Queremos encontrar al siguiente Premio Nobel de Literatura. Creemos que puedes ser tú. Por eso, queremos dejar tan abierto como sea posible el proceso para escribir con nosotros.
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Pero ahora, volvamos a la literatura…
Palimpsesto
de Wenceslao Claudel
Lienzo sobre lienzo: cualquier decisión es una imagen. Toda imagen es manifestación poética de una manifestación poética de algo que alguna vez fue un regaño, una lágrima, un gemido, un ocaso, un chiste: un simple y burdo y burlón destello de lo absurdo, como un retrato inscrito en un buque o un amante diluido por el óleo que se superpone a la nostalgia. Lienzo sobre lienzo: un rastro de orgías sin rostro.
Nota del editor: Todo se ha dicho ya. Al grado que el mismp sentimiento de haber completado la experiencia humana, incluso, ya es viejo; lo dijo Terencio en Roma («No hay nada ya dicho que no se haya dicho antes»). Y aún así, en los versos de Claudel, encuentro cierta redención. No es que el amor sea nuevo; tampoco el odio o la tristeza. Es que lo volvemos a sentir. Hay mucho que aprender de esa orgía perpetua; de los palimpsestos que seguimos escribiendo. Todo ha sido, sí. Me atrevo a decir que, también, todo será.
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El mono de Shinagawa
de Renata Ybarra
En uno de sus libros Murakami relata la historia de un mono que roba los nombres de sus amores no correspondidos me pone a pensar en cuántos nombres he robado el tuyo, por ejemplo sigo sin saber si lo robé o lo tomé prestado lo tuve entre mis manos cinco letras dos sílabas me las metí a la boca de un solo bocado como las palomitas de caramelo en el cine apenas empezada la función como la sopa de letras que comía todos los jueves en casa de la abuela tú serías la P pegada al fondo del plato también mi reflejo distorsionado en la cuchara tu nombre se esconde entre mis dientes se asienta en el calor de mi lengua me hace cosquillas en los cachetes quiere salir me gusta pensar que desde que me fui me lloran todas tus paredes me lloran todas tus puertas apuesto que mi risa sigue escondida entre tus libros podría poner tu nombre en una caja dejarla con el portero y ni siquiera avisarte ¡sorpresa! tu nombre es el libro que tomé prestado de la biblioteca del cole en el dos mil diez irrisorio intentar devolverlo trece años después hasta puede que sea de mala suerte ¿seguirá vacío ese espacio en la repisa? seguro que ya lo habrán (habrás) llenado solo sé que un día despertarás y habrás olvidado tu nombre tu casa se sentirá vacía será demasiado tarde.
Nota del editor: Me alegra ver un retorno a la hechicería con palabras. Los versos suelen quedarse en lo reflexivo; no llegan a tomar acción. Estos de Ybarra, por su parte rompen con el poema meloso al llevar a la consecuencia: un actuar genuino que parece más hechicería que otra cosa. Muy bueno. Los primeros poemas seguro fueron simas sobre pociones inconsecuentes; quedaron los versos. Así, aún si el amor acaba, quedan los poemas.
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Poema 4
de Isabel Segovia
Tú, la semilla sembrada a flor y dada en fruto, la que dio vida a triángulos planetarios, a ríos verdugos y quien pegó la carne al hueso. En tu palma se sostienen los silbidos del viento. El veneno medicinal que me das sólo abre más las llagas para que las infectes de calor. Hechizada de las palabras de todo lo que no me dices, soy fiel a los juramentos que todavía no me haces.
Nota del editor: Solemos pensar en la poesía como un final: es lo que escribimos cuando el amor ya está distante o los hechos nos superan. Es, sencillamente, un impulso posterior. Segovia desafía esta noción con estos versos de la creación propia. La poesía no debe ser final, también puede ser inicio.
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Cartografías de un cuerpo periférico
de Anaiz Zamora Márquez
Crecí en la periferia. Sí, ahí. En ese territorio que algunas narrativas académicas y de activismo woke se empeñan en romantizar; ahí, donde los discursos aseguran que se vive la resistencia, la organización barrial y la solidaridad comunitaria. Crecí en la periferia, pero no lo digo con el orgullo de esas consignas. Lo digo para reivindicar una identidad ineludible, para seguir entendiendo la cartografía que trazó lo que soy.
