El creativo es nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Cada semana publicamos un cuento y un poema acompañados de un par de comodines (entrevistas, recomendaciones, ensayos y más). Para recibirla en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Esta semana:
Anxo Rojo hace de la psicodelia un viaje poético.
Delia Barreto relata el horror que produce cambiar de rutina.
Manuel Acuña farmea con sus fotos un retorno a las calles.
De la bóveda de Perpetuo: Juan Ignacio Espinosa indaga con lupa sobre los gustos musicales.
No te pierdas Perpetuidades con Luna Miguel, una conversación sobre ternura y piratas.
Con ustedes, el creativo Vol. VII. Arranca la nave con sus dos miembros más lúcidos: un poema y un cuento. Otros dos miembros les acompañan en cabina: un foto ensayo —que está pendiente del exterior, por si se cruza una estrella— y un comodín con ánimo de recuerdos.
El poema de Anxo Rojo es, como así mismo se anuncia, un santo viaje de aquellos. Sus versos insisten con nuevos paisajes, sensaciones, memorias, tormentos.
A Delia Barreto, por su parte, le aterran los enredos. Al menos eso nos queda de su cuento: salirse del camino puede ser muy peligroso; podría cambiarte la vida.
Manuel Acuña hace un llamado con su mirada, que pide a gritos salir a las calles. En sus fotografías añora y defiende lo público desde el aprovechamiento del mismo.
Cierra la tripulación Juan Ignacio Espinosa con un texto veterano en Perpetuo, el cual traemos de vuelta dado que el viaje de este creativo amerita música que lo acompañe. Ese compadrazgo incluye, por supuesto, una anécdota y una pregunta a responder: ¿por qué escuchamos lo que escuchamos?
Sin más, esperamos que disfrute su vuelo y de algunas turbulencias…
Esta edición del creativo es presentada por Talleres de Bolsillo.
Talleres de Bolsillo es una plataforma que acerca a las voces más destacadas de la cultura en español con personas que quieren aprender de ellas.
Su ambición nos inspira: quieren que el español aspire a más, que en nuestro idioma se hable y se discuta todo —y cuando decimos todo, es todo: literatura, historia, periodismo, arte, psicología, ciencias, tecnología, medio ambiente, educación, espiritualidad, desarrollo personal y más—. Quieren expandir esta misión a todo el continente, con presencia en Chile, Argentina, Uruguay, Colombia, Perú y México.
Si tienes tiempo y ganas de aprender:
Ahora sí, vayamos al creativo.
Al reverso del cristal
Aquella mañana el aire estaba tan frío que dolía al respirar. Ana se ajustó las zapatillas, cruzó el umbral de su casa y comenzó a correr. Solía anestesiarse con la rutina: corría algunos kilómetros hacia el parque, daba tres vueltas exactas a la fuente y regresaba antes de que el reloj marcara las 7 a.m. Un circuito impenetrable para el azar.
Ana padecía un pánico atroz al fracaso y a la mediocridad. Para ella, el control no era un hábito: era la única forma de mantener a salvo su vida perfecta, a sus tres hijos y a su matrimonio idílico.
Sin embargo, al llegar a la esquina habitual, un camión de mudanzas le bloqueó el paso.
Detuvo el trote. El corazón le dio un desproporcionado vuelco ante la grieta impredecible que se abría en su plano. Tuvo dos opciones: esperar o girar a la derecha, por una calle arbolada por la que jamás había transitado. El impulso de no detenerse fue más fuerte. Dobló a la derecha.
Fue entonces cuando el entorno comenzó a descomponerse en un denso silencio.
Una brisa helada le acarició el rostro y el cielo se tornó de un gris plomizo y pesado. Le pareció insólito; ella siempre veía el clima antes de salir y la aplicación anunciaba un día despejado. Unos metros más adelante pasó frente al negocio de un matrimonio de ancianos por donde siempre transitaba; juraba que a esa hora estaría abierto, pero la cortina de hierro permanecía abajo, oxidada, como si llevara años sin levantarse. Qué raro, pensó, pero prefirió no darle importancia y aceleró el paso.
Retomó el camino a casa. Tenía el corazón a mil por la agitación y las gotas de sudor frío le caían por la frente.
Al llegar a su cuadra, frenó en seco. Su auto rojo no estaba estacionado. Se extrañó, pero existía la posibilidad de que su esposo lo hubiera llevado a lavar. Con la llave apretada en la mano sudorosa, abrió la puerta.
Lo que vio la dejó estática.
Su casa no era la misma. La arquitectura era idéntica y la chapa encajaba a la perfección con su llave, pero la atmósfera olía a humedad y encierro. Sus muebles, que recordaba de un cálido tono gris, ahora destacaban por ser de un color negro casi opaco. Tampoco había rastros de sus tres hijos, ni juguetes en el suelo, ni olor a desayuno.
Desde la penumbra del pasillo salió su esposo, Alejandro. Era el mismo rostro, el mismo cuerpo, pero la miraba de una manera que jamás le había visto antes: una mirada fría y de ojos cansados.
—¿Qué haces aquí, Ana? —preguntó él. Su voz era un raspado susurro que le erizó la piel—. Dijiste que no volverías.
—Alejandro... ¿de qué hablas? —balbuceó ella, dando un paso atrás—. Los niños... ¿dónde están los niños?
El rostro de Alejandro se desfiguró. Soltó una risa amarga, incrédula, que se cortó de golpe.
—¿Te estás burlando de mí? ¿Esto es una broma, verdad? —dijo dando un paso hacia ella, con los ojos inyectados en rabia—. ¿O es que ya olvidaste cómo hace ocho meses intentamos por última vez tener un bebé? Estabas ahí cuando el médico nos dijo que era imposible ¿y vienes ahora a hacerme esta escena?
—El verdadero problema —continuó Alejandro, recogiendo unos pasaportes de la mesa del despacho— es que la gente a la que le debo no acepta cuentos de hadas y sigo tapado en deudas.
El celular de Alejandro comenzó a sonar…
—Vete, Ana, sigue tu camino, ya aquí no queda nada más que salvar.
Sin volver a mirarla, Alejandro caminó hacia la salida trasera y desapareció, dejándola completamente sola, en la oscuridad de esa casa tan suya y tan ajena. El pánico la devoró. Se negaba a creerlo. Corrió desbocada hacia el baño y cerró la puerta con seguro. Con las manos temblorosas y la respiración entrecortada, se quitó la ropa deportiva y se miró al espejo. Se palpó abajo en el abdomen, en busca de la marca imborrable de sus partos. Se pasó los dedos por la suave superficie del vientre: la cicatriz de la cesárea no estaba. Su propio cuerpo negaba la existencia de sus hijos.
