Queremos encontrar al siguiente Premio Nobel de Literatura. Creemos que puedes ser tú. Por eso, queremos dejar tan abierto como sea posible el proceso para escribir con nosotros.
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Pero ahora, volvamos a la literatura…
Díptico
de Adriana Mosqueda
I. Escucha el juego de la luz, El claroscuro. Ya sé que dirás Que no puedes oírlo con los ojos, Que ya empecé con mis sinestesias extrañas Pero mira hacia afuera Entorna los párpados Y deja entrar un halo de sol El murmullo: Las ramas batiendo flores Un pájaro trinando viento Mi aliento agitándose en tu cuello. El árbol de tu balcón Perdió las hojas, Y ahora naufragan hacia adentro. Secas, Con su sonido de muerte dulce Jugando a la vida Con una desnudez Que recuerda a la nuestra: Tú, Yo, Con este otoño en la boca, La carne misma La nostalgia intacta. II. No pasa nada Ya lo estás viendo: Ninguna luz en la noche oscura Que alerte de un incendio Ningún maullido de gata en celo En los tejados que frecuentas Deslizándote a escondidas Como sombra de nadie. No hay una sola hoja arañando el asfalto Partiendo el silencio nocturno Sin embargo hay ruido, Un bramido que no cesa, Uno que solo tú escuchas, Como un aguacero en el pecho. Quieres pedirle que se calle Gritarle a tu grito que no aúlle Despojarte de lo roto Fingir la risa Escaparte al lugar ese Donde todo es nuevo Como si atravesar la tierra Enmudeciera el eco de adentro.
Nota del editor: Todo y nada; tanto y tan poco. Esa es la dicotomía de estos versos que es, también, la de la vida misma. Primero, buscar que el mundo te abrume. Después, querer evitarlo por completo. Cuando los leí, pensé en amores pasados e ilusiones pasajeras. Pensé en tiempos más cálidos y otros más tristes. Pensé en lo que significa estar vivo y los altibajos que eso conlleva. Eso es la poesía, he de creer.
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Fanes herido
de Angelo Chacón Sequeira
No fue Leandro más desdichado al perder la luz venturosa de sus noches que yo —vida mía— ante esta malquerencia que anuda mi garganta y barrena el luciente pecho de Fanes: aquel que dispersa las brumas más oscuras con sus alas de oro y arrebol, aquel cuyo aleteo me envolvió en devoción cuando en tus ojos descubrí el néctar bermejo y la ambrosía del alma. No, no fue Leandro más desdichado: henchido de esperanzas, creyó que la ardua tormenta entorpecía su visión del sagrado fuego. Arrastrado por las aguas rigurosas, jamás dudó de su dulce amante. Pero tú, mi Hero, has apagado las llamas del faro mientras te veía desde la costa, y no me han hecho falta palabras para entender lo que eso significaba.
Nota del editor: Lo habitual es decir que ya no hay poetas como los de antes. Que, en español, algo pasó después de Rubén Darío; dejamos de escribir de griegos y de musas para hacer versos de una modernidad extraña, sin mitos ni métrica. A esa norma, se opone Chacón. Ya es una costumbre en Perpetuo terminar nuestros comentarios sobre la poesía de este siglo con un adendum: «bueno, excepto Chacón». Estos versos, también, lo demuestran.
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De la orilla hasta el cielo
de Ana Victoria Guevara
Nadie fuma ni duerme las niñas reciben la costa en el pecho de luz horas y horas y horas por los hilos del agua vieja por la vasija blanca y los días reflejados en dos mares goteó la vida gateó la vida una nueva casa en la playa con trozos de ballena esparcidos de la orilla hasta el cielo.
Nota del editor: Crecí cerca del mar—a dos cuadras de él, para ser exactos—. Tengo cierta deferencia a las metáforas, como esta de Guevara, que le aluden. No había pensado en la costa como un referente a la vida; ahí donde el agua gotea entre partículas de arena y donde aparecen, de vez en vez, los trozos de ballena que son la existencia misma. Vestigios de eso que va quedando en nuestros andares oceánicos.