Tardé años en enunciarlo y nombrarlo en voz alta como parte de mi identidad. El código postal, en este país, funciona como una sentencia y te coloca en un margen. Cada vez que menciono mi origen, se activa un imaginario colectivo, una serie de diapositivas mentales de nota roja, de distancias, pobreza, carencia, drogadicción y exotismo; «Yo también quiero ser del barrio», me han dicho quienes claramente nunca han vivido ahí.
¿Cómo sentir orgullo de un lugar al que mis amistades de la preparatoria, la universidad y hasta del trabajo se niegan a visitar? «Está muy lejos», han dicho; «Ahí matan»; «No es que no me guste, es que me da miedo». Querer ser de barrio no implica actuar como tal: hay que vivirlo, encontrar raíces. Yo aún sigo buscando un sustantivo distinto a «orgullo» para nombrar lo que siento. Algo que pueda volverse adjetivo.
[…]
Nota del editor: Este es un ensayo que siempre había querido pero nunca había encontrado. En este siglo, hemos generado un fetichismo enorme por la periferia que, en tantas ocasiones, me parece bizarro. Queremos elevar a la periferia al centro de la conversación sin reconocer que el intelectual no aprecia la periferia; si lo hace, es solo en lo abstracto. Las palabras de Zamora son sinceras; quizá la mejor contribución a este debate. Las de alguien que ve esa fascinación y no logra entenderla.
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Para escribir una reseña
de su amigo, el editor, J.L. Sabau
Recomiendo, francamente, no hacerlo. Esa es la regla de oro. Con ese consejo sincero, llegarás más lejos que si intentaras seguir los preceptos falsamente establecidos del género. No lo hagas. No lo intentes siquiera. Si quieres escribir una reseña, recomiendo firmemente no escribir una reseña. Al menos, no como existen hoy día.
Es un debate que me compete como editor general de esta revista. Hemos discutido mucho en esta revista si deberíamos hacer más reseñas en Perpetuo. Mi conclusión es semántica—como toda buena decisión—; las reseñas, como existen hoy día, son un insulto a la palabra y deben verse con otra perspectiva. Si hemos de hacer reseñas en Perpetuo, será de otro modo.
Pido disculpas, sé que esas palabras serán mal recibidas y que, seguramente, habrá una que otra persona—inexplicablemente fanática de las reseñas—que vendrá a criticarme por lo escrito. Salvo ese grupo muy selecto de reseñoamantes, diré lo que me parece una verdad a voces: no existe humano que disfrute de leer una reseña. Al menos como se entiende burdamente la reseña. Si, con una reseña, nos referimos a la opinión de una persona sobre una obra (dígase cine, teatro o literatura), entonces sostengo lo que he afirmado. Dejemos esa definición, a secas. Nadie llega a casa, tras días largos, y abre su revista de confianza para ver lo que otros opinan de un libro. Lo mismo con películas. Sincérense, no hay de otra.
[…]
Nota del editor: Nos llegan muchas “reseñas” a Perpetuo. El paréntesis lo uso con dedicación. Hay pocos textos que deteste más que una mala reseña—que, seré sincero, son la gran mayoría de reseñas que existen—. Por eso, quise escribir mis opiniones más claras. Ha sido un error tratar con tanto permiso a la reseña. Hay que darle rigor. Este es mi intento de afinar qué es este género de potencial desperdiciado.
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El Prado
de Ignacio Elbey
Un gran aquelarre festeja y baila en torno al diablo, quien está encarnado en una cabra y las recibe a todas como un padre. Hombres y mujeres salidos del infierno marchan condenados en procesión, sin destino alguno. Una anciana come junto a un cráneo su última cena. Un perro pardo levanta la cabeza con miedo, lucha y patalea por mantenerse a flote en un río de agua sucia, casi tan sucia que parece arena; busca sobrevivir, pero no lo está consiguiendo. Saturno devora a sus hijos, uno por uno, como un hambriento monarca.
Y en medio de eso, en medio de toda esa muerte y oscuridad, él se mantiene inalterado, en su puesto, alerta a lo que ocurre.
Sus jefes acostumbran destinarlo a los pisos superiores, pisos más fáciles, más accesibles; pisos de luz natural, elegancia y belleza, de Velázquez, de Murillo, de Zurbarán; pero esta semana no. Esta semana es la primera vez que le toca Goya.
