ANUNCIO: Ganadores del concurso de ensayos
Primer Concurso de Ensayos Perpetuo
El día 31 de julio del 2026, el jurado calificador del primer concurso de ensayos de la revista Perpetuo otorgó un primer lugar y dos menciones honoríficas entre cientos de postulaciones.
Esta semana, en lugar de un solo texto, dedicamos el estelar a los ganadores del certamen. Replicamos los tres textos ganadores en su totalidad. Los editores de la revista también escribieron breves reflexiones del proceso que formaron parte de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Pueden leerse en el siguiente enlace:
El estelar es nuestra historia insignia de la semana: textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. En ediciones pasadas, hemos hablado de osos en peligro de extinción o de la crisis en Cuba. Si quieres recibirla, suscríbete a Perpetuo.
Esta semana, El estelar de Perpetuo es cortesía de PoloTab.
PoloTab tiene una ambición que nos encanta: quieren conocer, uno por uno, todos los cafés y restaurantes de México. Ya los eligen restaurantes y cafeterías en más de 70 ciudades del país: más de 800 negocios que en conjunto procesan 22.8 millones de comandas al año.
Y tantos confían en ellos por el tiempo que devuelven a cada negocio: +45 horas al mes en inventarios, +24 en el manejo de apps de delivery, +18 en facturación.
Nosotros intentamos hacer el mapa literario del español; ellos están haciendo el mapa cafetero de México. Un punto de venta a la vez. Por eso queremos que les vaya bien: cada café que sobrevive y prospera es una mesa más donde alguien puede sentarse a leer, escribir o conspirar.
Si tienes un café o restaurante y quieres dejar de pelearte con tu punto de venta:
Ahora, sin más, ¡volvemos al estelar!
-JL Sabau, Editor General
Ganador: Martirologio de las filas
de David Blanc
1) En esta vida estamos condenados a hacer filas. Es un tributo autoimpuesto por la raza humana, consecuencia de querer poner orden en el desorden que creamos y de nuestra interminable ambición de quererlo todo sin darnos abasto. Así como entre los perros hay razas, hay de filas a filas. No es lo mismo formarse bajo el sol apabullante para conseguir una torta de chilaquiles, que pasar varias horas en el Ayuntamiento un viernes por la tarde para pagar una factura vencida. Sin importar el desasosiego o placer del resultado, así como la voluntad para hacer cola, la penitencia siempre es la misma: desperdiciar tiempo en un estado intermedio de la nada.
2) Hace dos semanas fui a Ciudad Juárez para hacer un trámite migratorio. Pasé la mayoría del tiempo haciendo filas, de una a otra como vaca arreada. Como no permitían celulares, después de varias horas de estar encerradas en nuestros pensamientos —bien pudieron ser minutos, pero no llevaba reloj—, las personas allí reunidas recurrimos a la antigua y casi extinta técnica del convivio humano en carne propia. Confirmé que no existe peor remedio para contrarrestar el aburrimiento de la espera que una plática entre extraños. Lo ajeno resulta incómodo, chocante y muchas veces desagradable. Cuando alguien rompió el silencio y comenzaron las peroratas, me di cuenta que lo único que teníamos en común —y vaya que había muchas posibilidades— era la fila. Imagino que sucede lo mismo en el purgatorio.
3) Los seres humanos nos regimos por la medición del tiempo, a la espera del acontecimiento más importante de nuestra vida: la muerte. Entonces, ¿cuánto tiempo pasamos haciendo fila antes de morir? Según dos artículos que encontré en internet, son cuatro años en promedio. A mi entender, los extremos varían según el estatus económico: a mayor lana, menor número de filas y viceversa. Me surge entonces otra duda: ¿Habrá alguien tan pero tan millonario que nunca en su vida haga una fila? Consulto la lista de las cinco personas más ricas del mundo y, tras varios días de investigación, descubro que incluso ellas se han formado alguna vez —normalmente, para ingresar a eventos políticos o de alta alcurnia—. ¿Y las familias reales? Tampoco se salvan, las hacen para saludar en las ceremonias a las que asisten. La conclusión es clarísima: la única cosa en común que tenemos todos los seres humanos es hacer fila. Quién lo diría.
