Queremos encontrar al siguiente Premio Nobel de Literatura. Creemos que puedes ser tú. Por eso, queremos dejar tan abierto como sea posible el proceso para escribir con nosotros.
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Pero ahora, volvamos a la literatura…
Nota del editor: Esta semana, los poemas del 3,2,1 son un adelanto del siguiente poemario de Eugenia Pozas. A Pozas la conozco desde hace ya un par de años, cuando recién publicaba su primera colección de versos bajo el título Náufragos. En estos nuevos poemas, aprecio la madurez de una poeta que empieza a entender los versos como una cuestión de técnica más que de serendipia; la de un estudio riguroso. Sus metáforas dejan de ser suspiros para hacerse en comentarios precisos; sus versos están pensados para llevarte desde los ríos contaminados de amores que no se dan, hasta el tierno resguardo de las arcas del Génesis. Y ese es solo el principio de una voz poética que mejora con cada palabra que escribe.
Cold War
de Eugenia Pozas
Si quisieras matar nuestro río, podrías encontrar muchas maneras de hacerlo. Del drenaje de gritos emana el plomo que termina por infectar los pulmones. A veces percibo tu mirada a punto de chorrear mercurio. El agua corre por mi cuerpo con miedo. Podrías hacerlo, rasguñar con níquel y arsénico, corromper sus embalses de cromo brillante. Podrías.
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Arks
de Eugenia Pozas
Mi atlas es tan viejo como tú. Verdades serpentinas caen, sus pelos arrancados. Crecen latas vaciadas del césped como hongos que brillan bajo el corte de la luna carnosa. El parque se balancea. A él se subieron todos los animales en pares para salvarse del fin de la tierra. Tu respiración, una hamaca que arrulla de lado a lado. Lo que sale de nosotros cuando dormimos es un loro tricolor. Sus alas, como paraguas, nos protegen de las lluvias. A lo lejos se escuchan los truenos, de cómo todo va creándose.
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Pure
de Eugenia Pozas
Eres un fenómeno. Cada vez que hablas me crece más el árbol, me brotan más ramas, me respiran más seres del pulmón con el que cantan los encinos, un aire prístino como el aliento que forman tus palabras.
Nota del editor: Nuestros poemas en esta sección han pecado de alegres. De cierta forma, me alegra que a Reyes le rompieran el corazón. Es un recordatorio de que la emoción humana—y, de su mano, la poesía—abarca un espectro tanto mayor que el deseo, el anhelo o la reflexión. En ella caben, a su vez, las lágrimas más hondas y los lamentos más sinceros.
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La paradoja del turismo aspiracional
de Roberto Zárate Sánchez
Soy de las montañas de Heredia. Aquí decimos que son marañosas. Tienen mucha densidad. El sonido metálico del jilguero inunda el espacio. La Oreothlypis gutturalis salta en el dosel y, como esas piedras del suelo marino que se convierten en pequeños destellos ante la luz solar y el devenir de las olas, su garganta de fuego resplandece. Los robles, con sus parásitas que parecen anémonas rojas, producen una oquedad absorbente. Al adentrarse en ellas se pierde toda idea de eje o de centro.
Son frecuentes, más de lo que deberían, las noticias de personas que, buscando un cerro o una especie vista en redes sociales—en su mayoría pajareras—se pierden y tienen que ser rescatadas. Se adentran con sus cámaras, sus pantalones tácticos, sus zapatos burros y sus chalecos multifuncionales. En ocasiones, incluso, llevan parlantes para emular el sonido de las aves. Buscan tomar fotografías. Han modificado las rutas, el ecosistema y el paisaje natural.
En Costa Rica es algo diario. Hace algunos años, cerca de Cerro Dantas, un bus abandonado se convirtió en una escenografía viral. Grupos de personas llegaban a tomarse fotos. Era común encontrarlas en Instagram acompañadas por frases de Alexander Supertramp. Tuvo que intervenir el SINAC —Sistema Nacional de Áreas de Conservación—, ya que se estaba generando una presión ambiental muy importante cerca del refugio. El caso, que no es un fenómeno aislado, se puede googlear como «El bus místico de Heredia». Otro ejemplo es el llamado Cañón de Mordor. Se lo presenta como un paisaje sacado de la meseta de Gorgoroth. De la misma manera, se generó un desequilibrio en el ecosistema que implicó la intervención de la institucionalidad pública.
[…]
Nota del editor: El turismo ha sido el tema de la semana en Perpetuo. Nos consumió, primero, con la crónica de Alonso Millet en nuestro estelar; ahora lo hace con este ensayo camaleónico de Zárate. Es una diatriba en todo lo que la palabra significa; una denuncia pública y una batalla personal. Todo por entender al turismo moderno.
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La lectura tras la IA
de Mia Penfold
El trabajo, especialmente el trabajo del conocimiento (o trabajo de cuello blanco, como le dicen en Estados Unidos), requería antes —no hace tanto— del uso de nuestros cerebros. La IA está cambiando esto y nos obligará a replantear fundamentalmente nuestra relación con nuestras mentes, ahora ociosas.