La sala está ubicada en el subsuelo del museo, sin una ventana y con todas sus paredes pintadas de un negro intenso, a excepción de unas pocas letras en blanco que explican y dan contexto a la exposición.
[…]
Nota del editor: Hay algo sagrado de ir al museo; de estar en un espacio dedicado exclusivamente al arte y a su cuidado. Pasa que lo sagrado va de la mano, también, de lo profano. Existe en la mirada de Elbey, la semilla de ambas voces. La de lo sacro y lo profano. Ambas en la experiencia del museo.
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Si sales de las grandes ciudades de México, encontrarás dos realidades que gobiernan en la política local. Por un lado está un nepotismo rampante; familias que gobiernan por generaciones y transfieren su capital político a voluntad. Por otro, está la violencia que ha aumentado considerablemente en años recientes.
Paula Simón toma ambos fenómenos y muestra su cercanía. La violencia moderna de México crea, también, dinastías políticas. Para mostrarlo, se enfoca en un solo caso. Pero en ese caso, están cientos de historias de México.
Una muerte en la familia
de Paula Simón
Denisse se abrió paso entre la gente. Personas que escucharon los disparos llegaron con velas y rosarios a rodear a la difunta. Alma Rosa permanecía inmóvil, boca abajo. Denisse se hincó junto a su hermano, Fernando, y ambos tomaron de la mano a su madre. «¿Qué vamos a hacer?», le preguntó Denisse. «Yo no te puedo decir qué hacer», le contestó. «Yo convencí a mi mamá de ser política y mira dónde estamos».
Todo inició unas tres horas antes, cuando Alma Rosa Barragán, candidata a la presidencia municipal de Moroleón, Guanajuato, en el Bajío mexicano, se bajó de una camioneta blindada y caminó hacia el centro de una plaza. De las bocinas salía un jingle político, mientras banderas anaranjadas ondeaban con el aire cálido de un día de mayo. Los invitados comían, bailaban, grababan y se amontonaban entre sí a la espera de la celebración. Era el último día de campaña y todas las encuestas ponían a Alma Rosa en primer lugar.
Cuatro hombres armados se camuflaron entre la multitud. Estaban vestidos de naranja fosforescente: los colores del partido en júbilo. Nadie se fijó en ellos; ese color —en globos, sombrillas, playeras, y gorras— encendía la plaza como el sol intenso a un desierto. En el aire volaban conversaciones, música, aplausos, pequeñas explosiones de bombitas pirotécnicas y el siseo de algunas bengalas.
Alma caminó por un pasillo entre filas de sillas con el entusiasmo de quien sabe que está cerca de la victoria. Se paró al frente de los asistentes, con un micrófono en mano, junto a sus hijos, Denisse y Fernando. Antes de empezar el discurso bajó la mirada hacia sus pies invadidos por cáscaras de cebollitas artificiales, cortesía de un par de niños animados por la travesura, cuando, de pronto, algo sonó más fuerte. Desde el fondo de la plaza, uno de los hombres disparó contra ella.
Movió la mano a su estómago manchado de sangre, se alejó con esfuerzo de la multitud y caminó hacia el final de la calle. Algunas personas corrieron y gritaron, otras se tiraron al suelo, buscando refugio sobre el concreto o detrás de la sombra de los árboles. Cuatro civiles resultaron heridos. Denisse y su hermano corrieron hacia las casas más cercanas y se escondieron detrás de una pared de ladrillos.
«¡Mátala!», dijo uno de los atacantes. «¡Falta uno!», siguió el otro. Hubo un silencio y, unos segundos después, se escuchó un último balazo.
Eran las siete de la noche del martes 25 de mayo de 2021 cuando Alma Rosa Barragán, candidata del partido Movimiento Ciudadano a la presidencia municipal de Moroleón, Guanajuato, murió sobre el pavimento.
[…]
Nota del editor: Lo de Simón es ambición pura. La de alguien que encuentra una historia en lo limítrofe y ve en ella la semilla para explicar la realidad de un país. Sí, la crónica es de un solo homicidio político. Pero, en realidad, es una crónica del México contemporáneo y de cómo el poder local ha sufrido por la violencia (y, quizá, como el poder nace de la violencia).
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