Los anteojos es nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:
Antes de iniciar, en Perpetuo nos solidarizamos con las miles de personas afectadas por el reciente temblor en Colombia. Hablando con reporteros en el área, hemos concluido que la mejor manera de ayudar es donando a la Cruz Roja Colombiana.
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Esta semana:
Ana Cadavid relata, desde lo personal, el temblor que destrozó el oeste de Colombia.
Antonio Carlos Leite explora las relaciones abigarradas de la familia Bolsonaro.
Decía García Márquez que no importa quién da la noticia primero, importa el que la da mejor. Esta semana, nos encontramos con dos ejercicios que ponen la frase a prueba.
Desde Brasil, Antonio Carlos Leite nos da una mirada que otorga la distancia. Un análisis de los Bolsonaro—la familia que controla la derecha del país—y cómo las divisiones entre Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, y Michelle Bolsonaro, tercera esposa del exmandatario, amenazan su campaña por la presidencia.
Desde Pereira, Colombia, Ana Cadavid nos da un relato con premura. Cuenta lo que fue vivir el temblor que devastó el oeste del país mientras atravesaba la ciudad en busca de su madre. Una crónica que escribió en su celular, cargándolo con pilas externas que le traían de distintos rincones.
Una historia se narra con tiempo; la otra se narra en contra de él. Ambas revelan las dificultades de América Latina estas semanas.
Vírgenes descabezadas:
Crónica de un temblor
Guillermo apareció de la nada.
Hacía unos minutos el mundo se había detenido. Estaba ahí en su motocarro, pequeño vehículo que usan en mi país para transportar cosas que no requieren mucho espacio. Generalmente, mueven chatarra y escombros. Ahora que lo pienso, parece ironía o una jugarreta del destino, no sé.
En ropa de dormir, con sandalias de alguien que encontré en el camino y de la mano de mi hijo de 18 años, aún en calzoncillos y a pie limpio, como decimos en zonas costeras, nos atravesamos en la vía con el propósito único y perentorio de no permitir que el vehículo avanzara sin nosotros.
Sin más remedio y con buena voluntad, Guillermo aceptó llevarnos al encuentro con la madre y la abuela. Según decían, del edificio no quedaba nada.
El pasado lunes, un terremoto de magnitud 7.4 azotó el oeste de Colombia. El epicentro fue en la región del Chocó; se sintió en las inmediaciones de Cali, la tercera ciudad más poblada del país, Manizales y Pereira. El movimiento fue tal que llegó a sentirse incluso en Bogotá.
Al momento de escribir esta crónica, se registran más de 200 muertos y cientos de heridos por el temblor.
Lo viví en carne propia. Así conocí a Guillermo.
En ese carro diminuto, donde parecía caber el mundo entero, recorrimos sectores de Pereira, casas, edificios, centros de salud que antes posaban erguidos, se sumían ahora en la banal desgracia del desaparecido.
—Ni Houdini se atrevió a tanto—pensé.
Cuando ya era imposible avanzar porque el caos y el polvo se apoderaban de todo, decidimos bajar y, sandalias en mano, correr y correr.
Tantas veces cruzamos esa puerta, pero pocas como ahora, con esperanza de encontrar vida donde creíamos que ya no había. Se veía inmensa, como cuando Daniela se pegaba a la baranda a comprar un helado de cien.
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La vi, en medio de sillas Rimax vacías. A sus 81 años parecía un ser mayor, su cuerpo permanecía, pero la mirada, el calor de sus manos y un pedazo de su alma estaban ausentes. Nos abrazamos y lloramos. Entre la confusión, no reconoció en mí a su hija; por poco, yo tampoco reconocí a mi madre. ¿Cómo sostenerla, si ni yo misma me sostenía en pie? ¿Cómo cuidarla sin saber cómo? ¿Cómo reírme de su diente caído si a mí ya el alma se me había caído hacía rato?
Un periquito, pequeño loro del trópico, fue testigo del encuentro y de las preguntas. ¿Dónde estaba mamá? ¿Cómo salió? ¿Por qué está cubierta con tierra? Algunos empezaron a tener señal en sus teléfonos y nos interrumpían con un grito.
—7.4 fue terremoto, la ciudad está destruida—dijo uno.
—Fue 6.4—dijo otro.
—Aquí dice Google y él no miente.
—Pregunten a ChatGPT.
Sirenas. Humo. Lamentos. Una ciudad ruidosa y alegre ahora postrada. Nietos, hijos, yerno, uno a uno fueron llegando en moto, en carro, a pie… volando, diría otro. Abrazos largos y sollozos eternos. Amigos y familiares que no aparecen, tal vez no lo hagan.
Sesenta minutos antes, el terremoto golpeó con furia la ciudad. Sectores acostumbrados a los movimientos telúricos, como el colector Egoyá y el centro de Pereira, volvían a ser azotados. Esta vez, la línea que atravesó y cercenó con fuerza fue más lejos. Ya no eran dos o tres los barrios afectados; eran decenas. Más que una ciudad, fue un mosaico de regiones.
