Queremos encontrar al siguiente Premio Nobel de Literatura. Creemos que puedes ser tú. Por eso, queremos dejar tan abierto como sea posible el proceso para escribir con nosotros.
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Pero ahora, volvamos a la literatura…
A kilómetros huelo el cauce
de Wenceslao Claudel
Para quien no quiere ver Hay temperatura récord en la nota roja Ese género que ha tomado rehén a la prensa internacional Y mamado sensacionalismos como borracho en quincena Ante el sigilo-tendencia De la broma del poderoso. Es así como grados cientifuegros incendian las redes Y me pregunto si este calor en el nudo de la pelvis Nada tendrá que ver con las bombas e idiotez Del insensible y su consumo y su poca lengua Sin papilas para probar tantitito al otro su llanto Las marcas no-natura de la piel Los recuerdos mutilados del azar dirigido…
Nota del editor: Huelo pero no veo. Así es como me explico lo que siento con estos versos de Claudel que tan claro tienen la rareza de este siglo sin pecar de lo megalómano en su explicación. Ahí estará su mérito poético: en reflejar ese sentir confuso y certero a la vez de saberse parte de la historia cambiante. De saber que este siglo tiene algo extraño.
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Colibrí
de Xavier Burguete
Colibrí
aleteando sobre un níveo agapando,
frente a mi ventana veo a un colibrí,
que al tomar un descanso sobre el alambre,
[de púas
enigmático, discurre para mí.
¿Qué otras boscosas criaturas cruzan esta
triste tecnósfera de blanco concreto?
Entre mi ventana y el otro edificio
No hay bosque para ninguno.
¿y qué otra invitación hace un alambre
[de púas
sino a chingar a su puta madre?
Rateros, embusteros, mentirosos todos.
En esta ciudad no se puede confiar en nadie,
por eso levanto muros y bardas
[con púas
y pongo rejas y casetas y códigos.
Afuera, los mentirosos, adentro
mi pasto verde, mi roble, mis plantas.
[...]Nota del editor: Cuando me mudé a la Ciudad de México, recuerdo la sorpresa al descubrir que, en este eterno concreto, había un colibrí furtivo en mi colonia; mismo que venía de vez en cuando a ver las flores en mi terraza. El error mío fue ignorar la poesía inherente en ese hecho para sentir, tan solo, el asombro momentáneo de la naturaleza persistente. Gracias a Burguete, ese recuerdo ha vuelto y se ha aferrado con fuerza como el que entiende, al fin, lo vivido en la infancia.
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Encuentro
de Matias Juan Cañete Paladea
Suelo encontrarla todo el tiempo en todos lados La encuentro siempre y siempre se me escapa La encuentro enredada en mis sábanas al despertarme La encuentro en el aroma del café de la mañana La encuentro a mi lado en el murmullo de las olas del río chocando con las piedras de la costa La encuentro en las estrellas de la noche de un cielo despejado La encuentro en el sudor de mis manos cuando aparece y me las toma fuerte como temiendo que fuera a escaparme La encuentro en el monte y en las ramas y las flores La encuentro en las piedras brillantes y en el aroma seco de un viejo libro de poemas La encuentro en los momentos en que pienso en nada y ella aparece con la duda inquieta y la certeza de que en algo estoy pensando La encuentro en las noches recostada a mi lado, observándome y tratando de descifrar algo que no sé con una mirada inquisidora La encuentro siempre y siempre se me escapa La encuentro todo el tiempo en todos lados Y hay veces en las que quisiera no encontrarla más Que la búsqueda ya no sea necesaria No encontrarla más o encontrarla para siempre No encontrarla porque ella está a mi lado Quisiera no encontrarla más
Nota del editor: Si hubiera que definir la pasión primeriza que confundimos con la palabra amor, ha de ser cercano a los versos de Cañete. Es un sentimiento ineludible; un ver al otro en todas las cosas que razonablemente se le acercan y, también, en las que no. De ahí el valor de estos versos, en su sinceridad para expresar lo que todos sentimos en un momento u otro.