Entró en un estado de shock absoluto. Salió al pasillo tambaleándose y vio las fotos de la pared: era una boda rápida, triste, sólo ellos dos. Ni un rastro de los niños: ni un juguete, ni un dibujo. La realidad era otra: se había casado con un estafador y la maternidad parecía una fantasía que le acompañaba solo a ella.
Escuchaba un celular sonar; supuso que era el suyo, ¿si no de quién? Más aún: si era su celular, ¿quién la llamaba? ¿Encontraría otra sorpresa? Lo dejó sonar, ¿para qué contestar siquiera? El dolor de la pérdida de sus hijos y el cambio radical de su esposo le ahuyentaron todo deseo. Entró en depresión repentina.
Sin salida, Ana se dejó caer al suelo, se abrazó las rodillas y se hundió en ciega angustia. Cerró los ojos con toda la fuerza de su alma, deseando con cada fibra de su cuerpo despertar de esa pesadilla. Apretó los párpados hasta que el dolor le provocó destellos de luz tras los ojos; el frío del suelo se convirtió en su única compañía…
De pronto el silencio, testigo de la escena, fue interrumpido por el sonido de la autopista principal.
Un cálido rayo de sol le golpeó en el rostro. Ana abrió los ojos de golpe, tomando una gran bocanada de aire. Estaba de pie en la esquina de siempre. El aire ya no quemaba. Miró hacia la calle de la derecha: el camión de mudanzas seguía allí, bloqueando el paso, pero los motores sonaban cotidianos.
Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y corrió de regreso por el camino de siempre. Al pasar por la cuadra anterior, el corazón le dio un nuevo vuelco, ahora de alivio: la cortina metálica del negocio de los ancianos estaba arriba, el sol iluminaba el escaparate y la pareja conversaba tranquilamente en el umbral.
Llegó a su casa sin aliento. Cruzó la puerta y vio los muebles grises; sintió el olor a café recién hecho y escuchó el murmullo de la mañana. Alejandro se apresuraba por el pasillo, acomodando las mochilas para llevar a los más grandes al colegio.
Ana, bañada en llanto, se lanzó a abrazarlos y a besarlos con desesperación. Ellos la miraban desconcertados, como si estuviera exagerando por completo.
—Mamá, te fuiste a trotar sólo una hora —dijo Melany, acomodándose el uniforme mientras la miraba con una burlona sonrisa.
Alejandro le dio un beso rápido en la mejilla, divertido por la escena, mientras apuraba a los grandes para salir.
Sin poder contener los temblores en las manos, Ana corrió por el pasillo, directo al cuarto del hijo menor. Al abrir la puerta despacio, vio a Noah dormido plácidamente en su camita. Se acercó, sin importarle el sueño del chico y le pegó su mejilla al pecho. Sintió el trabajo de sus pulmones en cada respiración. Lloró con prisa mientras lo abrazaba.
Nunca supo de quién fue la llamada en aquel lúgubre pasillo de sus memorias. Tampoco volvió a desviarse del camino.
Delia Barreto Silva (Venezuela). Escribe cuentos infantiles, relatos de ficción y un blog sobre maternidad, donde comparte experiencias y reflexiones cotidianas. Le inspiran los vínculos humanos, la esperanza y las historias capaces de emocionar, acompañar y quedarse en el corazón de quien las lee.
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Holy trip
de Anxo Rojo
Para Martín
Todo esto hay que vaciarlo
Todo esto tiene que acabar limpio
Todo esto tiene que ser devuelto en las mismas condiciones
Mil de fianza
Marzo, semana santa
Cruzar Andalucía en una furgoneta
Somos cuatro y somos amigos
y reservamos esta semana de vacaciones
y me dicen:
Vamos por ahí
Dicen
Vamos fuera
Dicen
Lo pasaremos bien
Dicen
¿Haces tú un peta?
Y arrancamos
¿Esta es la tierra donde nacen los tomates?
¿Es el mar donde mueren los inmigrantes?
Un perro negro atado a una correa de cuero bajo la sombra de un árbol
Lleva el viento arena
son navajas
Pinta una raya, dijeron
Este es el sitio de los westerns de mi abuelo
Saltan los plomos
Pinta una raya de ketamina
El viento abanea
Saltan los plomos
No creo que la serpiente baile en la ladera
Una silla partida por la mitad
el reflejo del viento
en el aire
en el espejo
La parte de atrás de los edificios
lo que no se ve
el mapa
Basura y latas
y pintadas en los muros:
Más fronteras
Menos lesbianas
Parques infantiles abandonados
los columpios en un baño de óxido
Y nosotros
llenos de noche
hacia el pasado
llenos de noche
hacia el futuro
Ya pasó mucho tiempo
de los porros del instituto
de la sonrisa engreída
de los días de verano
y ahora
somos otra cosa
Una mezcla venenosa
de los últimos memes de internet
de comida basura
de tristeza
de incertidumbre
Pinta una raya de keta, dijeron, estarás mejor
Un parque de caravanas en el Cabo de Gata
¿Aquí nacen los tomates?
¿Aquí mueren los inmigrantes?
La marcha de Triana y los costaleros que lloran y gritan
Disfrazados otros de egipcios, de romanos, de judíos
Qué disfrute el capitalismo, qué broma brillante y gigantesca que junta
tradición y modernidad
Conservadurismo y mercadotecnia
Si todo sigue así no necesito nada más
la felicidad es un globo de helio
Una chica rubia de Las Negras que beso en el baño
prometo que pienso en ti
la beso pensando en ti
le bajo las bragas pensando en ti
El viento cargado de arena
son navajas
un espejo que no conoce nuestro
rostro mañana
Todo paisaje un marco
Un desierto
Un grito seco
Los westerns de mi abuelo en Intereconomía
Un bastardo de Clint Eastwood en una taberna de Almería
La tintorera muerta y frita
En eso se convierten las dentelladas
En eso se convierte el estar vivo
Creo que ahora ya me escuchas
Creo que ya sabes lo que digo
Una serpiente baila en el cerro
Y allí vamos nosotros
llenos de noche
Drogados como perros
en el baile final de la juventud
llenos de noche
De memes de internet
De hilos tontos de Twitter
De fakes news
De comida basura
De incertidumbre
Una chica rubia de Las Negras
Prefiero pensar que no existió
la mañana siguiente
Un marco discursivo por otro
Puedo madrugar y dejarte en cama
Puedo hacer burpees al despertar
Puedo escuchar a chamanes y criptobros en Instagram Puedo llorar por lo nuestro en el gimnasio justo antes de una serie de press banca
Puedo olvidar una chica
rubia
y que mientras siga la rueda:
El paisaje, cinco montañas en el horizonte Un hijo bastardo de Clint Eastwood
Leone gritando a Cardinale
Resolver que la decadencia es el futuro
¿No me ves dando tumbos?
