Cuando pensamos en esta sección—en Los Anteojos de Perpetuo—queríamos que fuera un lugar para entender el mundo por medio de historias. Esto implica, sobre todo, explicar partes del mundo que no entendemos; cubrir temas que no reciben la cobertura necesaria pero, sin embargo, trascienden.
Esta semana, tenemos dos historias que encajan con esa visión.
Primero viajamos a Bolivia, donde Mercedes Bluske reconstruye uno de los periodos más complicados de la historia reciente del país: las protestas generales que detuvieron decenas de carreteras por más de un mes. Seguro has visto imágenes de los retenes; Bluske ahora cuenta la historia detrás de ellos.
Después, nos movemos a pocos kilómetros de la oficina de Perpetuo en la Ciudad de México, para entender una de las controversias culturales más grandes en el país: cómo el museo dedicado al poeta Ramón López Velarde será, ahora, un cabaret. Así como lo leen. Isabel Segovia trabajó en el museo y, con sus anteojos, podemos entenderlo desde adentro—sobre todo, la nostalgia que queda con su cierre—.
Todo esto, hay que decirlo, se lo debemos a nuestro patrocinador de la semana: Polymarket.
Verán, Los anteojos son posibles gracias al apoyo de Polymarket—la plataforma que alberga a los mercados del futuro—. En términos concretos, es un sitio donde los usuarios pueden apostar en cualquier tema, desde los goles en el Mundial, hasta el número de tweets de Elon Musk en un mes. Lo interesante es que, también, permiten apostar en eventos políticos. Digamos, por ejemplo, si el presidente de Bolivia dejará a medias su mandato.
Ese último punto nos da una gráfica como la de abajo donde, en ciertos momentos, podemos ver picos de incertidumbre. Llegan a coincidir con algunos de los picos que Bluske describe en su crónica. Una forma interesante de ver los cambios en la opinión pública en Bolivia—donde es difícil encontrar crónicas, menos aún datos certeros—.
Si quieres participar en la nueva forma de entender el mercado, puedes hacerlo con el siguiente enlace:
Bolivia: 50 días de espera
Sobre las protestas que detuvieron a Bolivia por más de un mes
Por 53 días en Bolivia el tiempo dejó de medirse en horas, para empezar a contarse en filas: las que había que hacer para llenar el tanque de combustible, las que recorrían varios mercados antes de encontrar leche o huevos, las que formaban los vehículos detenidos frente a un bloqueo con la esperanza de que alguien anunciara un cuarto intermedio.
La imagen más visible de la crisis fueron las carreteras cortadas. Coche tras coche; camión tras camión, todos en la espera de llegar a su destino o dando la vuelta, derrotados.
Por casi dos meses, el país se detuvo de lleno, asediado por tantos frentes, que es imposible atribuir la responsabilidad a una solo de ellos. En la espera, y en la incertidumbre, los bolivianos nos preguntamos: ¿cómo llegamos aquí?, ¿quién es el responsable?
No existe una sola respuesta.
Las filas fueron solo un síntoma de un conflicto mayor, que aún seguimos desentrañando.
Pero en ellas, en las filas y la espera, está la llave para entender a un país dinámico. En esos 53 días está la clave de Bolivia.
El punto de partida ha de ser la inflexión.
Tras casi 20 años de gobierno por el Movimiento al Socialismo (MAS), fundado por el ahora expresidente Evo Morales, Bolivia votó por un cambio. En las elecciones del año pasado, el centrista Rodrigo Paz llegó a la presidencia con una agenda que prometía un rumbo nuevo y estabilidad para Bolivia. Pronto se enfrentaría a las muchas tensiones que habitaban en el país y al desafío de mantener el frágil equilibrio.
Entre sus primeros intentos por reformar al país, estuvo la Ley 1720 de Conversión de Tierras. Con ella, buscaba un cambio para los pequeños terratenientes bolivianos: aquellos que poseen tierra para su autosustento. Antes de su ratificación, Bolivia prohibía las hipotecas sobre pequeñas propiedades para proteger a terratenientes rurales. Ahora, con la nueva normativa, esos mismos pequeños propietarios podían transformar voluntariamente sus predios en medianas propiedades, y así acceder a créditos bancarios. La nueva Ley abría la puerta a la mercantilización de la tierra y a una mayor concentración de la propiedad agraria.
Pero el cambio, habría de revelar las muchas fracturas que quedan en Bolivia.
No todos la recibieron con entusiasmo.
Para organizaciones indígenas de los departamentos de Pando y Beni, la medida favorecía a los grandes empresarios agropecuarios y debilitaba la protección sobre la propiedad campesina. Así que decidieron actuar; decidieron marchar.
