Querido lector,
Hemos cambiado. Así como hace la gente con los tiempos, creemos que han de hacerlo también las revistas y sus secciones. Si la escritura es un reflejo de los autores y, los autores, están en una metamorfosis constante, no existe motivo ni excusa que justifique a Perpetuo el quedarse estático. Por ello, esta semana, tras meses de deliberación, les presentamos nuestra nueva sección literaria: El creativo.
Queremos tener el mejor suplemento literario del español—y, por extensión, de cualquier idioma—; uno que refleje, en cada uno de sus componentes, a este siglo que nos ha tocado en su osadía, ingenio y frenesí. Osado por atreverse a tocar temas que incomoden. Ingenioso por mantener ideas audaces y explorar conceptos novedosos sin bajar, jamás, una calidad que es sinónimo de excelencia. Frenético, más bien, en yuxtaposición. En un siglo en el que la atención es cada vez más corta y los medios pelean por segundos de ella, queremos ser tu pausa consciente; el lugar donde vas para leer buena literatura, encontrar tu siguiente lectura por medio de reseñas o, sencillamente, para hacerte de un respiro al final de la semana.
Todo eso es El creativo.
Cada viernes, te compartiremos entre tres y cuatro textos altamente curados y trabajados por nuestros editores; les acompañará siempre una portada hecha por artistas en la vanguardia de lo visual. Buscaremos a los mejores autores en cada rincón del planeta para traerte la frontera del idioma. Habrá siempre un cuento y un poema; el resto serán «comodines» que varían entre reseñas, ensayos, perfiles y cualquier otro género que cumpla con la osadía que valoramos como medio y la excelencia que ha de ser sinónimo de Perpetuo.
Con esto, nos despedimos del 3,2,1; de los tres poemas, dos ensayos y un cuento que, religiosamente, les hemos compartido los viernes por meses. A ese querido amigo, le damos las gracias por detonar en el español una curiosidad faltante por harto tiempo: la de una costumbre semanal de leer buena literatura. Ese espíritu se transmuta a estas páginas; es el mismo que queremos para El creativo.
Con ello me despido. Dejaremos a los textos ser y, salvo breves intromisiones, no habrá cartas así de amplias de editores injerencistas. Estarán solo las palabras; las palabras, que, con los siglos, son todo lo que queda.
Perpetuamente,
J.L. Sabau
Editor general
Este fin de semana se termina una nueva Copa Mundial de Fútbol. Para ser exactos, la vigésima tercera edición en casi cien años de historia. Hoy, por nuestra parte, empieza el primer volumen de El creativo. Una síntesis de ambos nos regala Carmen Ferrer en su portada, al tiempo que cada texto retoma temas ajenos a la fiesta más grande del deporte.
En estos tiempos de finales y principios, traemos textos inquisitivos. El ensayo de Abraham Soto, por su parte, nos ilustra lo absurdo en el espectáculo con la ingeniosa solución a una pregunta: ¿qué pasaría si Laura Bozzo—la controversial presentadora—siguiera las reglas del debate en sus programas? De esa ilusión se aleja Elías Ron en su poema, Un cigarrillo, cuyas sobrias imágenes narran la melancolía de nuestro tiempo. Bruno Aramburu, por su parte, apuesta más por la nostalgia y el erotismo, haciéndonos sentir a flor de piel lo bello de compartir la tristeza. Finalmente, recapitulando lo caminado en las últimas décadas, Zanny Minton Beddoes, redactora en jefe de The Economist, articula un discurso que propone, principalmente, observar: lo buscado, lo encontrado, lo todavía ausente.
Quizá, como sugiere Minton, el único modo de hacer que cuatro historias coincidan, es sentándolas a dialogar…
Laura dialéctica
de Abraham Soto
Mucho se ha escrito de que a Laura Bozzo realmente no le interesa ayudar a la gente, sino comerciar con su desgracia. La acusan de bruja explotadora y capitalista (nunca entendí bien eso de acusar a la gente por capitalista, ¿acaso alguien prefiere todavía el sistema de trueques?), pero a pesar de su historia personal, hay que reconocer que Laura tiene lo suyo. Tiene sus méritos agarrar a una señora guadalupana y persuadirla de que “no sea pendeja” y que “deje a los malos hombres”; que trabaje y que se dé a respetar. Ya sea Laura en América o Laura en México, la señorita Laura nunca discrimina entre exhibir al ofensor y al humillado: ambos salen papeados…
Recuerdo bien cuando debutó el programa de Laura en México, nos dio mucho para reflexionar. El programa es tan malo y caótico que sencillamente es sublime; en él se funden los pares opuestos del alma humana.
