La fiesta más grande del deporte, la Copa Mundial de Fútbol, detiene al planeta.
No desaparecen las demás historias, las demás vicisitudes, pero a lo largo de un mes —y ahora un poco más— cada cuatro años los ojos prestan atención consentida al trayecto de la pelota. Ahí también hay historias: en el asalto de efervescencia fútbol a la cotidianidad, que no deja de suceder. Eso pensamos en Perpetuo cuando decidimos hacer una semana futbolera: ver a las personas en el fútbol y el fútbol en las personas, ese hermoso intercambio que sucede entre el deporte y la palabra.
La edición del 3, 2, 1 de esta semana va dedicada a ello.
El fútbol tiene muchos escenarios. El estadio es el templo de los fieles e infieles: a él acuden quienes aman el escudo, quienes lo odian o quienes simplemente lo acompañan. Pero el fútbol es también un recuerdo, como lo es para Chacón; es una petición, un anhelo para Pino; y es, ante todo, un poema repleto de imágenes, como esas que aporta Valenzuela. Cada poeta regala su visión, su escenario, como también lo hace Pedro González en un cuento que reconoce el hacer de los talacheros en una sátira que pone en vilo el juego, el orgullo y la vida misma. Por otro lado, los ensayos de Dichi y Millet ahondan en los límites del deporte, datando esas vivencias que también componen la experiencia mundialista, como son la colección de estampas o la política del espectáculo.
El fútbol y sus escenarios, los escenarios y sus historias…
La cancha
de Alvaro Valenzuela
De la mano del papito por la ventana de la micro estacionado de cola llegaron a la cancha. Los de potito y de trasero, confitado rico el maní a luca la bandera una monea’ pa’ alentar al equipo. Tortugas ninjas guanacos, zorrillos y caballos a cargo del zoológico. Colgados del alambrado lienzos, cuncunas y gárgolas sin camiseta Alcohol vociferante tablones despiertos nubes de paragua colillas calcinadas adornan los pies. Papeles picados vuelan explotan los globos chispas de una bengala sulfurada salpican la noche y los once corren a la cancha. El sudor del número en la espalda Los juicios de las parcas de negro danzando va la más deseada. Puteadas del exitista y lágrimas del sensible pegado a la reja, sembrarán la próxima flor de ilusión. De cuero cubre la radio el tata, pegado al audífono de la AM. Cuenta los tiempos el Cronos de boina y bufanda cuadrillé. Uñas carcomidas por el alargue abrazos goleadores besos coloridos sentada la amargura pronósticos atropellados apuestas a las redes historias para el diario estadísticas para comentaristas y taxistas noventa minutos de memorias colectivas. Coco, 2010
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Te acuerdas, mamá
de Angelo Chacón Sequeira
Te acuerdas, mamá, cuando papá llegaba cansado del trabajo. Tú ya estabas en casa pero él llegaba tarde. Siempre tarde. Sus manos olían a fierro y a grasa, pero sonreía cuando me veía. Te acuerdas, mamá, que no teníamos tele. Pero papá decía: «vamos, mijo», y me subía a sus hombros. Caminábamos muchas cuadras y llegábamos a una tienda grande, con luces. Ahí había televisores en la vitrina. La gente se juntaba a mirar, yo no entendía por qué. Pero papá me ponía arriba de una jardinera y decía: «desde aquí ves mejor», y yo veía una cancha verde. Unos hombres corrían detrás de una pelota blanca. La pelota iba y venía. La gente gritaba «gol» y papá me apretaba fuerte. Yo sentía su pecho; sonaba como un tambor. Eso me gustaba, mamá, ver a papá contento. Te acuerdas, mamá, que yo quería un balón. [...]
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Última voluntad
de Marcos Pino
Llévame al lugar donde todos son felices, donde hasta el más ogro esboza una sonrisa, donde la creatividad ignora al intelecto, donde la muchedumbre engalana el escenario y protagoniza el espectáculo. Llévame donde las gracias no tengan razones donde el grito es sinónimo de diversión donde no existen guerras interestelares donde el campo traga tristeza con la calma y se funde con la alegría de la torpeza. Llévame donde las penas no apenen, donde la suavidad sea la prisa de un festejo, donde lo terrible se subsane con sed de revancha, donde el pagaré lo firme el billete del tiempo, y la retribución sea una colección de emociones. Llévame donde la gorra y la vincha cobren valor, desde la picardía de quien las vende, donde la gaseosa y el maní con cáscara alboroten todas las papilas gustativas donde las hilachas miserables sean pintorescas, como en ninguna otra parte del mundo. Llévame donde la historia sea ovación llévame mañana, de día o de noche pero no dejes de llevarme donde el pobre es feliz cuando los polines de la red se hamacan.
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La vida social de un álbum
de Silvia Dichi Atri
Yo entregué a Ronaldo por Coca-Cola. Suena a traición futbolera, a pecado mundialista, a una decisión tomada bajo presión o a una metáfora demasiado obvia sobre el capitalismo, pero no. Fue literal. Yo tenía a Cristiano Ronaldo repetido y alguien tenía todas las estampas de Coca-Cola que me faltaban.
Estábamos en Reforma, donde habían puesto estampas gigantes del Mundial como si la ciudad también hubiera decidido pegar su propio álbum en la banqueta. Había gente con carpetas, bolsas de plástico, listas dobladas, plumones, ligas, separadores y esa cara muy específica de quien ya no colecciona por diversión, sino por cierre emocional. En cualquier otro contexto, entregar a Ronaldo habría sido una pésima decisión. En el mundo Panini, fue simplemente una forma de dejar de buscar unas estampas que, siendo muy honesta, a mí ni siquiera me importaban tanto.
