Dicen que ya nadie escribe ensayos. Nosotros no nos la creemos ni de cerca. Por eso lanzamos nuestro primer concurso de ensayos para autores en español.
Puedes participar con cualquier ensayo de cualquier extensión de cualquier tema. Así como lo leíste. Lo único que importa es que sea bueno.
El primer lugar se lleva 500 USD.
Acá la convocatoria completa:
Pero ahora, volvamos a la literatura…
El río
de Sebastián Sánchez
Allá, Los rayos de luz filtrados sobre El ondeante lecho de barro. Allá, Rocas pulidas convertidas en huevos ancestrales Por los embates del tiempo. Allá, Naufragios de troncos milenarios Como dedos de titanes vencidos. [...]
Nota del editor: Desde que leí las palabras de Heráclito—«nadie se baña dos veces en el mismo río»—no había pensado en esos caudales. Quizá por no tener ninguno cerca—los de la Ciudad de México llevan décadas entubados—; quizá por simple ignorancia. Sánchez, quien trabaja como un fauno, perdiéndose en la naturaleza en este siglo de ciudades, nos recuerda que hay una especie de poeta que, más que forjar rimas en un estudio, las encuentra en las afueras; en el bosque mismo.
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Lamiak III
de Santiago Gozálvez Perera
Lo peor son los sueños. Los planes que no se cumplen Y se convierten en parálisis Que te aprisiona el pecho. Noto al diablo posando su mano En mi corazón y arrancándolo De la razón que impide el movimiento. [...]
Nota del editor: Freud alguna vez escribió que lo terrible de la melancolía era la incapacidad de volver al pasado; que no hubiera forma de retornar a un amor que ya no está o pasar unas horas con un ser querido que, ha tiempo, nos ha dejado. Eso lo distingue de la nostalgia. Gozálvez extirpa el principio de ese momento; cuando la melancolía apenas surge frente de uno y no puedes más que verla en su camino. Cuando lo que más duele no es la imposibilidad bien establecida y que te hace suspirar antes de seguir con el día, sino el pensar en la posibilidad por vez primera de que vuelvan las cosas a su estado sabiendo solo para descubrir—y cuánto importa el verbo—que ya no pueden hacerlo. Sus versos son de hallazgo; la melancolía es de lo establecido.
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Para amar, primero…
de Ignacio Molina
Vivo en tus ojos, en su fulgor breve que insiste cada vez que me mira. Quisiera no decirme en ellos, no delatar lo que tiembla. Un beso bastaría: abrir lo cerrado, rozar ese borde donde aún dudas. [...]
Nota del editor: Pienso en los versos de Molina cuando me preguntan mis amigos lectores el motivo por el cuál hay que leer autores vivos cuando hay tantos tan buenos que ya están muertos. Pienso en que aún nos queda mucho que descubrir; muchas palabras para expresar lo vivido. Pero, sobre todo, para ver que la gente sigue viviendo; sigue sintiendo. Si, en estos años donde se dice que las emociones han muerto, podemos encontrar motivos para probar lo contrario; si solo por demostrar que los románticos, como Molina, no se han erradicado, me parece suficiente buen motivo para leer a los autores contemporáneos.
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Autocensura e hipoxia verbal
de Jonatan Molina
Recientemente, vi una entrevista a Bunbury en la que se abordaban temas más allá de lo meramente musical. En ella deslizó una idea que me llamó poderosamente la atención y que merece tenerse en cuenta. Al reflexionar sobre la libertad de expresión, se preguntaba hasta qué punto dejar de decir ciertas cosas por miedo al juicio o la cancelación afectaba a los propios límites de la libertad de pensamiento.
Al callar, se genera un mecanismo que se retroalimenta, en el que determinadas ideas dejan de ser consideradas porque previamente han quedado excluidas del espacio de lo decible. En otras palabras, lo no expresado limita nuestra libertad de pensamiento.
[…]
Nota del editor: Debemos de sentir algo de tristeza ante las formas en que limitamos el habla. Eso sí lo tengo muy claro y, gracias a Molina, ahora hay una serie larga de argumentos para defenderlo. Salgo de su ensayo con miedo de las fuerzas que actúan sobre de mí—que sé que actúan sobre de mí—y cuyos impactos no he medido. No sé cuántas palabras he perdido ni cuántos argumentos se me han ido erosionando. Sé solo que soy producto de esos tiempos y que, estos tiempos, a veces me aterran.
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Cambio
de su amigo, el editor, J.L. Sabau
Me es difícil entender cuando ese que soy se vuelve en aquel que fui. El tiempo pasa lentamente; con él se altera un pedazo de mi vida. Va cambiando; creciendo. Como el óxido en una estatua, se pierden los gestos sutiles que el artista soñó en su momento. Llega el peatón y admira un rostro distinto. Ya no es el mismo que rebelaron en la inauguración; el monumento parece un tirano en lugar de un libertador. Lo han limpiado, usando tantos químicos como es posible. Solo logran reducir el sarro a costas de perder sus rasgos. Cada intento nos aleja más del pasado; sin advertirlo, borramos el presente.