4) Ahora mismo me vienen a la mente dos filas que he disfrutado. La primera la hice con mi papá durante muchos domingos de mi juventud, en las carnitas «Don Miguelón». Además del tiempo que pasábamos juntos mientras nos saboreábamos el olor a las tortillas recién hechas de maíz y al cerdo cocido en grasa, el taquero nos regalaba tacos para apaciguar la espera y el antojo. Volvería a hacer esa fila una y mil millones de veces. La segunda sucedió apenas hace un par de años. Fui al clásico nacional (América contra Chivas) en el Estadio Azteca con un grupo de valagardos que apenas conocía. Para entrar, hicimos una fila bajo una tormenta incesante junto a cientos de personas. Estábamos hasta las chanclas de borrachos. Consumimos cantidades excesivas de azulitos durante la previa en un bar de las cercanías. No recuerdo otra fila tan divertida como aquella. Gritamos cualquier cantidad de estupideces sobre el partido y la lluvia, y para nuestra fortuna, el público fue generoso y se rió con nosotros —o más bien, de nosotros—.
5) Hace algunos años, cuando manejaba en la Ciudad de México, mi peor pesadilla era la fila para salir de los carriles centrales del periférico hacia los laterales. No solo era lenta e interminable, sino que a diario aparecían personas miserables que se metían a la fila. Una práctica ruin que me escocía las entrañas. Mantengo la ilusión de que algún día ese gandallismo se castigue con cárcel. ¿Será que cuando estas personas mueran sus almas abusivas lleguen al purgatorio y también intenten meterse en la fila?
6) Hay cierto tipo de personas que uno puede encontrar en las filas que la hacen más insufrible. Están los chamacos mal portados, chillones, irrespetuosos, chamagosos y gritones. También la doñita que piensa en voz fuerte y a la mínima provocación presume su fe religiosa: «Que sea lo que Dios quiera» . El sujeto que se cree amo, señor y fundador de la fila, como si fuera algo digno de presumir, y que mira a los demás con desdén. Las peores son las que preguntan si les toca hacer la fila también, con la genuina y estúpida esperanza de que les contesten: «Por supuesto que no. Precisamente la estábamos esperando a usted, así que pásele hasta delante». Por último, están las que se quejan de las filas, que encima de impacientes son intolerables, como yo.
7) Es tan antigua la práctica de hacer fila que un Evangelio de Mateo, escrito entre los años 80 y 100, lo menciona. La parábola en cuestión trata de un ruco millonetas que contrata varios obreros para su viña. Al final, hacen una fila para recibir su pago, y a todos les toca la misma cantidad, sin importar a la hora que llegaron. De ahí viene el famosísimo dicho «los últimos serán los primeros». Se le atribuye al filósofo Thomas Carlyle la primera mención del orden en una fila: en su libro sobre la Revolución Francesa de 1837 menciona que, durante la hambruna parisina, los clientes se alineaban frente a las panaderías, y los primeros en llegar eran los primeros en ser servidos. Para 1909, un matemático danés publicó la teoría de las colas que buscaba eficientar los tiempos de espera en las filas. En años recientes, hemos cambiado las filas en persona por las filas digitales. Si algún extraterrestre llegara al planeta tierra y dudara de nuestra identidad como raza humana, no habría prueba más fidedigna que las filas. «Cientos de años nos respaldan», le diría.
8) Así como en las quinielas, soy malísimo para elegir fila si hay más de una. Me baso en un solo criterio: ¿cuál será la más rápida? Las apariencias engañan. Un día, por ejemplo, entré a un OXXO que tenía las dos cajas abiertas. Escogí la segunda fila, porque solo había una persona esperando, en comparación con las otras tres de la primera. Pues bien, resultó que esa persona pidió dos recargas de saldo, pagó la luz, el internet y predial, y encima le pidió una botella de vino de la bodega. Tampoco le atino a las casetas en la carretera. Siempre elijo la que tiene menos coches y resulta que el de enfrente, inexplicablemente, no tiene suficiente dinero para cubrir el peaje, por lo que termino echándome hacia atrás para volver a hacer otra fila.
