Queremos encontrar al siguiente Premio Nobel de Literatura. Creemos que puedes ser tú. Por eso, queremos dejar tan abierto como sea posible el proceso para escribir con nosotros.
Publicamos autores sin experiencia y otros con décadas en el rubro. A todos los tratamos igual. Si te gusta lo que lees en nuestras newsletters y te gustaría enviarnos algo, puedes enviarnos textos aquí:
Pero ahora, volvamos a la literatura…
Esperando la línea W
de Neftalí Reyes
Tú. Tú. Tú.
Como el sonido de esas máquinas:
las de hospitales de películas
que mercan el climax predecible.
Tú.
Un recuerdo involuntario
entre lineas de metro que espero
y ese sonido colado
sin motivo alguno.
Tú. Tus ojos
como el azul de esa camisa
al otro lado de la estación.
Tú,
tan lejos, tú,
que creo puedo tocarte,
pero nos separan cuatro rieles
y columnas de acero.
Tú,
colándote en mi mente.
Tú,
en los peores momentos.
Tú,
cuando hace tanto frío
y quiero llegar a casa
donde no estás y me faltas.
Tú.
Tu recuerdo.
Tú.
Tu ausencia.
Tú.
Que no me quieres
pero creo que me quisiste.
Tú.
Tú.
Tú.
Para sorpresa de nadie,
no estás tú.
Solo ese sonido.
Tú,
tú,
tú.Nota del editor: Disfruto la melodía de estos versos que inspiraron los murmullos subterráneos y reiterados de un sistema de transporte. Recuerdan que los versos pueden nacer de cualquier espacio; que, como escribía Borges, te puede matar una guitarra o, como he pensado ya varias veces, hasta un suéter ajeno puede sacarte unas lágrimas.
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Ataviaré
de Libia Leites Moreira
Ataviaré mi cuerpo de rojo vívidamente en tu espera. Soslayaré lo pendiente... lo pasado. Recibiré cada atisbo, como una señal clandestina. Me entremezclaré en tus intimidades como si hoy se acabara la especie. No importan los rugires si así lo amerita ese físico contacto. Pasarán las migraciones de los pájaros por la ventana de nuestra habitación. Sin respiro, solo un querer constante será un abrir de alas a cada instante.
Nota del editor: Qué poder tiene la poesía—que dulce es el canto de las sirenas—, que logra convencerlo a uno de volver a la destrucción del afecto. Leites es parte de ese canto totalizador; ese que captura al lector y le hace sentir una enorme nostalgia por lo vivido y añorar, de golpe, el siguiente momento de amor. Esa capacidad de transportar al lector—de atraparlo sin que se percate—ha de ser de los mejores logros que pueda tener un poeta.
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Haikukenna
de Joshua Restovich
San Trópico Ella llegó gracias a los memes. Una tarde envié uno a un amigo (lo que hago gran parte del día), era un meme cualquiera, pero lo que siguió cambiaría mi destino: preguntó si quería adoptar una de las gatitas de la camada. Fue la última en destetarse. Era un ovillo de algodón entre mis manos. Cada vez que llegaba a casa, estaba del otro lado de la puerta esperando, maullando para que la cargue en brazos. Cada vez que llegaba a casa era lo mismo. Hoy ya no maúlla. No es necesario. La veo y sé que quiere que la cargue. Como escritor —y todo artista es igual— gozo del egocentrismo que me permite creer que puedo burlar momentáneamente la naturaleza, y este es un intento de preservar lo que aún respira: un intento de inmortalizar a mi fiel compañera felina Mackenna… [...]
Nota del editor: Es raro que nos lleguen muchos poemas de un autor; aún más, que nos lleguen tantos de un mismo tema que bien podrían ser su propio panfleto. Decidimos publicar todos los haikus de Restovich—y esa introducción a verso libre—porque muestran una realidad distinta de la poesía. Quizá es que los versos son más comunes que los efímeros momentos de inspiración que eluden al poeta; quizá es que el poema es una serie de impresiones cotidianas que ignoramos. Quizá, son estos haikus de una gata querida.
