El creativo es nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Cada semana publicamos un cuento y un poema acompañados de un par de comodines (entrevistas, recomendaciones, ensayos y más). Para recibirla en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Esta semana:
Hibah Shabkhez escribe un breve y desairado poema.
Juan Polanía nos narra a tres voces lo que es un «pisa suave» con un relato fantástico.
El equipo editorial de Perpetuo comparte ideas de textos que queremos comisionar: ¿cuál te animas a escribir?
Reseñas de películas con las que vale la pena cerrar el verano—también del equipo editorial—.
El volumen II del Creativo ya está aquí. En esta ocasión, sumado al poema y el cuento, traemos dos sorpresas del equipo editorial que, esperamos, su presentación en cartelera haya sido suficiente para robar su atención. Antes de comentar los últimos, hagamos un repaso por los primeros.
El poema de Hibah Shabkhez esconde, en sus dos estrofas, la ironía de nuestro tiempo. Lo lleva en el título: escogemos nuestros desaires al preferir ocultarnos detrás del… ¿orgullo? ¿miedo? ¿cobardía? Todo queda, para Shabkhez, en una ilusión.
El cuento de Juan Polanía hace una conceptualización fantástica de un actor clave en las guerrillas: el espía —en su caso, «el pisa suave»—. Utiliza con inteligencia el recurso de tres narradores que nos van dejando una ilustración cada vez más completa de la labor de su protagonista y es el contraste entre el realismo con que está narrado y la naturaleza fantástica de lo narrado lo que detona la sorpresa final.
Para cerrar, les compartimos algunas ideas que buscamos para textos —porque a veces, sólo a veces, se necesita un empujoncito para contar la mejor historia que puedes escribir—. Quién sabe, quizá de aquí sale un Nobel…
Bajo el mismo propósito, armamos una lista de reseñas de películas que podrían inspirar la producción de otras (y que, esperamos, generen debate como el de Tomas Lemus y JL Sabau, en lados opuestos de la Odisea de Christopher Nolan).
El pisa suave
de Juan Polanía
Que andan por la selva como un soplo, sin dejar ni una huella, sin partir ni una triste rama. Que son invisibles, o casi, porque salen de noche y se meten entre los matorrales, donde pasan días sin moverse. Que desde ahí nos observan, oyen todo lo que hablamos y después se desvanecen como una mera sombra. Que son espíritus que hicieron no sé qué pactos con los guerrillos. Que nadie de carne y hueso es capaz de moverse así por el bosque.
Puros cuentos. Todo el mundo es feliz hablando de esos bichos, pero a ver quién ha cogido uno o le ha metido algún tiro. A mí que no me vengan con vainas. No señor. Siempre me han valido una mierda sus historias de fantasmas y de pisa suaves. Una mierda, le digo… Hasta la noche que yo mismo vi uno.
Por mi Dios que lo vi con estos ojos, y es más, hasta creo que le di.
Fue por allá bien al sur, cerquita del Ecuador. Esa selva es de las duras; bien tupida y con su buena montaña. Y a mí que no me gusta andar entre lomas, porque desde arriba más fácil le dan a uno.
Esa noche yo estaba de guardia. Eran ya más de las doce cuando me agarraron tremendas ganas de orinar. Me arrimé a un matorral, mirando bien dónde pisaba, porque ahí lo que no falta son minas. El bosque estaba tranquilo; sólo se oía el chorro cayendo en la tierra… Cuando sentí que algo se movió.
Mandé la mano al fusil y me quedé mirando el matorral. No se veía nada. Pensé que había sido el viento; solo por si acaso, apunté el cañón y prendí la linterna. Entonces lo vi. Juro que había un par de ojos ahí. Fue un segundo nomás, porque apenas los alumbré se escondieron. Y que no me digan que eso era un animal. No señor. Eran ojos de persona, o acaso de fantasma, si es que lo que cuentan es cierto.
Yo me quedé frío, pero mi dedo hizo lo que había que hacer: disparó una ráfaga que reventó en todo el bosque. Miré otra vez el matorral. Estaba quieto. Pero no quieto como antes, sino más quieto, como si hasta el viento hubiera dejado de soplar.
En eso llegaron los muchachos. Traté de explicarles, pero mi teniente estaba como una fiera. La agarró a gritarme. Que por qué no estaba en mi puesto. Que cómo se me ocurría disparar. Me cogió del uniforme y me dio un señor empujón que me mandó por el suelo. Yo me iba a levantar; quería ir a ver si le había dado, cuando nos llovieron las balas.
