El creativo es nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Cada semana publicamos un cuento y un poema acompañados de un par de comodines (entrevistas, recomendaciones, ensayos y más). Para recibirla en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Esta semana:
Miguel Viera hace del lector un detective frente a una historia de riesgos, soledad y sospechas
Ana Victoria Guevara poetiza el misticismo de parajes fílmicos
Julieta Navarrete indaga sobre la espiritualidad de los creadores
José Ricardo Cobos reinterpreta un relato al que añade florituras de sus sueños
Escucha Inferencia, una deliberación sobre el fin de los matemáticos con Rodrigo Mendoza-Smith
Presentamos El creativo Vol. IX. Un número que, en arábigo, portan los más grandes delanteros del planeta en la espalda de su camiseta; por tanto, un número goleador. Esta edición se apunta cuatro golazos: uno de poema, otro de ensayo y dos de cuento; tampoco faltan las emociones, esos tiros al arco que son nuestros podcast.
Veamos la repetición.
Ana Victoria Guevara reinterpreta en su poema lo místico del desierto que han visto tantos ojos y filmado unos cuantos. Su topo visita un espacio que jamás conoció, pero que pudo imaginar en la distancia, como el furor de un estadio repleto de miradas.
Algo de eso sabe Miguel Viera, que narra un atraco desde la altura de Quito. Su voz es omnisciente, aunque un poco recelosa: nos cuenta el chisme por tiempos; es un ingeniero que se ha olvidado del plano y construye a su modo, dejando un cúmulo de pistas en cada bloque. Viera lo sabe bien: su mejor policía es el lector.
El artista es el que juega al arte, pero también es un receptáculo para el juego, uno que confronta al mundo físico con el espiritual. Al menos así lo ve Julieta Navarrete: como buen delantero, el artista es un cúmulo de sus predecesores, una herencia de los que vencieron al tiempo.
José Ricardo Cobos sueña un sueño que ya ha sido soñado. Como parte de nuestras Lecturas perpetuas, su pluma trazó un cuento sobre una novela, Casas vacías. Una narración que, no obstante, brilla con luz propia.
Cerramos con una breve mención de las jugadas que fueron nuestras conversaciones semanales en Inferencia, donde el matemático redefine su labor frente a la IA.
Esta edición del creativo es presentada por Talleres de Bolsillo.
Talleres de Bolsillo es una plataforma que acerca a las voces más destacadas de la cultura en español con personas que quieren aprender de ellas.
Su ambición nos inspira: quieren que el español aspire a más, que en nuestro idioma se hable y se discuta todo —y cuando decimos todo, es todo: literatura, historia, periodismo, arte, psicología, ciencias, tecnología, medio ambiente, educación, espiritualidad, desarrollo personal y más—. Quieren expandir esta misión a todo el continente, con presencia en Chile, Argentina, Uruguay, Colombia, Perú y México.
Si tienes tiempo y ganas de aprender:
Ahora sí, vayamos al creativo.
Quito Norte
La jornada en la Agencia está por comenzar. Los empleados del primer turno de la mañana ya están trabajando. La comida al medio día y los cortos paseos para sentir el sol son las únicas libertades cotidianas que tienen los empleados del lugar. A veces parece que las personas acuden a las cárceles por voluntad propia.
Fernando llegó más temprano que de costumbre. «Por fin viernes», pensó; le urgía desentenderse de todo, descansar, incluso llegar temprano a casa.
Ingresó la clave de acceso a su laptop: «Hoy_es_mi_dia». Buscó sus audífonos y antes de encontrarlos entró y tomó una llamada en su celular. El capitán Molina exigía los videos de toda la Agencia «Lo más pronto posible».
«Ya he solicitado todos los videos», le respondió Fernando.
«Mire, lo único que yo sé es que no tengo los videos y que los viernes a la gente no le gusta trabajar», dijo el capitán Molina.
Cuando Fernando terminó la llamada con una promesa, colgó y marcó rápidamente el número de su jefe de seguridad. Trató de humillarlo, incomodarlo, hacerlo sentir culpable e incluso lo acusó de que su lentitud le hacía cómplice del robo. Le dio dos horas para entregar los videos.
No encontró sus audífonos y sintió que, en cuestión de minutos, el día estaba dejando de ser suyo. Fue a su camioneta, buscó por todos lados. Escudriñaba el trayecto que separaba la oficina del parqueadero que llevaba su nombre cuando el guardia lo abordó y le preguntó qué buscaba. Fernando lo saludó e hizo como si no hubiera escuchado la pregunta. El guardia trató de ayudar a buscar algo que no sabía qué era, pero que estaba decidido a encontrar.
Otra llamada interrumpió la búsqueda de Fernando. Se internó en su oficina, mientras con la mirada seguía revisando el lugar; con un ademán, le pidió al guardia que parara. Atendió el teléfono. Los de seguridad de la empresa le pedían que, para obtener los videos, debía redactar una solicitud. Entonces Fernando estalló. Les recordó que hace tres semanas había enviado todo y les comunicó que la única solicitud que enviaría sería la del pedido de renuncia de los responsables de esta situación.
Todavía faltaban veinte minutos para que empezara formalmente el primer viernes de abril. Fernando estaba decidido a sacudir la Agencia de arriba a abajo.
Jueves 1 de abril
Los guardias observaban los carros pasar. El ajetreo del almuerzo había . Algunos todavía se movían como arañas bajo el sol, pesados del arroz que la empresa no escatimaba en proveer.
Los empleados del lugar ocupaban lentamente sus escritorios. El empleado Zapata ingresó la clave de su computadora: «quesejodaestaempresa123». Desde donde él estaba podía verlo todo, por ello sonrió cuando se dio cuenta de que los recién llegados tenían capuchas y pistolas. Le pareció justicia social. En su mente recorrió los objetos de valor: el celular, de la empresa; la laptop, de la empresa. A Zapata sólo pertenecían veinticino centavos de dólar, lo justo para el bus de regreso.
Los asaltantes eran tres encapuchados con pistola. Afuera, en la puerta principal, uno de ellos tenía sometidos a los dos guardias, acostados boca abajo y con las manos en la nuca. El más flaco y pequeño sabía el camino: saltó el mostrador, entró en la oficina blindada, y sacó a empellones a Alicia, la cajera, que llorando abrió la bóveda; recogió el dinero y salió. Ya a lo último, disparó: un solo tiro a la pantalla gigante donde pasaban el video promocional de la empresa.
Tres motos recogieron a los asaltantes y partieron en direcciones contrarias.
Zapata, salvó sus veinticinco centavos. Tras unos minutos, quiso saber cuánto era el botín que acababan de robar; no se resistió a hacer el cálculo en Excel: unos 457.300 dólares, sin impuestos.