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El día en que Saramago me puso frente al espejo
de Jorge Alberto López-Guzmán
Hace un tiempo, cuando me gradué del doctorado —ese rito moderno de paso que promete certezas, pero deja, paradójicamente, más preguntas que respuestas—, un amigo, o mejor dicho, mi mejor amigo, Andrés, me regaló un libro: El hombre duplicado, de José Saramago. No fue un obsequio cualquiera. Andrés sabía —porque los amigos verdaderos lo saben sin necesidad de explicaciones— que Saramago es uno de mis escritores predilectos. Ese día insistió, casi con una certeza inquietante, en que debía leerlo. “Te va a gustar”, me dijo. No lo dijo como quien recomienda una novela más, sino como quien entrega una advertencia disfrazada de regalo.
Yo agradecí el gesto, prometí leerlo pronto y lo dejé, como solemos hacer con tantas cosas importantes, en esa repisa invisible llamada pendientes. Pasaron los meses. Y cada vez que me encontraba con Andrés, volvía la pregunta, insistente, casi acusadora:
—¿Ya lo leíste?
[…]
Nota del editor: Siempre he pensado que la originalidad personal es solo la concatenación de otras tantas individualidades ajenas. Salgo de leer a López-Guzmán con cierto entusiasmo de ver esa idea en otro sitio; que la misma idea, a su vez, se viera en Saramago tiempo antes. Una poeta a la que admiro alguna vez dijo que escribíamos para dejarle testimonio a otras generaciones que estuvimos aquí; que nosotros, también, vivimos. Este ensayo se siente como un testimonio
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Crecimiento, igualdad y justicia
de su amigo, el editor, J.L. Sabau
Seré directo—este argumento es para inspirar premura—. La única manera de erradicar la desigualdad en nuestras vidas—e, incluso, de salvar a nuestro planeta—es si llegamos a un nivel de crecimiento y productividad más grande del que hemos vivido hasta ahora. En otras palabras, necesitamos una revolución tecnológica que, con premura, nos lleve a multiplicar la riqueza—como ha prometido la IA, aun si, todavía, batalla por lograrlo—. De otra manera, para que no quede duda alguna de lo que digo, el objetivo de una equidad global es inimaginable sin un compromiso contundente con un crecimiento voraz—por no decir, desmedido—.
Para probarlo, he de hacer algo que, con frecuencia, evado. Un profesor al que admiro y respeto en desmedida alguna vez me dijo que, en el futuro, él siempre diría que yo fui alumno de la facultad de letras y que mi título era, en realidad, uno de literatura comparada. En la mayoría de los casos, concuerdo con él. Sin embargo, de vez en cuando me toca asumir la realidad que, en lugar de acabar el título de letras, fui politólogo y economista—a placer de ambos padres míos; a desdicha, probable, mía—.
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En fin. Este argumento es uno que combina todos mis estudios tanto en economía como en teoría política; con unas palabras literarias de por medio. Su propósito es claro. Convencernos del imperativo de crecimiento si, en verdad, queremos ver una sociedad igualitaria en nuestras vidas. (Aprovechando para rescatar el debate que, hace años, comenzó Branko Milanovic y, con el cual, coincido).
[…]
Nota del editor: Esta es de mis perspectivas inesperadas. Me parece buen espacio para compartirla. Los números no me dan. Aún si lográramos redistribuir la riqueza desenfrenada de nuestro planeta, no lograríamos una vida de abundancia. El ciudadano promedio viviría como se vive en Bolivia. Necesitamos crecer más; mucho más. No hay cómo evadirlo.
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Feroleto
de Julia Barandiaran
Pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Lo sintió vibrar en el bolsillo trasero del pantalón. Consultó su reloj de pulsera moviendo la muñeca para evitar el reflejo del sol que se colaba por la ventana. Casi al mismo tiempo sonaron las siete campanadas de la iglesia. Perfecto, dijo en voz alta y siguió juntando el polvo, como cada día desde que habían empezado a cambiar el empedrado en Via Castello. Se pasaría el verano luchando con la tierra. Después encendió la cafetera, cambió el barril de la Moretti, lustró el bronce de las canillas de cerveza, contó el dinero de la caja registradora y finalmente anotó el monto en la libretita que guardaba en la gaveta lateral. A las ocho en punto dio vuelta el cartel de “cerrado”, giró la llave de la puerta y abrió.