Ahora ya sé que la vida es esto
la perpetua sensación
de incomodidad
en el cuerpo
pinta una raya de keta, dijeron, estarás mejor
y después:
un perro negro atado a una correa de cuero bajo la sombra de un árbol.Anxo Rojo (Mos, Galicia) estudió Historia del Arte en la Universidad de Santiago de Compostela y cursó un máster en Estudios Literarios en la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como guionista de programas de televisión, lector editorial y profesor de literatura.
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Un suelo de todos
de Manuel Acuña
Manuel Acuña hace el tipo de fotografía que más me gusta. Lo descubres en la gran variabilidad entre sus fotos. No es una fotografía que se planea desde la estética: lo hace desde la curiosidad; encuentra la narrativa y luego construye el argumento estético. Lo que es más, se reencuentra con la curiosidad en cada foto.
Podríamos tener cien foto ensayos seguidos de una ciudad y todas las fotos serían únicas. En cada una hay un nuevo espacio construido. Es la primera que tenemos de Santiago, capital chilena, y tachamos con esa otra ciudad, aunque más fotografías harán falta para contar todas sus historias.
Nací en un pequeño pueblo en Chile. Me crié en la década de los noventa, cuando estar en la calle era una actividad. Crecí donde estar sentado en la acera con los amigos mirándonos las caras era una entretención; donde la religión se veía en el camino, honrando a muertos que no conocimos; y donde es común sacar una silla para mirar la nada pasar.
Después me fui a la gran ciudad, donde, también, se usa la calle. Ya eran los 2000; yo era adulto y las calles más grandes. Se usaban, pero distinto; para mostrar, para vender, para descansar, para comer, para dormir… ¿Serán los 2000? ¿Será la adultez? ¿Serán las grandes calles?
Un suelo de todos es un proyecto fotográfico que busca documentar cómo distintas personas habitan el espacio público en Chile. Desde el campo, la playa y la ciudad. Desde el ocio, el descanso e, incluso, la supervivencia. Apropiándose y pasando por alto la arquitectura y planificación, el espacio público se vuelve un reflejo de identidades diversas y en constante negociación.
Esta serie invita a mirar la calle como un lugar vivo, apropiado y transformado por quienes lo transitan y lo hacen suyo. Nos invita a participar, a volver a sacar la silla y mirar a quienes hacen lo mismo.
Manuel Acuña (Chile) Psicólogo de profesión y fotógrafo por afición. Actualmente vive en Barcelona, donde cursa estudios de maestría en Salud Mental Comunitaria. Interesado en demorarse, en la contemplación, la comunidad, el activismo, las personas y los usos del espacio público.
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Vas a escuchar esto
Viajaba con mi familia en auto hacia la costa atlántica una mañana de verano de los años 90. Todavía estaban en uso los cassettes. Yo iba sentado atrás, pasando el tiempo entre alguna charla con ellos y la selección de música que habría hecho para aquellas vacaciones. En esos tiempos, escuchar música y comprar cassettes era una de las cosas que más me importaba. No me acuerdo qué estábamos escuchando en ese momento, pero quise que escucharan la versión de A mi manera (My way) cantada por Sid Vicious (bajista de los Sex Pistols) del disco La gran estafa del rock and roll (The Great Rock ‘n’ Roll Swindle). Hacía algunos días que me había comprado ese cassette y estaba fascinado, así que, después de dejarlo listo para sonar con mi walkman, se lo alcancé desde el asiento de atrás del auto a mi madre para que lo ponga.
Cuando lo escucharon, según recuerdo, la respuesta no tuvo mala intención ni malos ánimos; fue una duda sincera: «¿Cómo vos, que estudiás y sabés de música, podés escuchar esto? Esto es una falta de respeto».
La pregunta fue genuina, como también lo fue mi falta de respuesta; no tenía absolutamente nada para decir más que pedirles que me devolvieran el cassette. Lo hicieron de inmediato. Entendí que la cuestión iba más allá de que la canción fuera efectivamente una irreverente versión de A mi manera: era el sonido, la voz desafinada y grotesca con gestos que imaginaban muecas, burlas. No recuerdo mucho más de la charla siguiente, pero sí que me quedó esa sensación de censura temprana; de un puente que acababa de cerrarse. Así que no iba a mostrarles ni a los Ramones, ni a Iron Maiden, y menos que menos a Sepultura; no iba a gustarles ninguno de esos sonidos: las guitarras distorsionadas, esa voz aguda y estridente, o esos gritos guturales sobre baterías frenéticas.
Hoy entiendo la sensación que mis padres tuvieron aquel día, así como la mía. Puedo habitar las dos sensaciones con algo de pertenencia. Ahora que tengo posibilidad de ver gustos musicales y comportamientos de al menos dos generaciones activas en el consumo y desarrollo cultural, siento una que otra pulsión o reflejo a sentir que existe una pérdida de valores en los contenidos que se consumen.
Aunque nunca voy a estar en la silla de un juez, sí voy a estar activo en el entendimiento de por qué la industria y el consumo de la música funciona como funciona. O, lo que más me intriga, deseo responder por qué una persona que rechaza una estética musical, ya sea por cuestiones sociales —como el racismo en el caso de EE.UU.— o por originarse como práctica de una clase social marginal, luego la acepta. O por qué la música que triunfa en las grandes listas de todo el mundo fue históricamente rechazada en sus inicios. O, también, por qué a veces la música se encuentra con la dicotomía del rechazo de unos y la aprobación de otros.
Hace algún tiempo tuve una charla con un amigo. Escuchaba sus opiniones acerca de L-Gante, un personaje que nos acababa de arrojar la industria del entretenimiento en nuestras narices; lo criticaba integral, simple y tajante. L-Gante es un joven cantante, adolescente, nacido en un barrio marginal del Gran Buenos Aires. Saltó a la escena en el año 2021 tras participar en una de las ya famosas sesiones de Bizarrap, el conocido beatmaker y productor argentino, clave en la escena de la música urbana del país.
La música de L-Gante es conocida como RKT: pariente de la cumbia villera, pero con hi-hats de Roland 808 y estructuras propias del trap y el reguetón. Es, en cierto modo, una fusión entre ambos géneros y la cumbia.