Primero llegaron unos policías que respondieron a las llamadas al 911. Cercaron el lugar sin apuro. A los quince minutos llegó el capitán Molina en su carro, vidrios ahumados, sin placas y con una luz policial puesta encima al apuro, como en las películas de policías.
El conductor Panta, policía también, parecía un armario con gafas oscuras. Se bajó con la agilidad de un gato y abrió la puerta al capitán Molina que, con las mismas gafas del gorila, bajó lentamente y se acomodó el terno. Encendió un cigarro y llamó a los guardias. El orangután con gafas mantuvo a distancia a los curiosos, entre ellos a Fernando que, blanco de la angustia, pugnaba por hablar con el capitán.
El capitán Molina estaba puteandolos a los guardias y ninguno de ellos levantaba la cabeza. Después apagó el cigarrillo y dio señal de que pase Fernando. Éste gesticulaba como si su trabajo fuera cazar insectos invisibles y el capitán Molina, con un gesto, le pidió silencio. Le pidió también los videos de seguridad como si los necesitara para ayer. Encendió otro cigarro para darle unos minutos al jefe de agencia, que replicó angustiado que ya había hecho la solicitud pero que todavía no los tenía.
Molina no esperó a terminar el cigarro, que tiró al piso. Panta lo aplastó y se fueron. Fernando, incrédulo, se abalanzó sobre ellos y les cayó a patadas. O así fue en su imaginación.
De vuelta en la oficina, un tumulto observaba a Alicia, la cajera, que lloraba frenéticamente y pedía que alguien le trajera a su hijo, que lo necesitaba ver. Sus compañeras de oficina le daban té y le pasaban la mano por la cabeza como consolando a un niño. Al observar la escena, hastiado del drama, Fernando le dio el resto del día libre y Alicia fue corriendo a ver a su hijo a la escuela. Cuando llegó, pidió permiso a la profesora para que le permitiera salir a Fernandito. Besos, señales de la cruz y lágrimas incontrolables abrazaron al niño que se dejaba querer, mientras el resto de los niños, la profe incluida, miraban por la ventana. Se lo llevó a casa, le cocinó un almuerzo sano. No lavaron los platos ni le pidió a su hijo que recogiera los suyos. Se metieron en la cama, comieron helado y se pusieron a ver una película infantil.
Cuando Fernandito se durmió, Alicia llamó al padre del niño, le contó lo sucedido, pero le dijo que no fuera a verlos. Se acurrucó junto a su hijo sintiendo que ese día pudo no haberlo visto de nuevo.
Zapata salió a la hora de siempre. Indiferente al ajetreo del bus, cruzó la ciudad en dirección a su casa. En la tienda de la esquina compró dos panes, una leche y un pote pequeño de queso untable. Cuando entró en casa, prendió el televisor sin mirarlo. Le puso agua a sus cactus y pensó lo bueno que era no tener mascotas. A la hora del noticiero estaba metido en su cama, mirando la TV y rumiando su cena. Cuando vio la nota del asalto a su Agencia, volvió a sonreír.
Al otro día despertó a las 5:49 a.m. y tomó su vaso de agua. La alarma encendía la radio y sonaron las noticias. Pasó el café, alzó el volumen y se comió el pan mientras miraba por la ventana a la gente pasar. Salió de casa cuando el reloj de pared marcaba las 6:49 a.m. Cerró con doble chapa. Antes de dar el primer paso, miró a ambos lados como si fuera a cruzar la calle; tomó hacia la izquierda mientras se acomodaba los audífonos. Cruzó la ciudad en un bus repleto de fantasmas rumbo a sus oficinas.
Cuando llegó a la empresa, marcó el biométrico a las 7:49 a.m. y se jactó de su puntualidad. Accedió a su computadora: «quesejodaestaempresa123»; e inició la jornada. Al revisar su correo, se topó con una citación judicial firmada por el capitán Molina; el correo había sido enviado con copia a Fernando.
A Zapata se le dañó el día. Nervioso, fue al baño a tranquilizarse. En la intimidad del retrete se convencía a sí mismo de que no había nada por qué temer. Se lo repetía como un mantra; parecía un poseído rezando una angustiosa plegaria. Logró recomponerse y al salir del baño se dispuso a cumplir con su diligencia policial. Antes pasaría por el cubil para recoger sus cosas, pero sólo llegar a su espacio una montaña de dudas cayó sobre sus espaldas y lo único que pudo hacer fue agarrarse a los audífonos que seguían repitiendo la misma canción, una y otra vez.
Ese día Zapata no fue a la citación.
Alicia
La alarma encendía las noticias. Un locutor repetía la hora tres veces cada vez que lo hacía. Eran las 4:30 de la mañana. Faltan treinta minutos. Alicia se levantó, metió el arroz en el táper, picó chochos con tomate, cogió un limón entero. Metió todo en una bolsa de tela. Luego hizo la lonchera de Fernandito. El locutor repetía que eran las «4 con 45 minutos; falta un cuarto para las 5; son las 5 menos cuarto».
A las 5:00 a.m. salieron. Alicia cargaba a su hijo como si fuera un maniquí semidormido. Se metían en el taxi colectivo que la ayudaría a cruzar la ciudad hasta llegar a la casa de su madre, quien se ocuparía del niño y le llevaría al colegio.
Fernandito desayunaba con la abuela y lograba despertarse con las primeras mordidas que le daba a un pan recién sacado del horno. Alicia, timbró a las 7:45 a.m.; su dedo índice temblaba. Avanzó a su oficina, que parecía una celda de cristal con vidrio antibalas. Cuando se sentó, tocó una imagen de la virgen debajo de su escritorio, se santiguó y abrió el correo. Entonces leyó la citación
EL CASO
Estimada Caicedo Alicia:
Se la cita, con el carácter de urgente, a rendir su versión de los hechos suscitados el día Jueves 2 de abril del presente año en la empresa Grupo Mavesa.
Lugar: Unidad de Investigación de la Policía Nacional.
Fecha: jueves 2 de abril. 9h00
Hora de Término: indefinida.
Requisitos: Cédula Original y copia; copia del contrato de trabajo.
Atte. Capitán Andrés Molina Elaborado por: Panta Livington.
Alicia sintió la citación en las entrañas. Volvió a tocar la estampita debajo del escritorio y salió de su celda en dirección a la oficina del Gerente. Temblaba otra vez. Llevaba en la mano, impresa, la comanda del correo como si tuviera que presentar pruebas para pedir permiso y salir. Golpeó tímidamente la puerta transparente y saludó. Fernando no despegó la cabeza de su computadora –ya sabía para qué venía la cajera–, la interrumpió y le dijo
«¿Permiso para la citación? Pásemelo». Tomó el papel, lo firmó y se lo devolvió. Entonces la miró por primera vez. Alicia tomó el papel y salió apresuradamente.