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Los árboles que nadie ve
de Axel Juárez
La lluvia cae sobre Xalapa, primero como caricia, luego como si tuviera una cuenta pendiente con la ciudad. No es una lluvia cualquiera: es esa lluvia finita pero densa, a la que localmente se le ha llamado chipi chipi; una lluvia típica de un clima que se extingue velozmente: el bosque mesófilo de montaña. Como si la idea anterior se volviera premonición, la lluvia arrecia y convierte las calles en ríos improvisados, obligando a la gente a correr y guarecerse.
En la avenida Araucarias —donde se ubica una de las zonas residenciales más famosas de la ciudad— la entrada al parque «Del huarache» se ha transformado en un espejo turbio donde flotan hojas, basura y el reflejo distorsionado de los árboles. Es la hora de la comida de un día cualquiera y un hombre con medio kilo de tortillas envueltas en papel de estraza busca refugio bajo el quiosco del parque.
[…]
Nota del editor: Hay tantas historias en este mundo que yacen latentes en la quietud del transeúnte; tantas vidas que nos evaden e ignoramos. Juárez tiene el don—o tal vez la maldición de quién sabe este hecho y se ve transformado por él—. Su historia, que es ensayo—que te hace pensar más que un ensayo común—se siente como un imperativo de enmendar esta tragedia colectiva. Es el contar una historia para percatarnos que hay tantas más historias que contar.
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El gran generalizador
de su amigo, el editor, J.L. Sabau
Ha tiempo que he sospechado de mi nacionalidad como una gran homogeneizadora de la historia. Mientras más lo pienso, más me convenzo de la certeza del argumento. Los mexicanos pecamos de simplificar períodos largos del recuerdo, hasta que son solo palabras contadas en un libro del colegio; esas fáciles de olvidar tras los exámenes reglamentarios y que ocupan, apenas, un par de frases vanas en discursos de gobierno. Si ahora escribo del tema es porque, ha poco, me he percatado que nuestra fuerza generalizante actúa con mayor premura de la que anticipaba; porque inicio a notar el pasado cercano como un machote y que el PRI—ese eterno dinosaurio—ya no representa más que unas letras cuyo acrónimo ignoramos.
Mi crisis es, concretamente, la del partido hegemónico mexicano; ese que se niega a morir a pesar de los mejores esfuerzos de su dirigencia por acabarlo. Aquel que se gestó en los años después de la revolución, que mudó sus pieles de militares a licenciados y que diseñó la nación que conocemos a golpes certeros. De ese PRI, de sesenta y cuatro presidentes y cientos de gobernadores—ese partido que permeaba más profundo que el agua al subsuelo—; de ese hegemón, que encuentra su rival en la conciencia del pueblo que gobernaba, de ese es que escribo.
[…]
Nota del editor: Estas notas son parte de mi intriga reiterada—inspirada, en gran parte, por leer y releer a Paz—. Me he percatado que al PRI lo tratamos, en el mejor de los casos, como un monolito generalizado; en el peor, es un chiste predecible. Ahí hay algo más profundo sobre México—quizá sobre la humanidad entera—; sobre cómo generalizamos la historia aún si tantos la vivieron y han de poder recordarla.
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Un húmedo reencuentro
de Alonso Millet
¡Regla número uno! Jabonar las manecillas entre-dedos con cebo de manatí.
¡Regla número dos! Depilar las encías con rabo de cordero bañado en esencia de colibrí manso y tuerto.
¡Regla número cuatro! Evitar a toda costa la regla número… (Mutismo)
¡Regla número cinco! Olvidar el número que se ha evitado a toda costa: nunca nombrarlo en ayunas, digestión o durante el proceso eyaculatorio; por tanto, nunca nombrarlo en lo absoluto. Hay que recordarlo, eso sí.
¡Regla número seis…!