Esa sesión de Bizarrap fue la número 38 en su largo historial de sesiones—en las cuales ha participado hasta Shakira—; L-Gante apodó la sesión «villarap», resaltando su orgullo y pertenencia a su origen villero («villa» es el término argentino para barrios o zonas suburbanas reservadas para las personas con menos recursos). Desde ahí, L-Gante llegó incluso al programa de Mirtha Legrand, símbolo por excelencia y referente del conservadurismo popular en la TV argentina.
No recuerdo qué dijo exactamente mi amigo, pero sí que el foco principal de la queja estaba centrado en la manera de hablar del cantante —común de las clases bajas de las que proviene—. Su desaprobación fue total, pero sin entrar en detalles específicos o valoraciones técnicas de la música en sí. Hubo, sin embargo, algo más profundo en ese comentario. Algo que me volvió a la mente unos días después.
Ese amigo, el mismo que hablaba de L-Gante —criticándolo por su distancia cultural y social, por su acento al hablar, su aspecto—, es fanático de The Clash. Fanático en serio. Fanático de una banda que hace unas décadas los adultos negaron, como hoy él negaba la cumbia de L-Gante por «vulgar», tal vez de la misma forma en que mis padres negaron a los Sex Pistols durante ese viaje en coche por considerarlos «una falta de respeto».
Entonces me surgió la pregunta: ¿qué hubiera pasado si aquel amigo, con la edad que tenía, hubiera vivido en Inglaterra en 1976, cuando la banda recién empezaba a tocar? ¿Le hubiera gustado o la hubiera desaprobado? Y me cuestiono a mí mismo: ¿me hubieran gustado Sex Pistols si hubiera sido hijo de dos profesionales de clase media inglesa en 1974 y fuera fanático de alguna complicada banda de rock progresivo? Si hubiera sido un adolescente en la primera mitad del siglo XX, en algún estado del sur de EE.UU., ¿me hubiera gustado el rock and roll de Chuck Berry, James Brown, Ray Charles?
Entiendo a mis padres y a mi amigo. Las músicas pertenecen a generaciones porque son signo y/o reflejo de su tiempo; son moda o tensión cultural. Pero el punto más interesante para mí es que, si bien es habitual que mientras nos vamos poniendo viejos critiquemos las prácticas y gustos que incorporan los jóvenes, mucho más me hizo pensar mi amigo.
Mis padres no aceptaron la irreverencia, la rebeldía juvenil, la burla a lo ya consagrado culturalmente. Pero mi amigo, que en su juventud fue absorbido por un movimiento contracultural como el Punk Rock, ahora hacía lo mismo… ¿Cómo era posible? Alguien que haya sentido esa extraña y bella sensación de pertenencia no debería juzgar a un músico que está funcionando de la misma manera para alguien más. Al fin y al cabo, los artistas populares son los que crean y comparten la representación simbólica de nuestro tiempo, ¿qué no es eso lo que atrae de L-Gante?
Cuando era chico, no era una época en la que tuviera información de las bandas que escuchaba. Las escuchaba y ya. Algunas me gustaban, otras me llamaban la atención, algunas solo las apreciaba. Pero en general, me gustaba todo.
En la casa de mi abuelo se escuchaba mucho tango; canciones románticas como las de José Luis Perales, Dyango o Nicola Di Bari. También algo de folklore: Facundo Cabral, Cafrune, Mercedes Sosa. Yo, por mi parte, ya me había comprado Thriller de Michael Jackson y un compilado de los Beatles que también le gustaba a mi mamá. Había también algo de Deep Purple, Led Zeppelin y Pescado Rabioso. El rock más pesado llegaba por mi primo más grande. Toda esa música se vendía en las mismas disquerías. Y si estaba ahí, alguien ya la había aprobado. Alguien ya la había validado.
Por entonces yo estudiaba piano clásico y, aunque me gustaba la música académica, con las músicas populares, como con los Ramones, me pasaba otra cosa. Había una sensación de vínculo inmediato, uno extrageográfico y extratemporal. No era lo mismo escuchar a Beethoven que a los Beatles, ni a Tchaikovsky que a los Ramones. Pero tampoco era igual el tango que los Beatles, ni los Beatles, incluso, que los Pistols. La cosa es que Ramones y Pistols eran míos, de una forma inusual para un pianista de academia.
No puedo explicar del todo por qué existía esa preferencia. Después de casi 40 años con el arte como eje en mi vida —luego del piano formé bandas de rock, cursé composición en la universidad y trabajé durante dos décadas en la industria audiovisual como compositor musical—, sigo sin una respuesta definitiva. Más que una frase escrita que responda a una pregunta, he considerado que se trata de un estado de pensamiento activo.
Supongo que podemos mirar algunas «fotos» de distintos momentos de la historia para comparar los síntomas y representaciones de su época. Ver qué nos muestran las prácticas, las personas, los lugares, las dinámicas sociales.
De afuera hacia adentro: Historia de la música en la periferia
Esa mañana lenta en el coche con mis padres, cuando saqué el rechazado cassette, hubo una emoción que hoy está disuelta en los años que pasaron. Lo importante es que jamás dejé de escuchar a los Sex Pistols. Ya no puedo reconocer si persistí por rebeldía o nada más por desatender decidida y naturalmente su opinión. Tal vez porque más allá de estudiar piano y saber de música, como expresaron, había una pasión por todo lo que sonara más allá de ser usado como gesto de pertenencia hacia alguna moral o ética de clase o apuntalar mi buen gusto ciudadano ante el tribunal estético de una generación anterior. Para mí, eso eran esas bandas que se sentían tan mías.
Los Ramones y los Sex Pistols comenzaron sus carreras de forma contracultural, tocando en bares y espacios en los márgenes de los focos culturales centrales de sus ciudades. Los Ramones vestían ropas que no figuraban en catálogos de tiendas. Estaban sucias y desprolijas. Sus letras eran crudas y directas. Hablaban de golpear a chicos malcriados; de novias y de oler pegamento, entre otros temas. Por su parte, sus parientes británicos vestían atuendos reciclados, y su cantante, Johnny Rotten, contó que buscaba ropa en la basura de su suburbio natal al norte de Londres. La recesión económica, el consumismo, la superficialidad y la anarquía fueron temas centrales en sus canciones. Y en ambos casos, una cultura que quedaba por fuera del modelo de buen ciudadano que empezaba a plasmar el capitalismo de posguerra.