Cuando llegó al despacho policial, el capitán Molina salió al encuentro. La había estado esperando.
—Vamos a otro lugar —le dijo. El capitán Molina se refería a los chismes de oficina. Pero Alicia se puso blanca del susto y pensó que la estaban secuestrando, desconfió de Molina. No obstante, se dejó conducir como una escopolaminada a una cafetería que quedaba a la vuelta del viejo edificio. Molina pidió una coca-cola helada y un té de manzanilla. Le pidió a Alicia que tome el té y se tranquilice, pero no esperó a que eso suceda. Le puso el celular en el rostro y le mostró los videos que tenía.
Le dijo: «Mire con atención y me cuenta algo raro». Alicia no podía imaginarse qué podía ser algo raro en un asalto a mano armada. Se puso a mirar concienzudamente, como si viendo intensamente a esos encapuchados podría conseguir identificarlos. Molina se tomaba la coca-cola directo de la botella y sin respirar. Paró cuando iba por la mitad. Eructó educadamente, escondiendo el tufo con su mano. Luego le mostró los otros dos videos. Pidió una porción de chochos con tostado.
Alicia se tomó el té demasiado rápido y demasiado caliente. Sudaba. Perlas de humedad se le formaban en la frente, en la nariz, en el bigote. Y no encontraba nada raro. Lo único que le llamó la atención fue lo que no encontró, pero de eso se dio cuenta cuando ya estaba en el bus, ventilándose con la ventana abierta, de regreso a casa.
Lo que esperaba ver y nunca vio fueron los videos de las cámaras de seguridad que la empresa había puesto en lugares estratégicos para monitorear el trabajo de los empleados. Entonces le mandó un wasap al capitán con el dato. Molina lo leyó, pero no contestó.
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Sábado 3 de abril
A Fernando le dolían los pies. Se sentó y fue como si se derrumbaba un edificio. Por fin estaba en su escritorio; cerró la puerta de su oficina transparente. Conectó los audífonos a la compu, puso en el YouTube un audio que empezaba diciendo: «Hoy es el mejor día de tu vida, sonríe y concéntrate en tu respiración». Cerró los ojos, se sacó los zapatos de suela y se reclinó sobre el gran sillón. Se quedó dormido.
El guardia golpeó la puerta de vidrio y despertó a Fernando. Eran las 10 de la noche. Salió apresuradamente sin mirar al guardia, quien le lanzó un «Hasta mañana, ingeniero», como quien saluda al viento.
Camino a casa, revisó el celular. Dos llamadas perdidas de su esposa. El WhatsApp a reventar. Mientras cambiaba el semáforo de rojo a verde, abrió el correo institucional. 139 mensajes sin leer. No los revisó con atención sino hasta llegar a casa, mientras esperaba a que se abriera la puerta automática. Fue cuando dio con el correo de Molina. Los videos no decían nada. Tomó lentamente su cabeza entre las manos y comenzó a darse golpes en el volante. Necesitaba más.
No quiso bajar del carro. Sentía que, si se quedaba ahí, frente al volante, por lo menos tendría una oportunidad para escapar de todo esto. Posponerlo al menos.
Su esposa lo miraba desde el umbral de la puerta. Fernando durmió en el carro.
El domingo pasó el día ausente mientras organizaba una parrillada familiar. Fernando no pudo dejar de pensar en lo que el lunes haría: tenía que hablar con Alicia. Ella era una de las empleadas más antiguas de la oficina. Al saber que los videos no mostraban nada, recordó que durante un tiempo en el que las mini cámaras se pusieron de moda, la esposa del dueño de la empresa, quien también es la jefa de recursos humanos, decidió colocar algunas en sitios estratégicos según su criterio. Estas cámaras vigilaban el comportamiento de las cajeras, así como la caseta de los guardias o el paso por algunos espacios como los accesos a los baños y los pequeños salones de la cafetería.
Algunas cámaras se colocaron para vigilar a los empleados de quienes se sospechaba que robaban o estaban en algún romance con colegas de la oficina. Los casi mil trabajadores de la empresa decían que esas cámaras vigilaban todo y que la esposa del dueño las usaba para pedir reportes de vestimenta, escotes exhibicionistas, zapatos deportivos en días oficiales, tiempo de permanencia en los retretes, consumo no autorizado de las expensas de la cafetería.
Los gerentes, todos ellos hombres, también se sintieron acosados, vigilados. Los altos salarios no justificaban esa intromisión en sus vidas privadas, así que empezaron a argüir un plan de boicot para erradicar las minicámaras que pululaban en la empresa: lo convencieron al dueño que lo de las cámaras era para vigilarlo a él y que su esposa lo que en realidad había logrado era supervisarlo todo el tiempo y no a todo el mundo, como él estaba convencido.
No pasó mucho tiempo para que él mismo ordenara desmantelar todas las cámaras. Sin embargo, Alicia no estaba segura de ello. La posibilidad de que alguna hubiese sobrevivido le rondaba en la cabeza como algo pendiente, como una tarea que se pospone más de una vez. Esto se mezclaba con sus dudas y temores de la próxima citación: ¿qué le iba a decir al capitán Molina? ¿Y si sospechaban de ella? ¿Y si las mismas investigaciones descubrieran que hay cámaras no desactivadas y que ella sabía de eso y aun así no dijo nada a nadie?
Alicia fue y le contó al jefe de agencia todas sus angustias. Fernando vio la luz, era una oportunidad de mejorar su imagen tan alicaída luego del asalto y la decepción con el nulo avance de las investigaciones. Agencioso, se puso a escribir un memo interno solicitando permiso para iniciar una «revisión intensiva del programa de vigilancia mediante minicámaras». En el último párrafo, incluyó, lleno de entusiasmo, «existe la posibilidad de encontrar nuevas captaciones de video que permitan progresar en la identificación y captura de los delincuentes».
Lo único que encontraron fue cientos de videos del rostro de varios funcionarios que, aburridos, trabajaban en frente de sus computadores. Fernando, aburrido también, revisaba sin ganas las repetitivas imágenes, que mostraban una y otra vez el tedio del trabajo cotidiano. Las mini cámaras captaban de frente a los funcionarios que, sin sospechar si estaban siendo filmados, vivían su vida normal frente al computador; la sección de cubiles se organizaba en el segundo piso del edificio, donde se concentraban la mayoría de trabajadores de la Agencia.
El video continúa y, de pronto, todas las cabezas que aparecían en la toma miran bruscamente en una sola dirección, como si algo hubiera llamado su interés. De esas cabezas, sólo una sonreía ampliamente: era la de Zapata mirando la llegada de los asaltantes.
Fernando tenía un avance.
