¡Bienvenido a los anteojos! Esta es una nueva sección semanal en Perpetuo.
Cada miércoles, reunimos las mejores voces del español para comentar la coyuntura, desde el metro de Nueva York, hasta los glaciales de Tierra de Fuego. Somos un lugar para entender lo que pasa con historias y narrativa.
No somos tu periódico, somos lo que lees cuando el periódico no es suficiente.
Esta semana, arrancamos con dos de las democracias más grandes de América Latina. Primero, viajamos a Colombia donde Sarah Díaz nos narra el paso fugaz (y la igual de fugaz caída) de Paloma Valencia, candidata a la presidencia del país que se quedó fuera de la segunda vuelta (y que es, además, una reflexión sobre la erosión de los centros políticos en el país). De ahí, tomamos un vuelo a São Paolo, donde Antonio Carlos Leite relata la injerencia de Estados Unidos en la elección brasileña (para la que aún faltan meses).
Pero antes de ello, queremos agradecer a nuestro patrocinador.
Esta sección es posible gracias al apoyo de Polymarket—la plataforma que alberga a los mercados del futuro. Polymarket te permite apostar en lo que quieras, desde las canciones de Bad Bunny en el Superbowl hasta las elecciones de América Latina, creando así, uno de los mercados más dinámicos que hay.
Es, también, una fuente en tiempo real de opiniones. Vean, por ejemplo, como ha cambiado la opinión sobre las elecciones de Brasil en los mercados que permite Polymarket (un adelanto a lo que escribe Leite):
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¿Y qué hacemos con los tibios?
Carta desde Bogotá; tras las elecciones de primera vuelta en Colombia
Era sábado 24 de mayo de 2026, en una semana, los colombianos saldrían a las urnas y votarían, en primera vuelta, por su presidente. Es esa semana rara entre el día de la madre y el inicio del mes de las vacaciones de mitad de año, cuando los colombianos todavía están pagando las deudas de las flores, los regalos y la salida a almorzar. En Bogotá los trancones transcurrían como cualquier sábado (o cualquier día de la semana para ser más exactos) y en los pueblos la gente tomaba tinto en la puerta de la tienda. Los candidatos realizaban su cierre de campaña, reuniéndose con sus votantes para dar los últimos mensajes.
Así lo hizo Paloma Valencia, quien, hasta entonces, representaba la esperanza de la centroderecha moderada. Llegó rodeada de su familia. Sonriente, en traje blanco; una hora dentro de discursos, aplausos y vitores, pasa el micrófono a su hija Amapola y pregunta:
—¿Con quién estás?
La niña de 9 años no contesta. Se ve cansada, molesta, sin emoción, incluso apática. Su madre, ante su silencio, intenta ayudarle:
—Con Paloma—le susurra.
Ella sigue sin contestar. Murmura algo. Su madre, de nuevo, insiste. Le pide que diga «¡Vamos a ganar!». La niña le contesta
—Pero ¿y si perdemos?
—¡No vamos a perder!—le contesta Paloma, ante el eco silencioso de las palabras de su hija que resonaban en las paredes del recinto y en las mentes de los votantes.
Muchos de los que vivimos en Colombia conocemos muy bien su historia política, cómo ha estado permeada por la violencia desde la independencia, la gravedad de los conflictos internos y las disputas entre partidos. En el siglo XX, Colombia vivió una polarización bipartidista tan extrema que la identidad política era casi genética: se nacía liberal o conservador, igual que se nacía con un apellido. Ser de centro se consideraba como traición. Identificarte con un partido no solo era cómo votabas, era cómo te vestías, a qué iglesia ibas, con quién se casaban tus hijos, en qué tienda compraba tu familia. Cambiar de bando, o aún peor, no tener uno te podía costar la vida.
Aunque desde la entrada en vigor de la Constitución de 1991 es más fácil crear nuevos partidos y participar en política, la pluralidad nos duró poco.
En la última década estas tensiones entre los extremos han vuelto, pero con diferentes nombres y expresiones. Al ir a una cafetería a hablar con tus vecinos pasamos de escuchar: “Liberal o conservador, pero no sapo” a expresiones como «¿No eres petrista ni uribista? Entonces eres tibio»; «Cómo vas a ser de centro, si el centro en Colombia no existe.»; así la lógica rematada por un creativo refrán moderno: «tibio ni el café».