Ambos fueron criticados por los estándares del «buen gusto» de sus sociedades. Mientras los Ramones resistieron las críticas con irreverencia y su sonido crudo, los Sex Pistols fueron directamente prohibidos en los principales medios ingleses por sus críticas abiertas a la monarquía, la superficialidad del consumo, entre otros temas. Todo ese trasfondo histórico de ambas bandas puedo contarlo hoy. Cuando tenía 12 años, tenía sus canciones solamente, las tapas de los cassettes y algunas fotos de revistas de rock. Nada me incomodó o desalentó a dejar de escucharlos, sinó todo lo contrario.
Ahora, me pregunto si habrá algo más profundo —algo que también conteste mi incertidumbre del rechazo de mis padres a los Pistols y el de mi amigo a L-Gante—… ¿Será posible que algo meramente musical como la simpleza frente a la grandilocuencia, las canciones de un minuto y medio con tres acordes de quintas tocados al unísono con el bajo, frente a estructuras elaboradas de siete o diez minutos con superposiciones rítmicas y armonías densas; será posible que todo eso fuera suficiente para transmitir una actitud de falta de respeto y rebeldía contra lo establecido? ¿Será que la rebeldía es un estado natural de ciertas prácticas culturales? ¿Es la rebeldía un estado natural de un momento de nuestras vidas, ese que llega cuando empezamos a buscar nuestro propio lugar entre los demás?
Pensemos un poco a lo largo de la historia cómo se fue repitiendo la creación de músicas por fuera de los sitios convencionales…
Edad Media y Renacimiento
La línea de tiempo musical que conocemos está trazada a partir de lo que pudo ser registrado. Hoy en día quizás haya una saturación de registros pero, antiguamente, cuando la música no se grababa ni se acumulaba en bases de datos, su preservación dependía de un avanzado conocimiento en la notación musical. Eso implicaba inmediatamente una cosa: esa música era litúrgica o cortesana. Es decir, música de misas u otros ritos y de palacios. No lo era sólo por sus contenidos —que solían ser religiosos, rituales o ligados a la nobleza—, sino porque esos eran los espacios donde existía el conocimiento de la notación musical y, sobre todo, donde había tiempo y recursos para dedicarse a pensar en música, estudiarla y desarrollarla.
En otras palabras: las obras musicales estaban al servicio de sus mecenas. Por eso, durante siglos, la mayoría de las obras escritas fueron misas —como las de Bach o incluso las de Mozart— o piezas instrumentales para celebraciones cortesanas. Algunas de estas piezas eran simples, destinadas a acompañar bailes con coreografías que los cortesanos ya conocían de antemano, como los Minuetos, los Rondós —danzas que conocemos por decenas de películas de época, donde las parejas caminaban tomadas de la mano formando una especie de arco, con esas vestimentas con las que apenas podían moverse—. También hubo obras que siguen siendo pilares en el estudio de la música académica como El clave bien temperado de Bach o las Sonatas para piano de Mozart. En ese contexto, los músicos componían dentro de una lógica funcional: crear obras que se ajustaran a los formatos, expectativas y usos del ámbito donde trabajaban.
Había, sin embargo, otro mundo de música. Uno lejano de las iglesias y los palacios.
Cuando ya llevaba un buen tiempo estudiando en la universidad, empecé a conocer la historia de las músicas paganas o profanas. Es decir, músicas que estaban por fuera del circuito de validez estilística, pero sobre todo, que se escuchaban fuera de iglesias y cortes. Eran canciones populares, que se interpretaban con instrumentos similares a los que, en los palacios, usaban los trovadores o juglares para entretener a los nobles y sus invitados. En su caso, la música se daba fuera de las iglesias y los palacios, donde las personas se divertían lejos de las dificultades de su época; donde podían beber alcohol, reír a carcajadas y disfrutar del sexo, los juegos, las apuestas. Toda esa vida mundana no llegaba a ser plasmada; ese cosmos jamás era retratado. Esas personas son las que ocupaban un lugar en las sociedades parecido al que ocupamos hoy.
Luego hubo esfuerzos por rescatar esas obras —esfuerzos que, con sorpresa, lograron que aquella música mundana fuera mundialmente elogiada—. En este mismo sentido, y para hablar de lo que estamos hablando, pensemos en el caso de Carmina Burana, una obra orquestal y coral que se presentó en los principales teatros de ópera de Occidente. Esta obra es un compilado de poemas medievales encontrados en un monasterio alemán a los que el compositor Carl Orff les puso música, creando una obra para coro y orquesta que fue aceptada de inmediato, incluso por los sectores más conservadores de Europa. Ya hay un patrón. Lo que estaba mal en una época, entra con elogio a la siguiente.
La imprenta y los músicos independientes
Para el Renacimiento, las ciudades y pueblos fueron creciendo en cantidad de habitantes y, con ellos, las prácticas culturales. Pero seguían existiendo dos circuitos musicales bien diferenciados: por un lado, la música apuntalada por los símbolos del poder —religioso o cortesano—, y por el otro, las expresiones populares, que circulaban fuera de esos ámbitos, muchas veces sin registro ni legitimación formal.
En el siglo XV, Gutenberg inventa la imprenta de tipos móviles y pocos años después un veneciano llamado Ottaviano Petrucci dio un paso decisivo: en 1501 publicó la Harmonice Musices Odhecaton, considerada la primera gran edición musical impresa de la historia. Se trataba de un repertorio profano, principalmente chansons polifónicas de compositores como Josquin des Prez, Heinrich Isaac o Antoine Busnoys; canciones de amor que hasta entonces sólo circulaban en manuscritos.
Con esa publicación, la música comenzó a salir del exclusivo ámbito de iglesias y cortes, alcanzando a un público más amplio dentro de los círculos cultos y con recursos. Este hecho marcó un hito en la difusión musical y abrió la puerta para que más músicos pudieran registrar sus obras y más personas se volcaran al aprendizaje y la práctica de instrumentos.
Ya en los siglos XVIII y XIX, con los procesos de secularización, con la Revolución francesa como bandera, aparece el segundo gran potenciador de la expansión de las voces populares: la figura del músico independiente, autónomo. Estos músicos ya no estaban obligados a tocar ningún tema en particular; en todo caso, si decidían hacerlo, eran acuerdos libres. Uno de los primeros en encarnar este nuevo modelo fue Beethoven, quien rompió con el sistema de mecenazgo y se posicionó con una idea revolucionaria para su época: mi música, mi precio.