9) Ayer soñé con una fila. Estaba parado en una hamburguesería, muy cerca de la plancha caliente donde aplastaban bolitas de carne. El sonido de la espátula rascando la superficie para darles vuelta una vez cocidas era tan real como el olor al queso amarillo derretido. Quería pedir una hamburguesa con papas, pero no podía. No sabía dónde empezaba la fila. De hecho, había tres personas al frente y detrás de cada una varias hileras que iban en direcciones opuestas. Lo último que recuerdo es que, cuando le pregunté a una persona sobre la fila, se desató el caos. Todas querían ser las primeras en pedir.
10) ¿Será que las filas son un recordatorio cruel de la vacuidad de nuestra existencia? Avanzamos paso a paso, uno detrás de otro, a veces con mayor orden y paciencia, para completar algo que parece urgente e importante. Así se nos va la vida, de fila en fila. Hasta que, sin darnos cuenta, llegamos a la última. Pero quién dice que esa no es la primera de la eternidad. Y si tenemos suerte, al morir, aparecemos detrás de cientos de personas, debajo de un sol apabullante, esperando una torta de chilaquiles.
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Mención honorífica: 1982
de Rolando Ojeda
A los once años me pasaron tres cosas: escribí un poema, me habló el amor de mi vida y descubrí que soy un cobarde.
Empecemos por el poema. Solo me acuerdo la primera estrofa. No creo que haya tenido más que dos, pero nunca lo sabremos. Si no me falla la memoria, decía algo más o menos así:
Soldado que en las Malvinas, tierra argentina tú estás, desde Rosario te pido, que, en un coro fraternal, cantemos la canción patria, nuestro himno nacional.
No está mal. Hoy de ninguna manera usaría el «tú», y mucho menos la construcción «coro fraternal». Para ser sincero, tampoco escribiría poemas. Pero era 1982, tenía once años y creía que escribir bien era usar un lenguaje pulido, frases emotivas y unos modos muy distintos a los que usaba para hablar con mis amigos. Tenía once años y escribía como un viejo.
Había otra estrofa. Sé que hablaba de «evocar a los héroes», y que en algún momento usaba palabras como «forjar» y «honor». Por mucho que lo intente, no logro recordar nada más.
Iba a séptimo grado, estábamos ganando la guerra de Malvinas y en la escuela nos pidieron que escribiésemos cartas para los soldados.
—Están lejos, extrañan; su apoyo les da valor, les recuerda por qué luchan—nos dijeron.
Las cartas iban a llegar junto con los abrigos, golosinas y todo tipo de alimentos donados por el pueblo en las fantásticas colectas que se organizaban en todo el país.
Imaginaba a los soldados, agazapados en las trincheras, leyendo cartas y comiendo chocolates mientras esperaban que el enemigo dejara de disparar. Los imaginaba guardándolas en el bolsillo antes de asomar la cabeza y disparar como si no hubiese un mañana.
Sí, lo admito, de chico miraba mucho la serie «Combate» y romantizaba la guerra. Porque en mi cabeza la guerra era algo lejano. La guerra de Malvinas, además, era justa.
¿Quién podía dudar de nuestros derechos sobre las islas? Solo un tonto o alguien tan malvado y ambicioso que, solo por eso, no tendría ninguna chance de ganar. Porque todo el mundo sabe que las guerras las ganan los buenos ¡y nosotros éramos los buenos!
Para mi niño de once años, la guerra era lejana, justa y también inevitable. Porque con los ingleses, imperialistas, piratas y ladrones, no se puede dialogar; ¿y quién se niega a dialogar? Obvio, el que no tiene razón.
Unos años antes, en 1979, estuvimos a punto de entrar en guerra con los chilenos cuando quisieron robarnos el canal de Beagle. Pero vino el Papa, entendieron que había que dialogar y se evitó la guerra.
En esa época, mi amigo el Claudio decía que era al pedo molestar al Papa por esa boludez, porque su hermano, que era grande y había hecho la colimba, afirmaba que nuestro ejército era mil veces superior al de los chilenos. Es como comparar el Lotus 79 del Lole Reutemann con el Citroën de mi viejo, repetía una y otra vez.
Mientras el Claudio daba su discurso, el resto de los pibes planificábamos dónde juntarnos por la noche para jugar a las escondidas a la luz de la luna, mientras se hacía el simulacro de apagón.