En Colombia parece una tarea imposible estar en el centro. La división en el país siempre ha sido común en más temas de los que recuerdo, desde el conflicto armado y el proceso de paz hasta la política de drogas. Estos choques son más visibles en los círculos que me rodean en época de elecciones. No importa cuántos proyectos de centro surjan, normalmente son aplastados por el “voto útil” y la polarización. Así les ha pasado a cientos de candidatos en elecciones nacionales y locales.
Al final la hija de Paloma Valencia tuvo razón. Perdieron.
El resultado fue contundente. Las posiciones de izquierda y derecha obtuvieron el 40.9 y 43.7 por ciento de los votos respectivamente, mientras que “arrastrando a los tibios” quedaron Sergio Fajardo (de centro) y Claudia López (de centroizquierda) que en conjunto reunieron menos del 5.5% de los votos. Paloma Valencia, con su apuesta por el centro, quedó en un distante tercero: 6.93%; con más de ocho millones de distancia contra el segundo.
Las personas no se identificaron con Paloma que, le apostó por acercarse a los votantes del medio, por intentar hacer algo con los tibios y ganárselos, mientras los dos candidatos que arrasaron con los votos hicieron todo lo contrario y le apostaron a los extremos, esto llevó a que los colombianos votaran a favor de dos voces opuestas.
Por la izquierda, el senador Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico, representa la sucesión del presidente actual, Gustavo Petro. Por otro lado, Abelardo de la Espriella, abogado representando la extrema derecha.
Pero para entender qué pasó en esta primera vuelta, hay que entender a Paloma Valencia.
Valencia es senadora del Centro Democrático—partido de derecha, (a pesar de tener la palabra centro en su nombre) asociado con el expresidente Álvaro Uribe famoso por sus posiciones duras contra las guerrillas y el conflicto armado—. Es hija del exmandatario Ignacio Valencia López. Sus estudios e ingeniosas respuestas en debates en el Congreso la llevaron a tener un gran apoyo popular en las encuestas antes de empezar la contienda electoral. Venía con varios metros de ventaja. Durante la campaña se identificaba como “la candidata de Uribe”, un rostro con mucha historia y peso político que le daba una base con la cual trabajar. El uribismo es un bloque fuerte en Colombia; eso no significa que la seguirían a ciegas, aún podía perderlos. Y lo hizo.
Aunque viene de la derecha, Paloma no es la más a la derecha de su partido. En lugar de ir sola con su partido, ganó la Gran Consulta por Colombia—un pacto entre partidos, predominantemente de centro y centroderecha, por nominar un solo candidato que hiciera frente a la izquierda, consulta realizada a la par de las elecciones legislativas—. Su partido fue el segundo más votado en el Congreso. Con margen de crecer en su nicho, se encontraba muy pareja con el otro candidato de la derecha, Abelardo de la Espriella, quien se abstuvo de la Gran Consulta. Sin embargo, como dice mi mamá: el que mucho abarca poco aprieta.
Paloma le apostó al centro para hacerse con los votos que no se identificaban con los extremos. Tras la Gran Consulta, Paloma nominó a Juan Daniel Oviedo como su candidato a vicepresidente. Encargado del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) durante la pandemia, perteneciente al Concejo de Bogotá y siendo el segundo más votado en la consulta, Oviedo acepta. Un candidato más progresista que Paloma. Un hombre homosexual que basó su campaña durante la consulta en “ser de centro”. Ese discurso ganó el voto de muchos, convirtiéndolo en la sorpresa de la jornada y la sorpresa, también, del Centro Democrático.
Aunque se veían bien en las fotos y en las redes, aunque la idea de unificar los centros cuadraba… para los ciudadanos, eran una pareja dispareja; una alianza mal articulada. Los votantes resaltaron la incoherencia de Oviedo, que durante su propia campaña a la presidencia abogó por ser un candidato que no se une “a los de siempre” y que al final terminó haciéndolo; notaron los debates entre ellos mismos en vez de con los otros candidatos. Paloma anunciaba al expresidente Álvaro Uribe como Ministro de Defensa; Oviedo se oponía. Paloma estaba a favor de unas cosas, Oviedo de otras.