En un momento del talk show Laura pide respeto y al siguiente llama desgraciados a sus invitados (con Paquita la del Barrio como backup, quien más bien se limita a asentir con la cabeza). La gente súbitamente llora o ríe —a veces las dos cosas a la vez— y bailan, todos bailan; luego otros discuten y el público se regodea. Paquita se queda sentada en su sillón con una mirada completamente ausente, quizá indagando en los argumentos sofistas de los debatientes. Después de unos minutillos de incitar la pachanga, Laura perversamente pide orden y silencio en su set. Ya quisieran los guionistas de Televisa escribir algo así de chistoso.
Pero preguntémonos qué pasaría si los programas de Laura renunciaran a todo ese folclore; qué tal si de verdad siguieran las reglas de un debate como debe ser, con ella como moderadora, y las ideas fueran claras y bien planteadas en lugar de espontáneas y desordenadas.
Bueno, si Laura hiciera un programa de discusión con ese formato, imagino que versaría más o menos así:
Las tribunas comenzarían a aplaudir con un gesto uniforme y ropa formal. Una voz diría: «¡Bienvenidos a Laura en Dialéctica!», mientras el tema oficial del programa comienza a tocar algo impactante, pero sobrio (quizá un concierto para violín de Vivaldi o una sonata de Beethoven). Entonces llegaría Laura a presentar el programa, desconcertándonos por la ausencia de su guardarropa de leopardo, vistiendo en su lugar un saco gris con pantalones de dril negro; además, tiene el cabello recogido hacia atrás y, por alguna razón, usa lentes. Como invitado musical estaría tal vez Joaquín Sabina, íntimo amigo suyo, quien ha seguido la trayectoria intelectual de Laura desde hace varios años. El público risotea por un par de chistes políticos o filológicos que intercambian Laura y Joaquín; luego llega el momento de presentar a los invitados.
Pasan un video de una señora de tez clara y elegante, tranquilamente sentada en un set con fondo negro (cabe mencionar que la toma de la cámara nunca cambia). Ella nos describe las infidelidades de su marido, quien, complotando con su secretaria, pretende hacer unas adquisiciones fraudulentas utilizando su buen nombre con el fin de hacer que la encarcelen y, finalmente, escapar con el dinero y la amante. Al concluir el video la invitada entra al set, donde la sientan en la mesa de debates, del lado opuesto donde seguramente se sentará el esposo. La señora María nos expone su argumento de forma clara y precisa; la misma historia del video, pero ampliando en su descripción.
Entonces viene el turno del apologista. Laura no grita desgraciado con música inmunda, sino «Háganme el favor de hacer que pase el esposo, muchas gracias». Se siente una espesa discordia en el set cuando él entra y se sienta frente a María, con Laura en medio de los dos. Todos guardan silencio. Raúl lo niega todo y argumenta que el peso de la evidencia recae en aquella persona que hace la afirmación; como su esposa no tiene más prueba que su palabra, entonces está cometiendo una acusación vacía. Laura asiente, dándole una falsa sensación de seguridad. Pero a la vuelta del corte comercial, aguarda una sorpresa que nadie esperaba: se trata de la amante de Raúl, quien viene a revelarnos la verdad.
Ante las continuas provocaciones de su marido, María pierde el control temporalmente y blasfema: «¡Ya ve lo que le digo, señorita Laura! Es que él es un desgraciado, un mal hombre». Indiferente a sus lágrimas, Raúl contesta diciendo que cómo es posible: «Señorita Laura, ella está cometiendo una falacia ad hominem, la validez de su premisa no puede basarse en juicios o ataques personales». Laura calma las aguas, recordando que es necesario mantener el lenguaje civilizado: «Éste es un programa familiar; sé que es un reto emocional para ti, María, pero no hay necesidad de enunciar tales calificativos al aire. Desgraciado es una palabra que no usamos aquí».
María y Raúl se baten en una presentación interactiva de premisas y argumentos. Aunque él pretende hacerla quedar en ridículo con una máscara lógica, la evidencia es contundente con la nueva presencia de la amante en el set. Laura le pregunta a Sabina, que se ha sentado a tomar un trago por ahí, por una alternativa a los paradigmas unidimensionales del matrimonio a los que estamos acostumbrados. El cantante responde que no es malo ser mujeriego, lo malo es mentirle a las mujeres. El público ríe frente a esta ruptura de pensamiento que Joaquín ofrece tan contemplativamente.