Mi teniente cayó como un saco. Yo me arrastré con los otros hasta detrás de un árbol; los tiros caían por todas partes. Nosotros respondimos, sin saber a dónde apuntar. Estábamos perdidos… Hasta que algo explotó. Se oyó muy cerca de nosotros. No supimos qué fue, pero los tiros se detuvieron y pudimos escapar.
Casi no la contamos. Lo peor es que todos me echaron la culpa a mí, cuando la culpa es del puto bicho ese, que ojalá se esté ahí pudriendo en ese matorral.
No basta con ser invisible. No. Se necesita tener aguante, una vista excelente y buena memoria para los reportes. Por eso a los niños se les da mejor. Lo malo es el entrenamiento: es tan duro que casi ninguno lo termina. Los pocos que lo consiguen acaban muriendo de frío en alguna misión, o volando en pedazos por pisar donde no deben.
Pero este chico era un fenómeno. Desde el principio vi que tenía talento.
Lo reclutamos muy joven, tendría doce o trece. Superó los ocho meses de entrenamiento sin quejarse. Se movía por la selva como nadie, aguantaba el hambre que fuera y su presencia no se notaba ni teniéndolo al lado. Algunos decían que hasta podía caminar sobre las minas. Yo creo que ya exageraban.
Sus reportes eran impecables, como tener un radar moviéndose por el bosque; así veíamos a los milicos antes de que nos vieran. El chico nos decía cuántos eran, qué armas tenían y hasta el nombre de los jefes, como si se les hubiera puesto al lado. Era de verdad un fantasma, de esos que ellos tanto temen. No había nadie capaz de detectarlo. O eso creímos hasta esa noche.
Hacía días que un pelotón nos venía siguiendo. Mis hombres estaban nerviosos. Di la orden de acampar a lo alto de un cerro y decidí enviar al chico.
Se fue al atardecer. Se suponía que regresaría a la mañana siguiente, pero a la madrugada supimos que no iba a volver. Yo estaba despierto. La zozobra me robaba el sueño y decidí ir a tomar aire al borde de una peña. El cielo estaba despejado. Me puse a mirar hacia los árboles, por si veía algún movimiento... Entonces oí los tiros. Fue una sola ráfaga, seca; luego el silencio. Desde ahí vi los destellos: estaban más cerca de lo que pensaba.
Cuando volví, mis hombres ya estaban listos. Los mandé a tomar posiciones y les indiqué hacia dónde debían apuntar. Un minuto después, estábamos llenando el bosque de balas. Desde abajo respondieron, pero era obvio que no sabían dónde estábamos. Así estuvimos un buen rato. Seguro que les dimos a varios, aunque no había modo de saberlo, como pasa siempre en la selva. Todos disparan y nadie sabe quién mata a quien.
No sabía cuántos eran —se suponía que eso me lo diría el chico—. Me preocupaba que les llegaran refuerzos; nosotros teníamos la ventaja de la altura, pero si nos rodeaban estaríamos perdidos. Yo contaba con que el ataque los hiciera replegarse y volver por donde habían venido.
Estaba a punto de dar la orden de retirada, cuando escuché la explosión.
Fue muy cerca de donde estaban ellos. Los muchachos dicen que fue una granada, pero a mí me pareció otra cosa. Todos dejamos de disparar. Nos escabullimos detrás del cerro y los milicos se habrán quedado ahí, recogiendo sus muertos.
Al chico no lo volvimos a ver. Todos lo dimos por perdido. Seguro que lo atraparon y lo ejecutaron ahí mismo. Nada raro. Lo curioso es que antes, cuando estaba aquí, casi ni lo sentíamos andar, pero ahora… Es raro. A veces siento como si lo tuviera cerca. Por momentos me parece estar oyendo su voz, dándonos su reportes, como una presencia que insiste en seguirnos a cada rincón de la selva.
El jefe me dice niño, aunque de niño no tengo nada. Los niños tienen papás. Al mío se lo llevaron unos soldados y nunca volvió. Dijeron que por guerrillo, aunque yo no lo veía sino sembrando papas. Yo me adelanté y me fui para el monte, no fuera que vinieran a llevarme a mí también.
En la selva pensé que no me iban a recibir por bajito. Por suerte, el jefe tenía algo para mí; me dijeron que sería como jugar a las escondidas. Yo nunca había jugado a las escondidas, pero resulta que se me da muy bien: soy liviano, por lo mismo bajito, y más que todo soy callado. No es que no me guste hablar, sino que no creo que tenga nada qué decir. Antes, en la finca, tampoco era que me notara mucho. Por eso, cuando llegaron los soldados, a mí ni me voltearon a ver.
