo, recuerdo cómo a los días de su llegada al cargo, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ordenó arreglar un prominente bache en el puente ciclista de Williamsburg. Pequeño, sí, pero algo que mejoró las vidas de miles y miles de sus votantes.
Otra medida, no mencionada en su discurso pero ya implementada, es la reducción del IVA en las facturas de energía. Si la política consiste en mejorar de forma significativa la vida de las personas, entonces esto es política. Comprender qué es lo que destaca o resulta relevante es fundamental para entender a Burnham.
El primer ministro también ha enfatizado que gobernará con el corazón de la gente en su agenda, que construiremos un nuevo sentido nacional de unidad y propósito a través de todos los códigos postales. Luego, habló de esperanza. No lo hace al estilo Obama, no es emocional al mencionarlo (quizás no es el mejor momento con lo que ya hemos atravesado), pero es firme. Es un estilo británico de esperanza.
Su discurso duró cinco minutos. No usó notas. Su voz fue grave y con su característico acento del norte. Recuerdo que tuve un profesor que atribuía parcialmente el éxito de Obama a su voz grave. No lo tomé en serio pero quizás me equivocaba. Supongo que este profesor ha de estar interesado en Burnham.
Es probable que el recién estrenado primer ministro busque una elección que, con el respaldo popular, le dé el mandato para una agenda más agresiva. Ya corren rumores desde Westminster de que esto sucederá tarde o temprano, y en todos los partidos se realizan las preparaciones acorde. La definición será un tema de encuestas. Si algo nos dice su carrera, es que Burnham sabe operar. En un tiempo en que el país está hambriento de liderazgo, me intriga.
De niño, en los East Midlands, asumí que el silencio era competencia. Puede que lo fuera entonces, en esos años tan distintos a los que me han tocado en mi joven adultez. En estos, más que nunca, el ruido, el juego, la comunicación y la visión son importantes. Ojalá que lo tengamos en Burnham. Los británicos, es lo menos que merecemos. Vivamos en esperanza; vamos viendo.
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