En el 79, la guerra era aún más lejana.
Pero dejemos a los chilenos en paz y volvamos al poema. Significó varias cosas importantes: la seño me puso un excelente; lo leyó en voz alta para todo el grado. Los chicos empezaron a invitarme a sus casas a tomar la leche y, lo más importante, María Florencia, por lejos la chica más linda de toda la escuela, me felicitó.
—Escribís muy lindo Rolando —dijo y casi me desmayo.
¡María Florencia sabía mi nombre!
La alegría duró poco. Muy pronto los hechos confirmaron algo que en el fondo sospechaba: mi cobardía.
Todo empezó en los recreos. En algún momento dejamos los juegos de siempre y empezamos a hablar de la guerra. En la tele interrumpían la transmisión para informar las heroicas acciones de nuestras fuerzas a través de los famosos comunicados oficiales. Tanto triunfalismo contagiaba al pueblo y los chicos no éramos la excepción. Discutíamos sobre aviones, sobre barcos, sobre tropas y cosas por el estilo.
Un día, creo que fue Roberto, mencionó la edad de los soldados. Y dijo algo más: que si se morían todos los de dieciocho iban a llamar a los de diecisiete, a los de dieciséis y nos dimos cuenta que, si la guerra duraba cuatro o cinco años, nosotros, unos pibitos que estaban terminando la escuela primaria, íbamos a ser opción.
—Yo sé tirar con un aire comprimido—dijo uno.
—Mi tío tiene una escopeta para cazar perdices, le voy a decir que me enseñe a disparar—dijo otro.
Yo no dije nada, pero en ese instante supe que iba a desertar. De ninguna manera iba a ser parte de una guerra de verdad; por nada del mundo iba a disparar a nadie… Y me dio vergüenza.
Hacía bastante tiempo que sospechaba mi cobardía: dormía con la luz prendida, no me gustaba patear penales, pasar a dar lecciones, ni las películas de terror. Me daba pánico pasarme con el colectivo y, por supuesto, jamás le dirigía la palabra a María Florencia. Pero esto, no querer luchar por mi país, condenarme al destierro y convertirme en desertor, era por lejos, la muestra más incuestionable de mi falta de valor.
Más tarde, en casa, tuve un pensamiento aún peor. Pensé que al ser de la clase 70, uno de los más chicos del grado, me iban a llamar después que mis compañeros, un pensamiento que me trajo algo de alivio y mucha, mucha culpa.
La guerra duró setenta y cuatro días. Bastante menos de los cuatro o cinco años necesarios para que nos llamaran. En junio ya había terminado y yo estaba pensando en otra cosa: Maradona, el mundial de España y cómo invitar a María Florencia a mi cumpleaños.
La deserción nunca fue necesaria.
La cobardía quedó guardada, sin estrenar, para otra ocasión.
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Mención honorífica: Ensayar un dolor primerizo
de Bryan Andrés Mosquera Romero
Lo primero que vio Juliana al entrar fueron mis manos: una rascando la barba, la otra saltando sobre el teclado. Por esos días batallaba por contar la vida de Gabriel Jaime Santamaría, un militante de izquierda asesinado en 1989. Era mi tesis de pregrado en Historia y durante dos semanas tuve el triste récord de recibirla de vuelta seis veces. Mi asesor no sabía cómo hacerme entender que la vida familiar de un comunista distaba de ser una tesis académica. Quería escribir sobre correspondencias, lo terrible del exilio, el por qué traer al mundo un par de hijas sabiendo que te matarán. Dice Juliana que por la posición de mis manos notó que estaba preocupado. Dejó el bolso en el único sofá de la sala, abrió la cremallera y sacó la pequeña caja.
¿Te alcanzó el dinero?
Claro, amor. Sacudió la caja hasta llegar al baño.