El entrenamiento fue duro, no digo que no. Sobre todo la parte de aguantar hambre y frío. Lo bueno es que no tengo que llevar fusil, que pesa un montón, aunque sí me toca estar pendiente de las minas. Las minas son de lo peor.
Aprendí a moverme despacito entre las hojas, rozando apenas el suelo. Soy tan bueno que a veces ni los muchachos me notan. Hasta las ratas me pasan por el lado como si yo fuera un pedazo de tierra. Solo los búhos, que siempre me han dado miedo, voltean cuando me acerco, aunque nunca sé si en realidad me ven. Aparte de ellos, no ha habido nadie capaz de descubrirme. Nadie. Excepto ese imbécil que no sé de dónde salió.
Esa noche no tenía nada de raro. Yo estaba espiando a unos soldados que me mandaron buscar. Fácil. Lo bueno de los soldados es que hacen siempre las mismas cosas. Lo único diferente fue que no vi a nadie haciendo guardia. Mejor, pensé, y seguí con lo mío. Iba pasando por un matorral; estaba listo para volver con los muchachos, cuando voy y me encuentro al bruto ese ahí, orinando, mirando hacia arriba como un tarado.
Yo frené en seco. Algo tuve que hacer mal, porque él se volteó y se quedó viendo hacia donde yo estaba. Recé para que no viniera, para que pensara que había sido el viento o un mapache o algo, pero él no dejaba de mirar el arbusto. Alzó el fusil y me apuntó con una luz que me dejó medio ciego. Entonces oí los tiros. Cuando abrí los ojos, él seguía ahí parado; yo del miedo me había mojado las piernas.
Ahí llegaron los otros. El jefe comenzó a gritarle al que había disparado; lo cogió como un muñeco y lo tiró al piso. Luego se oyeron más tiros. Seguro eran los muchachos. Tumbaron al jefe y los otros se metieron detrás de un árbol. Yo iba a aprovechar para irme, pero no me pude levantar. Resulta que lo de las piernas no era pis, sino sangre.
El cuerpo me pesaba un montón. Me arrastré con los brazos y comencé a alejarme de a poco. Estaba bien. Solo necesitaba un escondite. Entonces sonó un clic y todo se llenó de luz.
Cuando me desperté, ya no se oían los tiros. Los soldados se habían ido. La herida ya no me dolía. Me levanté y volví corriendo con los muchachos. Me alegró alcanzarlos antes de que se fueran. Ellos me habían salvado… Lo malo fue que ni siquiera voltearon a verme. Seguro estaban molestos por haberme dejado atrapar. Los entiendo. Pero ellos no saben que no fue culpa mía, sino de ese imbécil que ojalá haya acabado ahí bien muerto en ese árbol.
Eso fue hace días, aunque los muchachos siguen enojados. Ya no me dan misiones. Ni siquiera me hablan. Claro está que antes tampoco era que me hablaran mucho, así que no es para tanto. Yo igual sigo yendo y viniendo, revisando la zona, avisándoles cuando hay soldados cerca. Sé que de algo les sirve, aunque no me den ni las gracias. De resto nada más ha cambiado, salvo que he mejorado muchísimo mis habilidades. Me siento más ligero que nunca, tanto que ni yo siento mis pasos. Aparte, no me ha vuelto a dar hambre ni frío y, lo mejor de todo, ya ni los búhos voltean cuando les paso cerca.
Juan Polanía (Neiva, Colombia) es escritor, abogado y máster en Filosofía.
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Desaires elegidos
de Hibah Shabkhez
Acecho y leo tus posts Sobre la fiesta de mañana; No tengo ninguna intención de ir, Pero me quema la pregunta: ¿De verdad no me vas a invitar? Cuando me llegue tu mensaje, Ardiendo de humillación, De rabia carente de motivos, Responderé fríamente: "No sé" Y me desconectaré al instante…
Hibah Shabkhez (Lahore, Pakistán) es escritora y fotógrafa. Ha publicado en Abundance Literary Magazine, Toyon Literary Magazine, entre otras. Puedes leer su poesía en El Río de las Palabras
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Textos que queremos que escribas
Hace unos meses, lanzamos una convocatoria de ensayos que queríamos ver en el mundo. Nos sorprendió la cálida recepción que tuvo y, desde entonces, hemos compilado una nueva lista de textos a comisionar con un giro: no tienen que ser ensayos. Estamos abiertos a toda forma de escritura que abarque el tema (sea ensayo, poesía, cuento, crónica, reportaje; cualquier vaina loca que nos acerque a entenderlos).