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A mão de Trump
Sobre EE.UU. en Brasil
No había garantía de que se diera, pero aun así se dio. El presidente estaba en medio de revisiones médicas y negociaciones sobre una guerra distante. La reunión prometida no estaba en la agenda pública y las garantías habrán sido solo palabras; promesas.
De São Paulo a Washington hay unas once horas de vuelo—sin contar las posibles escalas—; las suficientes para reflexionar a detalle sobre la reunión y temer que no se haga. Más con una agenda ocupada, decenas de prioridades que balancear y el hecho de que, hace poco, se había reunido con su rival.
Aun así, hizo el tiempo. Se cumplió.
Donald Trump abrió la Oficina Oval por más de una hora a Flávio Bolosnaro, el senador brasileño quien lidera a la derecha en la siguiente elección presidencial de su país. Lo escuchó y atendió; dicen que incluso preguntó por su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, ahora preso por intentar derrocar a su oponente.
Hizo tiempo para atenderlo y luego hizo más. Tomó acciones sobre Brasil; su mano entró en la contienda.
Pero antes de lo político, estuvo el gesto. Una fotografía junto a Bolsonaro hijo. Trump sentado en el escritorio Resolute; Flávio a su lado.
Los dos sonríen.
Sus manos visibles, pero sin tocarse.
Sigo las elecciones brasileñas desde mi infancia. Ya son más de 50 años desde entonces. En los 70s, en plena dictadura militar, los brasileños solo teníamos el placer de votar en las elecciones de ciudades al interior del país. En las capitales de los estados, los alcaldes eran designados por el régimen. No era una contienda real: casi siempre se daban entre dos o tres candidatos afines a la dictadura.
Y aún entonces, no eran del todo nuestras.
Desde aquella época, escuchaba comentarios sobre la interferencia del gobierno de Estados Unidos en los rumbos de Brasil, siempre de forma discreta; casi susurrada. La discreción era obligada. Después de todo, en las dictaduras, cualquier palabra mal dicha o mal entendida puede tener consecuencias severas. Había discreción del otro lado de la historia. La intromisión de la Casa Blanca nunca fue asumida, divulgada ni anunciada en voz alta. Era una mano invisible, aun si era una mano.
Bueno... nunca digas nunca.
Este año, en las elecciones en Brasil la mano se hizo presente en la forma de un líder ajeno. Los susurros cambiaron por un barullo intenso y al centro de esta polarización cada vez mayor entre izquierda y derecha está el presidente estadounidense Donald Trump.
Y Trump es todo menos discreto.
En esta historia, lo interesante no es la intromisión misma, sino cómo algunos personajes están al centro del poder de control sobre la repercusión de sus actos. Cómo los dos punteros electorales parecen ver la mano y hacer lo posible por usarla, también.
De un lado, está el presidente en turno, Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido dos Trabalhadores (mayor fuerza de izquierda en el país). Al otro, se encuentra Flávio Bolsonaro, senador en turno por el derechista Partido Liberal y, crucial, hijo del ahora preso expresidente Jair Bolsonaro, acusado de intentar un golpe de Estado contra su rival. Ambos se preparan para una contienda en octubre donde las encuestas sugieren una sutil y creciente delantera para Lula.
Pero, como muestra esta historia, eso puede cambiar.
A principios de mayo, Trump recibió a Lula da Silva en la Casa Blanca. La reunión se prolongó mucho más de lo previsto. El presidente brasileño consiguió que se aceptaran algunas de sus peticiones, entre ellas la de no tener una entrevista pública junto a su colega norteamericano. Así, Trump, idolatrado por la derecha en todo el mundo, dio inesperadamente y sin motivos claros, un impulso a la candidatura de uno de los principales representantes de la izquierda en el planeta. En Brasil, la disputa no se libra por los votos de izquierda o de derecha. Esos ya están consolidados. Lula y Bolsonaro hijo buscan atraer a los millones de votantes del centro. Para hacerlo, intentan formar una imagen de “moderados”. Al posar junto a Trump, Lula envió un mensaje: “Soy un estadista de alcance mundial y diálogo incluso con quienes tengo diferencias”. Y provocó en Flávio la necesidad de dar una respuesta...
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