Cuando dichos músicos lograban cierto prestigio o reconocimiento, contaban con la posibilidad de componer lo que quisieran sin pedir permiso. Todo porque contaban con un público que esperaba con ansias sus conciertos. Pero claro, esto sigue sin considerarse música popular, dado que los únicos que podían disfrutar de las obras de estos primeros compositores independientes eran los nuevos sectores del poder económico que no habían abandonado las prácticas del buen gusto tradicional y convenido. Ellos contrataban a músicos para sus mansiones y también como maestros para sus hijos.
Esa transformación se combinó entonces con otro factor clave: los salones o espacios públicos, cada vez más accesibles, y los procesos sociales y económicos que estaban en marcha (la emigración, la inmigración, los asentamientos urbanos y la Revolución industrial). Todo eso sentó las bases para el surgimiento de las primeras músicas populares tal como hoy las conocemos: músicas que nacieron de comunidades específicas, con una función identitaria fuerte, y que lograron sobrevivir al paso del tiempo.
Pasa el tiempo y el último gran acelerador aparece: la grabación y la posibilidad de reproducir la música. Aunque su nacimiento se remonta al siglo XVIII, fue en el inicio del siglo XX cuando se volvió popular y accesible; a partir de ahí, todo quedó listo para una nueva etapa en la historia de la música: la que conocemos nosotros. La era de la industria y la comunicación de los contenidos artísticos a gran escala.
Grabaciones, mestizajes y arrabal
Hasta ahora queda claro que la música tiene una tensión de inclusión. De gente que trata de dictar las normas del arte y de gente que, a pesar de sus intentos, lo hace propio. Eso siempre, desde que tenemos registros.
Hay, sin embargo, otro aspecto de la música que encaja con esos recuerdos que iniciaron este ensayo. No es sólo que la música esté en tensión; es que la tensión, inevitablemente, termina. Lo que era visto como baja cultura se hace, con el tiempo, parte de la norma. Para demostrarlo, hay que remontarnos un poco antes de la llegada de las grabaciones. En específico, al sur de los Estados Unidos del siglo XVIII.
Es en esa época que inicia uno de los primeros grandes ascensos, uno de los más significativos y perdurables en la historia de la música: el del blues —también llamado spirituals y/o work songs—, canciones que reflejaban la dura realidad de los esclavos africanos dentro de las plantaciones sureñas. En sus estrofas se narra principalmente la angustia y el sueño de una libertad inalcanzable. El deseo, el amor, toda simbología que anime a la supervivencia.
Al principio sólo era un canto; más tarde se incorporaron la armónica, rudimentarios instrumentos de una cuerda, inspirados en el banjo hasta llegar a la guitarra. Pero aquí tenemos una gran diferencia. El blues, a diferencia de las canciones paganas o profanas, pudo ser grabado. Es una música de esa época moderna distante del Renacimiento; de la Edad Media. Quizá la primera gran inversión donde la música del pueblo se hizo la música de todos, donde se dictó el camino musical desde abajo y no desde arriba.
Al ser grabado pudo ser tocado en las primeras radios, escuchado más allá de su lugar de origen. Si bien se enfrentaba a un enemigo estructural como la segregación racial, poco a poco su potencia expresiva fue rompiendo barreras, incluso las raciales, e impactó en cada entorno donde lo escucharan.
En términos de influencia y masividad global, su estética lírico-musical conserva hasta hoy una marca reconocible y vital. El blues es, sin duda, una de las semillas más fértiles de la música popular moderna.
Pensemos en el jazz, el funk, el R & B, la música disco, el rap, el hip-hop, el trap. A estas alturas, podemos convenir que, a nivel global, no existe un país que tenga acceso a internet donde no haya al menos una variante de estas músicas. Muchas escenas de lugares diversos replican y reinterpretan incluso sus propias interpretaciones de estos géneros. Todos los países de habla hispana tenemos artistas de hip-hop. Donde sea que uno vea, están los hijos y nietos del blues.
Lo que alguna vez fue canto ritual, percusión corporal o melodía improvisada en zonas rurales se convirtió —sin perder su impulso vital— en géneros que atravesaron siglos, idiomas y clases sociales. Y lo siguen haciendo.
Esta es una historia de tensiones culturales y análisis de mercado. Las grabaciones de repertorios de blues, ragtime, dixieland o rock and roll son posteriores a sus orígenes en los sectores rurales, suburbios, guetos, villas o favelas, desde donde estas músicas comenzaron su camino hacia las ciudades, los estudios de grabación y las radios.
Y el blues no está solo. En América Latina, entre la mezcla de pueblos originarios, europeos y africanos, nació otro género que hoy es conocido mundialmente: la cumbia. No creo que exista, en el mundo con acceso a cultura occidental, alguien que no haya escuchado alguna vez cumbia, sea o no de su gusto. En los años 50 y 60, músicos como Martin Denny, Les Baxter o Esquivel popularizaron versiones espectaculares y estereotipadas de estas músicas para el cine y el entretenimiento hollywoodense, en un fenómeno conocido como exotica, tal como el disco de Martin Denny. Décadas más tarde, el disco Rei Momo de David Byrne (1989) se inscribe en una tradición similar, aunque con una aproximación más consciente y colaborativa. Lo que en unos es entretenimiento, en otros es fundamento. Pero sí podemos notar que las diferencias entre la música mainstream y marginal comienzan a estrecharse y a compartir al menos en lo que respecta a música en sí, más allá de su contenido lírico, estéticas similares.
En cada rincón del planeta alguien podría narrar algún caso similar. La idea es clara, la música parece venir en ciclos donde, primero, es rechazada y luego termina por ser no sólo aceptada, sino aceptada masivamente. Siempre partimos de una expresión rechazada, que avanza hasta atravesar, de algún modo, la membrana que separa el gusto popular del gusto burgués. En los inicios del hip-hop, la comunidad afrodescendiente vivía bajo un racismo extremo, marginada en zonas periféricas de las grandes ciudades —aunque lo suficientemente cerca como para que, poco a poco, los jóvenes blancos no pudieran evitar la atracción hacia ese nuevo culto sonoro y estético—. Hay registros que cuentan que, ante la expansión del fenómeno, la policía ya no sabía qué hacer con los adolescentes blancos: estaban acostumbrados a reprimir a los sectores racializados, pero esta vez las cosas comenzaban a írseles de las manos. Así otras tantas historias desde los Estados Unidos hasta Argentina.
La cuestión es: ¿por qué?