¿Cómo funciona? Hicimos una lista de ideas que nos gustaría comisionar a autores de cualquier rincón del español. Si crees que eres la persona para contar una de estas historias, manda un correo a general@perpetuo.global.
(Estos textos son remunerados; ¡apliquen!)
¿Por qué hacer esto? Los editores hablamos mucho entre nosotros. Nos vemos casi diario; hablamos casi a la hora. En esas conversaciones, surgen ideas de textos que nos guardamos como plegarias a dioses olvidados. Sería increíble que llegara un autor que nos lea la mente—y, a veces, pasa—; uno que cumpla esa oración perdida. Esta convocatoria es nuestro modo de hacerlas públicas.
Sin más, les dejamos nuestras ideas.
Y para recibirlas cuando estén publicadas, ¡suscríbanse a Perpetuo!
Las fobias y sus paradojas. Existe un caso particular que llama nuestra atención: el de la aibofobia —o fobia a los palíndromos (y que es en sí un palíndromo)—. Queremos no sólo conocer su historia sino satirizar su origen: ¿negar la existencia de una fobia no provoca precisamente una fobia a su existencia?
El criollo beliceño. Belice es el único país de Centroamérica perteneciente a la Mancomunidad Británica. En él, una buena parte de la población habla lo que se conoce como Belize Kriol. Queremos aprender no sólo la historia de esta lengua —lo que significa, por tanto, hablar sobre la historia del territorio—, sino también su reciente lucha para ser reconocida como tal.
Sobre los baches: Hay 32 estados en la república mexicana unidos por un hecho: la insipiencia de los baches en las calles. Lo mismo podría decirse de todos los países de América Latina. Con tanta diversidad en gobiernos locales y federales, en climas y temperaturas, ¿por qué siempre hay tantos baches? Lo diremos contundentemente: ¿por qué somos tan malos en pavimentar? Debe haber una historia qué contar ahí.
Deportados a Guinea Ecuatorial: Aquí hay un revés histórico del que nadie ha escrito un gran artículo. En 1827, el gobierno británico usó la ciudad de Malabo —entonces Port Clarence— como la base del tribunal donde se juzgaban barcos negreros; uno de los centros de justicia en la lucha para abolir el comercio de esclavos. A casi 200 años de los hechos, el gobierno de Donald Trump pagó 7.5 millones de dólares a Guinea Ecuatorial para que reciba inmigrantes deportados de los Estados Unidos. Guinea Ecuatorial fue parte de la lucha antiesclavista y, ahora, es el punto de entrada en África para los deportados. Hay una historia que contar en este revés —y en cómo ambas decisiones han sido a merced de potencias extranjeras—.
Un perfil de Junior H. Uno de los padres de los corridos tumbados, que rápidamente alcanzó una fama enorme no solo en México, sino en todos los rincones donde se escucha música en español, desde Nueva York hasta Madrid. Natanael Cano ha recibido más atención editorial, pero el caso de Junior H nos parece más interesante. El cantante de El Hijo Mayor recientemente, comenzó a colaborar con el gobierno para denunciar la apología de la violencia.
El fin del mundo. En Against Progress, Slavoj Zizek propone leer la historia de forma holográfica: los sucesos históricos contienen un holograma de todos los caminos posibles que han colapsado. En estos tiempos de crisis, tenemos que poner en práctica más seguido “proyectar el holograma” de todos los caminos posibles, incluso los más catastróficos, para prevenir que la historia colapse sobre ellos. En el mundo anglosajón, la ciencia ficción del siglo XX ha hecho esta labor constantemente y muchas de estas proyecciones ahora parecen ser la hoja de ruta de Big Tech. Necesitamos más de eso para nuestro mundo hispanohablante: textos especulativos sobre todo lo que puede salir mal en una ciudad, en una organización, en un gobierno, en una situación diplomática.
La Virgen como símbolo “anti-miados”. Si vives en México, en múltiples ocasiones te ha sucedido. Vas caminando por una calle con poco alumbrado, en una banqueta descuidada —que combina con los baches a unos centímetros en la acera—, y te topas con un altar a la Virgen. ¿Cuál Virgen? Poco importa. Puede ser la Virgen María o la Virgen de Guadalupe; sea cual sea, cumple una función específica: ser garante del buen comportamiento. Su presencia, es como aquella de una madre que te observa. Mejor no tirar mi basura debajo de ella, no vaya a ser que me regañe. A problemas mexicanos, soluciones mexicanas. ¿Cómo llegamos a esto?