Entonces surge un espíritu Nietzscheano que siempre ha estado presente en los programas de Laura, donde en medio del abismo y de la nada, el ser humano baila: llega lo dionisíaco, el levantarse de las cenizas. Esta danza espiritual invade el set y Laura llega a conclusiones inesperadas sobre la condición humana, demostrando una vez más que el ser humano es un ente pluridimensional
Pero éste espíritu no es propio de Laura en Dialéctica, no señor. Todo esto nos lo regala la Laura original, cuando una viejita que parece Mamá Coco está llorando a moco tendido porque se le murió su hijo o se le quemó el negocio, o algo así; y Laura le dice que se calle, le regala un carrito de elotes y la pone a bailar a moco tendido en el set, como si Laura fuera la representación misma de Zorba el griego.
¿Cómo no ver a Laura?
Abraham Soto es escritor creativo, productor y guionista. Licenciado en Comunicación y Maestro en Docencia Superior.
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Soñamos un sueño
No había rastro ni fotografías de él en los lugares comunes de esa enorme casa, pero su ausencia se podía notar entre las cortinas, los muebles, las botellas de alcohol y la falta de juguetes. Se podía sentir el abandono en cómo los niños saludaban, en cómo comían siempre con la cabeza agachada y se notaba en su único juego: mirar por la ventana. Pasaban horas pensando y esperando escuchar el giro del picaporte y el rechinar de la puerta, lo cual se cumplía tres o, con suerte, cuatro veces al año. Él tenía muchos negocios en las afueras de Cincinnati y con la excusa de no tener suficiente dinero, ahí se la pasaba hasta los fines de semana. La única ocasión en la que vi su rostro fue en un marco cubierto de cristal al lado de la cama, donde ella y yo hicimos el amor. Hoy no sé si estuvo bien meterme como parásito entre tanta tristeza y probar la vulnerabilidad de una señora mayor, pero no puedo negar que fue algo bellísimo sentir a momentos el salvaje e intenso esfuerzo con el que ella intentaba recuperar su juventud. Solamente una vez la probé por completo y ella respiró en mi oído mientras volteaba el marco de cristal para poder continuar sin el pudor que le causaba la mirada de su esposo.
Con la quietud y la calma que se vivía en ese lugar, la sala parecía inhabitada. Todos los muebles apuntaban hacia la ventana en vez de al televisor y era muy raro ver a dos niños pequeños sufriendo ya de tanta pesadez. Apenas se escuchaban voces desde el cuarto de juegos donde la señora Ortiz y sus amigas tomaban sin hacer mucho escándalo, mientras que en la sala donde me tocaba cuidar a los niños se sentía un silencio terrible. Esos dos niños desde la mañana sentían el tiempo muerto y seguramente crecerían para ser alcohólicos al igual que su madre. Sus miradas perdidas en el movimiento de la cortina y los alumbrados de noche me recordaban a mi abuelo, quien en sus últimos treinta días de vida, tocado por acumulación de infelicidades, se sentó a esperar a Dios. Murió solitario y con la cara contraída; su silla reclinable apuntaba hacia la puerta de vidrio en espera de algún milagro secreto.
El hijo pequeño se llamaba Miguel y padecía graves problemas de mareos. Después de largos ratos sin moverse, su cuerpo expulsaba la desesperanza en forma de vómitos repentinos que rebotaban hasta las paredes y la alfombra. Mi único trabajo era limpiarlo; les juro que nunca me hubiera imaginado poder ver tanta nostalgia en los ojos de un niño. Su papá los visitaba por unos días. Se iba para el aeropuerto, dejaba en el aire su recuerdo y nunca se le olvidaba prometer su siguiente llegada. No se me haría raro que tal vez Miguel y su hermano Martín tuvieran otros hermanos de otra madre al norte de Estados Unidos.
Siempre voy a mirar con ternura aquel día en el que, por primera vez, sentí algo por una mujer. Igual fue el día en que tomé mi primera cerveza.
Toqué el timbre. Abrió la señora Ortiz muy bien vestida: tacones, labios rojos y un escote que rozaba los límites de la vulgaridad. El atuendo se debía a que venían dos amigas suyas a jugar backgammon como excusa para beber y escuchar baladas lentas. Como siempre, pasé a la sala sin siquiera saludar a los niños; me quedé en una esquina esperando a que Miguel vomitara. Mirando el trapo sucio después de rozarlo contra la alfombra, me daba cuenta de que a todos en esa casa se les empezaba a caer el pelo y le pedían a la vida que estos niños nunca tuvieran recuerdos de su infancia. Yo conservo poca memoria de cuando tenía seis años, al igual que Miguel, y siempre me he aferrado a esos recuerdos borrosos, asumiendo que fueron años de fiestas y regalos…
Hoy pienso a diario en los tacones que se ponía para recibir a las visitas y el modo en el que a diario bebía para poder ignorar el ambiente frío y abandonado de su casa. No puedo dejar pasar ese preciso momento en el que me dejó acompañarla en su borrachera y pude dormir en sus brazos con la cabeza en su pecho sudado.