Febrero. Casi las cuatro de la tarde. El turno de Juliana era de cinco de la tarde a cinco de la madrugada. Llegaba con las manos cortadas de tanto preparar margaritas con limón, o encalambradas de tanto abrir cervezas y contar el producido de la noche. Lo primero que hacía al despertar era estirarlas. Nada de besarme: cuando yo dormía, ella trabajaba. Y viceversa. Así que siempre, antes de ir al bar, nos veíamos. Su casa familiar quedaba frente a mi apartaestudio y, luego de despedir a sus padres y a Melanie, su hija, pasaba la calle para darme el beso. A mi apartaestudio le decíamos la pajarera: techo de madera y nidos en cada esquina. Mientras maquillaba su rostro, los polluelos cantaban hacia las montañas y Juliana y yo nos poníamos al tanto: Cómo va la tesis; Qué hubo de nuevo en el bar anoche.
Apenas salga del baño paro un momento, pensé. Estaba en el capítulo de Gabriel Jaime exiliado en la URSS. Suena la puerta.
Positivo, Andrés. Estoy embarazada.
Mis manos ahora jalando mi cabello. Hacia atrás. Bien atrás. Buscando.
El archivo de Gabriel Jaime Santamaría está digitalizado en el Centro Nacional de Memoria Histórica. Desde el principio me atrajo la portada: un fondo negro y lapidario que cuando haces zoom parece constelado por estrellas diminutas. Tanto la portada como el libro original fueron escaneados página tras página y en el proceso quedaron puntos blancos. Las descripciones de cada documento están hechas al margen y escritas a mano. Mientras lo leía, imaginé a Consuelo Arbeláez, su compañera en vida, pegando los vestigios, escribiendo dos o tres líneas con el único fin de ubicarnos en la tragedia de uno de los 5733 comunistas asesinados por la derecha radical.
Tragedia: morir ametrallado en su oficina de diputado, dentro de un recinto estatal con control de seguridad.
Consuelo Arbeláez, hacedora del archivo. Su presencia regada en los documentos. En un discurso, firmado en el 2009, habla de cuando Gabriel Jaime decidió un día acompañarla a los seminarios que sobre el feminismo en aquella época comenzábamos a construir y que levantaba costras en muchos dirigentes de izquierda. Gabriel Jaime permaneció en un rinconcito para no ser mal visto por ellas y al escuchar las renuncias y las angustias, reconoció que había mucho por resolver. Me conmovió que el homenaje a la memoria del amado también fue mirar las ausencias. No funcionará investigar sobre ella, dijo mi asesor; Aún vive y el registro oral siempre está viciado, enfóquese solamente en los documentos de Gabriel Jaime.
El problema es que ya había concertado una cita con Consuelo. Igual fui; tuve que restringir mis preguntas hacia los vericuetos pasmosos del Partido Comunista, de la lucha armada, del marxismo.
No me quedé con la duda, y quise preguntarle por qué, en el archivo, hablaba de ella en tercera persona. Cómo así, preguntó. Le dije que en el libro digitalizado, aparecía: Pequeño ensayo escrito por Consuelo Arbeláez y no Pequeño ensayo escrito por mí.
Lo hiciste tú, ¿no?
Yo guardé las fotos, los artículos, todo, pero el libro lo hizo mi hija Luisa con sus manos.
¿Y Marta?
Ella no quiso participar.
¿El archivo de Gabriel Jaime como archivo de paternidad?
La primera vez que agarré la mano de Juliana éramos amigos. La acompañé a verse con un viejo amor, que los viernes solía ser un amor de tarde. Atravesamos la cancha de fútbol de la Universidad de Antioquia y quise aventurarme. Ella no quitó la suya, tan solo empezó a balancearla como hacen los padres con los niños. En el camino me habló de Faber, el viejo amor. Me dijo que no tenía una mano. ¿Cuál?, pregunté. La derecha, señaló ella, sin desapretar la mía. Con más ganas balanceé las nuestras.
Juliana entró a estudiar Historia conmigo. Ella conocía mi obsesión por las militancias. ¿Cómo alguien puede sacrificar tanto por una idea? Creo que por eso decidió contarme la historia de Faber. Era scout —allí lo conoció— y cuando llegó a universidad pasó de ser líder de patrulla y experto en nudos a encapuchado raso y comunista extremo. En un tropel contra la policía, accionó mal una papa bomba —explosivos artesanales— y perdió la mano derecha.
Hasta el día de hoy, Juliana siempre nombra mis manos como primera reacción al embarazo. En los primeros cinco minutos cada uno hizo con las suyas lo que pudo. Yo jalarme el cabello. Ella limpiar sus lágrimas, tocarse el pecho y pedirme perdón.