Eso es lo ridículo y lo perfecto del álbum: las cosas no valen por lo que son, valen por el espacio que ocupan. Las Coca-Cola para mí no eran la joya de la colección. No eran Messi, no eran Cristiano, no eran una Gold, no eran una estampa que yo quisiera presumir como si hubiera encontrado oro. Eran más bien una sección incómoda, un grupo de huecos que no se llenaban solos, unas estampas aparte que no salían en los sobres normales y que de pronto empezaron a ocupar demasiado espacio mental. Entonces sí, entregué a Ronaldo. No porque Coca-Cola valiera más. Porque yo ya no quería pensar en Coca-Cola.
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Pan y circo e idiotas
de Alonso Millet
Daré una confesión. Durante meses, quise convencerme de que me refugiaría todo junio —mes mundialista— en casa de mis padres en Mérida. Debía huir, me dije, asustado por la congestión que caería sobre la capital. En suma, la indignación por los precios desorbitados para ver a la selección ganar en el Azteca, generaron un desencanto que me llevó a pensamientos heréticos: haría un boicot personal a todo lo relacionado con la justa. Hoy, con el Mundial encima, agradezco haber echado atrás mis intenciones woke. Lo digo sin tapujos: me comportaba como un idiota.
En la antigua Grecia, el “idiota” era el ciudadano privado, el desinteresado por los asuntos públicos; un apolítico. Y aunque hoy ha evolucionado hacia una definición similar a “estúpido”, el idiota milenario sobrevive. Sobre todo, en el discurso. Uno que hoy ha querido sectorizar al idiota, acorralarlo en la idea pasiva del espectáculo: todo se queda en la cancha. El espectáculo es político. Al pan y circo no lo define la bondad de los gobernantes; es, de facto, una estrategia política. Aquel que niega su impacto es, por defecto, un idiota.
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Talacha de Tapachula
de Pedro González Moctezuma
Treinta mil pesos por jugar fútbol un fin de semana no está nada mal, la neta. Pero si esos treinta mil varos implican viajar a las entrañas del monstruo y poner en riesgo la vida no suena como una oferta tan buena. Pero bueno, para los que nos ganamos el pan en la talacha este tipo de oportunidades se presentan cada cierto tiempo y hay que tomarlas. Además, ya no había marcha atrás, ya estábamos llegando a Tapachula.
Nos recogieron en el aeropuerto y nos llevaron a una casa de seguridad. Me sacó de onda ver a toda esa banda armada y lista para los madrazos siendo tan amable con uno. Estoy seguro que después de recibir secuestrados, sicarios y policías, que llegue un grupo de futbolistas de la Ciudad de México es una experiencia agradable para los matones. Luego luego se vio, hasta nos pidieron fotos.
En corto ya estábamos destapando las primeras chelas y abriendo las bolsas de botana cuando se asomó una niña que tenía la quijada trabada. Tenía la mandíbula tan tensa que se ve que hasta le dolía la cabeza, pero no era prognata y era muy joven como para que se le hubiera torcido por la coca. Así era su cara, namás. Tendría unos 12 años, pero se movía con más seguridad que los pistoleros y los futbolistas. Nos abordó para decirnos que el primer partido se jugaría a la mañana siguiente y que iba a haber una cena normal en una hora, que no nos llenáramos de papitas, pinches puercos. Tampoco les recomiendo emborracharse, se juegan mucho en el partido de mañana.
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Ayer, arrancó el mundial en el Coloso de Santa Úrsula: el Estadio Azteca. Miles de fanáticos tomaron sus butacas para ver el México - Sudáfrica (y, de paso, ver a un equipo hispanohablante ganar en casa).
Queremos hacer una petición, la misma que hace Arturo Trujillo en el estelar de esta semana. La de pensar no solo en el estadio, sino en la colonia de sus alrededores. En ella, hay una historia que va más allá del mundial y abarca, a su vez, todos a los que excluye.
A la sombra del mundial
de Arturo Trujillo
La colonia Pedregal de Santa Úrsula se encuentra al sur de la Ciudad de México; ahí donde la piedra volcánica reemplaza las bases pantanosas del centro capitalino y los rascacielos descansan momentáneamente. Es una colonia de casas chatas, calles estrechas y el enmarañado de cables característico de México entero; una más de las cientos que conforman la capital.
Caminando entre sus calles, no sospecharías lo que yace a escasos metros; lo que está a la vuelta. En su cordillera posterior, donde el barrio pareciera acabar, aparece el gigante que toma su nombre como apodo. Ahí está el coloso de Santa Úrsula; el Nido del Águila; el famoso Estadio Azteca—recientemente rebautizado como Estadio Banorte—.
El estadio ocupa una prominencia enorme en el mundo del fútbol. Para el mexicano, es el hogar de las Águilas del América y sus múltiples campeonatos—ya sea para aplaudirlos o abuchearlos—. Para el mundo, es donde Pelé se coronó con Brasil y Maradona, asistido por Dios, ganó el mundial para los argentinos. Dos veces sede de finales, decenas de eventos, cientos de partidos de liga.
Pocos espacios ponen una sombra tan grande. La sombra que cae sobre el Pedregal de Santa Úrsula. Y sombra que, ahora, es más grande todavía.
Por casi dos años, el estadio cerró sus puertas por remodelaciones para el siguiente mundial. Ahora, que se abre de nuevo, lo hace con nuevos colores.
Ahí está, listo para el mundial.
Mientras tanto, la gente a su alrededor, no sabe cómo seguir adelante.
Fueron excluidos desde la planeación desde la creación de un cerco policial implementado por la FIFA.
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