Las señoras jugaban al backgammon y yo ya había terminado de limpiar el vómito que por momentos se escurría por el trapo como si fuera aceite. Me dirigí hacia la cocina. Mientras tallaba mis manos entró una de las amigas preguntando ya con la lengua suelta por la última botella de vino blanco. Ella no era como la señora Ortiz: se le veía más esperanzada, tenía los brazos más sueltos. Los años no le sentaron bien como a sus otras dos amigas y casualmente era la más vulgar de las tres. Haciéndose la chistosa me agarró de la mano y me arrastró hacia el cuarto de juegos donde se solía destapar el alcohol de miércoles a domingo. Entré apenado y respetuosamente acepté la cerveza, intentando no mirar la camisa ajustada de la señora Ortiz mientras me la ofrecía. Ellas reían y comentaban acerca de mi juventud. Tomé asiento y fingí disfrutar del ambiente y del trago. Despertó mi curiosidad la música tan bella y triste que sonaba en la tornamesa de la esquina; era un disco de éxitos de Ibrahim Ferrer. El buen gusto se debía a que la amiga gorda que me arrastró al cuarto de juegos era música y por varios años se había dedicado a componer canciones de piano.
Después del alboroto momentáneo que brindó mi presencia, todos tomábamos en silencio y a la señora Ortiz ya se le veían los ojos cruzados de tanto seguir llenando la copa. Nunca voy a olvidar sus miradas de dolor cuando empezó a sonar una canción cuyo nombre no recuerdo, pero que decía algo sobre los dolores en presencia de la muerte de las flores y del silencio que se debe pasar mientras se secan al frente de tus ojos.
Todo se sentía en una armonía pareja y el eco de la canción en cada cuarto y en cada pasillo vacío resonaba a lo lejos. Seguramente Miguel ya preparaba su siguiente vómito; su panza se contraía de tanto esperar y de no poder voltear a ver a los ojos a su hermano. La señora Ortiz intentó pararse y, a medio tropiezo, dijo: No hay que hacer esta canción más triste de lo que ya es. Esa frase se metió y revolvió todo lo que tenía dentro de mí. Ella me miró y con autoridad me puso de pie; yo estaba listo para seguir cualquier instrucción. Sentí como si la canción volviera a empezar. El hombro se me llenó de maquillaje corrido y las piernas me temblaron cuando me intentó dar un beso. No se lo regresé porque no era necesario; el momento no necesitaba más intensidad. Le limpié las lágrimas. Cuando pegamos nuestros cuerpos y noté su respiración entrecortada, ese pequeño cuarto de juegos se llenó de niebla. A pesar de la diferencia de edad y de sexo, pude sentir toda su angustia, sus ganas de contacto. Eran similares a las mías.
La señora Ortiz se apartó de mi pecho cuando terminó la canción; a mis manos les dolió tener que soltar su cadera y mi cuello ya extrañaba su aire. Me tocó bailar con las otras dos señoras, pero nada en mi vida se ha sentido tan real y tan humano como el cuerpo de la señora Ortiz, respirando al ritmo lento de aquel son cubano. Afuera había una guerra y ella y yo nos resguardamos mirándonos de frente; sentíamos la tibia y seca enfermedad de nuestras pieles. Esa sequedad que habíamos acumulado: cada quien por su parte, en las afueras del mundo, en el paso de la vida.
Al día siguiente Miguel vomitó, pero no estuve ahí para limpiarlo. En cuanto entré a la casa la señora Ortiz, todavía borracha y sensible, abrió la puerta y sin decir mucho me llevó directo a su cama pidiéndome que la abrazara mientras se hacía bolita e intentaba dormir. Los dos entramos en sueño y ahí fue cuando, oliendo su aliento, pude tenerla encima de mí y decirle que nunca más se sentiría sola. Ella tocó mi cuerpo entero y me dijo que nunca me faltarían cuidados. La pude besar y borrar el recuerdo de su esposo. Ella pudo acercar sus pezones a mi boca y reemplazar el calor de mi madre. Su sudor se metió entre mi piel y yo la miré mostrándole el valor de sus años. Ella acarició mi pelo, me dijo que podría protegerme y que la angustia nunca podría aparecer entre sus brazos. Yo la moví con fuerza y le recordé la energía de sus años perdidos; la puse de espaldas y por un momento nunca estuvo casada…
Al final la miré y ella me miró, estábamos en espacios distintos, visitábamos nuestras calmas. Soñamos un sueño.