Como zombies salidos de una película de terror, se hablaba ya de muertos por decenas, gritos de auxilio debajo de los escombros y heridos que llenaban los parqueaderos de centros hospitalarios que, desplomados, se negaban a atender a los pacientes ante la ausencia de camillas y personal.
En busca de calma o de angustia, caminé por el barrio donde crecí. ¿Cuál barrio? El de antes era diferente: los murales, bares y panaderías que abrían veinticuatro horas habían reemplazado las ventas de solteritas, sabrosos pasteles color naranja chillón rebosados de crema dulce, los raspados o copos de nieve con leche condensada y el algodón de azúcar. De aquello y de lo nuevo no quedaba nada.
Flores de cartón o «Gyplac» y el drywall que usan para hacer llamativas sus fachadas, ahora inundaban las calles que, con vidrios y cristales, creaban el efecto de un pueblo garciamarquiano en el borde de la catástrofe. Casas en el suelo, gente acomedida que empujaba puertas para sacar a la viejita que sabían que vivía sola; al gato, al perro, al que gritaba auxilio. Algunos barrían. Muchos lloraban solos, cogiéndose la cabeza y caminando en círculos; otros ya eran parte del viento que destrozó a Macondo y aún no lo sabían.
Necesitaba valeriana, alcohol y agua.
Anduve bastante y encontré lo mío. Ni el dependiente sabía cuánto costaba ni a mí me importaba. Ambos dijimos que, si alguno le quedó debiendo al otro, un día nos veríamos de nuevo. Ojalá así sea.
Me ofrecieron un aguardiente propio de mi tierra. «A la salud de la vida», pensé, y empujé pa’ dentro, como decimos los de esta montaña necia y juguetona que ayer «se alzó la bata» y trajo la tragedia.
De la casa de mi adolescencia se salvaron tres ángeles gigantes—ecuatorianos ellos, que adoraba mi mamá: San Rafael, San Miguel y San Gabriel—, una virgen sin cabeza y la foto de mi padre el día de su atentado. Lo demás lo vimos, como todo lo moderno, por un video y a través de WhatsApp.
Ella, mi madre, cree que volverá a su casa; nosotros, sus hijos, sabemos que no será así. Ayer, a las 7:34 de la mañana, se despidieron: ella de su casa y su casa de ella, para siempre.
Escribo distinto sin pensar. Oigo sirenas y, luego de haber pernoctado en un lugar lejano en calma, ahora estoy en la ciudad. Regresé al caos, al miedo, a mi hogar, al undécimo piso donde esperaban zapatos regados no sé por qué, más de cuatro tazas de café que seguro empecé a tomar ayer, las grietas, la manta nueva y ahora manchada, un PlayStation prendido que me va a enloquecer, otra virgen sin cabeza y la angustia de no saber qué pasará en una hora, en dos, en tres…
Esto lo escribo desde un celular que se queda sin batería cada cuanto, y que cargo cuando por fin llega por un momento la luz.
A la virgen sin cabeza y a los tres ángeles les pido que el internet funcione y llegue a su destino.
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La madrastra de Flávio y su secreto
Cuando Jacob y Wilhelm Grimm publicaron la primera edición de Kinder-und Hausmärchen (Cuentos de la infancia y del hogar) en 1812, estaban haciendo un trabajo casi etnográfico: registrar historias de la tradición oral alemana tal como las escuchaban. En las versiones recopiladas, varias villanas no eran las madrastras, como acabaron consagradas: eran madres biológicas. En Blancanieves, quien envidiaba la belleza de la hija era su madre. En Hansel y Gretel, era la madre quien convencía al padre de abandonar a los hijos en el bosque. Y así sucedía en muchos otros cuentos relatados por los hermanos Grimm.
El libro fue pensado inicialmente como una obra erudita, pero se convirtió en pieza de lectura en los hogares alemanes de principios del siglo XIX. No era exactamente apropiado leer relatos tan terribles sobre las madres en un territorio donde la maternidad era un valor sagrado. Las ediciones siguientes empezaron a traer cambios y las madrastras se hicieron en villanas. Eso se ajustaba a la realidad de la época, porque era grande el número de fallecimientos en el parto. Las madrastras entraban en la familia y comenzaba una disputa por el afecto y, en muchos casos, por los bienes del padre, convirtiéndolas en la fuente ficticia de los males del mundo.
Flávio Bolsonaro, el principal candidato de la oposición a la presidencia de la República de Brasil —en las próximas elecciones de octubre—, posiblemente se haya acordado de las madrastras malvadas de los cuentos de Grimm el día del partido entre Brasil y Escocia por la Copa del Mundo. Michelle Bolsonaro, tercera esposa de Jair Bolsonaro —expresidente, padre y aval de la candidatura de Flávio—, puso en práctica algo minuciosamente preparado.