Tomándome ciertas libertades históricas y narrativas, me atrevo a argumentar que esto no es tan distinto a cómo la revolución industrial cambió nuestra relación con nuestros cuerpo; cuando también se transformó la manera en que los usábamos para trabajar.
Los seres humanos —o al menos, los más privilegiados— pasaron de arar campos a sentarse frente a escritorios; de cortar leña a asistir a reuniones. Para la mayor parte del mundo desarrollado, el trabajo de oficina se convirtió en el modo de empleo por excelencia y las ocho horas sentados frente a un escritorio, se hicieron en el estilo de vida por defecto. Pasamos de usar el cuerpo para subsistir a usar principalmente el cerebro. El cuerpo, en cierta medida, dejó de ser una herramienta.
[…]
Nota del editor: Por lo general, evito leer ensayos sobre la IA. Me parecen, en su gran mayoría, tendenciosos y escritos por gente que no sabe siquiera la diferencia entre Claude y ChatGPT o que está tan inmiscuida en tecnicismos que hacen inasequible el tema. Las palabras de Penfold me parecen una rara excepción a la norma. Es el ejemplo de cómo quisiera que pensemos en los años venideros: con destellos de los pasados. En Penfold encuentro uno de los primeros argumentos de cómo podrá verse el mundo en unas décadas cuando explique a mis nietos lo que fue vivir sin IA y tener que leer con desesperación en lugar de placer.
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Todavía me acuerdo, aunque fue hace mucho tiempo
de Claudia Ortega
Todavía me acuerdo, aunque fue hace mucho tiempo. Vivíamos ese momento en el que medíamos los años con los cursos, ¿te acuerdas? Nos mareaba más septiembre que enero y te despedías de más cosas en agosto que en diciembre. Yo sí me acuerdo. No he conseguido olvidarlo. Cierro los ojos y lo recuerdo, igual que recuerdo el verte por primera vez.
Estaba en aquel viejo local, donde ya se habían acostumbrado a mi presencia y a la de los chicos, e incluso el dueño (que nos había apadrinado durante ese verano en el que rozábamos con la punta de los dedos la veintena) nos concedía el inmenso privilegio de elegir canciones que dieran un ambiente “juvenil”, como decía él. Recuerdo que estaba apurando lo que quedaba de mi copa, intentando que se me pasara un berrinche estúpido por un rechazo a mi propuesta musical, cuando Carlos interrumpió mi monólogo interno para comunicarme que había entrado la chica nueva de la facultad, esa de la que habían estado hablando antes de que llegara todo el mundo. Me contó que se decía que siempre llevabas faldas largas con mucho vuelo, que te reías muy alto y que tenías los ojos verdes más bonitos que Madrid había visto jamás.
[…]
Nota del editor: Hacía tiempo que no sentía mariposas en el estómago. Perdonen la cursilería, pero a veces es bien merecida. Cuando uno encuentra una buena historia de amor, hay que hacerle justicia y jugar con su mismo romance y cursilería. Ahí la belleza del romance, nos consume y obsesiona.
Lee el cuento completo:
Alonso Millet llegó a Perpetuo con una idea vaga. Quería escribir sobre el sudeste asiático y su reciente viaje a la región. Le dimos rienda suelta y el resultado fue mucho mayor.
Su texto es una narrativa personal, pero también un ensayo que trata de entender el turismo y una batalla filosófica con la otredad. Es tantas cosas en una que hasta Millet inicia tratando de explicarse el cómo contarlo. Es, en resumidas cuentas, lo que debe ser un ensayo: un intento por entender al mundo.
Para contar una historia de aventuras
de Alonso Millet
He dado mil vueltas a cómo contar las impresiones de un viaje —mi viaje— para que posea el beneficio de esas historias que se leen durante el desayuno, como distracción en el trabajo, durante la cita fecal con el inodoro o mientras sobrevuelan horas muertas en el transporte público a merced del lector. Es decir, una historia que valga la pena contar, así como yo recuerdo mis semanas por el sudeste asiático —de las que, prometo, hablaré—.
Hacerlo a modo de crónica sería la respuesta más “acertada” —entre comillas para no denotar pedantería—; o sea, la narración de principio a fin de los hechos. No obstante, a criterio personal —y exhibiendo tantita de esa pedantería—, una crónica ha de poseer la frescura de la memoria: una narrativa recién salida del horno, con los hechos desvirgados cual palabras que adquieren una madurez física en la hoja impoluta: hechos que puedan sentirse más próximos a lo real.
Ese no es mi caso.
[…]
Nota del editor: Cuando acabé de leer la crónica de Alonso (o su ensayo o su tratado), acababa de llegar a casa de un viaje a los Estados Unidos. Sentí una tristeza incontrolable de ver, en mis viajes pasados, que era yo un turista y no un viajero. Espero que todos pasen por lo mismo; espero todos vuelvan a pensar en cómo ven al mundo.
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