Queremos encontrar al siguiente Premio Nobel de Literatura. Creemos que puedes ser tú. Por eso, queremos dejar tan abierto como sea posible el proceso para escribir con nosotros.
Publicamos autores sin experiencia y otros con décadas en el rubro. A todos los tratamos igual. Si te gusta lo que lees en nuestras newsletters y te gustaría enviarnos algo, puedes enviarnos textos aquí:
Pero ahora, volvamos a la literatura…
Petricor
de J.P. Gonzalez
Hoy llueve... Hay en el cielo cúmulos de nubes tristes y en la calle charcos de lágrimas donde beben perros abandonados. Hoy llueve y acaso mañana quedarán residuos de agua en las calles (no habrá más que usarlos como espejo).
Nota del editor: Mañana podremos volver la mirada a los estragos de la lluvia y entender un pedazo de nuestro ser; uno que solo se ve a través del reflejo acuífero que queda sobre las calles. Eso me queda de los versos de Gonzalez; me queda ese último paréntesis que me hace pensar distinto de la lluvia como pensamos del pasado—aunque, muchas veces, al recordar el agua que cae, nos fijamos en las gotas más que en los charcos—. Quizá ese es el mérito de González. Entender algo profundo y revelador que yace en la melancolía.
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Cacucacucacu
de Jonás García Agüero
¿Cuánto carcinógeno se ocupa
para matar al cartógrafo en delirio?
«Cartuchos de sí mismo absorben,
lo que ostentaré para decir
por aquel trombón mudo».
Archívalo ya todo en lontananza
si quieres, etéreo y viejo sordo,
que sobre tus pedregosas láminas de brea,
mi acoso no desafina.
[...]Nota del editor: Fuera de la impresión que me generan las palabras rimbombantes en un poema—esas que, como intento de intelectual, admiro—, suelo evitarlas; suelo creer que es mejor hablar en la poesía como hablamos en la vida. García Agüero es de los pocos casos donde me parece justificado. Lo es, primero, por obligarte a pausar y a pensar en la intención de cada palabra. Y lo es, también, por crear en verso el sentimiento de confusión y evasión del que escribe. Eso último me sigue impresionando.
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Poema VIII
de Neftalí Reyes
Temo que un día he de olvidar tu rostro. Como olas a castillos de arena; cual leñadores a selvas antiguas. Un cerrar de ojos y te habrás ido. Desaparecerás entonces, sin magia ni gritos; te iras con la quietud del principio. Quedaré solo, distante; recuerdos desvanecidos. [...]
Nota del editor: Desde que leí estos versos, he iniciado a ver la destrucción tan inherente que hay en la naturaleza. Cómo el viento se lleva las hojas; como el agua se come las piedras. Sé que es un poema de dolor y que el autor, en su duelo, siente una tristeza al notar el estado ineludible de las cosas—es decir, su inevitable desaparición—. Pero siento algo de paz, también; quizá la siento más. Siento que Reyes descubrió que a los humanos, en ciertas veces contadas, nos rigen las mismas leyes que al mundo y, en eso, hay algo de mérito que considerar.
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La literatura en el cine
Más allá de la adaptación de historias
de Gloria Vásquez Rodríguez
Cuando se piensa en la influencia de la literatura en el cine lo que comúnmente se viene a la cabeza son las adaptaciones cinematográficas de algunas novelas. Obras de la literatura han estado presentes desde los inicios del cine, un ejemplo de ello es el filme Viaje a la Luna (1902) de Georges Méliès inspirado en la novela de Julio Verne. Sin embargo, las tramas que leemos en los libros no son lo único que crea esta comunión entre ambas artes.
El cine es aún un arte joven que puede llegarse a explorar más en cuanto al uso de su lenguaje, y parte de que se puedan realizar nuevas aportaciones es gracias a la literatura. Fuera del ejemplo más obvio de las adaptaciones, la literatura ha llegado a contribuir al arte del cine en su lenguaje para el desarrollo de una narrativa e igualmente se puede comprobar su uso en la historia del cine.