Livington Panta
El martes, Livington Panta se levanta a las 4:00 a.m. como todos los días. Inicia una sesión de 60 minutos con una rutina de ejercicios que incluye máquinas de gimnasio, ducha fría y un desayuno de deportistas de alto rendimiento. Tiene una foto grande pegada en la pared en la que aparece él con guantes de boxeo. Levanta sus manos, incrédulo de haber ganado su primera y única pelea oficial.
Al salir del diminuto cuarto donde vive, se echa una última mirada en el espejo de cuerpo entero que está detrás de la puerta de salida. Satisfecho de sí mismo, se coloca sus gafas oscuras y piensa que una de las razones para ser el gran policía que él siente que es, sin duda, incluye su musculatura.
Cuando llegó a la delegación, Panta fue directamente al baño. Sacó su kit de aseo y se pasó la peinilla por el perfecto peinado, que suele desaliñarse un poco por el uso del casco. Ajustó su corbata y ensayó un jab al rostro mientras amagaba pelear con su propia sombra.
Eran las 10:00 a.m. de un martes desapercibido. Livington, en su escritorio, revisa el periódico más sangriento de la ciudad. Cavila sobre cómo atrapar maleantes, someterlos y ensayar golpes sin dejar huella. Ganchos al hígado, cabezazos en las orejas. Rodillazos. Recordaba una vez que atraparon a tres asaltantes que huían luego de robar en la calle a dos turistas rubios, robustos y rabiosos. Cuando los tenía en el cajón de la camioneta, con las manos amarradas en la espalda, Panta les propinó unos contundentes pisotones para mantenerlos en el suelo. De pronto, a dos cuadras escucharon un grito desgarrador y el impacto de un vehículo. Los policías que le acompañaban corrieron a ver qué pasó y dejaron a Panta a cargo de los tres delincuentes y los dos turistas, aún en la escena. Al ver la situación, los turistas pidieron permiso para ayudar. Cuando Panta aceptó, se subieron a la camioneta y empezaron a darles una paliza con sus propias manos: maldecían fuera de sí, escupían. Los delincuentes, aterrados, se defendían a patadas y Panta encendió el carro. Los llevó a todos a la delegación, al cuarto del fondo; les soltó las esposas y se dieron una paliza tres contra tres. Ganaron los turistas y Panta. Los delincuentes salieron libres al otro día.
Llamaron a su extensión telefónica. Zapata había llegado. Panta corrió a la oficina de su jefe. La encontró vacía, con signos de que no regresaría por el momento. Envió un wazapp pidiendo al capitán hacerse cargo; Molina le aclaró que son indagaciones previas y no un interrogatorio. Panta se dio por entendido y el capitán le permitió proceder con un emoji de pulgar arriba como respuesta. Panta sabía que el jefe no regresaría a la oficina. Entonces se sentó en su escritorio, marcó la extensión del guardia y le pidió que deje pasar a Zapata.
Al entrar a la oficina, Zapata sintió la pesada mirada del policía. Instintivamente giró hacia su derecha y se encontraron sus miradas. Panta lo vio como el culpable de todos los males. Sin saludarlo, le ordenó que se sentara en el sillón de afuera, el que estaba a la entrada. Levantó el teléfono fijo y fingió hacer una llamada, pedir un informe, enojarse por no haberlo recibido y exigir que no hubiera más retrasos. Luego lo hizo pasar y le mostró dónde sentarse. Prendió la grabadora, le preguntó por qué no asistió a la primera citación y estudió la reacción de Zapata. Panta había leído todo el expediente; sabía que hay videos del suceso, aunque él todavía no los había visto.
No tenían pistas firmes; sin embargo, Panta actuaba como si todos fueran culpables de algo. Le pidió a Zapata que reconstruyera los hechos con el mayor detalle. Hizo varias preguntas para ponerlo nervioso; lo hizo dibujar rutas de escape, puso a prueba varias teorías. Él mismo saltó del sillón del jefe y se puso a bosquejar hipótesis criminales en la pizarra del costado que sólo se usaba para organizar los patrullajes. Terminó la jornada con las mangas de camisa recogidas, excitado. Afuera oscurecía y la mayoría del personal de la oficina ya se había ido a la casa. Le pidió a Zapata que se marchara y tratara de recordar tanto como pudiera.
Zapata salió de su reunión con Panta sintiéndose el hombre más solo del mundo. Deseó con todas sus fuerzas que algún amigo le invitara un encebollado, entonces se animaría a pedir una cerveza. Recordaba que la última vez que casi le pasa fue hace cinco años, cuando un viernes cualquiera se encontró casualmente frente a un ex compañero de universidad y quedaron en almorzar a la hora del receso. Ninguno de los dos se escribió para confirmar y cada uno almorzó en silencio y por su lado. Nunca más se volvieron a ver.
A Zapata le parecía todavía más desolador comer solo. Pidió para llevar. En la tienda de la esquina cercana a su casa, compró cerveza. Caviló el resto de la noche su encuentro con Panta; la cerveza no logró quitarle lo amargo al recuerdo y el encebollado quedó intacto, enfundado en su bolsa negra con la cuchara plástica envuelta con una servilleta de papel.
Zapata se quedó dormido.
Miércoles 8 de abril
Eran las 10:00 a.m. y los empleados salían a dar su paseo fuera de la celda para tomar el sol, fumar un cigarrillo y conversar un poco. Entonces llegó Zapata transpirando, con la basta del pantalón metida en el zapato y la raya del peinado ligeramente torcida. Chuchaqui por la diligencia policial, lo único que le podía dar paz en ese momento era ir directamente a su cubil y aislarse con la música a través de sus audífonos.
Fernando llegó en su imponente camioneta detrás de Zapata. Los empleados que salieron por su cigarro volvieron rápidamente a sus sitios de trabajo, como conejos que huían a su madriguera. Zapata no alcanzó nunca a llegar a su cubil. Tuvo que explicar durante horas por qué sonreía cuando los maleantes entraban en la Agencia. Desde el celular de Fernando, vio su propia cara sonreír en el momento que entraba el primer encapuchado. Una sonrisa como de niño viendo a Papá Noel bajar por la chimenea.
Hay veces en las que la mejor respuesta es el silencio, pero hay situaciones en las que el silencio no es una decisión propia, sino la imposibilidad total de reaccionar frente a aquellas. Ver su rostro sonreír era irrefutable. Se le ocurrían miles de razones por las que reírse cuando al patrón le roban su dinero, pero al mismo tiempo, eso lo convertía en sospechoso. Y esa era la segunda situación que llenaba de silencio la oficina: Zapata era sospechoso. Y con eso en la conciencia y con miles de ojos sobre su cabeza, salió sin decir ni media palabra.