Amos y esclavos, administración vs acción
Ya vimos cómo ciertas músicas nacen al margen de la sociedad y, con el tiempo, ascienden y contagian a sectores mucho más amplios. Vemos que, según las posibilidades técnicas y dispositivos de cada época, en alguna medida la música tuvo su propio curso a lo largo de toda la historia. Una historia que va de la mano no sólo con los sucesos que han impactado en determinado momento y lugar a un grupo de personas, sino —y es aquí donde quiero enfocarme ahora— con las relaciones entre las personas mismas: esa compleja red que llamamos sociedad, ese sistema donde tenemos que encontrar nuestro lugar y, en la etapa más madura, entender ese lugar en relación al de todos los demás.
Tengo una primera idea concreta que conectó con aquella charla sobre The Clash y L-Gante, inspirada en la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel. La dialéctica dice, en resumidas cuentas, que una conciencia —o sea, alguien—, para a ser verdaderamente autoconsciente de sí misma, necesita el reconocimiento de otra conciencia. Hegel dice que así se da lugar a un enfrentamiento por el reconocimiento del otro. Uno va a dominar y vencer, y el otro, por miedo a lo que pueda conllevar, va a preferir subordinarse. Amo y esclavo. La paradoja es que el amo, vencedor, no consigue lo que quiere, un reconocimiento pleno, auténtico; el esclavo no lo reconoce en igualdad de condiciones, no lo está erigiendo porque lo acepta.
Cuando esta relación termina de establecerse, el esclavo comienza a operar sobre la naturaleza de su condición. Comienza a transformarla con el pensamiento: piensa en su desventaja y simboliza sobre su cotidianidad utilizando lo que sea que tenga, como su voz y sus canciones. Está creando una idea, una sensibilidad; se piensa a sí mismo y a los demás en igual condición. Entonces, en su intento de transformar su realidad inmediata, crea. En ese «crear» se desarrolla a sí mismo, su conciencia se enriquece, se va volviendo más profunda y más rica que la de su amo.
El esclavo, al no buscar reconocimiento, deja de tener algo a lo que adecuarse: crea. Crea blues, hip-hop y cumbia; esas son expresiones de fuerza propia, el sonido de las conciencias existiendo sin importarles lo que se diga u opine en el resto de la sociedad. Después, lo que para unos fue ritual y expresión llega a los siguientes sectores de la vertical social como signo de irreverencia frente a lo establecido. Y más tarde al conjunto total una vez que la Industria puso sus plataformas de potabilización sobre esta música que estaba haciendo cierto ruido y todavía no le generaba dividendos.
Algo similar ocurría, sin que me percatara, en una de esas bandas que tanto me gustaban. Un grupo de adolescentes del norte de Londres decide formar una banda; le ponen Sex Pistols. No saben tocar bien sus instrumentos; el cantante no fue a ninguna academia. Simplemente combinan sus conocimientos musicales rudimentarios para expresar el estancamiento y el disgusto frente a una sociedad que les muestra modelos de ciudadano a los que no van a alcanzar. Entonces deciden moldearse a sí mismos (como el esclavo).
La banda va ganando seguidores en el suburbio. Se acercan a Londres, los escucha algún cazatalentos de una Discográfica (EMI). Los graban y los entregan a la sociedad cada media hora. Como hablan mal de la reina, los medios principales los prohíben, pero es tarde porque los jóvenes ya los escucharon. Podrán no estar en dos o tres estaciones de radio, pero están sus discos y sus conciertos.
La música es una expresión del ser humano. Es una expresión que nace cuando estamos arrinconados. No se nos puede quitar. Eso es parte de nuestra historia. Lo novedoso es la velocidad con que esas expresiones de emancipación se han vuelto la norma. La manera en que la música del esclavo es adorada por los hijos del amo y, eventualmente, por el amo mismo. Y lo que es más: es cuestión de tiempo hasta que el amo, que todo controla, quiera hacerse, también, de los medios creativos.
Ya no es sólo un fenómeno natural el que describo. Es un proceso metódico y desenfrenado. Hemos creado una industria entera capaz de acelerar estos procesos de rechazo y aceptación que, en un principio, tardaban siglos, luego años y ahora, quizá, meses. Ninguna sociedad organizada puede existir sin estructurar diferencias en su seno. Ninguna economía comercial puede desarrollarse sin reducir esas diferencias en la serie productiva.
La industria del entretenimiento, aliada del poder, debe absorber las voces que llegan de los márgenes para su desarrollo y perpetuidad comercial; también, porque al volverlas espectaculares con sus instrumentos de amplificación, estándares y narrativas, no solo las masifica, sino que transforma a los trovadores en figuras adaptadas al modelo de ciudadano dominante, ajustados a los valores de su época. Su imagen se reconfigura, se aliviana la carga original del mensaje para eliminar cualquier signo subversivo. Así, todos los que al principio rechazaban ese nuevo culto terminan aceptándolo: o bien porque ya no carga con su irreverencia original, o bien por un gesto de sensibilidad social hacia quienes habitan realidades más duras.
Pienso en lo recorrido hasta ahora y me pregunto: ¿es la industria una barrera de contención? ¿Una licuadora de protestas y relatos que, de escucharlas, nos podrían alentar a salirnos de la cadena productiva?
Lo que seguro no le preocupa a la industria es si el contenido es alienante, si atrasa décadas lo que habíamos ganado en conciencia. Que sea más entretenimiento y menos reflejo, tradición; todo eso parece no importar, salvo en tanto análisis para su correcta segmentación.
La industria es ese aparato que toma una expresión de arte y la convierte en una experiencia espectacular, fluorescente y vacía, sabiendo perfectamente qué puede incluir y qué no. Así garantiza que el consumidor reciba la cuota justa de lo que necesita: un poco de liviandad, algo de compromiso, un dejo de identificación. Todo en el mismo combo, pero ahora libre de molestias.
¿Se acuerdan del tema Frijolero de Molotov? Salió en 2003 y habla del racismo de rancheros del sur de EE.UU. —otra vez el sur de los EE.UU.— contra personas mexicanas que cruzan la frontera. Pero va más allá, lo sabemos. Trata sobre el racismo, critica explícitamente a la tradición segregacionista norteamericana; sin embargo, he aquí el detalle, fue grabado, mezclado, y masterizado en Los Ángeles. La discográfica y la editora es la estadounidense Universal Music Group: ellos son quienes invierten, lo amplifican y le dan el alcance a todas las tiendas, hoy plataformas globales. No hay ningún inconveniente en abrazar las críticas del disco; habrá algún rechazo en algún seno muy estricto, pero es ocasional, termina por asimilarse.