¿Perdón?
No me lo ha dicho nunca, pero la entendería si me dijera que aquel primer momento quiso accionar mil papas molotov sobre mis manos, que no fueron al auxilio de las suyas. Para agarrarlas, para calmarlas.
Hasta un balanceo de niños habría funcionado.
Gabriel Jaime estudió Química en la Universidad de Antioquia. Destacado en Español: 4.2. Más bien flojo en Química: 1.8. Las notas del documento están fechadas en 1967, un año después de ser expulsado. De ser marcado, por primera vez en la prensa, como un revoltoso.
Un indigno.
En febrero de 1966, lideró la huelga estudiantil contra la intervención gringa. Pero no participó de principio a fin. Fue su primera derrota política, provocada por la mano de su padre.
Un día de los 37 que duró el motín, el músico Jaime Santamaría llegó a la Universidad: lo imagino en traje, porque solo así lo he visto en las fotos del archivo.
Habló con los militares que cercaban la protesta. Logró convencerlos de que lo dejaran usar el megáfono. Las palabras del músico fueron suficientes para que Santamaría hijo saliera con las manos arriba. Rendido. Apenas lo tuvo al lado, el padre colocó su mano en el cuello del hijo y lo dirigió de vuelta a casa: ¿pensaron que el padre corregiría al hijo?
Un año después, Santamaría hijo estaría pidiendo el registro de sus notas para ingresar a otra universidad.
Dos años después, sería reseñado por militares colombianos y miembros del espionaje gringo así: Portaba la bandera de EE.UU gritando abajos a Rockefeller (…) no se estableció la universidad a la cual pertenece. Ha sido retenido varias veces por su activa participación en motines violentos.
Veinte años después, tras el segundo atentado por parte de dos sicarios en moto, le diría los de primeros auxilios: Que le avisen a Consuelo mi compañera, avísale también a los de la Unión Patriótica y al gobernador… Por ningún motivo llames a mi papá.
Yo no quería ser padre. Juliana ya era madre y no quería serlo de nuevo. Cada mes nos hacíamos la prueba de embarazo por rutina. Ella planificaba con la T de cobre. Sin hormonas. Ir a la farmacia, pedir una prueba y esperar el negativo era rutinario: yo la compraba un mes, ella el siguiente. Fuimos el 1%. Era el peor escenario: ella, en un trabajo de mierda ante una crisis familiar que la dejó sin estudiar. Yo, asqueado de la Historia y de ser profe mal pagado en ciudad ajena.
La opción más evidente fue preguntar a nuestras amigas. Zeta nos acompañó a Profamilia, la institución estatal encargada de las interrupciones voluntarias del embarazo. Juliana faltó al trabajo. Inventó una excusa sobre su hija.
Zeta sufre de dermatitis o eczema en las manos. En sus peores momentos, las tiene agrietadas y rojas, y parece descascararse ante el menor contacto. Juliana prefirió que las manos callosas de Zeta la acompañaran a la puerta de Profamilia.
Esperé en la panadería más cercana. Había estado en una situación similar a mis catorce años. Una amiga del colegio tenía la sospecha. Me pidió perdón por haberme mentido durante meses, cuando divagábamos sobre cómo sería la primera vez de cada uno. Otro perdón que no entiendo. La abracé. Se me ocurrió invitarle dos empanadas. Necesitábamos confirmar el embarazo. Y dinero.
Mi mamá me regaló el dinero apenas supo para qué era. No me dejó verlo. Me estiró su mano y me dijo que apenas lo recibiera en las mías, lo guardara. Entendí que quería mantener el gesto en secreto. Ya no vivíamos con mi padre. No había nadie más en casa. Le entregué a mi amiga billetes doblados hasta el más mínimo pliegue. Salió llorando del consultorio. Entendí que pronto estaríamos en una clínica clandestina. Era menor de edad. Pero las dos noches con las piernas arriba y los cien dólares que mi mamá nos dio no fueron suficientes para mantener al margen a los padres: el sangrado de mi amiga la hizo ir a urgencias. La volví a ver dos semanas después.
Estaba en una panadería. ¿Quedaría mal comprar empanadas para Juliana y Zeta? ¿Por qué reaccioné así? ¿Perdón?