Cruces blancas en carreteras. Nos intrigan las cruces blancas en las carreteras. Son señal de duelo, pero para el conductor pueden ser también una advertencia. ¿Acaso conmemoran un volantazo que tuvo un final fatal? En ocasiones parecen bardas, bordeando barrancos, acompañando los automovilistas. Cada una tiene un nombre, una historia que terminó en un sitio similar. No sólo intriga el trasfondo de las personas que representan, sino la decisión de colocarlas… ¿Desde cuándo se hace esto? ¿Las familias se organizan para regresar al sitio de la catástrofe y alzarlas? ¿Se realizan peregrinajes conmemorativos? ¿Es que la carretera retarda su olvido?
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Las películas que ver (Julio, 2026)
Hay mucho que ver en el cine. Desde las comedias palomeras que nadie quiere admitir que les encantan, hasta el cine de alta gama en húngaro (ese que los expertos juran es increíble aunque la sala esté vacía). Sabemos el sentimiento. Quieres ir al cine, pero no quieres perder el tiempo con algo malo. Así que desplegamos a nuestros editores para ver las películas del momento.
Una vez al mes, les damos nuestras recomendaciones de las películas que ver y el porqué. Estas son las películas de julio.
(Nota: Dos de nuestros editores difirieron sobre la película del momento: La Odisea de Christopher Nolan; para hacerles justicia, les dimos espacio a ambos para escribir sus ideas al final de nuestras recomendaciones).
Agradecemos a Bruno Aramburu por su apoyo en esta sección.
Romería
Romería es una historia de arqueología en su estructura más clásica: la reconstrucción de la vida, en este caso la del padre ausente, a base de piezas disformes, de rumores… Todo contado desde los lugares más recónditos de la memoria de Simón. El relato del huérfano es harto conocido, pero él, Simón, entiende bien: una historia no es nunca como se recuerda; por el contrario, trata de una explosión: escenas alineadas de acuerdo a las arbitrarias estructuras de la mente humana. He ahí su arqueología.
El resultado es una narrativa que se rehúsa a seguir las convenciones de ese tipo de historias. Sobre todo, resultan muy interesantes las decisiones directorales de Simón, quien, cambiando de formato y de medio, escoge llevarnos por los traicioneros caminos de sus recuerdos, recordando que el cine es el arte más cercano a los sueños.
¿Por qué verla? So pena de spoilear un poco a nuestro lector –que estamos seguros dispensará–, a los tres cuartos de película Simón da la espalda a toda la trama y se adentra en un sueño psicomelancólico que la protagonista combate con la juventud de sus difuntos padres en una cova de las Cíes. El papel del arqueólogo recae entonces en el espectador, que se vuelve partícipe del entretejo.
Obsession
Ver Obsession es ver el género del thriller en su mejor forma en años, y también el presentimiento de que Curry Barker ha creado un subgénero de la nada. Un terror distintivamente milenarista, que mezcla el horror físico y el poder de sobresalto de la violencia con ese horror que las nuevas generaciones han hecho propio: la angustia social. Durante dos horas, Barker logra aterrorizar mientras obliga a cuestionar la soledad de la juventud moderna, la decadencia de la socialización entre los sexos y la dificultad de encontrar pareja en esta época de atomización.
Si todo esto no te parece suficiente, quizá el argumento económico te convenza: Curry Barker, director de 26 años, que dirige apenas su segundo largometraje, logra una película de una calidad de producción enorme con menos de 700 mil dólares, generando más de 443 millones en taquilla: un retorno de más del 630%. El sueño de cualquier productora.
Moscas
En los primeros minutos de Moscas, daba la impresión de que sería otra película de «arte»; otro filme de fotografía excesivamente cuidada en blanco y negro que insiste sobre la desgracia y el trauma sin interesarse en personajes ricos y complejos. Sin embargo, Fernando Eimbcke construye una historia en la que el sufrimiento funciona como el catalizador para la más grande ternura entre dos seres humanos, cada uno desde su propia vulnerabilidad ante el dolor.
¿Por qué verla? Porque Moscas es, en resumen, un trago muy amargo, pero muy dulce, y eso es lo que la termina distinguiendo de otras piezas de cine artístico contemporáneo que a veces pecan de convertir el sufrimiento en el centro del relato y dejan en un segundo plano la complejidad de quienes lo padecen.