Jueves: la cámara de Gesell
Alicia estaba sorprendida de que el capitán Molina hubiera resuelto el caso, mucho más considerando la ayuda del policía Panta, quien siempre le generaba dudas y una especie de desconfianza instintiva. Pero ahí estaba ella, sentada viendo las fotografías de la pandilla a la que pertenecían los bandidos. El capitán Molina pasaba las fotos y, en su acostumbrado tono, le decía: «Estimada Alicia, yo no le voy a decir lo que va a ver, pero usted es la que tiene que decirme que pare y explicarme lo que ve».
Primero se veían unas fotografías grupales. No más de cinco jóvenes, a veces seis, bebían fuera de una tienda. En otra, aparecían todos en el balde de una camioneta gigante y llamativa. Después aparecían una a una las fotos de varios hombres jóvenes; eran fotos de frente, las que se toman cuando caes preso. El capitán Molina acabó de pasarlas. Alicia le pidió que las vuelva a mostrar y confirmó reconocer a uno. Era el más pequeño y flaco de todos. Sospechó de otro, más grande y acuerpado, pero no se atrevió a decirle al capitán. Molina le dijo que máximo en tres días atraparían a todos. El lunes tendría que ayudar a identificar a los sospechosos en vivo.
Alicia no pudo dormir esa noche. Soñó con Panta y quería gritar, lo intentaba con todas sus fuerzas, pero no tenía voz. El lunes llegó demasiado rápido. Sentía como si hubiera estado ayer en el edificio de la fiscalía provincial. Había llegado demasiado temprano. Para hacer tiempo y reponerse del metrobús, pidió un agua con gas en el restaurante donde se reunía con el capitán Molina. Al salir del baño del local, vio un tumulto que ingresaba: policías de civil llevaban a un grupo de jóvenes esposados. Uno de los ladrones volteó a ver justo al lugar donde estaba Alicia y extrañamente hicieron contacto visual. Alicia casi se atora con el agua del impacto. Sintió que eran ellos los asaltantes de Quito Norte.
A la hora indicada, Alicia vio salir al capitán Molina del edificio y esperar impacientemente en la puerta de ingreso. La esperaba a ella. Acudió a su encuentro. El capitán le dijo que lo siguiera y subieron por unas gradas laterales al tercer piso. Los pasillos estaban llenos de gente que esperaba, subía, bajaba. La mayoría eran policías, abogados. También estaban los familiares de los delincuentes, los testigos. Todos esperaban algo, tenían turnos en la mano, carpetas, papeles. Todos se parecían entre sí. Molina la dejó en uno de los pasillos y le pidió esperar. Desapareció entre el bullicioso ajetreo. Tras unos minutos, Alicia vio a Panta vestido de civil cruzar apurado el pasillo sin reparar en su presencia. Justo un segundo después apareció el capitán, la tomó del brazo y fueron a otra parte del edificio. En este pasillo la gente se había sentado en las gradas. Ahí la acomodó y Molina volvió a desaparecer. Tenían que esperar su turno para ir al careo.
La cámara de Gesell es la sala separada por un vidrio en la que el héroe señala al villano y se cierra el caso. Pero ésta parecía haberse detenido en el tiempo. Todo era antiguo, como en una película de los setentas. Parecida a una sala pequeña de cine, ahí donde debería ir una pantalla se levantaba un ventanal gigante que permitía ver al otro lado sin ser visto. Por ahí desfilan los sospechosos. Al frente del ventanal estaban unas butacas de cine en donde un grupo de policías veían el desempeño de los testigos. Cuando Alicia ingresó, sin decir palabra por los nervios, un policía sentado en una mesa de plástico le explicó: «Tres ingresos: debe recordar el número y señalar los sospechosos que reconozca».
Alicia miraba el ventanal. De pronto se encendieron las luces. Ingresaron seis personas, entre ellas, Panta. Alicia lo señaló. En el segundo ingreso estuvo el capitán Molina junto a otros sospechosos. Alicia lo señaló a él también. En el tercer ingreso, señaló a otro policía. El reconocimiento había sido un fracaso. Alicia no le atinó a ninguno.
Visiblemente molesto, el capitán la esperó a la salida de la cámara de Gesell. Le explicó a Alicia que siempre se mezclan los sospechosos con otras personas de civil que nada tienen que ver con el caso; por razones de mala organización, le tocó a Panta y a él ingresar a la cámara como sospechosos extra, pero que ella debía haber señalado a cualquiera menos a ellos. Lo único que eso significaba era más trabajo. Panta, sudando, saludaba desde lejos mientras ingresaba con otro grupo de presuntos delincuentes.
Viernes: El capitán resuelve el caso
Molina revisaba indiferente el Facebook desde su celular. Mataba el tiempo en el retrete cuando le llegaron los videos del asalto, cortesía de Fernando, gerente de la Agencia. «Ya no me dejan ni cagar tranquilo», pensó mientras abría el chat. Empezó a revisarlos con la misma atención con la que un perro mira un partido de fútbol por televisión.
Los vídeos le mostraron lo que ya sabía: tres asaltantes armados y encapuchados, tres cómplices en moto, responsables del escape. Más pistas concretas no había. El caso estaba para el olvido. A Molina le causaba fastidio el arranque de las investigaciones, pistas inútiles y testigos incapaces de sostener versiones.
Salió del baño y se ancló en su escritorio hasta terminar la tercera citación con la que volvería a ver las caras de los principales implicados: Alicia, Fernando y los guardias.
La oficina ya cerraba, la gente quería marcharse y algunos ya lo habían hecho sin ningún asomo de vergüenza. Molina esperó a que la mayoría de policías se fueran para no tener que hablar con nadie. Entonces llegaron los correos. Fernando había conseguido extraer más contenido de las cámaras que nadie se acordaba que las habían sembrado. El capitán Molina tenía todos los videos posibles. Ahí vio las caras de los asaltantes antes de ponerse la capucha. Vio las placas de las motos antes de que las cubran. Pudo hacer una descripción física de todos.
Los guardias fueron descartados porque se veía el terror en sus rostros. Congeló las imágenes de los asaltantes y se las envió a Panta. Le dio el fin de semana para resolverlo. Panta, al ver las fotos en su celular, casi tuvo una erección de lo fácil que sería seguirlos y atraparlos. Y golpearlos.
Un día cualquiera
El humo le salía en un suspiro de rabia contenida. Escuchaba las carcajadas que sonaban escandalosas, como llamando la atención forzadamente. Tres cabezas miraban la pantalla de un celular en posición horizontal. En ella se veía a una chica burlar el acoso de dos asaltantes armados que la perseguían sin éxito. El video empezaba con un carro parqueando: una chica se baja y se da cuenta que le quieren robar, amaga como un futbolista que se va a la izquierda y corre por la derecha. El primer asaltante es humillado como cualquier defensa que haya enfrentado a Maradona. Luego, la chica corre hacia un anciano que cruzaba, esquiva los disparos usándolo como escudo, como carrusel, y vuelve a gambetear al segundo asaltante. Además, tira la llave de su carro debajo de un camión. El humillado vuelve a dispararle. Se agacha bajo el camión para alcanzar la llave, pero no lo logra y se incorpora y trata de hacerlo por el otro lado. Tampoco lo logra. Los dos asaltantes se rinden y huyen.