Con certeza puedo asumir que ella soñó lo que creo que soñó, por la infinita intimidad que se sintió a mitad del cuarto cuando nos dio por abrir los ojos. Estábamos cansados; pudimos descansar y a la vez hacer el amor cada uno desde su intención y necesidades propias. Nunca la volví a ver. Sé que se mudó a Estados Unidos y espero que haya dejado de tomar. Quizá a mi edad, Miguel y Martín encuentren en alguna mujer un sueño momentáneo que los ate a la vida y lo piensen como un recuerdo de belleza inexplicable.
Bruno Aramburu (Ciudad de México, México) es cineasta, guionista, fotógrafo diseñador sonoro y escritor. Egresado de la licenciatura en Cine y Televisión.
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Un cigarrillo
de Elías Ron
Un cigarrillo. Eso, nada más alcanza. Lo sacás de la caja. Lo encendés. El encendedor no anda. Clack. Clack. Otra vez. Ahora sí. Lo encendés. La lumbre te hace sombras. Inhalás. Retenés. Exhalás. Te veo. Nos vemos. La mirada pesa. Una charla. Más charla. Hablar de cuestiones. Del tiempo. Del destino. Creo que es amor. Sí. Es amor. En balcones. Agarrados de las manos. En la calle. En la estación. Te leí a Idea Vilariño. Es amor. Sí. La vida pasa. Besos al llegar. Pero ahora, besos al irme. La voz se hace eco. Las palabras son una víbora de plata. La vida pasa. La mirada baja. La sombra bajo el rostro. Perdones. Laberintos de palabras. Palabras que no van a ningún lado. Ya no veo tu sombra. Ni el reverdecer de tu cuerpo en la primavera. Ni tu flor de agua en las sábanas. Ni la muestra salada de una lágrima en las risas. Ya no tendrás a mis hijos. La sombra pesa. Pesa. Así, solo. La gloria de la ausencia. Los pasos pesados. La lumbre eterna del vacío. La esperanza de llenarlo. Me freno. Los bolsillos. Un cigarrillo. Eso, nada más alcanza. De nuevo.
Elías Ron Rabinovici. Argentino, cosaco y politólogo. Por la suma de esos defectos, escritor.
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A manera de introducción
Hace poco más de un mes, Zanny Minton Beddoes tomó el micrófono tras una introducción del decano Jeremy Weinstein en la Harvard Kennedy School. La directora editorial de The Economist formó parte de una serie de eventos en torno a la semana de graduaciones de Harvard. En Perpetuo le agradecemos su generosidad para acercar sus reflexiones al mundo hispanohablante.
Esta edición adapta el discurso intentando que transcienda a su público original, respetando la intención y orden de sus ideas. No incluye las palabras del decano Weinstein, pero pueden ver y escuchar la ceremonia completa en este enlace.
Reflexiones de una observadora: ¿qué le depara a la política pública?
de Zanny Minton Beddoes
El principio de los años noventa fue una época intoxicante para un recién graduado en políticas públicas. La caída del Muro de Berlín en 1989 marcó el inicio de una transformación que se propagó por Europa del Este y la antigua Unión Soviética. Fue un momento de enormes cambios, en el que las ruedas de la historia giraban un poco más rápido y fue un momento que marcó mi vida por razones que se deben casi enteramente a la Kennedy School [la escuela de gobierno de Harvard].
Existen paralelismos entre los años noventa y la actualidad. El mundo de hoy también está cambiando a un ritmo vertiginoso. Al igual que entonces, estamos viendo cambios dramáticos en la geopolítica y en la política económica. Sin embargo, hoy existe una dimensión aún más vertiginosa: como todos ustedes bien saben, estamos en las primeras etapas de la era de la inteligencia artificial, posiblemente la mayor revolución tecnológica de la historia. Así que sus carreras comienzan en un momento de mayor agitación que el mío; pero hay ecos, y con la esperanza de que esto les sea de utilidad para ustedes, quise reflexionar un poco sobre mi propia experiencia.