The Invite
Olivia Wilde nos engañó a todos haciéndonos pensar que no podía dirigir tras Don’t Worry Darling. The Invite es una película divertida y con inesperada profundidad que provoca sonoras carcajadas con tu compañero de butaca o en el living de la casa. Hay que decirlo: esto se debe en gran parte al excelente guion de Sentimental (2020), la película de Cesc Gay que inspira esta versión. Rashida Jones y Will McCormack también ponen de su propia cosecha: momentos cómicos casi perfectos y un argumento que construye capas y capas antes de regalarte un gran desenlace.
También merece elogio la puesta en escena de Wilde; su precisión. La banda sonora, el tempo y la dinámica entre las cuatro estrellas –todos de gran actuación– hacen de esta película una coreografía exquisita… Mira, si aún no te convences, subrayo una cosa: hemos llegado hasta aquí sin hablar del candente sujeto de la película. Así que, si necesitas otra razón para verla, que sea por la excelente actuación de Seth Rogen, quien de pronto recuerda que sabe actuar y nos regala uno de los mejores momentos del año cuando Penélope Cruz intenta desvestirlo al ritmo de Sade.
La Odisea, lo bueno, lo malo y lo histórico: Una reseña a dos Manos
Por darle un espacio, también publicamos este debate como una publicación por su cuenta. Puedes leerlo a continuación, íntegro o en el siguiente enlace.
Un hombre sencillo
Lo que odié de la Odisea de Noland
de JL Sabau
Háblame, Nolan, de un hombre sencillo; sin vueltas. De un Odiseo que tiene el mundo en contra y solo quiere volver a casa. Un hombre que, siguiendo órdenes, se escondió en un caballo de madera, guió a los griegos por las calles de Troya, abrió las puertas al ejército vecino y vio cómo, en las horas siguientes, ardía la ciudad que, por años, había asediado. Cuéntame, Nolan, de ese pobre Odiseo que, en su retorno, fue víctima de monstruos y dioses; que lo tuvieron prisionero cuando todo lo que añoraba era el lecho con su esposa Penélope. ¿Cómo no quererlo?
Te pido, Nolan, que me cuentes de ese hombre y por qué lo creaste. ¿Por qué, teniendo una historia llena de ambigüedades morales y dificultades; teniendo a un héroe que le gusta ser villano, borraste sus complejidades y nos diste al Matt Damon de siempre? Por eso te pido que hables. Porque en Oppenheimer fuiste capaz de reconstruir a un hombre moderno con ese debate desgarrador. ¿Qué ha cambiado?
Cuando salí de la sala de cine, tras tres horas de Odisea, sentí dos emociones contrapuestas. A la maravilla técnica de la obra—a los escenarios ambiciosos y las bestias que se asemejaban a la realidad—se anteponía una lista larga de minucias que faltaban en la historia original. No entiendo cómo un diseño tan minucioso puede contraponerse a una narrativa tan simple. A eso segundo lo llamaré enojo; frustración.
No me parece relevante enlistar la astucia de Odiseo y su espíritu socarrón; ya son miles de años de contar su retorno a Ítaca y decenas de publicaciones en redes de otros ñoños que las enlistan. Basta con decir lo que está implícito en mis párrafos anteriores. Christopher Nolan, al adaptar la Odisea, tomó los aspectos queridos de Odiseo—su voluntad inquebrantable de volver, su deferencia a los dioses; su lealtad hacia el que tenga enfrente—y quitó los detestables—su arrogancia, violencia y susceptibilidad a las tentaciones—. No puedes salir de esa experiencia visual sin sentir dicha por Odiseo en su retorno. Me parece un error garrafal.
Por siglos—literalmente, siglos—la interpretación de Odiseo ha sido la del primer adjetivo del poema; el primero con el que nos hablan de ese héroe griego: polytropos (πολύτροπος); significa de muchas vueltas, astuto, complicado. Agregaría, en el español coloquial, un cabrón—aunque siendo sujeto en lugar de adjetivo, me rompe el poema y mis ambiciones contadas de ser traductor del griego antiguo—. Odiseo debe ser complicado y astuto; Matt Damon, en su entrega, es simple. El héroe que quiere volver a casa; el héroe leal que ve morir a sus hombres. El héroe que todos podemos querer y contarles a nuestras abuelas de cuán lindo fue ver su película.
¿Por qué hacerlo así? Me sorprende. Debe haber un motivo. La lectura de la Odisea no es ese reduccionismo. Hablen con cualquier catedrático universitario—o hablen con su nerd de cabecera—; todos adoran diatribar sobre la complejidad moral de Odiseo. Tampoco es que el director sea mezquino. Cuando Nolan hizo una película del inventor de la bomba atómica hace apenas unos años, se atrevió a mostrar sus complejidades y hacernos odiar a J. Robert Oppenheimer a la par de quererlo. ¿Qué pasó, en tres años, para que la narrativa se volviera tanto más sencilla que en Oppenheimer?