La cabeza del centro vuelve el video al principio y se vuelven a reír. Jopo ahora juega con las volutas espesas de marihuana recién comprada. A veces, el proceso que parte del cogollo, secado, prensado y curado es corto; entonces la hierba llega más pegajosa, huele mejor, es más húmeda y se siente fresca. Es casi el final del porro y Jopo sabe que haber fallado en el robo del carro era algo que podía pasar, pero haber sido filmado y viralizado era humillante. Tal vez era el momento de una pausa, pensar si seguir en lo de los carros o darle la vuelta a esa idea de robar dinero fresco, resinoso, recién salido del horno.
La idea era de Pedro, su sobrino, que lo admiraba como a nadie y soñaba con dar el gran golpe. El chico trabajaba de lunes a domingo en un cibercafé. Los domingos por la tarde iba siempre un cliente para hablar por teléfono con su mamá: se compraba una tarjeta de llamadas internacionales, se conectaba con España y platicaban; el cliente despotricaba contra la empresa, la propiedad privada y tener que trabajar todos los días. Pero se reía, le hacía chistes a su mamá, que trabajaba de sol a sol en un hostal veraniego. Pedro sabía todo sobre él y lo estudiaba con atención.
Había terminado el colegio hace un año. Varias veces vio Pedro cómo Jopo llegaba en las madrugadas, pitaba desde diferentes carros y lo invitaba a salir por joda a su padre. Jopo fue el que le dio su primer porro cuando terminó el colegio. A pesar de ello, su tío no quería que siguiera sus pasos, pero al mismo tiempo lo impresionaba contándole sus mejores historias de ladrón.
Pedro no tenía idea de qué estudiar, por lo que pronto su madre le consiguió un trabajo a tiempo completo. Pasó de no tener internet a estar conectado casi todo el tiempo; el primer año estuvo pegado a sus audífonos. Hasta que instalaron las cabinas telefónicas fue que pudo escuchar a través de los auriculares y pronto se dio cuenta de que había mejores historias a través de las cabinas que del scroll infinito. Sabía que todo tipo de información era importante, que cualquier dato, minucia o pequeñez insignificante podía ser crucial y cambiar el curso de la historia. Eso lo aprendió de su tío. Por eso, cuando le propuso el asalto sabía que los terceros jueves de cada mes, por la tarde, se llevaban todo el dinero de las ventas de la sucursal Quito Norte, pero a la hora del almuerzo sólo quedaban dos guardias activos. Ése era el plan que Zapata le contaba a su madre para que ambos no tuvieran que trabajar hasta jubilarse.
Ese día, Jopo les propuso un trabajo a los ladronsuchos que se reían de él. Les entrenaría, les haría creer que son los mejores delincuentes del mundo y les pondría a hacer el trabajo sucio. Ellos lo verían como la oportunidad de su vida.
Miguel Viera Dueñas (Quito, Ecuador) es casado, tiene dos hijas y un título de economista que le ayuda a presentarse frente a la sociedad. Escribe en las viejas computadoras que le asignan, usa el internet y se bebe todo el café de la oficina. Tiene un blog, como los de la vieja guardia; recientemente se abrió una cuenta en Substack, armó un boletín de cuentos y sueña con parir un libro de verdad.
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El topo
En el desierto circular, el agua amarga moja conejos abiertos en la arena bajo la roca, los huevos esperan que alguien confunda el hambre con un dios. El león duerme al lado de la herida donde la piedra sabe más que quien la toca, todo maestro muere dos veces: una en el cuerpo, otra en el discípulo. Después, la culpa cava su túnel, cava hacia arriba y encuentra otra noche al fondo de una puerta diminuta por donde vuelve a entrar el desierto. Allí arde un hombre sin testigos; la ceniza se convierte en montañas, lejos, donde un caballo lleva a un niño el círculo comienza en otra espalda.
Ana Victoria Guevara (Los Mochis, México) Es abogada de profesión. Como escritora ha publicado artículos, ensayos y poesía en diversos medios. Le encantan las películas de Almodóvar, la música electrónica, los pasteles verdes, los poemas, la lluvia y que haga frío.
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Escribo yo o escriben mis muertos
Nos gusta ritualizar la creatividad. He visto una cantidad infinita de publicaciones en redes que hablan de los rituales de los escritores, de los pintores, o de quien sea. Schiller con sus manzanas podridas, Maya Angelou que rentaba una habitación de hotel. Según la neurociencia, es útil condicionar al cerebro creando señales de entrada a un estado mental específico. Pero ¿qué hay en ese estado mental y a dónde vas cuando entras ahí?
Últimamente, como parte de mi trabajo de divulgación cultural desde el ocultismo y la mística, he leído mucho de artistas que utilizaron el lenguaje de la alquimia, la mediumnidad y la magia para entrar a este territorio. Hilma af Klint empezó a pintar sus abstracciones en 1906. Kandinsky—quien se lleva el crédito histórico— llegó años después. Ambos hablaban de espiritualidad desde distintos puntos: Kandinsky hablaba del alma de los trazos o de la manifestación del mundo interior del artista. Af Klint trabajaba con instrucciones concretas de figuras que llamaba Los Altos Maestros a través de prácticas de mediumnidad.
Austin Osman Spare, pintor, escritor y ocultista inglés de principios del siglo XX, desarrolló una técnica inspirada en los sigilos de la magia ceremonial. Convertía una intención creativa en un símbolo abstracto, para luego olvidarla conscientemente y dejarla operar desde un lugar más profundo que el pensamiento deliberado. David Lynch, mi artista espiritual predilecto, meditaba dos veces al día. Hablaba de las ideas como peces nadando por algún lugar en el que la práctica de la meditación es el anzuelo. Si quieres un pez chiquito, te quedas en la superficie. O puedes ir más profundo y pescar a los grandes.
Para estos tres —y muchos otros que también han usado la magia, los símbolos y la mediumnidad para crear— existe un territorio al que el pensamiento racional tiene acceso limitado y desarrollar una práctica para entrar ahí es parte del oficio creativo. Ahora bien, hay una diferencia entre tener una práctica espiritual y tener colaboradores o guías espirituales: los colaboradores ya están del otro lado, con perspectivas específicas, habilidades y con acceso a material que yo sola no podría haber encontrado.