Es en verdad simple: vivir en el mañana destroza los frutos del hoy. Me temo que, viajando por los años, el retorno es imposible. Ese monumento ahora es otro. La placa, una vez dorada y prístina, es ahora marrón, con letras degradadas. La vida ha cambiado…
[…]
Nota del editor: Escribí este ensayo hace media década ya. Lo encontré esta semana y me sentí de la misma manera. Esa sorpresa viene con sus matices pero fue lo suficiente como para darle un espacio a estas palabras. Ahora, la sorpresa no es el tener barba por vez primera, es el tener menos pelo en la cabeza. Ya no es el que mis ojos se vean distintos; es el poder ver menos. Usualmente no me encuentro en mis ensayos pasados. Este se siente como la excepción. Sigo encontrándome con esos sentimientos ineludibles de cambio. Sigo cambiando y sigo sorprendiéndome de ello.
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Kyoki
de Warren Alpízar
Desde que Öz asistía a la escuela, su mayor sueño siempre fue el de convertirse en un gran pintor, tan importante como aquellos con cuadros en el Louvre o en el MET que sus padres lo llevaban a ver algún que otro verano. Al salir del colegio, y después de quemarse la cabeza pensando en qué hacer con su vida, decidió que el camino que quería tomar sería el de las Artes Plásticas, siguiendo aquel anhelo de niño.
Y así, tan rápido como un parpadeo, su sueño se hizo realidad. Con tan solo 24 años, Öz ya había creado dos grandes obras. La primera era un paisaje con expresiones corporales, colores vibrantes y figuras surrealistas que causaban intriga y recordaban a El Jardín de las Delicias; la segunda retrataba a una mujer postrada en un valle de flores, cargada de blancas perlas y telas brillantes que cubrían su cuerpo, posando en un suelo verde lleno de vegetación, como salido de la misma Biblia.
[…]
Nota del editor: El arte no acaba. Es, a su modo, una maldición. Eso me he dicho desde que terminé de leer este cuento de Alpízar. Volvemos a interpretar obras hasta el cansancio; vidas enteras devotas a los mismos conceptos que atormentaron a los cavernícolas tempranos en canciones ha mucho perdidas y a los griegos tardíos cuando veían caer su imperio. Kyoki es parte de esa tradición por el hecho de reconocerla. Por el hecho de identificar el arte como un ciclo que no acaba ni en el cuento mismo (y que, sospecho, sigue habiendo gente encontrando esa pintura).
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Es altamente probable que, si caminas por una colonia cualquiera de México, encuentres una paletería blanca con tonos rosados; su logotipo muestra a una niña con vestimenta típica agarrando una palenta. Acabas de entrar a una Michoacana; una de las marcas más grandes del país sin, siquiera, estar registrada.
De ahí, un misterio. ¿Cómo es que estas paletas se hicieron ubicuas cuando son todas de distintos dueños, tienen distintos sabores y distintos colores, incluso? Eso exploró Silvia Dichi Atri para Perpetuo, en una crónica que va más allá de las paleterías para explorar los curiosos patrones que predominan en México.
Buscando a La Michoacana
de Silvia Dichi Atri
La primera vez que me senté a comer una paleta de tamarindo en una Michoacana pensé: esto sabe igual en todas partes. Rosa el toldo, rosa la muñequita, rosa la nostalgia. Para quienes no viven en México, “La Michoacana” es más que una heladería: es una institución popular. Venden paletas heladas, nieves y antojitos con fruta natural. Las hay en cada barrio, cada pueblo, en cada esquina del país. Su sello visual es infalible: una niña con trenzas, un sombrero tradicional michoacano y un menú colorido que promete sabores de mango, limón, chamoy, rompope o galleta.
Lo natural sería pensar que el sabor de cada una de las Michoacanas es igual. Paletas de agua, color rosa en los toldos, la muñequita de trenzas sonriendo con su sombrero michoacano, la promesa de fruta natural. Basta cruzar la calle para descubrir que no hay dos iguales. En este caso, basta con cruzar la Ciudad de México.
[…]
Nota del editor: Dicho escribió de paleterías pero, en verdad, escribió sobre el alma de México. Eso es lo que me encanta de esta crónica. Habla de lo eclécticos que son los países y cómo, dentro de cada uno, hay infinidades; tal y cómo, en la michoacana, hay infinidad de sabores. Quizá eso es México. Una empresa que le pertenece a todos y todos hacen con ella lo que desean. Quizá México es, de verdad, la Michoacana.
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Da ghâli nar
de Diego Acuña
No dejo de pensar en una frase de este foto ensayo: «Esa bendita ignorancia ya no vuelve». Con ella, Acuña recuerda lo que era adentrarse en las calles del Cairo como un fotógrafo sin experiencia. Lo que era estar solo con la cámara capturando el caos cotidiano. Eso es lo que trasmiten sus imágenes: la belleza de lo cotidiano sin tener que elaborar escenas minuciosas.






Ve el foto ensayo completo:


