El padre Paolo y Salvatore, el empleado del Comune, llegaron los primeros.
—Buen día, Giuseppe.
Se sentaron en una de las mesas de la terraza techada y encendieron sus cigarrillos, escrutándolo sin disimulo. Él les sirvió el desayuno como siempre; no se dio por aludido. Después llegaron los muchachos que trabajaban en la obra. Poco a poco, el bar se llenó de hombres y conversaciones en dialecto: el calor, la cosecha, los jabalíes que habían destrozado los cultivos de Mazzini. Lo más preocupante eran los incendios. Si las temperaturas no bajaban, el fuego llegaría hasta los bosques del Aspromonte. Lamentablemente, las previsiones anunciaban picos de 39 a 42 grados y fuertes vientos del sur. Entonces todos pensaron, pero nadie dijo que el cuerpo estaría muy descompuesto para cuando la policía lo encontrara.
[…]
Nota del editor: García Márquez argumentaba que Crónica de una muerte anunciada era la novela de misterio a la inversa. Todos sabían que el personaje principal moría, excepto él. Feroleto es un paso más en la misma dirección. Todos los personajes saben del crimen, pero no se lo dejan saber al lector hasta su final. El género del misterio sigue vivito y coleando.
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Cada año, cientos de parejas extranjeras viajan a Colombia. No me refiero a esas que van con ánimos de conocer el eje cafetalero o bañarse en las aguas de Santa Marta. Hay otro turismo que crece en el país: el de rentar un vientre.
Se estima que, solo el año pasado, en Colombia se dieron unos 1,200 embarazos subrogados. Es decir, procesos mediante los cuales una mujer renta su vientre para llevar el embarazo de otra pareja—un ovulo ajeno; un esperma ajeno—. Las gestadoras son compensadas por el esfuerzo, lo cual atrae a mujeres de los sectores más humildes de la sociedad colombiana.
Catalina Gallo se colocó al centro del debate esta semana, hablando con mujeres que rentaron sus úteros y expertos en el tema. Todo para mostrar que la discusión va más allá de la controversia.
Gestar a un hijo ajeno
de Catalina Gallo Rojas
Después de que los médicos sacaran al bebé de su útero, Gisell Sánchez no lo vio ni lo cargó. Se lo llevaron. No fue porque estuviera enfermo o porque ella no lo amara, sino porque ese recién nacido no era suyo; no le pertenecía. Se había gestado en su vientre con un embrión formado por el óvulo de otra mujer y el espermatozoide de otro hombre diferente a su esposo. El bebé se lo entregaron directamente a los padres biológicos quienes lloraron de emoción.
A ella la llevaron a una habitación privada para su recuperación.
Le dieron medicamento para frenar la lactancia y luego los padres le preguntaron si quería conocer al niño. Ella aceptó y lo cargó. Hoy tiene en su oficina fotos que la pareja le manda de su hijo y una carta en el que la tía le agradece por haber gestado a su sobrino.
En eso no está sola.
Recientemente, Colombia se ha colocado como uno de los países más buscados por extranjeros para realizar embarazos por gestación subrogada. Es decir, una pareja extranjera que renta un útero ajeno para gestar su embrión. Madres y padres extranjeros; colombianas que llevan el embarazo.
[…]
Nota del editor: Recibí la propuesta de Gallo como quien sabe que va a meterse en controversia. He consumido poco del debate sobre los héroes subrogados, pero suficiente para saber que muchos lo categorizan como un práctico moral y lo critican absolutamente. Por eso, cuando leí lo que entregó Gallo, quedé perplejo. Lo suyo no era un argumento más en contra; era una historia de humanidad, empatía y, sobre todo, de gratitud entre muchas mujeres. Una de las crónicas más humanas que hemos publicado en Perpetuo a la fecha.
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