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La resurrección de los vivos
de Alonso Millet
He pensado mucho en la resurrección. No en la de Jesucristo, que de esa se ha hablado mucho; pienso, más bien, en una epifanía sierva del azar. Hay algo hermoso en la contemplación del camino por el cual regresa el momento perdido a casa. Si le entendí bien al discurso de cierto decano en la ceremonia de graduación de mi hermana en cierta universidad del noreste de Estados Unidos, podemos entender la resurrección desde múltiples perspectivas; me gustan dos: que los años que faltan son los que sobran; que los que vienen, aunque distintos, ya han pasado. Importa cómo los enfrentamos.
Volver de entre los muertos no sugiere únicamente la reactivación de los pulmones: se necesita compromiso. Comprometerse con la vida nuestra en los demás y con la de los demás en la nuestra. Citaba para bien Michel de Montaigne, plurisecular progenitor del ensayo, a Virgilio, bimilenario poeta: La disposición del alma cambia constantemente; cuando una pasión la agita, la mutación del viento hará que otra la arrastre. Estos días, con el viaje reciente y la sonrisa intacta, los vientos me han llevado lejos: avivaron la noción de mi espíritu y con la mirada dispuesta rocé la plenitud. Pero sólo lo hice gracias a otros: en su ternura habita el compromiso de la resurrección.
[…]
Nota del editor: Podría hablar del mérito que tiene Millet para fluctuar de lo rimbombante a lo sincero; podría elogiar la facilidad con que se mueve entre los temas para llegar a la conclusión prometida—aún si el lector, en el proceso, ha de vagar por los resquicios de su mente para encontrar el destino—. Pero el mayor de todos es la capacidad que tiene para expresar en palabras el sentimiento que perdura tras una conversación con él; el de un lector ávido que busca mostrar con todas las frases posibles sus ideas. Espero todos tengan oportunidad, un día, de hablar con Millet y ver que así como lo leen es como existe.
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En contra del mingitorio
de su amigo, el editor, J.L. Sabau
Cuando cumplí los diecinueve, en una de esas rachas insensatas que atribuyo al tiempo libre universitario, le declaré la guerra a los mingitorios. Concretamente, me hice la promesa de orinar sentado todas las veces que pudiera y así, poner fin a una industria insensata y, francamente, nociva para el bienestar social. En años recientes, se ha vuelto un imperativo; incluso, podría decirse, un acto de rebeldía. Salvo las contadas ocasiones donde la higiene así lo impide, me he hecho a la norma de deshacerme de mis líquidos de la misma forma que trato a mis sólidos: sentado como una silla; sin necesidad de mirarlo.
Ahora, a varios años de la decisión, he concluido que la otra forma—la estándar—, el orinar parado, es una conclusión bizarra a una necesidad biológica; una grave anomalía que explico, tan solo, por la tendencia masculina a hacer cosas por el mero hecho de poder hacerlas. Lo mismo que tirar piedras de un barranco o encender cerillos sin motivo aparente. Si orinamos parados, es porque podemos y no porque sea lo más sensato. Es por un breve momento de gloria que le llega a mi género al ver, en los baños públicos, las filas alargadas de mujeres y pensar, esperando un turno venidero para el urinal: «qué dicha la mía de haber nacido varón; la de poder orinar parado e irme tan rápido como pueda».
[…]
Nota del editor: Hace unos años, un amigo querido me presentó las excentricidades de Carlos Maslatón; entre ellas, su argumento—difícil de refutar—para el baño de once minutos con doble enjabonada. Mi equivalente son estas palabras y mi elogio a orinar sentado. Es un imperativo que, con la misma insistencia que Maslatón, la explico, apasionado.
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Itaka es una isla sin costas
de Matías Traconis
I
No había en el paisaje un sólo detalle que no fuera parte de un folleto promocional en papel encerado: las montañas a lo lejos, rodeando Itaka como un gigante dormido; las arenas como manchas de leche regadas sobre el verde del rough; incluso los destellos del lago tras al cajero automático del club, titilando sobre la superficie y reflejando la imponencia del sol de mediodía. Todo, incluso Robinson Miller, demasiado bien vestido para un domingo de campo y acostado con la boca entreabierta bajo los aspersores del hoyo cinco.