[…]
Nota del editor: Vásquez me intriga con su ensayo. Puede leerse tanto como una crítica al cine que se niega a aprender de la literatura como, a su vez, se puede interpretar como un llamado fraternal al mutuo respeto entre las artes. Es, en síntesis, lo que debe ser un ensayo: una exploración; una divagación. Una que se acerca a la poesía en la libertad que otorga la interpretación—y que eso es, a su manera, fantástico—.
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El alfabeto del relámpago
de su amigo, el editor, J.L. Sabau
Hay momentos en que el idioma nos queda corto. Era de esperarse. El hablar no hace más que recrear lo deseado. Eso que desconocemos permanece sin describir; lo que está por imaginarse habita el reino de lo etéreo. Palabras por nacer; ideas por pensar. Un mundo entero que espera pacientemente el regalo del ser.
Caminamos con una certeza artificial donde todo lo hemos creado. Vemos pétalos coloridos e imponemos el vocablo «flores». Admiramos un azul claro sobre nuestras cabezas al cual bautizamos como «cielo». Así vamos en la caminata ilusa del saber. Todo lo nombramos al extender un dedo y emitir sonidos —práctica que nos remonta al principio de la creación; a Adán en su jardín, una infinidad de tiempo libre y la creatividad divina—. Palabras tan viejas que olvidamos siquiera que hayan nacido. Meramente las usamos. Las aprendimos en su momento; las recuperamos en el ahora. Deambulamos por lo conocido usando nombres del ayer. Nos mentimos, lo sabemos. ¡Es tanto lo que desconocemos!
[…]
Nota del editor: Estas palabras las escribí en un asedio de inspiración en la biblioteca de mi universidad. Volví a ellas hace unos días por recordar el sentimiento que las inspiró: una frustración al enterarme de una tragedia anticipada; una emoción, pues, que o entendía cómo narrar. El resultado fue una calca de mis años formativos; de Heidegger y Neruda—a ese último, de hecho, le debo el título—. Sigo creyendo en todo lo que escribí; quizá, ahora, pienso en este ensayo como el bildungsroman de un escritor y sonrío al hacerlo. El crecer es percatarte de cuán poco puede el lenguaje y enamorarse de ello como, ahora, veo que me pasó esa tarde en la biblioteca.
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El lago
de Victoria Suárez
—¿Cómo se sentirá la tristeza?
Me dije, sentada a la orilla del lago que nadie se atrevía a nadar. Nunca después de las 6 p.m.. Era mi lugar favorito para aventar piedras. Lo conocí años atrás, con mi prima. Decía que aquí aparecían hadas y que solo era posible verlas a través del reflejo del lago. Si les caías bien, podías meterte al lago y nadar.
—Ellas te protegerán con sus alas —decía. Si no lo hacían, debías abstenerte de ver tu reflejo sin poder meter un dedo en aquel nacimiento de agua dulce. Mi tía, su madre, fue quien le dijo de la existencia de las hadas.
[…]
Nota del editor: Cuando volvamos, en unas décadas, a pensar en estos principios del siglo XXI, tengo la sospecha sutil que pensaremos en el declive religioso que nos ha tocado y el efecto que éste ha tenido en nuestra psique. Por ello, creo que las palabras de Suárez en este cuento—que se lee, a su manera, como una fábula—han de ser tan importantes para esa amplia cartografía de nuestros tiempos. Ha logrado debatirse, en ficción, lo que tanto nos debatimos en lo cotidiano. Las consecuencias inevitables en la erosión de la fé.
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Dentro de Cuba, hay una crisis de la que no se habla. Una crisis de drogas. En años recientes, una nueva sustancia conocida como “el químico” ha penetrado en la sociedad cubana, volviéndose en la droga predilecta. Los datos son escasos y escribir del tema, por lo mismo, es complicado.
Manuel D. la Cruz, aún así, lo hizo. Para ello, tuvo que crear una nueva forma de periodismo que se parece a la novela en su esfuerzo por explicar la situación. Es de los textos más ambiciosos que hemos publicado en Perpetuo; de los que empujan los límites de la escritura.