Durante los días de partido de la selección nacional, Brasil se detiene. Literalmente, se detiene. Los servicios públicos se interrumpen, los comercios cierran sus puertas, los empleados son liberados del trabajo; el Congreso no vota nada, los anuncios gubernamentales se posponen. Se forma una especie de vacío en la vida de las personas: la atención está concentrada en el juego. Hay un hueco que debe llenarse con hechos; esos sucesos, pueden ser inesperados.
Como arquetípica madrastra de los cuentos de hadas, Michelle planeó todos los detalles. Aprovechó la ausencia de noticias para, el 25 de junio de 2026, soltar un explosivo video contra Flávio. Los motivos nunca quedaron claros. En su desahogo de casi media hora, citó un caso menor: una pelea por candidaturas en Ceará, estado del noreste brasileño, donde sus propuestas no fueron respetadas y se optó por una supuesta alianza con Ciro Gomes, un gran crítico del expresidente Jair Bolsonaro.
Las frases contra Flavio eran duras: «Fui tratada como una idiota», «Él fue muy áspero, me faltó al respeto y me maltrató por teléfono» y, en la más fuerte de todas, afirmó haber sido «apuñalada» —metafóricamente, claro—. Michelle no usó un tono de víctima, sino de indignación. Habló como mujer menospreciada. Es decir, le habló al electorado femenino, justo donde Flávio encuentra más resistencias.
La escena estaba llena de mensajes. Evangélica, Michelle vestía una blusa con palabras tomadas del libro de Gálatas: dominio propio, mansedumbre, amor, alegría. A su lado, en una sala repleta de libros, había una escultura de una mano haciendo el gesto que, en lengua de señas, significa «te amo». También se veía una estrella de David, símbolo del judaísmo, y un mapa que mostraba su control sobre el «PL Mulher», ala femenina del partido de la familia Bolsonaro, el Partido Liberal brasileño que dirigen el expresidente Jair Bolsonaro y sus cuatro hijos.
Sorprendido, Flávio respondió con una transmisión en vivo. Apareció con una máscara de Neymar, jugador cuestionado por gran parte de la afición brasileña. Sonriente, declaró: «Hoy es día de partido, nada ni nadie me molesta».
Las justificaciones presentadas por Michelle tuvieron poco crédito. ¿Todo ese ruido por unas candidaturas en Ceará? Había algo más, algo no dicho.
Casada con Jair Bolsonaro desde 2007, Michelle ganó popularidad como primera dama y llegó a ser señalada como una candidata más competitiva que su hijastro en la disputa por la presidencia. Luego de asumir el mando del PL Mulher, empezó a recorrer el país dando discursos ante miles de mujeres. Creció políticamente. Flávio no tomó en cuenta esa fuerza; no la buscó, no la escuchó, no le dio importancia. Despreció a la madrastra. Esas que, enseñan los hermanos Grimm, pueden ser bastante vengativas.
Surgieron muchas preguntas: ¿cuál era la motivación detrás de los ataques de Michelle contra su hijastro? ¿Pretendía ser candidata en su lugar? Y Jair, jefe del clan, preso en su casa, condenado por intento de golpe de Estado, ¿sabía del anuncio? ¿Lo aprobó? Los hermanos, ¿qué pensaron?
Hubo una única certeza: el video le haría daño a la popularidad de Flávio. Y lo hizo. Las encuestas más recientes colocan al actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, con ventaja en una eventual segunda vuelta. No son datos definitivos, ciertamente, pero, hasta el episodio de la grabación, los dos aparecían empatados y no era raro que Flávio estuviera numéricamente adelante. Ahora, Lula llega a estar cinco o seis puntos arriba, dependiendo del sondeo.
A Flávio lo acechan otros problemas, como su relación con un banquero preso bajo acusación de un fraude multimillonario. El caso rasgó su imagen y provocó un primer sacudón en el electorado. Por eso, la mancha que dejó el video de Michelle necesitaba ser contenida: exponía una fractura en la familia, algo impensable para quien defiende la posición de «Dios, familia y libertad».
Después de intentar minimizar el asunto, Flávio salió a pedir disculpas públicas a su madrastra el 23 de julio de 2026. Unas horas más tarde, ella publicó un video, aceptando el arrepentimiento. ¿Arrepentimiento de qué?
Solo los aliados creyeron esa puesta en escena. Hay electores que, tal vez aún influenciados por los cuentos de hadas, creen entender cómo actúan algunas madrastras. Conviene recordar que los hermanos Grimm modificaron el papel de las madres, pero mantuvieron intactos otros horrores. A pesar de las semejanzas, Michelle Bolsonaro no es una madrastra de cuento. Madre buena o madre mala, sigue escondiendo las motivaciones que la llevaron a grabar el ya infame video.
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