Un hombrecito declamaba los puntos de eso a lo que llamó, al finalizar con el inciso número veinte, la Normativa Superior de las Artes Sucias. Repetía el reglamento en cuanto concluía. Yo lo observaba, ahí frente a su estrado: una banca en la Alameda Central. Nadie parecía prestarle atención. Al menos nadie cuerdo; osease, gente que tiene un lugar a donde ir. Yo tenía a donde ir, pero me distraje y perdí el interés en mi destino.
Mientras escuchaba al hombrecito, observé los rostros de los demás oyentes; a los chiflados.
[…]
Nota del editor: Si el signo XX fue el siglo de la introspección del pensar—de la novela modernista que explora el pensar—, Millet parece encausar el XXI hacia un expresionismo emotivo. Su literatura es una donde la emoción y el impulso mueven a los personajes. Ahí, me atrevo a decir, hay una sinceridad contundente, cuantas veces he caído en fauces de lo inexplicable; cuantas veces, a nuestra especie, nos mueve la emoción más que la reflexión.
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En 2022, Ibrahim Traoré lideró un grupo rebelde que derrocaría el gobierno de Burkina Faso. Desde entonces, el militar ha gobernado el país entre la mano dura y el encanto de la reforma. Sus ciudadanos están divididos entre los méritos del progreso y los pesares del totalitarismo.
Franca Levin visitó el país; pasó días hablando con su gente para descifrar la enigmática figura de Traoré. Lo que resulta es más complicado: un ensayo sobre Africa, la ciudadanía y la democracia.
Mon Président: El Burkina Faso de Ibrahim Traoré
de Franca Levin
Más que una línea divisoria entre dos realidades, las zonas fronterizas suelen empezar bastante más atrás de los límites trazados en escritorios de roble. En Bolgatanga, Ghana, a treinta kilómetros de ese borde arbitrario, ya se ven banderas de Burkina Faso y calcomanías de su presidente interino Ibrahim Traoré junto a figuras internacionales como el futbolista Kylian Mbappé o el cantante Bob Marley.
—Yo soy burkinabé —me dice un chico que apenas araña la mayoría de edad. Hace ocho meses vive en Ghana buscándose la vida vendiendo sandalias.
—Lo queremos mucho a Traoré, está haciendo cosas buenas para el país.
Otros vendedores se suman a su argumento con sonrisas y el puño izquierdo en alto. Insisten en que esta frontera es segura y puedo llegar a Uagadugú, la capital de Burkina Faso, sin problemas en transporte público.
Sus comentarios contrastan con la imagen que se suele tener de la región. El Sahel es la franja de transición entre el desierto del Sahara y la sabana del sur del continente, pero en los últimos años se ha transformado en el principal escenario mundial de operaciones yihadistas.
[…]
Nota del editor: La historia de Levin me fascina por su naturaleza testaruda. No es un perfil de Traoré (Levin no lo entrevistó en momento alguno), pero se siente como si lo fuera. Tampoco es una crónica de viaje ni un ensayo político. Tiene elementos de todos y, por ello, no encaja en ninguno de los géneros. Es, en resumidas penas, una exploración brillante que toma una persona (Traoré) y un lugar (Burkina Faso) para reflejar parte de nuestra humanidad.
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Diversidad
de Juan de la Cosa
Por ahí del lunes, Tomás Lemus, nuestro editor de foto ensayos, anunció en el grupo: «tenemos un foto ensayo de dragas en Michoacán». La respuesta fue en iguales partes intriga y euforia. No entendíamos del todo lo que decía; no podíamos esperar la profundidad de las imágenes de Juan de la Cosa. Cuando finalmente vi el texto maqueteado, supe que era más profundo que la descripción. Era un ejercicio de mostrar la realidad interna que oculta el transeúnte. Uno de los foto ensayos que más me ha dado para pensar hasta ahora.






Ve el foto ensayo completo:


