El ocho de abril, grupos en contra de la Ley partieron de Cobija, en el departamento de Pando, para recorrer los más de mil kilómetros que los separaban de la Sede de Gobierno, en La Paz.
Tras casi un mes de caminata, la marcha indígena llegó a La Paz el 4 de mayo para exigir la derogación de la norma. Ante el creciente descontento social, el Gobierno cedió nueve días después y la abrogó.
Pero para entonces, el conflicto había dejado de girar alrededor de una sola ley. Ahora la queja giraba sobre diferentes aspectos en torno a la nueva administración del país. Mientras grupos indígenas avanzaban hacia La Paz, otros sectores comenzaron a movilizarse por razones distintas: el deterioro económico, la escasez de combustibles y el creciente descontento con la gestión del presidente Paz.
Sumándose a las protestas indígenas, la Central Obrera Boliviana (COB) abrió un nuevo frente de conflicto. Exigía incremento salarial, medidas frente a la crisis económica, soluciones al desabastecimiento de combustibles, el cumplimiento de promesas electorales y el rechazo a varias reformas impulsadas por el Ejecutivo, como «ley anti bloqueos», que buscaba proteger la libre circulación en el territorio nacional. Como medida de presión para el cumplimiento de sus demandas, el 1 de mayo declaró un paro nacional indefinido.
Cinco días después se sumó la Federación Túpac Katari—una de las agrupaciones sindicales agrícola más grandes del país—, que anunció el bloqueo indefinido en las 20 provincias de La Paz. Si la COB aportó la articulación sindical nacional, la organización campesina aportó el control territorial que terminó cercando al departamento durante semanas.
No es todo.
El 11 de mayo ingresó un tercer actor: el magisterio urbano y rural. Los maestros reclamaban aumento salarial, mayor presupuesto para educación, la contratación de más personal permanente para reducir la sobrecarga laboral y mejoras en infraestructura escolar. A diferencia de otros sectores, su conflicto fue breve. Cinco días después aceptaron un acuerdo con el Gobierno que creó un bono anual y postergó la negociación salarial hasta octubre.
Aún con un actor menos, el conflicto apenas empezaba.
[…]
Lee el resto del anteojo:
La casa del poeta que no ha muerto
Sobre el cierre de la casa de Ramón López Velarde
Hace unos meses, formaba parte del equipo que atendía La Casa del Poeta Ramón López Velarde. Ahora, tras el anuncio de que la casa será hecha en un cabaret por parte de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, he dejado de ser parte del equipo. Me quedan sólo los recuerdos de mi tiempo en ella y esos últimos días que marcaron su final; de la epopeya que fueron mis meses en el museo.
Si hoy las escribo, es porque, entre las muchas voces que han surgido en el debate, no he visto esas que hablen del sitio como tal. La casa se ha envuelto en una discusión más grande sobre la poesía y su espacio en la cultura del México de hoy. Falta, en ellas, una vista de adentro; de cómo ese espacio en sí mantenía un encanto que pronto habrá de desvanecerse.
¿Qué decir de la casa? ¿Por dónde empezar? Está en el corazón de la colonia Roma Norte. Es, en estrictos términos, el lugar donde el poeta Ramón López Velarde pasó los últimos años de su vida. Por años, sirvió como museo y como espacio para los literatos. Era, también, mucho más que los hechos. Era un lugar tan lleno de vida; todo tipo de gente nos visitaba; donde corrían frases tan recurrentes que parecían ya formar parte de los poemarios de Ramón:
—¡Hola! ¿Viene al museo? El museo tiene un costo de diez pesos por persona y se lo cobraría mi compañero en la parte de arriba.
A veces sólo nos contestaban con sonrisas y miradas, otras veces se tardaban en formar respuesta. Las más entretenidas eran con turistas extranjeros. Con ellos, construíamos puentes en los cuales su idioma y el nuestro se encontraban.
—¿Gusta una visita guiada o prefiere recorrerlo libremente?
Eran tantas las visitas, que desarrollamos una especie de sexto sentido. Sabíamos cómo serían las visitas; quién tomaría la visita guiada y quién quería guiarse para conseguir perderse. Era un lugar de rumores; mismos que, debo aclarar, eran todos ciertos. Era un sitio donde las parejas despertaban la tentación de un beso en el pasillo; también un sitio donde, en la sección de opiniones, los adolescentes nos dejaban sus confesiones más dramáticas y los soñadores, dibujos populares o retratos. Les decíamos «libritos» y jamás los tiramos; cada uno de ellos tenía nuestro más inmenso cariño.