Comenzaré con mi paso por Europa del Este y lo que eso me enseñó sobre las políticas públicas; y luego les ofreceré algunas reflexiones sobre cómo generar cambio, basadas en ya tres décadas observando de cerca los acontecimientos públicos. En pocas palabras, mi mensaje para ustedes es simple: los períodos de agitación dramática pueden resultar abrumadores. No se dejen abrumar. Es precisamente en momentos así cuando las personas pueden tener un impacto desproporcionado. La clave, creo firmemente, es tener la mente abierta, buscar a quienes piensan distinto, hacer las paces con las propias inseguridades y mirar hacia adelante con optimismo.
[…]
Llegué a la Kennedy School en septiembre de 1989, poco antes de la caída del Muro de Berlín. Estaba fascinada con las noticias. Mi madre es alemana, nacida en lo que hoy es Polonia; pasé parte de mi infancia en Alemania. Los sucesos allí me resultaban muy cercanos. Cuando un amigo me contó que Jeffrey Sachs, en ese entonces profesor del Departamento de Economía, estaba reclutando a un grupo de estudiantes de posgrado para pasar el verano ayudando a Leszek Balcerowicz, el recién nombrado ministro de finanzas del primer gobierno poscomunista de Polonia, supe que quería formar parte de ese grupo.
Fui a ver al profesor Sachs en su horario de oficina en el edificio Littauer, en el departamento de economía, y argumenté por qué debía llevarme con él. Sabía que la agricultura era importante para Polonia, así que le dije que había crecido en una granja. También le conté que hablaba alemán y ruso, y le sugerí que el polaco estaba en algún punto medio entre ambos. Ahora bien, a los polacos presentes: les pido disculpas por ese enorme disparate lingüístico. Lo era, pero convenció al profesor Sachs, que me invitó a unirme al grupo.
[...]
Recuerdo con claridad una reunión en el Ministerio de Agricultura para presentar el plan del profesor Sachs para eliminar los aranceles agrícolas. Yo tenía veintitrés años. El colega que me acompañaba era apenas un poco mayor. Llegamos y encontramos a una docena de funcionarios militares sentados del otro lado de la mesa. Tenían al menos el doble de nuestra edad y habían pasado décadas trabajando dentro del régimen comunista. Al sentarnos, el más veterano de ellos me miró y me dijo: «¿Cuáles son sus credenciales?»
Se hizo un momento de silencio. Realmente me sentí como una impostora. Luego respondí: «Estudio en la Kennedy School of Government de Harvard». Seguían mirándome con escepticismo, pero fue suficiente para que la conversación comenzara.
Aquel verano en Polonia marcó tanto mis convicciones como mi carrera. Me inculcó una firme creencia en los valores del liberalismo clásico inglés: gobierno limitado, mercados abiertos y libertad de expresión. Vi de primera mano que el socialismo no funcionaba, que los incentivos importan y que un cambio audaz puede generar grandes resultados.
La reforma económica dejó de ser, para mí, solo ecuaciones en un libro de texto. Vi el impacto de liberar los precios y liberar el tipo de cambio cada día, mientras caminaba hacia el trabajo. Todos los días pasaba junto a la vieja tienda estatal: sus estantes estaban o vacíos o llenos de hilera tras hilera del mismo producto, como latas de pescado que nadie quería comprar; afuera, en la acera, había un mercado informal: docenas de puestos instalados por personas emprendedoras que habían manejado sus Polski Fiats hasta Berlín y regresado con plátanos, chocolates, lencería femenina; todo tipo de cosas que la gente realmente quería comprar. Los mercados libres, comprobé, sí traían libertad a las personas.
Pero también aprendí que el cambio dramático resulta desconcertante: vi de cerca cómo enfrenta la resistencia de intereses arraigados, incluidos funcionarios de los mismos ministerios donde trabajaba; vi el miedo cuando visité granjas estatales en Ucrania: trabajadores preocupados de que sus medios de vida desaparecieran. Fue una lección importante porque, más allá de los beneficios que traiga para muchos, el progreso acelerado da mucho miedo.
Para entonces, ya sabía que quería trabajar en política económica; me fui al FMI, hogar de los sumos sacerdotes de la reforma macroeconómica. Pasé un par de años allí, primero trabajando en África Occidental y luego en Asia Central, antes de darme cuenta de que no estaba hecha para una gran burocracia. Prefería escribir antes que construir modelos. Así que me fui a The Economist, donde ya llevo tres décadas: primero escribiendo sobre economías emergentes, luego una larga temporada en Washington D.C. tratando de entender la economía estadounidense, y después de vuelta a Londres para asumir este cargo.
Dirigir The Economist ha sido, sin duda, un enorme privilegio. El semanario —porque así seguimos llamándolo— fue fundado en 1843 para defender los valores que yo aprecio: las sociedades y los mercados libres. Estoy rodeada de un grupo de personas enormemente talentosas, comprometidas con esos valores y con ayudar a nuestros suscriptores a comprender el mundo. Desde este lugar privilegiado, he tenido la suerte de presenciar, en primera fila, varias décadas de acontecimientos mundiales.