Históricamente, la figura del artista como médium sirvió para desposeer a las mujeres artistas y espiritistas del siglo XIX. Hilma af Klint esperó décadas para mostrar su trabajo porque sus guías le dijeron que el mundo no estaba listo para entender lo que hacía, mientras la Historia del Arte construía su canon sin ella. Y luego está el tema de la autoría. El colaborador espiritual aporta perspectiva, acceso, habilidad, pero la decisión creativa sigue siendo del artista, igual que la autoría.
La demonología medieval también puso este tema sobre la mesa. Los grimorios están llenos de instrucciones para convocar entidades con especialidades concretas. Que este sabe de geometría, este de lenguas, este te cuenta secretos. La lógica es también la de la colaboración, invoca a alguien que sabe lo que tú necesitas saber —y no, no cuenta ChatGPT, por Dios—.
Hace poco me hicieron una lectura espiritual. Uno de mis guías fue en vida un storyteller; el otro, un intelectual y alquimista. Y mientras me hablaban de quiénes eran, me di cuenta de que llevaban toda la vida dictándome al oído los temas más recurrentes en mis trabajos de investigación y de ficción: las transformaciones, la mente, y hasta lo queer. Uno de ellos vive en un personaje que llevo años pensando y escribiendo. El otro dijo que nunca había podido escribir historias queer porque en su época lo hubieran matado por hacerlo.
La revelación fue hermosa, porque sus habilidades me complementan de formas concretas. Y ahora que sé que mucho de mí tiene que ver con ellos, a veces me pregunto: en mis mejores momentos, ¿escribo yo o escriben ellos? Y la verdad es que no importa. Porque si soy un canal para que ellos puedan decir en esta época lo que no pudieron decir en la suya, lo tomo, me da igual. Yo elijo este desdibujamiento, a diferencia del desdibujamiento que la historia le impuso a Hilma. No cambiaría nada de mi proceso creativo ni de mi equipo colaborativo, tampoco los temas que elijo: escribir sobre magia es una elección temática, pero escribir desde la magia es una postura epistémica y hay una diferencia sustancial entre una y otra.
Al final, traigo el bagaje de esos espíritus, pero no dejo de ser, esencialmente, yo. Yo soy el filtro y la puerta, soy quien toma la decisión final. Y al estar con ellos y conocerlos, creo que le he perdido el miedo al juicio del público.
Ahora me da más miedo decepcionar a mis muertos.
Julieta Navarrete (CDMX, México). Divulgadora cultural. Construye historias e investigaciones a través del prisma del esoterismo, de los arquetipos y del ocultismo histórico.
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La cuenta
Este texto es resultado del ejercicio de escritura que acompañó Lecturas perpetuas, nuestro primer club de lectura. A lo largo de cuatro sesiones, conversamos sobre Casas vacías, novela de Brenda Navarro.
Anoche soñé contigo, Marisol. Marisopla vagarosa. Mari de mi adolescencia tardía. Tan vívido te soñé… Estábamos en los primeros semestres de universidad y me contabas de tus hijos con tu olor característico a crema dermatológica medicada, a base barata, a maquillaje con bloqueador solar para que tu piel tan blanca no se arruinase con la canícula del mediodía bogotano y sobre tus ojos había sendos charcos de un mar antiguo que contenía la impotencia de evitar la operación de tu hijo varón, ese con el líquido desbordado en la capa más interna del cerebro y al que hubo que drenar con la instalación de una válvula, esa maldita válvula que le dejaría una cicatriz hedionda, notable a todas luces, para siempre.
Recuerdo tus facciones, el tono en tu voz; recuerdo tus preguntas: que si me acordaba de tu embarazo y tu apetito por nuestro amigo en común, Juan Pablo. Me decías que harías todo por volver a esas épocas, por volver a él; lo decías como una adolescente que recuerda todo menos la tarea, con todo y que ensayamos tres mil veces el diálogo modelo, aquel entre dos niños de la misma edad o parecida que sumían al lector en el letargo de los juegos y la anécdota; ese que pareciera que no pasaba nada pero pasaba todo, del que sabíamos el final y, sin embargo, llorábamos al enterarnos de su desaparición forzada por descuido de sus madres y por astucia del lobo feroz.
Decías tantas cosas, Marisol…
Algo más recuerdo que me platicaste; giraba en torno a términos y conceptos que se harían famosos en algunos años, porque en este país machista, decías, en este país de colonia maltrecha, de invasores europeos, no había alternativa alguna al fracaso, al hogar nostálgico de derecha absurda, de ultras de ultramar, allende los mares como nos gustaba burlarnos y que era prerrequisito para pasar por los talleres de guión que tanto anhelabas y te llamaban la atención, aunque nunca ibas a coger una cámara y filmar más que a tus hijos y no ibas a poder hacer un guión vendible o lograr un cortometraje filmado con los monitores de la biblioteca. Necesitábamos obtener buena nota, decías, porque de lo contrario no podrías disfrutar de la beca, esa que los curas de tu parroquia daban con tanto esfuerzo del culo de tu madre y de los rosarios que las señoras del voluntariado proponían para los viernes para poder llegar el domingo con la perversión olvidada y el perdón listo a obtenerse por vía del monseñor que manejaba los caudales de interés social que la comunidad religiosa aportaba generosamente para eludir impuestos y comprar conciencias y poder salvar de los arrebatos y descuidos a sus pastores más aventados que se echaban las lujurias con los más hermosos ejemplares del coro, niños y niñas, pederastas de oficio, malnacidos siempre.
Y mientras todo esto salía a tema, tu relato continuaba: debías dejar el semestre en limpio para que tu madre pudiera reverenciar al obispo y este a su vez calcular los descuentos en avemarías y padrenuestros y pedir por fin el permiso de edificar una catedral como la de Colonia y así, después, los muchachos que te rodeaban en el barrio, Giovanni y Gabriel, te acompañarían a inscribirte a biología, que era la profesión que de veras querías estudiar, sí, eso era lo que más querías en la vida y te llamaban la atención los estudiantes que no se parecían a aquellos de medicina o de administración o leyes, ni a los profesores con que solías bailar hasta el amanecer cuando eras una niña juiciosa de casa y estabas aún en el Colegio de la Santísima Pureza de María la Virgen, virgen siempre virgen y casta que nunca engendró un hijo por hombre sino por partenogénesis y esos fenómenos que estudiabas con el investigador de la Universidad Nacional Americana que iba contigo a las selvas y te llevaba por diversión y afecto y que te enseñaba todo lo que aprendía en los libros y con sus hipótesis alternas y neutras y los objetivos de los proyectos de investigación que la vicerrectora patrocinaba con un presupuesto muy grande asignado para que ustedes durmieran en carpas y luego pasaran cuentas de miles de millones con los materiales de laboratorio que costaban un montón y que aún así se iba todo a un banco en otra ciudad o en otro país y él no te dejaba ni oler los billetes y por eso quisiste hacerlo por tu cuenta.