Casa de rescate
de Manuel D. la Cruz
En el edificio 42 del reparto Bahía hay un apartamento modesto, de colores tristes. Está en la planta baja, cerca del polvo de la carretera exterior. La puerta carmelita que lo sella, signada con un papel impreso con mensajes bíblicos y lemas evangélicos de fuentes coloridas e inadecuadas, encierra adentro historias más comunes de lo que se quisiera; nombres tachados en cualquier lista de esperanza o de futuro.
Dentro, en este apartamento húmedo y limpio—notablemente limpio—no hay cuadros de arte; mucho menos ampliaciones de 100×60 de quinceañera alguna del hogar. Las únicas plantas del hogar, las exageradas y bien atendidas, están en una terracita que da a la calle, o que quiere dar a ella, cuando los balaustres se lo permitan.
En la salita de cuatro hay un mural al estilo de consultorio médico cubano o de aula de secundaria básica urbana: papeles impresos, pegados con lo que sea, colores pocos y diseño infantil. La casa es discreta en decoración y en casi todo en lo que pudiera serlo. Es quizás por eso que salta a la vista la mesa del centro.
Dispuesta a perfecta equidistancia de las paredes desgastadas de la sala, como si fuera esta un comedor real del siglo XV, la mesa central de caoba es carmelita al igual que la puerta de entrada, pero en sus tonos más serios. Mesa cuidada, fina, imponente. Esta mesa gigante, pensada, desproporcionada con respecto al resto del inmueble, es el epicentro de todo lo que aquí ha sucedido y va a suceder. El personaje protagónico de esta casa.
[…]
Nota del editor: No sé cómo clasificar este texto de Manuel—y por eso, reconozco, me intriga—. Es periodístico, sí; tiene una investigación profunda. Pero también es narrativo y usa las herramientas del modernismo literario para lograr lo que el periodista batalla por lograr: generar empatía. En un tema donde los datos son pocos, Manuel logra generar algo más profundo. Logra colocar al lector en la vida de sus sujetos.
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En defensa de la verticalidad
de Tomas Lemus
Vivimos en un mundo horizontal. Desde la invención de la cámara, nos hemos acostumbrado a ver al mundo en rectángulos acostados y marcos alargados. Pasa que, en años recientes, con la invención del teléfono inteligente, ha surgido un rival a esta narrativa: la verticalidad.
Es natural oponerse; todo intelectual criado en lo horizontal tendrá esa tendencia. Pero tiene sus méritos. Esta semana Tomas Lemus lo debate a fondo tras una visita al Escorial, batallando entre su amor por las imágenes y la sorpresa de solo poder capturar el impacto de El Escorial en vertical.






Ve el foto ensayo completo:
Esta semana, nos complace presentar un adelanto de otro de nuestros proyectos finalistas de la cantera, un argumento cinematográfico de Elías Ron Rabinóvich. TE ODIO, TE ODIO PARA SIEMPRE.
Esta es, a primera vista, una historia que ya conocemos bien. La de un joven, entregado a la necesaria soledad del artista, buscando alquimizar sus peripecias en una gran obra de arte. Pero la soledad de Dante no es la fértil contemplación del poeta, es una soledad mineral, respondida y multiplicada por Ushuaia ciudad gélida y desolada, enclavada en el confín de la Argentina. Para este joven obsesionado con los tangos y milongas, la “ciudad más austral del mundo” es simultáneamente su frío campo de batalla y su condición existencial: tan distante del mundo artístico bonaerense que idealiza, tan aislado, en ese extremo del mundo, invisible para los que, literalmente, están arriba.
Y como si esto no bastara, Dante se enfrenta protocolariamente a los embates de su madre esquizofrénica, quien oscila entre la ternura y las tentativas de matarlo. Durante las comidas, la madre le concede treguas de su paranoia. Pero no sabemos si serán suficientes para sostenerlo, si encontrará el respiro para escribir su gran obra, o si la madre logrará, finalmente llevarlo al precipicio.
Lee el adelanto:





