Ahora bien, esta era que ha abarcado mi carrera se observa hoy con un escepticismo considerable. Se la llama la era globalista, en la que el exceso de libre mercado hizo que a las élites les fuera bien, mientras los trabajadores salían perjudicados. Fue la era de la ingenuidad respecto a China y de la soberbia estadounidense como única superpotencia mundial.
Con algunas de esas críticas no estoy de acuerdo —sigo creyendo en el libre comercio, los mercados libres y la disciplina fiscal, por muy pasados de moda que estén esos principios—, pero algunas otras son acertadas.
Demasiados de nosotros, en los años noventa y dos mil, dedicamos muy poco tiempo a pensar cómo ayudar a quienes habían salido perdiendo con la globalización. Fuimos geopolíticamente ingenuos, especialmente respecto a China: en verdad creíamos que la libertad económica llevaría a la libertad política.
Demasiada gente equiparó las buenas políticas con la preservación del statu quo.
Por desgracia, en el mundo real de las políticas públicas no se puede rehacer el recorrido; lo mejor que podemos hacer es aprender de nuestros errores y mirar hacia adelante. Ese es el desafío. Ustedes enfrentan un mundo moldeado tanto por los aciertos de mi generación como por nuestros fracasos.
El péndulo ha oscilado con fuerza. En economía, como ya saben, la política industrial y la intervención estatal están en alza. El terremoto geopolítico ha sido aún mayor y buena parte de él ha ocurrido mientras ustedes estaban aquí, en la Kennedy School. Han visto a los Estados Unidos volcarse hacia la proyección del poder duro y hacia una política exterior transaccional. Hay profundas grietas en la relación transatlántica. Gran parte del orden internacional basado en reglas se encuentra en soporte vital.
Sin embargo, por dramáticos que sean estos cambios, es probable que queden empequeñecidos por las transformaciones que trae la inteligencia artificial, cuyo potencial es, sin duda, enorme: podríamos vivir mucho más tiempo, en un mundo de mucha mayor abundancia. Podríamos contar con las herramientas para abordar los problemas más difíciles, desde el cáncer hasta el cambio climático. Pero la IA también trae peligros importantes y podría provocar disrupción a una escala que, en comparación, haría parecer insignificante el shock de la globalización.
[...]
Sean cuales sean sus planes y ambiciones, permítanme instarlos a pensar en grande y con audacia. Tienen mucho por hacer, en parte, debido a los puntos en los que mi generación se quedó corta.
Necesitamos construir un nuevo orden internacional. Necesitamos un nuevo esquema, con normas renovadas e instituciones internacionales rejuvenecidas —o incluso nuevas—. Necesitamos encontrar la manera de que las dos superpotencias, Estados Unidos y China, trabajen juntas, entre otras cosas, para enfrentar desafíos de escala global y evitar un desastre relacionado con la IA. Necesitamos reimaginar el contrato social de sus sociedades para un mundo con inteligencia artificial.
¿Quién sabe si la IA alterará el empleo al ritmo que sugieren algunos líderes tecnológicos? Deben estar preparados, por si acaso; concebir nuevos tipos de impuestos y redistribución, otras formas de pensar la educación, nuevos tipos de estructuras regulatorias para aprovechar los beneficios y minimizar los riesgos.
[...]
¿Y cómo se logra eso? Bueno, con considerable humildad, ya que me encuentro frente a tantos y tan distinguidos practicantes del servicio público, permítanme ofrecerles cuatro sugerencias muy personales. Considérenlas reflexiones de una observadora; las notas de una editora, si se quiere, en los márgenes de su carrera.
Número uno: busquen a las personas que marcan la diferencia. El gobierno tiene que ver con procesos e instituciones, pero el cambio lo generan individuos que lo hacen posible. A menudo se trata de un número muy reducido de personas. Jeff Bezos habla, famosamente, de la «regla de las dos pizzas» para las reuniones: que nunca haya más personas en la sala de las que puedan alimentarse con dos pizzas. Creo que existe una regla similar, la “regla de la única oficina”, para las ambiciosas reformas dentro del gobierno. En Polonia, el programa de terapia de choque fue liderado por un puñado de personas alrededor del ministro de finanzas; durante la crisis financiera, fue un equipo reducido ante el Tesoro y la Reserva Federal.
