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Pero ahora, volvamos a la literatura…
Lamiak XII
de Santiago Gozálvez Perera
Madrid no es ciudad para poetas. Llueve cuando la tristeza invade y brilla el sol cuando ella sonríe. Su sonrisa no es para un poeta. Cuando se juntan, hay tormentas de verano. No deja de llover en Madrid mientras el sol brilla como si no existiera la luna. Ya no hay tormentas de verano. Solo lluvia, calor, nubes sin truenos.
Nota del editor: Aunque Gozálvez le escribe a Madrid, tiene la virtud del poeta que sabe le escribe al mundo entero. Cuando el habla de la capital española, yo pienso en los veranos en la Ciudad de México cuando los días cálidos y apacibles se interrumpen por chubascos incómodos que recuerdan—que te dicen con toda certeza—que tu, individuo, no puedes controlar al clima; al mundo. Y quizá eso es toda literatura; un intento por controlar una realidad que no controlamos; que nunca vamos a controlar.
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Luz de medianoche
de Margarita Blanco Muñoz
Los únicos silencios que no han sido incómodos, son los que tengo a puerta cerrada con mi voz. A media luz que penetra mi mente, luce una radiante radiografía de mi sentir. Mi exploración y paso por el mundo no ha dejado huella visible, estoy aportando desde la observación, sin intención de ejercer la fuerza para poder demostrar que, solo en silencio se puede escuchar más. [...]
Nota del editor: Yo no sé cuántos hombres he sido. Muchos. Cientos. De ellos, este que les escribe, resulta que es el triunfal. Y ahora, cuando leo los versos de Blanco, entiendo que existe una melancolía profunda a ello. Que para llegar aquí he tenido que hacer las paces con tantos otros yos que pudieron haber sido y que, terriblemente, no fueron. Siento algo de tristeza ante esos Jose Luises que nunca vieron la luz.
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El navegante nocturno
de Ignacio Molina Villegas
Me recuesto en la orilla antes de partir. No digo tu nombre, pero llega. A veces me acerco al dolor como quien prueba si aún está vivo. Desde que te fuiste el mar repite tu forma: una ola que vuelve sin alcanzarme. [...]
Nota del editor: Fue Heráclito quien, ha ya siglos, dijo que nunca nadamos dos veces por el mismo río. Ahora, en los versos de Molina, entiendo que las olas caen siempre en la misma costa y que eso, a su manera, es un desafío al griego. Por más que cambiemos—por más que el mundo nos gire a otros rumbos—, parece que volvemos a los mismos destinos. No sé si somos ríos que fluyen a sus finales o mares que siempre vuelven. Somos agua; eso será suficiente.
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Un homenaje a las raíces que viajan
de Andrea Martínez
Hay raíces inquebrantables, aunque el destino se empeñe en trasplantarlas al otro lado del mundo. No son visibles, sino un tejido de costumbres y de esa intimidad que solo reconoce la piel. De pronto, una se sorprende respirando un aire ajeno, acogida en calles donde el murmullo de la gente tiene una cadencia desconocida. La luz, esa que siempre se dio por sentada, parece escasa e insuficiente. Sin duda, es en la incertidumbre y el frío donde la raíz se manifiesta, como un lazo invisible que se estira con cada kilómetro, pero jamás se rompe. Y en el momento justo, cuando la soledad aprieta a deshoras, se recoge y te envuelve en un abrazo cálido e invisible. Es ese salvavidas que inyecta una oleada de nostalgia dulce, recordándote de dónde vienes sin obligarte a regresar.
[…]
Nota del editor: Martínez hace algo osado para el mundo del ensayo. Ahora que nos hemos acostumbrado a que esta escritura sea directa y argumentativa, la suya toma su tiempo y lo hace con metáforas. Es refrescante ver que las herramientas de la poesía y el cuento encuentren su lugar en el ensayo y que ayuden a que esa escritura llegue más y más lejos. Eso por sí solo es loable; el hecho que Martínez también trate de entender el migrar al hacerlo, es igual de interesante.
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Saldando deudas
Sobre leer a Neruda en Machu Picchu
de su amigo, el editor, J.L. Sabau
Estábamos solos cuando lo dijo. Eso—la atención—ya era costumbre.