Juliana salió de Profamilia, amparada por el aborto legal hasta la semana 24 de gestación. Alegó salud mental por ser madre cabeza de familia. Gracias a la ecografía, el doctor aseguró menos de dos meses. El sábado Juliana tendría que volver por dos pastillas y practicarse, en casa, un aborto farmacológico. Mi amiga Zeta dijo que ahora abortar era como tener gripe.
Ya en mi apartaestudio, tras pedirle perdón por su perdón, nos pusimos a especular en qué momento quedamos embarazados. Hicimos cuentas. Juliana decidió que en diciembre.
En diciembre de 1987, Gabriel Jaime era un diputado reconocido y con amenazas de muerte. Siempre prefirió vivir sin guardaespaldas. Decía que con ellos al lado, la gente ya no se acercaba a contarle sus problemas.
Vi que un sardino se me acercó y creí que me iba a decir algo, dijo una vez a la prensa. Sardino: joven no mayor a 18 años. Decir algo: lanzar una granada de fragmentación al interior del vehículo. El atentado lo confirmó. Los sicarios respiraban sobre su nuca. Semanas después, aterrizó aún enyesado en la Berlín comunista. Según el parte médico, Gabriel Jaime recibió el impacto de la granada en el tobillo, en el esternón y en la mano izquierda.
Consuelo quedó sola con las niñas en Medellín. En un homenaje hecho 20 años después del asesinato de Gabriel Jaime, Consuelo escribió:
estábamos esperando la primera hija y luego la otra. Habíamos renunciado hacía mucho tiempo a tener hijos o hijas, porque considerábamos que con ellas nos podían hacer el daño más terrible, que sería un obstáculo para nuestra lucha por una mejor sociedad.
Cuando Gabriel Jaime se exilió en URSS, tras el atentado con granada, Luisa y Marta tenían 11 y 12 años.
Hoy pienso por qué razón en aquella época era Gabriel Jaime el que tenía que refugiarse en el exterior, mientras yo seguía con el trabajo en la Asamblea y sola con las niñas… era como si se pensara que a las mujeres no nos pasaría nada
Mi apartaestudio tenía su encanto en la noche. Tras volver de Profamilia, sacamos dos sillas al balcón y hablamos tendido. Más que montañas, en la divisa había puntos titilantes que por poco y alcanzan las estrellas: las invasiones en Medellín no conocen de límites. Saqué un cigarrillo. Si lo haces, que sea lejos, dijo Juliana; Me dan ganas de vomitar solo de pensar en el humo. Ambos nos conocimos fumando. Que el embarazo nos quitara algo así lo hizo más real. Guardé el cigarrillo y Juliana arrojó su noche.
Dijo que había sido en Aranjuez, a principios de diciembre. La noche empezó en un bar de rock n roll. Como nuestros horarios no cuadraban, íbamos a la fija: un lugar con cerveza barata, en el que nos dejaran fumar. Esa noche jugamos de nuevo. Yo fui un estudiante de ingeniería. Ella fue una hija de ricachones que probaba mundo en barrio pobre. El estudiante de ingeniería, cuyos padres vivían en Australia, gastó las primeras cuatro rondas. La privilegiada, cuyo padre había sido un militar de guerra, las otras cinco rondas. A lo último, decidieron irse al apartaestudio de la joven, quien propuso al estudiante de ingeniería hacerlo en el balcón, con las estrellas de sombrero.
Me convenció. Eran muy nuestras las noches de identidades. Especulamos. Al menos eso sí queríamos tener: la ventaja de decidir cómo quedamos embarazados.
Quieres fumar, ¿cierto?
(…)
Yo ya estoy cansada. Hazlo, te espero en la camita.
Sostuve el cigarrillo en la mano y tal vez pensé con quién dormiría ahora. La Juliana no embarazada me habría hecho ir por un par de cervezas. La Juliana no embarazada habría fumado uno tras otro pese a tener al frente la misma noche de siempre.
¿Quién era yo?
El espantado con las manos jalándose el cabello tras enterarse de que podría ser padre. El espantado con el archivo de Gabriel Jaime en el exilio. Padre intermitente, remoto. Fantasma de otro mundo.