Me inclino a creer que, en efecto, algo ha cambiado en el mundo en un espacio tan pequeño que hace que la Odisea de Nolan tenga un lugar en el cine; incluso, que merezca conversación. Hemos cambiado. En tres años hemos visto un giro global a un autoritarismo populista—que no sé bien cómo llamar y este no es el espacio para bautizarlo—acompañado de la erosión de normas congeniales. El discurso político se ha ido degradando; los enfrentamientos se hacen más y más polarizados. Dondequiera que veamos, las narrativas se simplifican. Cualquier elección pinta a ser la de dos candidatos opuestos a la muerte por un par de puntos llenos de minucias que, en el debate público, ignoran. Quizá la Odisea de Nolan es tan sencilla porque el mundo se ha vuelto tan sencillo; la narrativa que domina es la de los buenos contra los malos—ya quién es el bueno y quién es el malo, lo dejo al lector—.
Tal vez—y a esto me inclino más—, lo que importa de la Odisea no es que su personaje principal sea un cabrón, sino el nostos que lo mueve; ese deseo de volver a casa que obsesiona a los académicos. Nolan hizo carrera en un mundo donde la complejidad moral estaba permitida e, incluso, era deseada. Donde el debate estaba lleno de minucias y podíamos hacernos bolas a libertad con nuestras decisiones. Ese mismo giro a la simpleza en lo político nos deja con un deseo de volver a lo anterior; por eso el sentimiento que perdura es el nostos que, a mi parecer, sabe a frustración. Hasta el Odiseo de Nolan tiene un discurso inventado de cómo el mundo cambió; la película entera está plagada de referencias a los riesgos de una nueva era. Apesta a nostalgia de tiempos más sencillos. Nosotros, quizá, tenemos la misma y por eso Nolan así la escribió.
Algo en nosotros cambió. Algo que explica este giro y este resumen tan sencillo de los hechos. En la historia de ese hombre que ahora es simple—de Odiseo hecho Matt Damon—, está la historia de todos nosotros, bestias del siglo veintiuno.
Un destructor creativo
de Tomas Lemus
¿A poco Odiseo quería tanto a Penélope? Digo, si pasa tanto tiempo en altamar y muchos de esos años está chillaxing con bellas semidiosas, no debía extrañarla tanto, ¿no? También me quemaba entender por qué esta insistencia con la «Ley de Zeus» ¿De plano si eran tan incluyentes los griegos?
Y es que lo voy a admitir sin ambages, porque a muchos les está costando la vida decirlo: no he leído la Odisea en años y cuando lo hice, no recuerdo si la terminé o no. Así que cuando uno de los críticos que más respeto dijo que «Aquellos que no han leído a Homero son los más probables de disfrutar la Odisea», no pude evitar sentirme parcialmente identificado. Aunque, en mi defensa, señor Brody, llegué al filme con todos los hechos en orden, todas las paradas, los sucesos de Troya y la reconstrucción geográfica del trayecto bien cuadrada; podría decirse que he consumido la Odisea en su forma más pura, a través de la palabra hablada, una y otra vez, como los griegos. Pero no tengo el detalle de cuántas veces se dice «Ley de Zeus» en el poema—en la película son unas 30—.
La Odisea me gustó, pero no fue porque mi falta de erudición sobre el poema me impidiera reconocer la libertad creativa que había tomado Nolan. La cosecha del director británico se reconoce inmediatamente; también dedicaré unas palabras a sus desviaciones, pero prefiero empezar por los méritos de esta película.
Primero que nada: como Christopher Nolan no hay ninguno. Pocos directores se han acercado al éxito comercial que ha tenido este hombre—quizás Spielberg—y, a diferencia de otros, todo o casi todo lo ha logrado comprometido con una exigencia técnica enorme y una visión inimpugnable. Su determinación—y el éxito que la ha acompañado—han sido tales que también ha hecho las vueltas de inventor. Para Oppenheimer, trabajó con Panasonic; lo ayudaron a crear lentes macro especiales y desarrollar el primer carrete de IMAX en blanco y negro. Cuando Nolan se sale con la suya, el cine gana.