Estábamos en un cuarto de su casa al que entrabas tras dejar tus zapatos en el corredor—casi siempre, la puerta la atendía uno de sus nietos que aparecían fugaces; él, a lo lejos, te gritaba para que entraras—. Se sentaba en un sofá que parecía, más bien, una cama, cubierto siempre de una manta afelpada con una jarra de agua gigantesca y un platón con trocitos de queso; yo, me quedaba en una silla acolchada a un costado. Fuera de una vez que visité su baño—una emergencia técnica—, no conocí otra parte del edificio. Las visitas eran siempre así. Entraba, me quitaba los zapatos y me preguntaba: «Bueno, José, ¿qué has leído esta semana?». No había tiempo de más; de admirar las artesanías butanesas que consiguió cuando escribió la constitución de ese país o el arte soviético de cuando fue el primer gringo en entrar a la URSS. Entrabas y te hacía preguntas; te cuestionaba y te empujaba. Así era Mark Mancall, quizá el académico más entrañable que tuvo Stanford y el primer mentor que tuve en esta vida.
[…]
Nota del editor: La escritura también puede ser testimonio; también puede ser para completar deudas de hace siglos. Así pienso yo en este ensayo que es sobre mi y sobre Machu Picchu, pero también sobre lo que en otros idiomas llaman wanderlust: un deseo por conocer al mundo entero y verlo en carne propia. Por años, el sentimiento me evadió. Pero la evación, acaba.
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La fiesta del lagarto
de César Cantú
—Oiga, ¿usted está muerto?
Teófilo bajó la mirada hacia sus manos. Eran largas y huesudas, enrojecidas por tantos años bajo el sol. No parecían las manos de un hombre sano, pero estaba seguro de que eran carne viva. Engurruñó los dedos como si apretara un par de frutas invisibles. El dolor pasó rápido por cada una de sus falanges, lanzando una punzada que lo sacó de toda duda.
—No.
—Es que se supone que los muertos ya llegaron, pero no he visto a ninguno.
—¿Cómo sabe si son muertos o no?
—Supongo que están más pálidos que uno. Más flacos o descompuestos.
—¿Tan mal me veo?
—No, no. La verdad ni sé cómo se ve un muerto.
[…]
Nota del editor: Cantú está en la larga tradición de autores mexicanos que confrontan de frente a la muerte. Lo hace con la ficción que es, quizá, la manera más cercana de recrear el vínculo nacional con el final de los tiempos; solo ahí, poniendo a los muertos como vivos, seremos capaces de recrear al mexicano que vive con la muerte en cuestas y la abraza; la admite como parte de su realidad. Solo con escritura como la de Cantú, se llega a entender a México.
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En años recientes, la música mexicana se ha inspirado del evento más importante para el país: la guerra contra el narco. El género mejor conocido que surge del conflicto son los narco corridos; baladas populares, sobre todo, en el norte del país donde se elevan los actos de criminales. A la par, dentro del estado, ha surgido otro tipo de música; el rap bélico. Su sujeto es, también, la guerra contra el narco pero la narra desde la perspectiva de policías y militares.
En el estelar de esta semana, Dahlia de la cerda 🦇 explora la tensión inherente en estos géneros musicales y lo que implica que el estado haga lo mismo que el crimen organizado para narrar sus hazañas. Lo que significa, pues, cantarle a la guerra desde todos los bandos.
Dos formas de narrar la violencia
de Dahlia de la cerda 🦇
Escucho narcocorridos. Los escucho en el coche, en la cocina, mientras lavo los trastes y mientras escribo esto. Me gustan. Me gusta la energía, me gusta la crudeza, me gusta que hablen de dinero, de loquera, de salir adelante.
También me gusta el rap bélico. Me gusta cómo suena. Me gusta la destreza lingüística y el cinismo. Esto no es una confesión de culpa.
Es el punto de partida.
Porque es exactamente desde ahí, desde el disfrute de los dos, desde donde me surgió la pregunta que no me ha dejado en paz: ¿por qué nos escandalizamos de manera tan distinta ante dos géneros que, en el fondo, cantan lo mismo? ¿Por qué uno nos parece peligroso y el otro nos parece heroico, cuando los dos hablan de armas, de violencia, de muerte, de un México que el discurso oficial preferiría que no existiera?
[…]
Nota del editor: La mayor batalla del ensayo es escoger el tema. Puedes tener la mejor escritura y los mejores argumentos pero, si la idea que buscas transmitir es tediosa, así lo será, también, la lectura. A mis ojos, Dahlia de la Cerda es de las mejores en México para encontrar esos temas que exhiben la realidad nacional. El de este texto es la música, pero también es la alma desgarrada del país tras años de conflicto.
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Eñe
de Andrei Bogdan Oltean
La tradición es una forma de romper con el tiempo. Así es que interpreto las fotografías de Oltean y las palabras con que Tomas Lemus las acompaña. Lo que captura su lente son las costumbres españolas pero también la forma en que la España de hace siglos sigue presente en la España de ahora. Quizá, es nuestro mejor intento de hacerle la guerra al paso de los años.






Ve el foto ensayo completo:


