El gobierno siempre tendrá a los charlatanes, a los oportunistas, a los hombres con relojes ostentosos y trajes elegantes que están ahí por interés propio. También tendrá siempre a los guardianes del tiempo, a las personas que valoran la estabilidad y la seguridad. Pero también hay siempre individuos excepcionales. Búsquenlos y asegúrense de estar en la misma sala que ellos.
Número dos: sean curiosos y arriesguen. Lo digo como periodista, pero háganse preguntas. Exijan explicaciones sobre por qué las cosas son como son. Muchas veces las instituciones funcionan mal simplemente porque a nadie se le ha ocurrido cambiarlas. Del mismo modo, arriesguen: si tienen una oportunidad, tómenla. Solo me he arrepentido de las cosas que no hice, como no haber asistido a mi propia ceremonia de graduación.
He hecho muchas cosas desagradables, como comer un ojo de oveja en una cena formal en Kirguistán, por ejemplo. He hecho algunas cosas que me pusieron los nervios de punta, como entrevistar a un líder de Hamás en Doha tres días después del siete de octubre. Y he hecho algunas cosas probablemente poco prudentes, como visitar un hospital de campaña subterráneo en el frente de la guerra en Ucrania. Nunca me he arrepentido de haberlas hecho. Es más, he aprendido que la curiosidad realmente lleva a un mejor análisis: comprendí mucho mejor la crisis del mercado inmobiliario estadounidense después de pasar un tiempo en Cleveland, en un barrio lleno de casas embargadas y tapiadas; he entendido mucho mejor las complejidades del conflicto entre israelíes y palestinos después de numerosos viajes allí en los últimos años, en los que pasé tiempo con personas de todos los bandos.
Número tres: dialoguen con quienes piensan distinto. A menudo he aprendido más de personas con visiones del mundo muy diferentes a la mía: académicos chinos, por ejemplo, que en mis viajes a Beijing me hablan del declive estadounidense; o el ministro del Golfo, que cuestiona mi visión del orden mundial liberal.
Cuando llegué por primera vez a Washington, me invitaban con regularidad a cenas en las que había tanto congresistas republicanos como demócratas. Eso parece mucho más raro hoy en día. En nuestro mundo polarizado, la gente tiende a refugiarse en sus propias burbujas. Creo, de verdad, que eso es un problema. No se logra progreso hablando solo con personas afines en una cámara de eco. Por eso me hago un punto de entrevistar a figuras que van desde el primer ministro Benjamin Netanyahu hasta Tucker Carlson, por controvertido que eso resulte. Para ustedes, como líderes del mañana, dialogar con quienes piensan distinto es aún más importante.
Número cuatro: siempre, siempre, vean el vaso medio lleno. Hagan las paces con sus inseguridades y miren hacia adelante. Sé que suena trillado, pero probablemente sea lo más importante que he aprendido. Todos ustedes son ambiciosos —de lo contrario no estarían aquí— y sospecho que a todos, en parte, los impulsan las inseguridades y el deseo de demostrar su valía. Yo ciertamente me identifico con eso. Todavía sufro del síndrome del impostor. Escribo sobre economía, pero no soy una verdadera economista, no tengo un doctorado; me gano la vida en el periodismo, pero en realidad no soy una escritora particularmente buena.
Al principio de mi carrera, esta inseguridad tomaba la forma de una angustia generalizada por sentir que me quedaba corta frente a los demás. Con el tiempo, he aprendido a hacer las paces con esas inseguridades. He aprendido que no hace falta ser bueno en todo para ser un buen líder. Lo que importa es mirar hacia adelante con optimismo: nadie se inspira en un pesimista. Lo que importa es tener una idea clara de hacia dónde se quiere ir, porque no se puede llevar a la gente con uno si uno mismo no sabe quién es. Lo que importa es ser honesto respecto a las propias fortalezas y debilidades: si uno sabe en qué es bueno y en qué no, puede rodearse de personas cuyas fortalezas compensen esas debilidades. Yo me he asegurado de que todos mis adjuntos sean escritores brillantes.
Así que esas son mis sugerencias: busquen a personas extraordinarias, sean curiosos, dialoguen con quienes piensan distinto, hagan las paces con sus inseguridades y miren siempre hacia adelante…
Zanny Minton Beddoes es la redactora en jefe de The Economist.
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La portada de esta edición fue hecha por Carmen Ferrer Balbín (Ciudad de México, México). Ferrer es artista multidisciplinaria. Ha trabajado como asistente de dirección para proyectos en Netflix, Adidas y HBO. Su cabeza es un panal que encuentra alivio en el arte.






