En esta película, Nolan fue más lejos. Decidió que la Odisea sería el primer largometraje documental en ser grabado enteramente en carrete IMAX de 70 milímetros. Esto también implicó reinventar lo que es una cámara IMAX 70 mm. Para la película IMAX creó cámaras nuevas capaces de lograr tomas mucho más largas (otras cámaras IMAX aguantan alrededor de 3 minutos de grabación), cajas especiales que aislaban más del 50% del sonido de las cámaras (que son famosamente ruidosas) y sistemas de espejo que permitieron grabar escenas de plano y contraplano con la enorme cámara obstruyendo la vista de los actores. Esto es, para mí, una de las esencias del cine: la creatividad pura aplicada a la resolución tecnológica de problemas.
Y esa creatividad de Nolan brilló también en la puesta en escena. Debe recibir más crédito por la complejidad de las escenas que construyó, como siempre, tratando de depender lo mínimo posible de efectos a computadora y haciendo el mayor gasto de recursos para recrear análogamente elementos como los monstruos marinos, Polifemo el cíclope o el viaje al inframundo.
En cuanto a la imagen, lo primero que noté de esta película fue el ritmo acelerado del montaje, que es especialmente evidente al principio, cuando es necesaria la exposición. Pero aunque me resistí en su comienzo, con el tiempo empecé a disfrutar mucho esos cortes. Algunos son fabulosos narrativamente y enfatizan esa distancia entre los protagonistas y ese sentimiento de nostos que empuja a Odiseo. La secuencia de los hombres, hacinados en silencio dentro del caballo de Troya mientras es arrastrado hacia la ciudad es una genialidad. Se puede decir lo mismo de la escena en la que Circe convierte a los tripulantes en puercos, o de la clase maestra de Hoyte van Hoytema al alumbrar el palacio de Ítaca o la isla de Calipso, todo esto tanto más glorioso por estar en 70 milímetros. A esto le agregaré la banda sonora de Ludwig Göransson, que se apoya principalmente en la lira para dar un sonido que es a la vez autóctono y épico.
Pero la música es de las pocas cosas «autóctonas» y aquí surgen, para mí, las críticas. Críticas que, quiero dejar claro, deben ir enfocadas a la versión de Nolan y no a la fidelidad de su adaptación. Primero, porque vivo con la convicción de que, para ver en la pantalla una historia completamente fiel a un libro, mejor leer el libro y se acabó. Segundo, porque me parece ingenuo creer—como muchos hacen—que hemos leído el poema más veces o mejor que Nolan. Nolan, que es famoso por el empeño que pone en la preparación de cualquier película.
La primera crítica es que la película tiene ineludiblemente una marca anglosajona. Desde los acentos de los personajes, hasta el ritmo de la película o la dinámica de las interacciones. Antes, había una tradición de procurar que las películas históricas se asemejaran lo más posible a su tiempo y me entristece perder eso. También en esa «inclusión» que muchos han criticado, noto tintes distinguidamente norteamericanos. Todos son actores anglosajones, que simplemente representan diferentes etnias, pero notablemente, la película omite actores mediterráneos. Ni siquiera se siente incluyente. Creo que incluso una mujer novata en actuación pero sacada de Sicilia hubiera hecho un mejor papel como Penélope que Anne Hathaway—me remito a las pruebas de Pier Paolo Pasolini, quien cuenta con la mejor adaptación bíblica en la historia—.
E ineludiblemente, esta marca fría—y, digamos, atlántica—permea también el guion y la puesta en imagen. Por eso todos han hecho notar que contra la astucia mediterránea de Odiseo recibimos a un Odiseo atormentado y contemplativo. Ante su deferencia a las diosas, —y su picardía—recibimos el puritanismo de su relación con Penélope. Por eso también, esta inclusión forzosa, que sigue la línea de lo que Nolan ha descrito como su gran lección de la novela, el concepto de Xenia, una lección a la que necesariamente llega desde un punto de vista atlántico. Es bastante evidente cómo la policrisis social y política que marca nuestros tiempos—con su epicentro en el mundo anglosajón que pretende liderarnos—se cuela a esta interpretación, de la cual uno de los elementos definitivos es la xenofobia.
Cerraré diciendo que el retorno a la guerra de Troya y la interpretación que Odiseo hace de ella—que es la de Nolan—es excelente. Odiseo, como Oppenheimer, encuentra en la comisión de su objetivo su destrucción total, y la de su civilización. Con Troya, se logra el control de todos los mares, pero Odiseo advierte que conlleva la decadencia total de la civilización que lo buscaba. Toda conquista total trae su propia condena. Esta es una reflexión sobre nuestros tiempos sí me puedo fumar.
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La portada de esta edición fue hecha por Renata Ybarra (Ciudad de México, México). Ella es escritora, actriz y cineasta.