Esto fue en 2003, cuando un contenido duraba aproximadamente un año vigente. Hoy que todo es un «YA» compuesto por un encuentro entre dos personas influyentes, una foto y una repartija de versos, ahora están durando ¿cuánto? ¿Una semana; un mes? Estos son hoy los términos de la ecuación.
Siempre habrá algo que puedes aprender:
Para concluir este bloque, quiero articular un par de reflexiones anteriores. Así como en la Edad Media existía la música que se cantaba en las tabernas, cada siglo que pasó, observamos el fenómeno de la producción periférica y genuina, en el sentido de algo hecho por alguien, para alguien, que parece ser una fuerza o impulso imperecedero.
Hoy podemos estar tranquilos de que es algo propio de nuestra especie —aunque la industria se aproveche de ello—. En mi experiencia personal, recuerdo casi físicamente los espacios de conciertos de punk rock y hardcore de mediados de los años 90. Los roces y las incomodidades, pero a la vez la certeza de estar donde tenía que estar: espacios de creación por fuera de las exigencias de los rankings mediáticos o las credenciales académicas.
Y aunque el punk o hardcore no tengan la misma urgencia que el blues, el hip-hop o la cumbia, no dejan de ser diferentes modalidades del «Hazlo tú mismo». Un latido esperanzador; una posibilidad latente y simbólica de cambiar el mundo. Algunos, a lo largo de la historia, lo intentaron con tal vehemencia y carisma que su intento contagió a montones de personas. A veces con la industria de por medio, pero ahí están las épicas escritas con una tinta invisible a la vista rápida, aunque reluciente para quienes andan un poco inconformes con su estado de pertenencia a la sociedad o grupo humano que habitan. Siempre los sectores más precarizados de la sociedad van a tener sus derivados del blues, el hip-hop y la cumbia. El punk, hardcore, heavy metal, entre otros tantos, van a tener en sus relatos la lucha contra el capitalismo, la emancipación proletaria, la frivolidad de la vida basada en el consumo.
Verán, la música es una forma de arte. Y arte es una forma de reflejar la tradición o el proceso identitario del que la crea. Según de dónde venga, puede ser: concepción del mundo circundante, reflejo de época, móvil de narrativas totalizantes, hipersensibilidad burguesa, consenso o disputa entre egos académicos. Entre todos esos terrenos se fue nutriendo, pero el que a más personas le habla fue y será el que albergue en sus cadencias la mayor capacidad de rito, comunión, encuentro sincero, honestidad. Puede ser que durante unos años Elvis Presley haya sido el «Rey del rock n’ roll», pero ya sabemos todos quiénes son los verdaderos reyes y quiénes las réplicas. Elvis duró lo que el espíritu de Elvis alcanzó a resistir la explotación de sus operadores comerciales.
Cualquier grupo de personas —en cualquier época— va a tener sus costumbres, sus propios rituales. Y va a dar sentido a su existencia con las herramientas que tenga a mano para expresarse.
Para mí el arte es, a grandes rasgos, eso que se habita en vez de «se compra», algo que nace de la experiencia, de lo que a vos te pase. Si mejora momentos, si brinda espacios que den cobijo ante alguna adversidad; si nos junta, nos incluye en su relato, nos refleja; si hace todo eso, entonces tenemos una experiencia con y dentro del arte.
De vuelta
Llegamos, de regreso, a la modernidad. En estos sucesos como el blues, el hip-hop y la cumbia hubo algo troncal. Fueron prácticas colectivas, se nutrieron del intercambio, se enriquecieron de la convivencia entre naciones en un mismo tiempo y espacio y se fortalecieron en la comunión, en la reinterpretación de sus códigos en culturas distantes y disímiles entre sí. Es verdad que en muchos casos es la industria reabasteciéndose a sí misma de alimento para sus proyectos transnacionales; hubo también tiempos naturales, escenarios dinámicos, aprendizajes, adaptaciones que fortalecieron el culto. Podemos decir que fueron creaciones de colectivos, independientemente del rol que cada uno haya jugado en su desarrollo… ¿puede una esencia transmutar y vencer el tiempo?
La anécdota con la que comienzo esta reflexión tiene que ver con los Sex Pistols, pero mi primer gran momento canónico con el rock fue con los Ramones. Para el año 1991 tenía trece años y no paraba de escucharlos. Tenía alguna remera y en mi pieza algunos recortes de revistas y pósters pegados en la pared. Esto implicaba comentarios de mi madre al respecto de esos harapientos seres que, según ella, pertenecían a otro mundo, tal vez el mismo mundo del que llegaron Elvis Presley o los Beatles para su padre —mi abuelo— fanático del tango y del folklore argentino.
Un día en la Radio Rock n’ Pop escuché la noticia de la visita de los Ramones a la Argentina en el Estadio Obras. Me nació un torbellino de emoción, ansiedad, insistencia, disputas, planeamiento y movilizaciones que hoy están disueltas en el tiempo. Lo cierto es que conseguí ir. Más allá de cómo revolucionó mi vida en adelante por lo musical, el mayor impacto del concierto en mí tuvo que ver con estar por primera vez rodeado de miles de personas fanáticas como yo. Ese camino que andamos hasta llegar hasta nuestro primer santuario tiene que ver con encontrar a los otros que faltan para reflejarnos y ver algo de nosotros que no conocemos.
Cuando veo un chico de veinte años tocando en una banda, dando un concierto para personas, en un espacio compartido, rudimentario, pienso: ¡hay esperanza!
Tal poder tiene esto que nunca pudo ser callado. Ni el blues ni el rap ni el hip-hop ni la cumbia de raíces puramente africanas, ni sus derivados más diluidos como el punk rock, pudieron ser detenidos. Mientras se sostenga la voluntad de presenciar junto con otros una experiencia que se enriquezca exclusivamente en el intercambio, en matizarse por un momento mental y físicamente con otro grupo de personas, regulándose, administrando nuestro deseo, ocupando civilmente el espacio y el tiempo, va a haber esperanzas.
Nuestra sociedad parece avanzar hacia una donde cada vez las redes sociales tienen más influencia, donde las personas pasan cada vez más tiempo frente a las pantallas, con las plataformas saturadas de contenidos. El individualismo está ganando terreno. Precisamente en estos momentos, necesitamos el poder de la creación. Su poder de convocatoria.
Necesitamos de la música.
Este texto fue escrito por Juan Ignacio Espinosa.
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Sofía Pérez Noeh (Ciudad de México). Diseñadora gráfica enfocada en construir marcas con carácter propio. Es fundadora de Casa INSO, estudio de branding, packaging y diseño web.


