Sabíamos distinguir entre los apasionados de lo estético, que venían por unas buenas fotos y los más bohemios, quienes nos llenaban de preguntas sobre el museo que ni nosotros habíamos considerado. Nunca nos sentimos ofendidos por los visitantes que desconocían a la estrella de nuestro equipo, el amigo de todos, Ramón López Velarde. Al fin y al cabo, nos encantaba hablar de él y todo lo que su obra representa para México.
Hablar por ejemplo de sus versos románticos; de su mancha púrpura y el son del corazón. Disfrutábamos contar de su amor por el país—de su Suave Patria—y cómo el país, por generaciones, lo quiso tanto de vuelta que su cumpleaños es ahora el día del poeta.
Nuestro querido Ramón en verdad formaba parte de nuestro equipo. Muchos visitantes nos aseguraban ver sombras y escuchar voces; juraban que alguien les tocaba el hombro o acariciaba su pelo.
—¡Es obvio que es Ramón!— repetíamos tanto en burla, así como aferrándonos a su memoria la cual nunca moriría.
Cada mañana, era hábito avisarle a Ramón que ya habíamos llegado o que ya nos íbamos, ¿por qué no lo haríamos, si estábamos en su casa? Él realmente no había muerto; su obra seguía presente en cada rincón de la casa. Nuestro amigo recibía muchas visitas, escritores, locutores, camarógrafos, extranjeros, locales, músicos, y a veces hasta mascotas.
Tristemente un día, recibimos a unos visitantes que no pudimos encasillar en esas jerarquías que dictaba la costumbre. Pronto nos arrepentiríamos de mostrarles cada rincón donde se escondía la magia del sitio. No tardamos en darnos cuenta de sus intenciones, en qué clase de personas teníamos enfrente. No estaban interesadas en la literatura o la historia de la misma. Ellas hacían evidente, con comentarios de mal gusto y su vestimenta provocativa, de dónde venían al igual que su verdadera vocación.
Los siguientes días, hicimos chistes sobre en lo que se convertiría la casa; que Ramón sería el más feliz recordando sus noches en burdeles, chistes donde escondíamos el pavor de una realidad muy posible: la de una casa despojada de nuestro amigo.
Un día llegó una carta donde sentenciaron a todo y a todos. La casa ya no llevaría el nombre de Ramón; tampoco el título de poesía. Sería ahora la «Casa de las Palabras», con oficinas gubernamentales, una librería del Fondo de Cultura y un cabaret. Nadie decía nada porque el silencio, junto con las lágrimas que aprisionábamos en las pestañas, ya lo decía todo. La orden fue muy clara, aunque tal vez intentaron decorarla con palabreo, nosotros tan ensamblados de literatura, entendimos todo: nos ordenaron destruir cualquier evidencia que despertara el recuerdo de la magia; que evocara que esa, por años, fue la casa de los versos. Nunca entendimos el porqué pasaba esto, no podían hacerle esto a Ramón.
Los últimos días nos mirábamos con empatía; con sonrisas quebradas, consolábamos ese llanto que juramos ser un secreto. Vaciamos la casa entera, menos el museo porque quienes lo ocuparían habían dado su palabra que seguiría en pie e intacto. Ahora, nos dirigíamos a Ramón pidiéndole que asustara a estas personas; no importaba si creíamos en los espíritus, todos teníamos la esperanza de que algo nos escuchara. Que ese algo fuera alguien, ese alguien fuera Ramón.
Estábamos seguros de algo: nuestro amado amigo realmente no estaría feliz con su nueva compañía, sino que nos extrañaría tanto como nosotros a él.
Finalmente se confirmó el último rumor. Los hechos eran ciertos. La casa sería despojada de lo que representó para generaciones de escritores.
Jamás debió haberse hecho realidad. Me impresiona cómo pretenden humillar a los ídolos que construyen la leyenda que es México. Como literata me vienen muchas frases a la mente, muchas figuras importantes que han hablado de esto. Hay una de Ray Bradbury que pesa más que nunca: «No hace falta quemar los libros. Basta con que la gente deje de leerlos». Al final todos conocemos el desenlace de sembrar el veneno que condena a la cultura. El terror me invade, todos deberíamos entrar en pánico. Si esto le pasó a Ramón López Velarde, al poeta nacional—a nuestro amigo—, deben intuir lo obvio ¡nadie está a salvo!
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¡Gracias por leer esta edición de nuestros antojos!
Toda nuestra gratitud a Polymarket por apoyar las mejores historias en español.
Esperamos que esta lectura de hiciera pensar con más detalle sobre el mundo y los problemas de nuestra coyuntura.
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