En lo alto, un helicóptero diminuto dibujaba una circunferencia en el cielo. Robinson lo vio pasar con ambas manos sobre su ombligo. Entre sus jadeos, se escuchaba el débil ritmo de unos tambores en la distancia. Debían ser las aspas del helicóptero —pensó—. O tal vez el chasquido del aspersor. Las gotitas lo envolvían en un tenue arcoíris; el agua helada se llevaba poco a poco el efecto del licor. Debía pararse cuanto antes y continuar con su camino. Si llegaba al otro lado —se dijo Robinson—, todo estaría bien de nuevo.
[…]
Nota del editor: Tengo debilidad por los intentos de resucitar historias del pasado. Más aún cuando demuestran, como hace Traconis, que siguen teniendo su relevancia. Un cuento como Itaka es una isla sin costas tiene un poder doble. Primero, el de la reflexión inherente al ver a su protagonista deambular en un presente que lo olvida—ya solo con esa idea, hay mucho de que hablar—. Y segundo, el de darle una nueva dimensión al pasado que ni el mismo Homero habría imaginado.
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One Piece es la serie de televisión más importante del siglo XXI. Quizá, incluso, podría decirse que es la obra de ficción más importante del siglo. Se ha hecho con audiencia desde su natal Japón hasta los confines del África. Pasando, de por medio, por España.
El estelar de la semana es testimonio de una de esas personas que ha seguido la serie; el de Luna Miguel, autora española y cómo, por medio de sus episodios, ha desmenuzado una nunca teoría sobre la ternura. Que nadie diga que los ánimes dejan poco en qué pensar; ese reduccionismo es imposible mantenerlo tras leer a Miguel.
La ternura no ha fracasado
Lo que aprendí sobre la belleza viendo 1155 capítulos de One Piece con mi hijo
de Luna Miguel (luna)
Es sábado, cuatro de abril de 2026. Paseo con mi hijo por el centro de Alcalá de Henares, de camino a la iglesia en la que mi marido tomará el bautismo esta misma noche de vigilia. Parece que a él la fe le entró así, de repente, justo un año antes, mientras respirábamos los tres el aire helado de las montañas de Montserrat. Por aquel entonces, mi hijo y yo también estábamos iniciándonos, sin saberlo, en otra suerte de religión algo más colorida, tierna y revolucionaria: aquella que inventó en Japón el mangaka Eiichiro Oda, hace casi treinta años. Así, mientras mi esposo aprendía a rezar himnos antiguos para sus adentros, mientras estudiaba griego, latín y hebreo para rizar en su lengua las rimas internas de aquel amor que le había dado un ganas renovadas de vivir; nosotros comenzábamos a entender la importancia de esa otra historia de héroes honestos y humildes, de esa otra Biblia aventurera, en la que un niño pequeño, parlanchín y soñador, después de comerse accidentalmente una Fruta del Diablo digna de Eva, se decidió a surcar los mares con tal de dar comienzo a la aventura de su vida, y de la nuestra.
[…]
Nota del editor: No sé dónde colocar las palabras de Miguel dentro de la arbitrariedad de la categoría. No es una crónica propiamente dicha; hay demasiado análisis. Tampoco es un ensayo, para eso sobraría lo personal. Es una reflexión; con eso me quedo. Una especie de crítica que ya leí dos veces y no dejo de pensar como fanático de One Piece y de las letras.
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Ciudad de observación
de Melisa Jamesson
Dado que la gran mayoría de hispanohablantes viven en ciudades, es impactante lo poco que nos enfocamos en sus detalles. Esta semana, en el foto ensayo, Melisa Jamesson pone su lente al servicio de la ciudad de Buenos Aires. En verdad, al servicio de todas las ciudades. Logra capturar la esencia de lo urbano en este siglo donde se ha vuelto ubicuo.






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