En las postales que enviaba Gabriel Jaime en 1988 desde la Berlín comunista hay: Sol.
Nubes.
Montañas.
Casa.
Árboles.
Camino.
Un avión.
Las imágenes de las postales, en cambio, son de plantas eléctricas, buques petroleros en el Mar Báltico, personas con abrigos y catedrales puntiagudas. Nada más alejado de la realidad tropical de sus hijas. Quizá por eso le pidieron que hiciera dibujitos. Y Gabriel Jaime dibujó un avión con papá, sobre la casa de Tata y Nanda, surcando las montañas antioqueñas. Las niñas por momentos dejan de escribirle. Él les reclama: Tatica y Nanda: porqué no le han vuelto a escribir al papá? (…) eso me hace poner triste (…) ustedes mismas las pueden poner al correo.
La mano de Gabriel Jaime deja de dibujar en 1989. Ahora escribe a máquina.
Marzo. Ya no hay aviones, hay preguntas: Así que si alguien les pregunta que por qué su padre no vive con uds. pueden levantar con orgullo la cabeza y decirles que la familia Santamaría-Arbeláez ha sacrificado su propia tranquilidad en aras del bienestar del pueblo antioqueño.
Abril. Ya no hay aviones, hay regaños: […] uds. dos aún no han adquirido sentido de ayuda y colaboración con la mamá, es poco lo que se preocupan de trabajar en la casa, de mantener todo en orden. Yo no quiero regañarlas desde tan larga distancia, pero sí quisiera que uds. dos pensaran en que a la mamá le toca […]
Junio. Ya no hay aviones, hay peligro: Cuida mucho a tu mamá, trata de que se proteja bastante, habla con ella y dile que no se descuide ni por un minuto pues bastante caro nos han costado ya los errores cometidos.
Consuelo al parecer ya no era inmortal. A las mujeres también pueden pasarles cosas.
Gabriel Jaime decide volver.
¿Puedo escribir sobre la noche del aborto?
Me lo muestras primero.
¿Te dolió mucho?
Más que doler, tuve síntomas extraños. Mis manos
ardían. Rojas. Me desesperaba. Me provocaba ansiedad sentirlas así.
Te levantaste muchas veces al baño ¿no?
Claro, como tres veces. Tú me tenías que
acompañar. La última fue donde algo se liberó. Pero
no recuerdo muy bien qué, ni tamaño, ni forma.
¿Qué es lo que más recuerdas?
El delirio. El choque del cuerpo, un dolor constante
al punto del desmayo. Pierdes la noción de todo.
Estaba asustada por mis manos rojas, me ardían, me
picaban, me desesperaban. Tú me decías que
respirara, que me calmara. Fue como dar a luz por
segunda vez, pero como por las manos.
¿O sea que el recuerdo más fuerte son las manos rojas?
Sí, no las aguantaba. Como si se hubiera subido la
presión. Una alteración del cuerpo. Calambres,
como animales en cada dedo, como si me recorrieran.
¿Alguna pregunta que tengas para mí?
¿Qué piensas de todo lo que te estoy diciendo en estos momentos?
Pienso en mi primera reacción, en mis manos jalándome el cabello.
Y Diciendo «no, no, no».
Exacto.
Yo pienso que nunca estarás listo.
No es una pregunta, amor.
No lo era.
Los últimos dos documentos del archivo de Gabriel Jaime fueron escritos por Consuelo:
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Sobre los ganadores:
David Blanc (México). Narrador, periodista y cocinero de ocasión. Ha publicado sus textos en El Cultural, Jot Down, Nexos, Animal Político, entre otros medios. Mención Honorífica en el 10° Gran Premio Nacional de Periodismo Gonzo.
Rolando Ojeda (Rosario, Argentina, 1970) es paramédico y autor. Ha publicado dos libros: Anécdotas urgentes y Rosarinos.
Bryan Andrés Mosquera Romero (Colombia y EEUU). Estudia una maestría en Escritura Creativa. Es historiador, pero colgó los guantes y los tapabocas por profesores necios. Anda reconciliándose con los archivos. Le gustan las botellas en la mesa, para saber cuánto es la cuenta.



