Tu primera idea, decías, fue estudiar lo mismo y, sabiendo la técnica, decidiste que podías ganarte tú ese dinero, sin intermediarios, pero no salías a colectar los especímenes ni a hacer muestreos estratificados compuesto por parcela ni aplicar el chi cuadrado ni las estadísticas estandarizadas y los cuadros MANOVA o las pruebas genéticas y fenotípicas para identificar patrones y nuevas especies, pues tú preferías descansar al costado de ese hombre de investigaciones y tuviste que cambiarte a una carrera más liviana y decirme que tus hijos se perdieron a diferentes tiempos, uno primero, el niño, y luego la otra, la adoptada, que no importaba ya, que ya nada en la vida volvería a importar, Marijuli de mi corazón, Marisol, María de las praderas calientes, praderas donde tu sol pega bien fuerte y tus ojos ya no esconden la tristeza inobjetable de llorona de pueblo que camina preguntando por su estirpe mientras tu hija va de flor en flor y mientras tú, Marisol, Mariluna, MariLina, me explicas que en un descuido puede estar la diferencia y por ahí, por ese sifón, se va la vida y no hay marcha atrás.
Soñé contigo y en el sueño soñaste también con tu hijo que te preguntaba, cual Jesús sacramentado, ¿por qué me has abandonado? Y despertaste gritando, sin ninguna voz, y era una pesadilla profunda pues no podías hablar a quien reposaba contigo, a quien llevaste a la cama una vez más, con tu cara de mimo y la soledad aplastante de quien visita la tumba de un ser querido que acaba de morir, la cara pálida del desaliento, del maquillaje blanco con doble capa de crema protectora que invita a llorar por siempre, por los otros, por los vestidos para ver un partido de fútbol en la cafetería en pleno mundial que nos dieron unas chaquetas ciclísticas blancas como uniforme, unos cortafríos delgados que eran el salvoconducto para pasar por la plaza donde los vándalos irredimibles hacían la vida imposible y de paso el paso de los transeúntes hacía el otro lado de la universidad aunque tu preferías ir por las transversales y perpendiculares de la ciudad pequeña o del pueblo grande a ir por la calle principal o la avenida y juras haber visto en uno de ellos una cicatriz en la cabeza en el mismo lugar donde recordabas que Daniel tenía la válvula y ese muchacho era un empleado de taller con su uniforme sucio, engrasado, que cuando salía de su turno paseaba con una adorable compañera hermosa que bien podría ser Nagore, la hija perdida por tu desidia, tu otro descuido prematrimonial, tu imposición perdurable, la pelea eterna con tu marido, tu mandato más odiado y podías verlos en la cancha múltiple, en las zonas verdes, en el descampado de atrás del lote donde no vuelven los novios o si vuelven llegan tres o cuatro, uno o dos más, como fantasmas deambulando, zombis de otros mundos, de otros cuentos y los viste comiendo helado de vainilla y caramelos de algodón y manzanas acarameladas y ellos muy acaramelados como si les hubieran echado encima la sustancia viscosa esa y olían a perros calientes y a refresco, a helados de azúcar del refrigerador donde tenías sus fotos de Se buscan que pegaste con cinta magnética en esa puerta de pintura blanca descascarada que daba al patio de recreo de ese lugar donde te descuidaste y perdiste por primera vez algo que no era tuyo, per se, y que tenía otros nombres porque eran tus sueños más atormentados como esos cuentos de la mexicana que intentabas imitar en clase con el ejercicio propuesto y te servia de catarsis para tu desgracia infinita, paliabas un poco el insomnio que nunca te deja soñar en paz, ni vivir en paz, ni ser feliz, ni ser la persona dulce que cantaba con esa voz prodigiosa y que iba a las funciones teatrales nocturnas y actuabas como la gringa por tu pelo rubio oxigenado que contrastaba con las cejas negras o los vellos de tus brazos, de tus axilas, tus concavidades, esos sectores íntimos de placer con la mirada de hombres que pasaron por tu cuerpo o con tu marido que te ofrecía estabilidad a posteriori y que detestaste el día que volvió tu hijo hecho ya un hombre, con tu hija y una prole inmarcesible, inconmensurable, que arrastraban cadenas de oraciones hechas, prefabricadas, y tú ya estabas bastante vieja para hacerte cargo y cansada de esperar entre este gentío, gleba irredenta, muchedumbre de perdición de un pueblo de mierda que no tiene nada que ver contigo ni tu amargura, pueblo de gente retrasada que no querías ver más porque los habías olvidado, lo decidiste hacer el día que se robaron a Daniel y que murió para ti después de esperar en vano por siglos que nunca pasaron, tiempos por venir que nunca vinieron, que nunca fueron y, por si acaso, ya no eran parte de este mundo que se fundía en los bordes horizontales, tan extraños que te parecía haberlos visto en un video musical de la onda pop o del rock industrial progresivo y enigmático de los noventas del siglo anterior, una caja fantástica de tus fantasías de niña cuando no tenias la menor idea de qué ibas a ser ni previste a dónde ibas a llegar, las mismas fantasías filmográficas que tus películas hechas en video 8 nos ofrecían y hacías de David Lynch en tu versión femenina, como gustabas etiquetarte, y veías las pelis de Bela Tarr sin dormirte y decías que eso sí que era cine de verdad y acariciabas al gato que era tu única compañía porque todos habían heredado tu abandono de tiempos inmemorables, tu desgracia, tu destino fatal de mujer enamorada, de madre indolente, desprendida, indiferente y todo por teclear ese teléfono tratando de revivir un amorío pasajero. No te percataste de que era el final: la suerte o la muerte, el ángel asesino que revela tus intenciones de conectar, por conveniencia, con todos menos conmigo y te declara, con la mayor frialdad, que tú ya estás muerta.
Y ahora prendo el televisor. Pasan una película en blanco y negro, una de detectives de TCM. No ha amanecido aún y el brillo de la pantalla me dice que debo volver al sueño, a soñar contigo, Mari de mi corazón, Mari tu nombre, Marimar, MariAmor.
José Ricardo Cobos (Colombia) escribió este cuento.
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Sean Toja (CDMX, México) es un artista multidisciplinario, collagista, productor y coleccionista de vinilos basado en Mérida, Yucatán. Es creador de la fiesta Amarillo, el programa Frutas Selectas y del taller de collage Drink & Cut, que cuenta con más de 20 ediciones en distintas ciudades. Sus DJ sets y remixes transitan entre world music, obscure disco, balearic, house noventero, electro y boogie.
























